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Cuaderno de investigación de Leoncio López-Ocón sobre las reformas educativas y científicas de la era de Cajal

Cajal sigue interpelando

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Al hojear el periódico esta mañana he encontrado la carta de un lector –Roberto A. Pazo Cid– firmada en Zaragoza,  titulada Cien años de ciencia.
 
Como El País no publica en su versión digital cartas al director, actitud que no deja de sorprender, me permito transcribirla para mostrar cómo, entre los ciudadanos de hoy en día, reflexiones que hiciera Santiago Ramón y Cajal a finales del siglo XIX siguen interpelándonos. 
 
“Santiago Ramón y Cajal, premio Nobel de Medicina, escribía en 1899, sobre cómo mejorar la situación de la ciencia en España:
 
1. Elevar el nivel intelectual de la masa para formar ambiente moral susceptible de comprender, estimular y galardonar al sabio.
 
2. Proporcionar a las clases sociales más humildes ocasión de recibir en liceos, institutos o centros de enseñanza popular, instrucción general suficiente a fin de que el joven reconozca su vocación y sean aprovechadas, en bien de la nación, todas las elevadas aptitudes intelectuales.
 
3. Transformar la universidad, hasta hoy casi exclusivamente consagrada a la colación de títulos y a la enseñanza profesional, en un centro de impulso intelectual, al modo de Alemania, donde la Universidad representa el órgano principal de la producción filosófica, científica e industrial. 
 
4. En fin, formar y cultivar, mediante el pensionado en el extranjero o por otros métodos de selección y contagio natural, un plantel de profesores eméritos, capacitados para descubrir nuevas verdades y para transmitir a la juventud el gusto y la pasión por la investigación original”. 
 
Han transcurrido más de 100 años. Después de todo ese tiempo todavía no hemos logrado estos objetivos. Nuestra sociedad y nuestros políticos deberían reflexionar sobre ello”.
 
En el texto seleccionado por Roberto A. Pazo  Cid se aprecia cómo Cajal desde sus primeros éxitos científicos manifestó una intensa preocupación pedagógica. Asi lo demostró en el discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales el 5 de diciembre de 1897, cuyo texto se convertiría en 1899, en la primera edición del libro ltitulado Reglas y consejos sobre investigación biológica -más conocido posteriormente cuando ya se convirtió en un best seller como Los tónicos de la voluntad, del que hice una cuidada edición en 2005, en la editorial Gadir. Ahí en el inicio del capítulo X sobre Los deberes del Estado en la relación con la producción científica se encuentran los párrafos que han llamado la atención del lector de El País.
 
Cajal concibió esa obra como un programa regeneracionista destinado a ofrecer una guía para que los jóvenes investigadores ayudasen a solucionar los problemas de la nación. Según sus planteamientos sería el trabajo paciente y tenaz llevado a cabo en los laboratorios, cultivando “una severa disciplina de la atención”, el que permitiría a España salir de su atraso científico. La oportunidad para dar un impulso decisivo a este programa destinado a convertir el cultivo de la ciencia experimental en propuesta transformadora de la sociedad española no se presentaría hasta después de la concesión del premio Nobel cuando fue nombrado en enero de 1907 presidente de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, considerada por Pablo de Azcárate como “la primera obra seria y constructiva de renovación científica, educativa y pedagógica de carácter oficial, realizada dentro del aparato institucional del Estado en la época moderna”. A partir de entonces la JAE se convirtió en un instrumento decisivo de lo que denominé en mi libro Breve historia de la ciencia española  la “cajalización”  de España.
 
Es interesante apreciar cómo las dificultades y carencias que sufre actualmente nuestro sistema de I+D+I no solo preocupan a cualificados investigadores como Angel Duarte, quien reflexionó antes de ayer sobre la complejidad de su gobierno, sino también a ciudadanos como Roberto A. Pazo Cid.

Autor: Leoncio López-Ocón

Historiador. Investigador del Instituto de Historia del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC. Madrid.

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