jaeinnova

Cuaderno de investigación de Leoncio López-Ocón sobre las reformas educativas y científicas de la era de Cajal. ISSN: 2531-1263


Deja un comentario

Siete días de ciencia y cultura en “El Sol”: la segunda semana de enero de 1918

La opinión pública española siguió con interés a lo largo de la segunda semana del 1918 las novedades procedentes del exterior y las relacionadas con la situación política española.

En la esfera internacional las noticias más destacadas en la prensa de aquel momento estaban relacionadas con las vicisitudes de la Gran Guerra -como la progresiva implicación norteamericana en el conflicto-, las negociaciones que el nuevo poder soviético realizaba con las potencias centrales en la ciudad bielorrusa de Brest-Litovsk y las grandes batallas que se estaban librando en el frente italiano. Pero también con los efectos en la república portuguesa del golpe militar de Sidonio Pais el 5 de diciembre de 1917, que provocó el exilio de Bernardino Machado, muy apreciado en los círculos liberales y democráticos españoles.

Evidentemente el hecho más destacado en la esfera internacional de aquella semana fue el importante discurso del presidente Woodrow Wilson en el Congreso norteamericano el 8 de enero de 1918. En él expuso las catorce condiciones que Estados Unidos consideraba imprescindibles para que acabase la guerra y que inspirarían meses después las negociaciones que concluirían con el Tratado de Versalles en 1919.

En cuanto a la política española  lo más significativo fue el decreto de disolución de las Cortes firmado por Alfonso XIII con la consiguiente convocatoria de elecciones y el incremento de la tensión social, sucediéndose revueltas y motines en diversas partes del país, como consecuencia del progresivo incremento de los bienes de mayor consumo como el pan que generaba hambre entre las clases populares. Las dificultades de abastecimiento con motivo de la guerra eran crecientes debido al torpedeo sistematíco de buques mercantes españoles por submarinos alemanes y a vergonzantes maniobras de especuladores.

En el marco de ese horizonte internacional  y nacional las hojas científicas y culturales de El Sol, que ya fueron presentadas en la entrada anterior, proporcionaron información variada a sus lectores, que resumo a continuación.

El Sol Biologia y Medicina

El martes 8 de enero de 1918 la sección de Biología y Medicina dio cabida a un texto del cardiólogo y expensionado de la JAE Luis Calandre (n.1890) que ejercía de médico de la Residencia de Estudiantes. El artículo se titulaba “Baños de sol”. Dirigido fundamentalmente a médicos, pero también a maestros y padres, tenía como objetivo dar a conocer una serie de nociones sobre la Helioterapia o tratamiento por los baños de sol para que sus lectores pudieran hacer un uso adecuado de ese recurso terapéutico, administrándolo adecuadamente. Calandre lo consideraba un antídoto eficaz para luchar contra la tuberculosis que entonces diezmba a la población española.

Para hacerse una idea de su tenor reproduzco su primer y último párrafo.

La energía radiante que nos viene del sol, es una fuente de vida y de salud; nosotros, sin embargo, solemos esquivarla. El organismo del hombre está hecho para vivir en la atmósfera, y se encuentra, por tanto, en su verdadero elemento cuando está expuesto a la acción del aire y de la luz. Desearíamos que esto no lo ignorase ningún padre, ningún maestro, ni ningún médico. Dirigiéndonos especialmente a estos últimos, nunca insistiremos bastante en aliviar los beneficios que pueden obtenerse con el empleo de los baños de sol. ¡Cuántos tuberculosos hay por los pueblos –pueblos de hermoso clima y de buen sol- que se van consumiendo en sus alcobas cerradas, sombrías, saturadas del olor de medicinas, y que podrían curarse bien, viviendo a plena luz!

………

En Puericultura, el baño de sol es un factor higiénico de primer orden. ¡Qué bellos resultados se obtendrían si las madres considerasen entre los cuidados diarios que tienen para con sus niños, el tenerles un rato desnudos al sol, bien en su habitación, en una azotea, en el jardín, en el campo o en la playa! Hoy se admite que la infección tuberculosa se hace, por regla general, durante el período de la infancia: los gérmenes se fijan en los ganglios linfáticos, en los cuales pueden permanecer acantonados viviendo una vida latente durante muchos años. Pero si, por un motivo cualquiera, se debilita la resistencia del organismo, pueden entonces los gérmenes salir de los ganglios, repartirse por otros órganos y producir acaso una meningitis, un tumor blanco, una tuberculosis pulmonar, una peritonitis. Tengan bien presente las madres que nada hay que pueda fortalecer tanto a los niños y hacerlos resistentes, como la vida al aire libre y al sol.

También en las colonias escolares debiera hacerse habitual la práctica de los baños de sol, con objeto de intensificar los beneficios que los niños pueden obtener durante esas temporadas de permanencia en el campo o en la playa.

Los consejos de Calandre fueron inmediatamente amplificados al día siguiente en El Sol de 9 de enero de 1918 por Beatriz Galindo que tituló la columna de su Diario de la mujer “El sol y el aire en el hogar” para insistir en las virtudes de los baños de sol, un símbolo de la higienización de la sociedad española en la que estaban involucrados los “iluministas” que hacían El Sol.

Conviene anotar también que el interés de Calandre por la higiene escolar que se deduce de la lectura de este artículo explica que meses después, en 1919, la JAE le designase encargado del Servicio de Inspección y Asistencia Médica Escolar en el Instituto-Escuela creado en mayo de 1918, cuestión que abordaremos cuando lleguemos a ese momento.

En la sección Libros y Revistas que acompañaba al texto de Calandre el responsable de la sección el siquiatra Gonzalo Rodríguez Lafora (n. 1886) efectuaba hasta nueve reseñas de otros tantos artículos aparecidos en revistas científicas británicas, alemanas y francesas. De ellos me ha llamado la atención la noticia que ofrece Lafora del texto publicado por el oftalmólogo Nathaniel Bishop Harman en British Medical Journal de 17 febrero 1917 sobre la Acción del cinematógrafo sobre los ojos de los niños. En él se ofrecían una serie de consejos para que ese tipo de espectador disfrutase del nuevo “mass media” que irrumpía con fuerza en el panorama cultural de hace un siglo.

