jaeinnova

Cuaderno de investigación de Leoncio López-Ocón sobre las reformas educativas y científicas de la era de Cajal. ISSN: 2531-1263

Antes que Valentín Fuster ha habido en la sociedad española otros excelentes cardiólogos como Luis Calandre, pensionado de la JAE y colaborador de El Sol

2 comentarios

En el diario El País del domingo 25 de febrero de 2018, en su última página, la periodista Luz Sánchez-Mellado, en la sección “Gente con luz”, entrevista a Valentín Fuster (Barcelona 1943), director del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares y del Instituto Cardiovascular del hospital Mount Sinai, de Nueva York. Algunos llaman a este eminente cardiólogo “El Apóstol del Corazón” por su labor investigadora y divulgadora.

En el marco de esa labor divulgadora llevada a cabo por cardiólogos españoles creo que ocupa un lugar distinguido la colaboración que firmó Luis Calandre Ibáñez (Cartagena 1890-Madrid 1961) en el diario El Sol el 19 de febrero de 1918, en su sección de Biología y Medicina, que dirigía su amigo el siquiatra Gonzalo Rodríguez Lafora y de la que era colaborador habitual hace un siglo.

Esa colaboración tenía como título “El corazón y el ejercicio“. Por su interés, y como muestra de la calidad de la labor divulgadora llevada a cabo por los investigadores españoles de hace un siglo, muchos de ellos formados gracias a los apoyos recibidos de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, que presidía Santiago Ramón y Cajal, me permito reproducirlo en esta bitácora.

Este es pues el contenido del mencionado artículo de Luis Calandre, que por aquel entonces era médico de la Residencia de Estudiantes e impartía clases al grupos de niños y niñas que vivían en ese centro educativo de la JAE.

            El corazón puede ser considerado como un perfectísimo aparato hidrodinámico que, con sus alternativos movimientos de contracción y de dilatación, y merced al adecuado funcionamiento de sus válvulas, hace circular sin interrupción por el interior del aparato circulatorio, la sangre, que habrá de llevar a todos los tejidos del organismo las substancias con que se han de nutrir.

            Se llama fuerza del corazón a la energía con que a cada contracción lanza su sangre a las arterias. De ordinario, para los menesteres de la vida corriente no despliega el corazón toda la potencia de que es capaz. Dispone todavía de la llamada fuerza de reserva, que tiene por misión entrar en actividad siempre que un esfuerzo cualquiera, como una marcha rápida, la subida de unas escaleras, el transporte de un objeto pesado, exige del corazón un mayor trabajo.

            Cuando la magnitud del esfuerzo llega a sobrepasar el poder de esta fuerza de reserva, sobreviene la fatiga. En las personas que hacen una vida sedentaria o en las que padecen de alguna lesión en el corazón, el caudal de fuerza de reserva es escaso, y la fatiga aparece prontamente con ocasión de un esfuerzo poco intenso.

            Bien conocidas son las molestias que se experimentan con motivo de una marcha rápida y prolongada o de la ascensión a una montaña. El corazón y el pulso se aceleran, siéntense palpitaciones intensas, la respiración es anhelosa y jadeante, la palabra se hace difícil; sobreviene una constricción penosa en el pecho, una opresión creciente, y más tarde un desfallecimiento general que hace imposible la continuación de todo movimiento. Después que el ejercicio se suspende, estos fenómenos van amortiguándose con más o menos lentitud. En cambio, si a pesar de la fatiga hubiese que prolongar todavía más el esfuerzo, puede sobrevenir un decaimiento brusco de las fuerzas del corazón, acompañado de una dilatación aguda de sus paredes, que en algún caso puede ocasionar una muerte súbita. La historia del soldado de Marathon que llega en veloz carrera a Atenas, da cuenta de la victoria ganada contra los persas y muere súbitamente, es un ejemplo célebre. Düms cita el caso de un soldado que habiendo tenido que dar una carrera precipitada para no faltar a la revista, cayó muerto al llegar al patio del cuartel.

            Entre las personas sanas, no todas sienten aparecer la fatiga con una cantidad de esfuerzo análogo. Unas se sofocan más fácilmente que otras. En ello influye muy esencialmente el grado de su entrenamiento para el ejercicio. Baeltz cita el caso de ciertos corredores japoneses, cuyo pulso retornaba a la frecuencia normal en el mismo instante en que interrumpían la carrera.

            Cuando un corazón es solicitado repetidamente para rendir un trabajo mayor que el ordinario, se hipertrofia; es decir, acrecienta el espesor de sus paredes musculosas y aumenta su potencia, para adaptarse al mayor esfuerzo y para vencerlo. Ocurre con el corazón lo mismo que con los demás músculos, que con el ejercicio se desarrollan.

