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Cuaderno de investigación de Leoncio López-Ocón sobre las reformas educativas y científicas de la era de Cajal. ISSN: 2531-1263

Una crítica de Enrique Moles a la enseñanza de la química en la España de 1918

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Próximamente, el miércoles 15 de noviembre de 2017, se inaugurará la exposición “Enrique Moles, químico complutense” en la Biblioteca de la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Complutense de Madrid. Permanecerá abierta hasta el 25 de enero de 2018, como se puede apreciar en la información adjunta.

Disponemos así una oportunidad para acercarnos a la trayectoria científica del químico más relevante de la “generación de 1914”, cuyos hitos biográficos se pueden seguir en este cronograma elaborado por los comisarios de la exposición, entre los que se encuentra mi colega de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas Francisco A. González Redondo.

Como elemento adicional para profundizar en la personalidad de este relevante científico reproduzco a continuación una colaboración periodística suya en las páginas del diario El Sol el lunes 13 de mayo de 1918, titulada Problemas actuales. La enseñanza de la química.

El artículo, publicado en la sección semanal de ese diario dedicada a la Pedagogía e Instrucción Pública que dirigía de manera eficaz el pedagogo Lorenzo Luzuriaga, es expresivo de los afanes reformistas de los científicos de la “generación de 1914”, beneficiarios de la apertura internacional de la ciencia española que favoreció la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas. De hecho la clave del artículo radica en la comparación que establece Moles entre el tipo de enseñanza quimica que se efectuaba en las universidades europeas donde él había estudiado durante varios períodos entre 1909 y 1017, como la alemana de Leipzig y la suiza de Ginebra, y las españolas. En aquellas la enseñanza era mucho más práctica y más barata. La denuncia de Moles iba encaminada a tomar medidas para resolver unas deficiencias que lastraban el desenvolvimiento de la ciencia de la química, que se había revelado fundamental en el desarrollo de la Gran Guerra que asolaba al continente europeo, y cuyas carencias afectaban a la dependencia económica del país en sectores estratégicos.

Para entender el contexto de este artículo hay que tener en cuenta además que en 1918, sobre todo durante los meses en los que fue ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes el político liberal Santiago Alba, los científicos de la órbita de la JAE confiaron en que el gobierno de concentración nacional existente entonces, dirigido por el conservador Antonio Maura, diera un impulso al sistema científico y educativo español.

Si un pero hay que objetar a esta colaboración periodística de Moles es su desconsideración hacia una tradición química en España, cuestión que él reconsideraría durante la Segunda República, pues sabemos que los químicos fueron importantes en la revolución industrial de  Cataluña en las primeras décadas del siglo XIX , y también relevantes  en otras partes del Estado español del siglo XIX como en Cuba. En esta isla destacó en su industria azucarera la labor del químico salmantino José Luis Casaseca Silván.

He aquí el texto de ese sobresaliente químico catalán que fue Enrique Moles, otro de los científicos represaliados por el franquismo posteriormente, donde abordó con abundantes datos y sólida argumentación las deficiencias de la enseñanza de la química en la sociedad española de hace un siglo.

Nos rige un Gobierno excepcional, del que puede esperarse algo. ¿Tendremos la suerte de que la renovación le llegue a la química?. En España no se hace ni se hizo química; carecemos de tradición química.

 El imperio de esta ciencia en el momento actual es bien patente; en el gigantesco conflicto que trastorna al mundo desde hace cuatro años, las mayores sorpresas, los medios más poderosos de ofender y de defenderse, se deben a los químicos. En todos los países donde más avanzada se halla la química, se crearon durante la guerra nuevos organismos, sociedades poderosas y centros de enseñanza nuevos con la misión única de favorecer el desarrollo científico de aquélla, que es la base de su desenvolvimiento industrial.