El Sol Ciencias Sociales y Económicas

El miércoles 9 enero de 1918 el economista Luis Olariaga (n.1885) , responsable de la sección Ciencias Sociales y Económicas, abordó el problema de la regulación del derecho de huelga en España a propósito de las gestiones que estaba haciendo la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España para readmitir a los centenares de trabajadores que había despedido a propósito de la huelga general que había tenido lugar en agosto de 1917.

El Sol Historia y Geografía

En la sección Historia y Geografía del jueves 10 de enero 1918 aparecían dos amplias colaboraciones. Una del catedrático de Agricultura del Instituto General y Técnico de Guadalajara Juan Dantín Cereceda (n.1881), que ocupa un lugar destacado en el diccionario on line JAEeduca, que estamos elaborando (ver aquí). Su contribución se titulaba “El relieve de España. Estado actual de la carta topográfica de España”. En ella este renovador de los estudios geográficos prestó atención al estado en el que se encontraba la elaboración de la carta topográfica de España.

Informó entonces a sus lectores de la labor desempeñada por el Instituto Geográfico y Estadístico que se hallaba en ese momento “en una fase de gran actividad”. Destacó al respecto los notables trabajos que estaba realizando el ingeniero José María Torroja Miret (n.1884) quien estaba levantando el relieve de la sierra de Guadarrama y de otras partes del sistema central divisorio -según denominación del propio Dantín- mediante el método fotoestereoscópico, basado en el estereoautógrafo. Este invento hecho en 1912 por el capitán austríaco von Orel permitía el trazado automático de las isohipsas y líneas notables del terreno reproducido en fotografías estereoscópicas. De él había informado el propio José María Torroja en “Notas sobre el método fotográfico estereoscópico”, publicadas por Asociación Española para el progreso de las ciencias. Congreso de Madrid (celebrado en 1913), Tomo IX, 1916, y previamente en 1913 en el Institut d’Estudis Catalans. (ver aquí).

También aludió a la labor del servicio geográfico que financiaba la Diputación de Barcelona para levantar, en curvas de nivel, el mapa topográfico de Cataluña, de la que tuvo noticia por el tomo publicado hace muy poco por el Consell de Pedagogia de la Mancomunidad Catalana, “en el que se detallan sus numerosos y ricamente dotados centros de investigación y de cultura”. Y al “excelente mapa del Imperio de Marruecos” que había levantado también en curvas de nivel el Estado Mayor del Ejército, estudiado recientemente por Luis Urteaga.

marruecos

Por su parte, el responsable de la sección, el polígrafo mexicano Alfonso Reyes (n.1889) dedicaba su colaboración “La América de Chateaubriand” a exponer cómo “a partir del descubrimiento la idea americana ha sido para la mentalidad de Europa una positiva idea fuerza”, habiendo alimentado una literatura de sueños políticos o utopías, impulsando aventuras como la emprendida por los pasajeros del Mayflower, u obras literarias. Entre ellas ocupaba un lugar destacado la producción de Chateaubriand pues a través de su prisma habían contemplado a América los europeos de la primera mitad del siglo XIX. Alfonso Reyes, inspirándose en la obra Etudes critiques de Bédier de 1903, -accesible aquí- subrayaba cómo el viaje de Chateaubriand por tierras americanas, a partir de su desembarco en 1791, además de ser un viaje sentimental tenía propósitos científicos. Y no me privo de transcribir su argumentación: “Ultimo historiador del llamado ´hombre de la naturaleza´, Chateaubriand observa las hordas americanas al margen de sus lagos, notando sus varias formas de gobierno; arqueólogo, explora las salvajes ruinas del Scioto; filósofo, conversa, bajo los árboles del Erie, con los sofistas de la cabaña; naturalista, recoge para el señor de Malesherbes descripciones de la fauna y la flora del Canada; viajero, aspira al descubrimiento del mundo polar”. Pero a renglón seguido Reyes se plantea la cuestión, siguiendo una amplia tradición crítica, de discernir lo que había de cierto y de imaginario en los viajes de Chateaubriand para dar luz “sobre los procedimientos literarios del gran viajero, sobre su psicología de escritor, sobre los problemas de la creación estética”. Y entonces realiza una disección sobre las principales obras americanistas de Chateuabriand, particularmente Atalapara concluir que tanto en su viaje como en su obra se inspiró en otros autores y textos a los que refundió como fueron las obras de los jesuitas Lafitau y Charlevoix, quienes a su vez también fueron compiladores de otros viajeros precedentes.

La información de esta sección finalizaba con las noticias ofrecidas en la sección Libros y Revistas. En ella se presentaron, entre otros trabajos: el primer número de la Revista Histórica impulsada por recién creada Facultad de Historia de la Universidad de Valladolid; la edición realizada por el historiador Galo Sánchez  (n. 1892) en la Revue Hispanique de la autobiografía de Santiago González Mateo, en la que se ofrecía un friso lleno de detalles sobre las postrimerías de la España del Antiguo Régimen a finales del siglo XVIII y el trabajo que dedicase en el Boletin de la Real Academia de la Historia el bilbaíno marqués de Laurencín –Francisco Rafael de Uhagón (n.1858)- a la personalidad de ese singular autor gaditano que fue Mariano Pardo de Figueroa (n.1828), más conocido por su seudónimo de doctor Thebussen.

El Sol Ingeniería y ArquitecturaEl viernes 11 de enero de 1918 el ingeniero Federico de la Fuente, responsable de la sección Ingenieria y Arquitectura, firmaba un largo artículo “La fabricación del gas. Del extractor al gasómetro”, continuación del que había publicado la semana anterior en esa misma sección. Los dos estaban relacionados con los problemas que estaba teniendo el funcionamiento de la madrileña fábrica del gas.