            Esto se puede comprobar de un modo experimental si se toman dos perros gemelos y desde muy temprano a uno se le hace que permanezca siempre quieto y al otro se le fuerza a moverse mucho. Si se les sacrifica cuando están ya crecidos, se aprecia que el segundo ha llegado a poseer un corazón grande y fuerte, y el primero, en cambio, un corazón pequeño.

         Un experimento análogo nos lo ofrece a menudo la Naturaleza, ya realizado. Se observa que en aquellas especies animales cuyo género de vida exige una gran cantidad de trabajo, el corazón alcanza un desarrollo y un vigor extraordinarios. El corzo, que se caracteriza por la rapidez de su carrera; el murciélago, con el vivo movimiento de sus alas son, entre todos los mamíferos, los que, en relación con el tamaño de su cuerpo, tienen un corazón mayor. Entre las aves tienen el corazón más grande las que vuelan más y las que cantan más alto. Comparando los corazones del conejo de corral, del conejo de campo y de la liebre, es mayor en esta última que en el conejo de monte, y en éste mayor que en el de corral, que es el que hace la vida más sedentaria.

            Los obreros a quienes su profesión obliga a realizar esfuerzos musculares repetidos, suelen ofrecer una hipertrofia cardíaca considerable. Igualmente se desarrolla el corazón por la influencia de los ejercicios deportivos, a condición de que éstos se realicen con un entrenamiento gradual.

            Potain y Vaquez, en Francia, demostraron con sus investigaciones en soldados entrenados en ejercicios gimnásticos, que la hipertrofia del corazón aumenta con el grado del entrenamiento. Henschen, en Suecia, ha llegado a la misma conclusión con sus exámenes en los corredores de “ski”. Los corredores que se dedicaban a este deporte desde hacía muchos años, particularmente los que obtenían los premios, tenían el corazón netamente aumentado de volumen. Igualmente se ha comprobado este hecho por Midleton en los mejores jugadores de “foot-ball” de la Universidad de Wisconsin; por Spier, en ciclistas, y por Young, en jóvenes acostumbrados a remar.

            Nos es posible, pues, vigorizar nuestro corazón con ejercicios físicos, siguiendo un entrenamiento progresivo, y debemos poner nuestro empeño en conseguirlo, si queremos encontrarnos aptos para realizar sin gran fatiga una carrera rápida o prolongada, una ascensión penosa, un esfuerzo corporal violento, una huida necesaria: aptitudes preciosas de nuestro organismo, a las cuales el hombre sano no debe renunciar.

            Pero para que el entrenamiento se desenvuelva bien, es indispensable que el corazón esté sano. Si no lo está, no se puede llevar muy lejos el sobreesfuerzo, y si se persiste en ello, es muy probable que se presenten de un modo más o menos agudo ciertos trastornos, como disnea intensa, dolor fuerte en el pecho, opresión, aceleración persistente del pulso, angina de pecho, etc., indicadores de un brusco desfallecimiento cardíaco.

            En el Ejército se concede una extraordinaria importancia a la determinación de la capacidad de trabajo del corazón para poder excluir por inútiles los que no puedan ser capaces de soportar las fatigas del servicio.

            En la guerra actual, en la que tanta necesidad hay de aprovechar el mayor número de hombres posible, esta determinación se hace, por casi todos los beligerantes, con gran minuciosidad y precisión; se desecha sólo a los totalmente inaptos, y se aprovechan así muchos de los que antes se declaraban inútiles. A éstos, después de una observación atenta mientras se les entrena con los ejercicios de instrucción, se les clasifica y envía al frente o se les destina a servicios auxiliares que no exigen trabajos fuertes.

            En los soldados que han estado en el frente se observa a menudo un cuadro de síntomas que los americanos han denominado “corazón irritable de los soldados”. Se caracteriza por la aparición, al hacer algún esfuerzo, de disnea, palpitaciones, vértigos, pulso frecuente, dolorimiento precordial; y todo esto, sin que se les pueda apreciar lesión alguna en el corazón. Se atribuye esto a una debilidad circulatoria constitucional. Esta debilidad había permanecido larvada hasta que las fatigas y las grandes emociones las ponen de manifiesto.

 

Luis CALANDRE

Anuncios

Autor: Leoncio López-Ocón

Historiador. Investigador del Instituto de Historia del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC. Madrid.

2 pensamientos en “Antes que Valentín Fuster ha habido en la sociedad española otros excelentes cardiólogos como Luis Calandre, pensionado de la JAE y colaborador de El Sol

  1. Muchas gracias por acordarse del Dr Calandre, cosa poco común , sobre todo entre los cardiólogos . Son unos desagradecidos.
    Yo también soy una gran admiradora de la Junta Para ampliacion de Estudios y sus protagonistas. Fue una experiencia irrepetible .

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s