En la esfera química, triste es tener que confesarlo, nada se ha hecho en nuestro país, y, así este año como los anteriores, España tendrá que mendigar a Inglaterra unos miles de tonelada de sulfato de cobre para las vides, sulfato de cobre fabricado con cobre de Riotinto y con ácido sulfúrico obtenido con piritas españolas. Seguirán perdiéndose centenares de miles de caballos de fuerza hidráulica que podrían suministrar a buen precio miles de toneladas de nitratos y de cianamida, y mientras tanto, nuestros agricultores esperan angustiadamente la llegada problemática de nitro de Chile. Seguirán sin explotar los yacimientos potásicos; la industria metalúrgica, que podría ser poderosa, dada la abundancia de mineral, se desarrolla tardíamente, y seguirán escaseando benzoles, superfosfatos, sulfato amónico, etcétera. Y así en cien cosas más.

En diferentes ocasiones la voz autorizada de alguno de nuestros profesores bien orientados, se hizo oír en el Parlamento, en Academias y Congresos, exponiendo el estado lamentable de la enseñanza química en nuestro país. Poco o ningún eco hallaron sus palabras en las esferas directoras. Con todo, la insistencia de las predicaciones despertó entre la gente joven deseos de saber, y algo se ha conseguido, aunque los entusiastas sean pocos. No hemos de insistir en los argumentos, tendiendo a demostrar que lo que nos hace falta es tener grandes laboratorios espléndidamente dotados, profesores pagados principescamente y alumnos dispuestos a pagar bien los estudios.

Los enterados, los que han podido vivir algún tiempo en ambiente químico europeo, abrigarán, como nosotros abrigábamos, la creencia de que los estudios de química son costosísimos fuera de España, y que en ellos estriba la diferencia esencial con respecto a nosotros. El estudio comparativo de los datos correspondientes conduce, sin embargo, a resultados inesperados y paradójicos.

Tomando como tipo dos Universidades que conocemos, por haber estudiado en ellas: la de Leipzig (tipo alemán) y la de Ginebra (tipo suizo), vamos a comparar las materias de estudio y los gastos que supone el grado de Chemiker Dr. Phil., o de Dr ès Sciences Phisiques, con las de un grado análogo en España, el de doctor en ciencias químicas o doctor en farmacia. En todos los datos tomamos términos medios lo más exactos posible, suponiendo normalidad en los estudios. De existir alguna exageración en los datos, ésta es en sentido favorable siempre para España.

Un alumno regular conseguirá su grado en la Universidad alemana o suiza en ocho o nueve semestres de trabajo (equivalentes a cuatro o cinco años universitarios de nueve meses útiles); en España el doctorado le exigirá cinco o seis cursos (de seis meses útiles). Durante este tiempo cursará: (1)

En la universidad alemana de Leipzig semanalmente de 4 a 6 horas de clases orales y 40 horas de clases prácticas;  en el año universitario 180 horas de clases orales y 1.510 horas de clases prácticas y durante toda la carrera 720 horas de clases orales y 5.760 horas de clases prácticas.

En la universidad suiza de Ginebra semanalmente de 4 a 7 horas de clases orales y 35 horas de clases prácticas; en el año universitario 200 horas de clases orales y 1.260 horas de clases prácticas y durante toda la carrera 800 horas de clases orales y 5.040 horas de clases prácticas.

En la universidad española semanalmente de 12 a 15 horas de clases orales y de 12 a 15 horas de clases prácticas; en el año universitario 350 horas de clases orales y 297 horas de clases prácticas y durante toda la carrera 1660 horas de clases orales y 1.485 horas de clases prácticas.

Advertiremos, además, que para el estudiante en Alemania o Suiza hay casi 60 por 100 de clases orales, y casi todas las clases prácticas son de química. En España el alumno cursa unas ochocientas-novecientas horas de clase oral y unas setecientas horas de clases prácticas de química. En Alemania o Suiza los exámenes quedan reducidos a dos o tres; en España padecemos como mínimum 17 a 19 exámenes.