En esa ocasión su objetivo era ofrecer detalles del camino que seguía el gas para que, una vez purificado, estuviese en disposición de ser entregado al consumo en el gasómetro. En ese tránsito cumplían una importante función los aparatos denominados extractores y exhaustores.

Consciente de la complejidad de sus explicaciones técnicas sobre la fabricación y labor de esos “ingeniosos artificios automáticos” este ingeniero temió haber abusado un poco de la tolerancia de sus lectores y para exculparse recurrió al aforismo, que le parecía brutal, de “las bromas, pesadas o no darlas” para justificar que “en la técnica, hay que entrar en algunos detalles o dejar la técnica a un lado”. Y evocó lo que había escuchado a un sargento instructor quien explicó así su función  a los reclutas que hacían su servicio militar en el arma de Ingeniería: “aquí, en Ingeniería, se explica todo; no es como en Infantería, donde no se explica nada”.

El apartado Libros y Revistas de esta sección prestaba atención a 9 artículos publicados en revistas francófonas y anglófonas como: Révue Génerale de l’Electricité, uno sobre las fábricas de electricidad y las Compañías de seguros contra incendios y otro sobre la militarización de los ingenieros electricistas en el Ejército francés;  la Revue Scientifique acerca de los nitratos de Chile; La Nature sobre la organización de los campamentos americanos; The Electrician sobre el desarrollo de la ingeniería en China; Concrets and Constructional Engineering sobre una pocilga de hormigón armado; The Surveyor and municipal and County Engineer sobre el problema de la habitación después de la guerra; y Scientific American sobre los buques de los grandes lagos y la navegación trasatlántica.

El Sol Derecho y Legislación

El sábado 12 de enero de 1918 Fernando de los Ríos (n.1879), responsable de la sección Derecho y Legislación, era el firmante del artículo titulado “Los plenos poderes del Gobierno de Francia durante la guerra”, que continuaba la serie de artículos que estaba dedicando a cómo los gobiernos europeos -Italia, Inglaterra y Suiza ya los había abordado- se estaban enfrentado a la contienda bélica.

En este nuevo artículo este catedrático de Derecho Político de la Universidad de Granada explicaba a sus lectores cómo el pueblo francés era el que había mostrado una mayor desconfianza respecto al poder ejecutivo durante la Gran Guerra no habiéndose promulgado una ley de plenos poderes a diferencia de otros países. Consideraba Fernando de los Ríos que ese recelo tenía sus raíces en las experiencias imperiales napoleónicas y en los excesos autoritarios cometidos por los dos Napelones. De ahí que las normas o principios legales en los que se apoyaba la acción de la autoridad en Francia se encontrase contenida en la ley de Orden público de 9 de agosto de 1849.

Y concluía su análisis señalando cómo desde el inicio de la guerra la lucha en Francia por adecuar el régimen de libertad y democracia con el principio de la necesidad había sido un problema vivo y palpitante que se había intentando resolver mediante la búsqueda de “una fórmula empírica y circunstancial que solucione en cada momento la dificultad planteada”. Con estas consideraciones finales Fernando de los Ríos mostraba su francofilia: “el equilibrio, la armonía, ha sido siempre una musa querida del alma francesa; el siglo XIX desarrolla ese principio de Montesquieu, y hoy lo renueva genialmente el profesor Hauriou“.

La sección de libros y revistas estuvo a cargo de Pablo de Azcárate (n.1890), estrecho colaborador de Fernando de los Ríos en esa sección.

El lector del número correspondiente al domingo 13 enero 1918 tuvo acceso en la Hoja Literaria a colaboraciones de la condesa de Pardo Bazán (n.1851) “La joya del Museo”; de Miguel de Unamuno (n.1864) “Daoiz y Velarde”; de Ramón Pérez de Ayala (1880), que dedicaba su sección de Las Máscaras a “Teatro en serio y teatro poético” y de Enrique Díez-Canedo (n. 1879) quien dedicó sus Apuntes de la semana a los “Almanaques Literarios”, comentando con simpatía el texto -en catalán- del Almanac de La Revista para el año 1918 al considerarlo una “muestra valiosísima del estado de las letras vivas en el antiguo Principado” con abundantes ilustraciones entre las que destacaba las “finísimas viñetas de los meses” de Josep Obiols.

Almanac de La Revista 1918

Y anotaba que mientras las nuevas generaciones catalanas habían hecho revivir la costumbre del almanaque literario en Madrid habían dejado de publicarse preguntándose si era por la idea del tiempo que llevaban consigo “porque el Tiempo engendra el Pasado, ese país, más vasto cada vez, sobre el cual luce, pálido, el sol de la Melancolía”.

También el mismo Díez-Canedo reseñaba, con cierta sorna crítica, la edición que acababa de hacer de la segunda parte de las Novelas ejemplares de Cervantes en la colección de Clásicos Castellanos el académico Francisco Rodríguez Marín  (n. 1855), erudito no bien visto por los filólogos del Centro de Estudios Históricos de la JAE en cuya órbita se encontraba el propio Díez-Canedo.

El Sol Agricultura y Ganaderia

También ese lector pudo acceder en ese ejemplar de El Sol en su sección de “Agricultura y Ganadería” a colaboraciones de Luis de Hoyos Sainz (n.1868), el responsable de esa hoja semanal, y del ingeniero agrónomo Enrique Cremades.

Luis de Hoyos dedicó su artículo sobre la España agrícola a “Los trigales de España”. Ofreció en él un balance pormenorizado de la producción de trigo, cuantificando los cultivos de las principales provincias trigueras, lideradas por Toledo, Valladolid, Albacete, Ciudad Real, Cuenca, Badajoz, Sevilla y Zaragoza, todas ellas con extensiones superiores a 150.000 hectáreas, según se podía visualizar en el mapa con el que acompañó su estudio. Además ofreció información sobre los trigales de regadío, que con 256.700 hectáreas no pasaban del 6 por 100 del total del cultivo del “cereal rey”.

Luis de Hoyos 13 enero 1918

El artículo se iniciaba con una serie de consideraciones metodológicas que transcribo porque tienen un doble interés: muestran cómo Luis de Hoyos era un firme defensor de considerar a la región natural como un objeto heurístico en investigaciones científicas de diverso tipo y cómo la estadística era una ciencia de moda en la sociedad española de aquel momento, dominada por el poder de los números. Por ejemplo quien visitase el Ayuntamiento de Madrid por aquellos días podía contemplar en el antedespacho del alcalde un gráfico mural elaborado por el jefe del Negociado de Estadística municipal Federico Montes,  y por el Oficial del Ayuntamiento Carlos de Diego en el se exponía la mortalidad y natalidad en la ciudad de Madrid durante el último quinquenio, comparadas mensualmente (El Sol, 12 enero 1918, p. 7).

He aqui las reflexiones de Luis de Hoyos con las que iniciaba el mencionado artículo:

Cuando hay pluralidad o variación en las cosas, sólo existe un método racional y eficaz en la investigación de las causas: y aun en la simple ordenación y conocimiento somero de los fenómenos, el método matemático o estadístico es fecundo siempre, aun no pudiendo llegar a utilizarle como proceso de investigación, y habiendo de limitarse a veces, por desconocer las variables de las funciones, a utlizarle como mero procedimiento de exposición. Por eso en estos bocetos de estudio de las cuestiones de más alto interés en Agricultura, las de producción del trigo la emplearemos para averiguar o para exponer al menos el cómo se manifiestan en el total de la nación o en sus unidades provinciales; si bien respecto a éstas hemos de advertir que ni es homogénea ni comparable entre sí tal división política, y que es preciso llegar, para afinar el análisis y evitar graves errores, a tomar en esto, como en todos los fenómenos naturales y sociales, el partido o distrito judicial, ya que con ellos podrán realizarse agrupaciones más útiles para el verdadero concepto de estos estudios, que es la región natural, base precisa de todas las investigaciones, no sólo en Agricultura, sino en todos los fenómenos físico-naturales y sociales.

Por su parte el ingeniero agrónomo Enrique Cremades en la sección Original ajeno dedicó su colaboración “El cultivo del algodón” a explicar con gran detallismo y con “precisión matemática e incontrovertible” la producción de algodón desde 1914 en la colonia agronómica de San Pedro de Alcántara en el litoral malagueño para mostrar la alta rentabilidad obtenida del cultivo de esa planta tan relevante para la industria textil española.

Finalmente el lector del ejemplar correspondiente al lunes 14 de enero de 1918 se encontraba en una página con el elogio del crítico de arte de El Sol Francisco de Alcántara (n.1854) a la labor llevada a cabo por el Boletín de la Sociedad Española de Excursionistas que ya tenía veinticinco años de existencia. Además Alcántara ofrecía el sumario del último número del Boletín –el de 1 de septiembre de 1917 (ver aquí el ejemplar)- fijando su atención en la Cartilla excursionista dedicada a Avila que publicaba en él el historiador del arte Elías Tormo (n.1869), vinculado al Centro de Estudios Históricos de la JAE, “a causa de su carácter popular” y por la abundancia de excursionistas madrileños que en todas las estaciones se encaminaban a esa ciudad castellana, especialmente escolares, como los alumnos de la Institución Libre de Enseñanza, los del Centro Escolar de la Residencia de Estudiantes, de algunos centros municipales y de la Universidad.

Avila Elias Tormo

 

Poco después el lector de El Sol recibía información sobre los preparativos  del Primer Congreso Nacional de Medicina que se iba  a celebrar en Madrid en abril de 1918 en el que se pensaba crear la Asociación Médica Española o sobre una serie de proyecciones de películas norteamericanas de gran interés científico, agrícola e industrial que se estaban proyectando en el anexo del Círculo Francés, antiguo teatro de Benavente, instando el gacetillero a que los obreros y los alumnos de la escuela de Ingeniería de Minas asistiesen a tales proyecciones que mostraban los adelantos modernos de la ciencia, relacionada particularmente con la industria del carbón.

También se publicó el amplio artículo enviado desde Cáceres por un tal Alberto Muñoz con el título de “Por la España desolada. La región de las Hurdes. Depauperación española” con información de interés sobre esa deprimida región extremeña, cuyas carencias educativas eran notables, por lo que el autor del artículo solicitaba al Director general de primera enseñanza el farmacéutico y naturalista Marcelo Rivas Mateos (n. 1875),  extremeño, que interviniese para solucionarlas.

El Sol Pedagogía e Instrucción Pública

Y en la sección Pedagogía e Instrucción Pública tenía acceso a un amplio artículo del responsable de la sección, el pedagogo Lorenzo Luzuriaga (n.1889), sobre “Las bibliotecas públicas”, o a diversas noticias de cómo afectaba la guerra al sistema universitario en Francia o a iniciativas educativas adoptadas por combatientes canadienses o a prisioneros ingleses en campos de concentración alemanes.

El artículo de  Lorenzo Luzuriaga era expresivo de “los aires de crítica y de reconstrucción que corren por toda la superficie del pueblo español”. Construyó su artículo este notable pedagogog al hilo de una decisión tomada en el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, que presidía el catalán Felipe Rodés (n.1878), por su segundo, el subsecretario José Martínez Ruiz, más conocido como Azorín (n.1873). En efecto este escritor que también hacía de político en esas fechas rechazó un acuerdo, poco honesto, tomado por la Junta Superior de Archivos y Bibliotecas, y esa circunstancia la aprovechó Luzuriaga para ejercer una crítica demoledora del funcionamiento de las bibliotecas oficiales, en cuya desorganización constataba la divisoria creciente entre la España oficial y la España vital, “entre la España que  se está cayendo y la que empieza a adquirir consistencia”. Su juicio sobre esa desorganización era contundente: “Mientras el público pide cada día más y mejores obras para leer, en tanto que el impulso por el perfeccionamiento de la cultura popular y profesional va constantemente en aumento, las bibliotecas públicas permanecen en las misma situación que las dejó el siglo XVIII, oponiendo a aquel impulso saludable la poderosa resistencia de su completa inmovilidad”.