Partiendo de los anteriores datos, el coste de toda la carrera, agrupado por conceptos, es: (2)

En Alemania

por las clases orales se pagan 80 pesetas, por las clases prácticas 1.800; por los títulos 350; por los libros, etc. 270. Total: 2.500

En Suiza

por las clases orales se pagan 150 ptas,    por las clases prácticas 1.840;   por los títulos 250; por los libros,etc. 250. Total: 2.450

En España

por las clases orales se pagan 540 ptas., por las clases prácticas 170;       por los títulos 1.647; por los libros, etc.,200. Total: 2,557

Estas cifras podrían pasarse sin comentarios. En ellas aparece claramente que, contra lo esperado, los estudios son más costosos en España que en el extranjero, y, lo que es peor aún, la distribución de los gastos en una carrera esencialmente práctica como la de químico, hace ver que en el extranjero se pagan, como es lógico, las enseñanzas prácticas en primer lugar, ingresando directamente en la Universidad la totalidad del importe, mientras que en España se pagan en primer término los títulos, luego las clases orales, quedando una clase irrisoria para los Laboratorios, siendo el Estado el que percibe el importe casi total.

Es más, un alumno no oficial (categoría desconocida fuera de España), siendo aplicado, podrá avanzar cursos y aprobar en poco tiempo los estudios de química (mejor, de metafísica química) sin haber pisado un solo laboratorio. De este modo el Estado español ejerce a sabiendas un comercio inmoral, vendiendo títulos que no pueden acreditar conocimientos que no pueden adquirirse bien.

Quedan en pie el problema de los locales, la retribución de los profesores, las dotaciones. Tampoco en estos casos las cifras podrán darnos la razón de nuestro atraso. La Universidad de Leipzig tiene tres profesores ordinarios de Química; la de Ginebra, también tres; en la de Madrid, existen ocho. Resulta natural que los menos puedan estar mejor pagados que los más. En cambio, en Alemania y Suiza los numerosos profesores extraordinarios, Chef de travaux, Oberassistenten y Assistenten cobran lo mismo o menos que nuestros auxiliares universitarios. Por lo que respecta a locales, se da en España, por ejemplo, el absurdo de que cada profesor de Química pretenda tener una cátedra especial que utiliza, a lo sumo, una hora al día. Con menos cátedras, menos decanatos, salones de grados, etc., habría de resultar local suficiente. Y para aclarar lo que a dotaciones se refiere, citaré el Laboratorio de Química Física de Ginebra, conocido en todo el mundo, y que viene disfrutando por parte del Estado de una dotación de 1.000 francos anuales…

Un comentario final, que define mejor que otro cualquiera el ambiente científico de nuestro país. En un Anuario que tira centenares de miles de ejemplares, se lee lo siguiente:

Química. Internacional Institución Química. Enseñanza por correspondencia (!!!)

Nos parece el colmo de la desaprensión el anunciar la enseñanza de la Química por correspondencia, sólo explicable por el estado mísero de aquélla en España.

Y volvemos ahora a pregunta: ¿tendremos la suerte de que algo de la renovación le llegue a la Química? El problema, más que económico, es de organización, pero de organización despiadada, renunciando el Estado al negocio de los títulos, prescindiendo de derechos adquiridos y demás trabas sagradas. ¿Habrá en el ministerio de Instrucción pública y en las Cámaras interés y brío suficientes?

No puede esperarse una química industrial floreciente sin tener antes una química científica sólida. Tememos, sin embargo, que todo ha de reducirse al nombramiento de una Comisión, que estudiará el asunto, redactando luego un luminoso y documentado informe que, para mayor claridad, irá dividido en varias partes….

E. MOLES

(1) (2) En su artículo Enrique Moles insertó dos tablas. Por problemas de edición mi labor ha sido interpretarlas.

 

 

 

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Autor: Leoncio López-Ocón

Historiador. Investigador del Instituto de Historia del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC. Madrid.

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