Esa situación se debía a múltiples factores: falta de consigaciones en los Presupuestos para la compra de libros, pero también una errónea distribución de los recursos, pues los gastos en personal eran desproporcionados, como se estaba denunciando en el semanario España cuya información resumía Luzuriaga. De modo que si las diversas secciones de la biblioteca de la Universidad de Madrid le costaban al Estado en personal 157.250  pesetas, en cambio para la compra de libros y material de oficina la cantidad asignada era de 4 mi pesetas; o bien si las partidas de los Presupuestos para material de archivos, bibliotecas  y museos había aumentado desde 1900 en 178.650 pesetas para toda la red estatal, las del personal correspondiente se había incrementado en 615.974 ptas. Y además los gastos en libros se hacían o sin orden y concierto o por motivos espurios como Luzuriaga mostraba atendiendo a los criterios seguidos en las compras realizadas en 1917 con destino a las bibliotecas populares. En su opinión esas compras habían tendido a “recompensar un servicio  o una fiel amistad o parar un posible ataque en la Prensa o en el Parlamento”.

Esa sección se cerraba con la reseña o extracto de diversos libros y artículos de revistas entre los que destacaba el que acababa de publicar un omnipresente Miguel de Unamuno “Sobre el clasificacionismo en la enseñanza” en el Boletín Escolar, (accesible aquí),  una publicación que había fundado Lorenzo Luzuriaga en 1917. En él Unamuno, quien fechaba su texto el 1 de enero de 1918, realizaba una acre crítica al Epítome de Gramática Castellana de la Academia Española destinado a la enseñanza primaria, pues en su opinión no sólo estaba lleno de disparates sino que estaba afectado de “clasificacionismo”, es decir de la manía de clasificar por clasificar, sin fin ulterior. Y se preguntaba Unamuno: ¿Qué aprende el niño, por ejemplo, con saber que a unos vocablos se les llama substantivos y a otros adjetivos, o que tal otro es “pluscuamperfecto”. La respuesta era obvia: fundamentalmente nada; nada más que palabras. E iba explicando los dislates que la aplicación de esa manía producían en la enseñanza de diversas materias escolares como el catecismo, la geografía, la geometría, donde “se insiste en el disparate de que las líneas pueden ser rectas, quebradas o curvas, sin saber sus leyes genéticas”, la historia de España y la Historia Natural en la que “el clasificacionismo llega al delirio”.

Además Unamuno arremetía contra la pedagogía manjoniana porque al Sr. Manjón (n.1846) se le había ocurrido enseñar esas cosas aplicándolas a los juegos “sin ver que jugando los niños aprenden las mismas vaciedades que aprendían sin jugar”. De manera que “no quieren entender los maestros que en pedagogía lo que importa es lo que se ha de enseñar y no cómo se ha de enseñarlo, y que enseñar jugando puede parar en jugar a que se enseña”.

También criticaba el llamado ejercicio de análisis gramatical en las oposiciones a escuelas, y pedía al director general de Primera Enseñanza, el ya mencionado Marcelo Rivas Mateos, a quien dedicaba el artículo que lo suprimiese, “pues la ciencia no consiste en catalogar el universo -y además mal- para devolvérselo a Dios en orden, numerado y alfabetizado”. La alternativa que proponía Unamuno como ejercicio era que los opositores escribiesen un cuento o una leyenda pues así se podría apreciar si conocían bien su lengua y la empleaban correctamente. Y concluía sentenciosamente: “Hay que acabar con el clasificacionismo: algo de filosofía no vendría mal para ello”.

Anuncios


1 comentario

4 de marzo de 1932: cuando Azorín solicitó más recursos para el Museo de Ciencias Naturales y el Jardín Botánico

El 7 de marzo de 1932 el presidente del gobierno Manuel Azaña daba cuenta en su diario de que Amós [Salvador Carreras] -considerado su mano derecha (ver aquí)-  le había informado de una entrevista que había tenido con José Ortega y Gasset. En ella, entre otros asuntos, el filósofo Ortega le había dicho al arquitecto riojano Amós Salvador Carreras que la adhesión del país hacia Azaña aumentaba “pero que con frialdad, sin entusiasmo, y hay que elevar la temperatura, etcétera” y que “Luz está muy mal económicamente; que con quinientas mil pesetas se salvaría la situación, y que Luz se inclinaría a seguir a don Manuel Azaña en vez de seguir a don José Ortega. Reconoce que él no tiene condiciones para la política práctica, y que la idea de sentarse en el banco azul le horroriza. Está, además, mal de salud” (1).

Luz además de problemas económicos tenía por esos días a su director, el gran periodista Félix Lorenzo, enfermo, según sabemos por una entrevista en la revista ilustrada Crónica el domingo 27 de marzo con motivo de un homenaje que le hicieron en Cartagena por su contribución al advenimiento de la República como director de El Sol y sus “Charlas al sol” que firmaba con el seudónimo de “Heliófilo”.

Felix Lorenzo Heliófilo

Pero a pesar de esas dificultades económicas y de la enfermedad de su director las páginas de Luz en las primeras semanas de su existencia son una interesante fuente de información sobre la vida cultural y científica de Madrid y de la España republicanas. Buena prueba de ello es el artículo de Azorín que presento a continuación. Este singular escritor era colaborador habitual de ese diario republicano. Así a lo largo del mes de marzo de 1932 publicó, entre otros artículos, unas interesantes semblanzas de los dos grandes políticos republicanos de aquel momento: Manuel Azaña y Alejandro Lerroux, que mantenían una sorda rivalidad.

Azorín en un reportaje de la revista Estampa 13 mayo 1933 p. 8

Azorín en un reportaje de la revista Estampa 13 mayo 1933 p. 8

El 4 de marzo de 1932 firmó un artículo titulado “Islotes”. En él instaba a que en el presupuesto del ministerio de Instrucción Pública que se discutiría en las Cortes a finales de ese mes se incrementase la partida destinada a dos instituciones científicas madrileñas, -el Museo de Ciencias Naturales y el Jardín Botánico- con cuyos trabajos e historia Azorín estaba familiarizado. Así lo demuestran sus alusiones al programa expedicionario organizado desde esas instituciones a tierras americanas en los siglos XVIII y XIX que resumí en mi Breve historia de la ciencia española (Madrid, Alianza editorial, 2003) y a la labor del naturalista e historiador americanista Marcos Jiménez de Espada, que analicé hace años en mi tesis doctoral y en el libro colectivo Marcos Jiménez de la Espada (1831-1898). Tras la senda de un explorador (Madrid, CSIC, 2000). Azorín defendía en su artículo la conveniencia y necesidad de dar un impulso al cultivo de las ciencias naturales en la España republicana y nos da a conocer también las impresiones que le había causado la reciente lectura del relato de viaje De Bogotá al Atlántico de su amigo colombiano Santiago Pérez Triana,.quien años atrás se había internado por la Orinoquía o Llanos orientales colombianos.

He aquí un extracto del sugerente texto azoriniano aparecido en la página 3 del diario Luz del viernes 4 de marzo de 1932:

cetonia00.jpg_2007527225910_cetonia00

Cetonia aurata

Imaginamos el Museo de Ciencias Naturales y el Jardín Botánico como dos islotes perdidos; dos islotes perdidos en un mar de indiferencia, de negligencia y de abandono. Las ciencias naturales no sirven para nada; a los políticos no les interesan las ciencias naturales. Un dorado cetonio se acuesta por la noche en el seno fragante de una rosa; a la madrugada, el fresco rocío entumece sus miembros; un naturalista, que ha madrugado, lo está observando. ¿Para qué servirá el que este naturalista observe el dorado y fino cetonio? Un observador de la Naturaleza, el doctor Pau, de Segorbe, descubre un día en el monte un nuevo tomillo; tiene la gentileza este naturalista de dedicar la nueva variedad de tomillo al querido maestro D. Ignacio Bolívar; ya lleva el tomillo nuevo el nombre del admirado sabio. ¿Para qué servirá el descubrimiento de un tomillo? Alguna vez hemos imaginado un verdadero disparate: pensábamos que lo que hicieron los antiguos podíamos hacerlo nosotros. Si los antiguos -poetas y filósofos- adquirieron la finura y el sentido de humanidad que ahora admiramos en ellos, fue porque vivieron en contacto con la Naturaleza,porque observaron esa Naturaleza que luego, en el correr de los siglos, al descubrirlos a ellos, volvía a ponerse en contacto con nosotros. Y si observáramos la Naturaleza, si diéramos un gran impulso a las ciencias naturales, casi -digamos pudorosamente casi- no tendríamos necesidad de las llamadas humanidades; la persistente cuestión de las humanidades, la pugna entre los partidarios de la Ciencia y los partidarios de los clásicos, estaría, por fin, resuelta. En España ha habido conquistadores del Nuevo Mundo; no sentimos, querido lector, un gran entusiasmo por ellos; nos cautivan, en cambio, con profunda admiración, los observadores de la Naturaleza en América, que España ha dado al mundo. Ya desde el siglo XVI esos hombres publican libros curiosos y pintorescos. Pero es a mediados del siglo XVIII, al renovarse las ciencias en Europa, cuando los españoles realizan sus admirables expediciones por tierras americanas. En el archivo del Jardín Botánico hay abundantes pruebas de lo que esos españoles han hecho en América. Las expediciones científicas han sido muchas; D. José Celestino Mutis estuvo veintitrés años estudiando en América las plantas, las piedras y los animales. Fue Mutis el fundador del primer observatorio astronómico en el continente americano. La última de las grandes expediciones científicas fue la realizada en 1862, y que duró cuatro años [es la conocida como Comisión Científica del Pacífico que se puede conocer en el sitio web www.pacifico.csic.es, creado por un equipo que tuve la fortuna de coordinar entre 1998 y 2003]; expedición en que figuró D. Marcos Jiménez de la Espada. No se tiene, generalmente, idea de lo que esas expediciones son. Las que parecen más sencillas son ímprobas por todo extremo. El inolvidable amigo Santiago Pérez Triana realizó hace unos cuarenta años una expedición de Bogotá al Atlántico, siguiendo el curso de los ríos Meta, Vichada y Orinoco. Releído ahora su relato, parece que lo hemos vivido. Hemos caminado días y días, semanas y semanas, por el seno de un bosque inextricable; caminábamos casi en tinieblas; la luz del día apenas llegaba, opaca, palidísima, densa, hasta nosotros. Había que caminar lentamente, abriéndonos paso a fuerza de hachazos…La fatiga física es abrumadora…Pero aparte del cansancio físico está la obsesión moral que se apodera del explorador a poco de comenzada su empresa. En una interesantísima conferencia dada en 1914 (ver aquí)  por Rudyard Kipling, en la Sociedad Geográfica de Londres, el famoso escritor ha estudiado este curioso aspecto de los viajes. La obsesión moral de que hablamos reviste diversas formas y dura hasta mucho después que la expedición ha terminado; es como una marca dolorosa que se imprime en el cerebro. Uno de los exploradores consultados por Kipling le dijo que él sentía como si tuviera una barra trasversal junto al ojo derecho; en otro esta obsesión revestía la forma de una línea recta, inflexible, aterradora, línea que representaba el camino que, por un terreno llano y árido, había que recorrer. 

Volvamos a nuestros islotes; los islotes perdidos en un mar de indiferencia. Tornemos al Museo de Ciencias Naturales y al Jardín Botánico. Cada vez que se nombra un nuevo ministro de Instrucción Pública es como si apareciera en el horizonte un barco, barco que viniera a socorrer a los pobres habitadores de los islotes. Si el ministro es inculto, el barco pasa de lejos; si es ilustrado, el barco se acerca a la costa. Al presente el ministro [Fernando de los Ríos] es una persona culta y sensible; el barco aparece en el horizonte y se va acercando. Los moradores de los islotes están contentísimos; por fin va  a haber un ministro a quien interesen las ciencias naturales; se va a prestar atención a los desamparados Museo de Ciencias Naturales y Jardín Botánico. Se va acercando el barco. En la playa los moradores de las islas lo ven venir gozosos. Se divisa el ministro en la cubierta. “¡Qué simpático es! -exclaman los pobres insulanos-. ¡Qué inteligente! ¡Qué culto! ¡Qué fino! ¡Qué comprensivo! Ha dado medio millón para estudios medievales (2). Ha dado un millón para teatro lírico. Con seguridad que nos va a atender a nosotros”. Todos esperan que el barco se acerque; todos saludan con sus pañuelos. Y de pronto el barco, en vez de aproximarse a la costa, sigue su rumbo, sigue, sigue, sigue….

No sabemos si la solicitud de Azorín tuvo efectos inmediatos. Pero en los meses posteriores el ministro Fernando de los Ríos apoyaría la expedición al Amazonas que organizó el capitán de la Aviación Francisco Iglesias, quien en ese mes de marzo acudiría al despacho del ministro en compañía de José Ortega y Gasset y el director del Museo de Ciencias Naturales Ignacio Bolívar. Lo sabemos porque nos informó de ello Julio Romano, otro periodista de Crónica en una entrevista que le hiciera al ministro publicada en esa interesante revista ilustrada el domingo 13 de marzo de 1932.

Entrevista a Fernando de los Rios. Crónica domingo 13 de marzo 1932 p. 13

Entrevista a Fernando de los Rios. Crónica domingo 13 de marzo 1932 p. 13

Significativamente la expedición al Amazonas que se estaba organizando por esas fechas, y que no llegaría a salir de tierras españolas, tenía como uno de sus objetivos rememorar las aventuras  de la Comisión Científica del Pacífico, y actualizar en parte sus investigaciones amazónicas, como ya expuse hace tiempo en mi texto “La Comisión científica del Pacífico: de la ciencia imperial a la ciencia federativa” (ver aquí).

Otra consecuencia indirecta de este artículo podría ser el nombramiento de Azorín como integrante del Consejo Nacional de Cultura, según decreto del presidente de la República Niceto Alcalá Zamora de 21 de septiembre de 1932, como indiqué en otra entrada anterior de esta bitácora.

Para saber más sobre Azorín periodista e historiador:

Verónica Zumárraga, El jornalero de la pluma. Los artículos de Azorín en La Prensa, Alicante, Publicaciones Universidad Alicante, 2011

Azorín, ¿Qué es la historia?, edición de Francisco Fuster, Madrid, Fórcola ediciones, 2012.

Notas

(1): Manuel Azaña, Obras completas. vol. 3: abril 1931-septiembre 1932, (edición de Santos Juliá), Madrid, Ministerio de la Presidencia, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2007, p. 935.

(2) Se refiere Azorín a la creación a principios de 1932 del Instituto de Estudios Medievales dirigido por Claudio Sánchez Albornoz, entonces rector de la Universidad Central, y diputado de Acción Republicana, en el seno del Centro de Estudios Históricos de la JAE.

 


Deja un comentario

Quiénes integraron el Consejo Nacional de Cultura republicano en septiembre de 1932

Caricatura de R. Fuente del ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes Fernando de los Ríos El Sol 27 marzo 1932

Caricatura de R. Fuente del ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes Fernando de los Ríos El Sol 27 marzo 1932

En una entrada anterior (ver aquí) se explicó cómo el dirigente socialista Fernando de los Ríos, siendo ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes de un gabinete presidido por Manuel Azaña, logró transformar en los meses centrales de 1932 el Consejo de Instrucción Pública en un Consejo de Cultura Nacional. En efecto en su sesión del 25 de agosto de 1932 las Cortes republicanas aprobaron el proyecto de ley que hizo posible esa transformación de un organismo que en el pensamiento de su promotor permitiría vivificar la vida cultural del país y reorientar sus fundamentos educativos.

Días después, el 9 de septiembre, la Gaceta de Madrid publicaba el texto articulado de la ley y más tarde, el 21 de septiembre, un decreto del presidente de la República D. Niceto Alcalá-Zamora y Torres. En él, de acuerdo con el Consejo de Ministros y a propuesta del ministro Fernando de los Ríos, se nombraba a los siguientes consejeros quienes, juntamente con los que ya formaban parte del Consejo de Instrucción Pública, completaban el número de los que constituían el nuevo Consejo Nacional de Cultura.

Estas eran las catorce nuevas incorporaciones a ese alto organismo consultivo republicano:

Para la sección segunda, encargada de la Segunda enseñanza y enseñanza media de carácter técnico y artístico, al catedrático de instituto e historiador Pedro Aguado Bleye (Palencia 1884-Bilbao 1954), quien había sido catedrático de los institutos de Huesca y Bilbao, y autor de un importante Manual de Historia de España.

Para la sección tercera, responsable de la enseñanza superior, Universidades, Escuelas Técnicas profesionales y centros de investigaciones científicas, fueron nombrados:

  • el filólogo y catedrático de la Universidad Central de Madrid Américo Castro y Quesada (Cantagalo-Brasil-1885-Lloret de Mar 1972),quien había sido embajador español en Berlín durante unos meses de 1931, tras la proclamación de la República. Sobre esa experiencia alemana son interesantes sus declaraciones al periodista socialista Carlos de Baraíbar del diario Luz, financiado por Nicolás María Urgoiti y plataforma política de José Ortega y Gasset, el 27 de enero de 1932 (p.6).
  • el ingeniero de caminos, canales y puertos, profesor de esa escuela de ingeniería e historiador del arte Antonio Prieto Vives (Mallorca ?- Madrid 1939), muy vinculado al Centro de Estudios Históricos de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas desde tiempo atrás.
  • el prestigioso ingeniero de Montes Enrique Mackay Monteverde (Santa Cruz de Tenerife 1876-Cazorla 1974) , responsable de la ordenación forestal de la Sierra de Cazorla durante el primer tercio del siglo XX.
  • el director de la Escuela de Ingenieros industriales, director de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre desde junio de 1931 a mayo de 1933,  diputado del partido republicano radical por la circunscripción de Guipúzcoa Juan Usabiaga Lasquibar (San Sebastián 1879-San Sebastián 1953), quien ocupó otras altas responsabilidades durante varios gobiernos republicanos como consta en el siguiente texto, extraido de la Memoria del Instituto Nacional de Previsión en 1934.

Juan Ursabiaga Lasquíbar

  • Manuel Alvarez-Ugena (Madridejos 15 de mayo de 1892-Ciudad de México 10 de marzo de 1976), ingeniero agrónomo, profesor universitario y destacado político republicano. Fue secretario general de Acción Republicana, el partido liderado por Manuel Azaña, con quien Alvarez-Ugena colaboró desde 1918.  En su exilio mexicano se ganaría la vida desempeñando diversas tareas y dando clases de matemáticas hasta su jubilación con 81 años en el Colegio Madrid, una de las grandes instituciones educativas creadas por los exiliados republicanos en Ciudad de México, que tuve la oportunidad de visitar el 22 de noviembre de 2013.
  • el destacado militar republicano del Cuerpo de Ingenieros  Carlos Masquelet Lacaci (El Ferrol 14 julio 1871-La Junquera, Gerona 1948), persona de confianza de Manuel Azaña,  quien siendo Ministro de la Guerra lo nombró Jefe del Estado Mayor Central. Sería ministro de Guerra entre el 3 de abril y 6 de mayo de 1935 en un gobierno presidido por Alejandro Lerrroux, y entre el 19 de febrero y el 13 de mayo de 1936 ocupó la misma cartera ministerial en los gobiernos presididos por Manuel Azaña y Augusto Barcia Trelles. Durante la guerra civil, como experto en fortificaciones, tuvo una destacada participación en la defensa de Madrid.
Masquelet GCE_PER_Masquelet

El general Carlos Masquelet y Lacaci. Fotografía tomada de la galería de militares republicanos elaborada por la Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores (S.B.A.H.C:)

  • Eugenio Ochoa Teodoro, director de la Escuela Central Superior de Comercio.
  • Obdulio Fernández y Rodríguez (Frías [Burgos] 4 septiembre 1883- ¿Madrid? 29 junio 1982), doctor en Farmacia , catedrático de Química Orgánica y de Análisis de Medicamentos Orgánicos, y decano de la Facultad de Farmacia de la Universidad Central de Madrid desde 1930.
  • y el ingeniero de minas Anselmo Cifuentes y Pérez de la Sala .

Para la sección cuarta, encargada de  Bellas Artes y Archivos, Bibliotecas y Museos, Tesoro Artístico e Histórico nacional, Teatro, Escuelas superiores de Bellas Artes, Conservatorios y Escuelas de Música, fueron elegidos:

  • el arquitecto, gran aficionado a la fotografía e íntimo amigo de Manuel Azaña Amós Salvador y Carreras (Logroño 1879-Madrid 1963), del que disponemos una reciente biografía elaborada por Víctor del Reguero.
  • Aurelio Arteta Errasti (Bilbao 2 diciembre 1879-México 10 diciembre 1940), considerado el más importante de los pintores vascos contemporáneos, fallecido en el exilio.
Dibujo Autorretrato de Aurelio Arteta

Dibujo Autorretrato de Aurelio Arteta

  • el escritor José Martínez Ruiz, “Azorín” (Monóvar -Alicante- 8 junio 1873, Madrid 2 de marzo 1967), sujeto en aquel año de 1932 a filias -como muestra el acuerdo del Ayuntamiento de la ciudad de Valencia de dedicarle una calle en su sesión de 7 de septiembre de 1932 (ver Luz, viernes 30 septiembre 1932, p. 15)- y fobias, como revela el texto de la revista satírica antirrepublicana Gracia y Justicia, acusándolo de chaquetero, tras haber mostrado Azorín sus simpatías por el partido radical de Alejandro Lerroux, según se puede apreciar en las siguientes líneas.

Azorin Gracia y Justicia 13 febrero 1932

  • y el miembro del cuerpo facultativo de Archivos, Bibliotecas y Museos, Miguel Artigas Ferrando (Blesa-Teruel-29 septiembre 1887, Madrid 10 marzo 1947), quien era desde 1930 director de la Biblioteca Nacional, tras haber dirigido durante años la biblioteca Menéndez Pelayo de Santander.


3 comentarios

Aprendiendo geografia de Europa a través de textos literarios en la Barcelona de 1936

Uno de los alumnos que cursaba sus estudios en el Institut-Escola “Pi i Margall” de Barcelona en el curso 1935-1936,  al que dedicamos nuestro post anterior,  se llamaba Vicenç Biete i Farré. Tenía por aquel entonces ese joven estudiante unos quince años, pues había nacido en 1921, en el mismo año que mi padre. En una entrevista que le hicieron en su domicilio particular en junio de 1997 explicó a Joan Tort i Donada y Pere Tobaruela que los responsables de esa institución educativa  intentaron formar a los estudiantes como personas de una manera integral. Los profesores convivían todo el día con los alumnos, quienes en lugar de tener exámenes eran observados y evaluados continuamente. Se animaba a los alumnos a que continuamente se preguntasen por el porqué de las cosas. De ahí que esa experiencia suya de bachiller representase para Vicenç Biete un punto de inflexión en su manera de afrontar la realidad. El bagaje intelectual recibido en esas aulas le acompañaría a él y a otros compañeros durante el resto de su vida.

Pero ese prometedor bachillerato iniciado durante la Segunda República acabaría mal pues la guerra civil lo interrumpió violentamente. De la placidez del curso 1935-1936, a la que intentamos aproximarnos en nuestro post anterior, Vicenç Biete transitó bruscamente a la tragedia de la guerra. Un hermano suyo moriría en la batalla del Ebro durante 1938, y él, adolescente, sería movilizado en el frente del Segre que se estableció así en ese año.

batalla del Segre

De allí Vicenç Biete iría a un campo de concentración. En la posguerra tuvo que abandonar los estudios dedicándose primero a labores comerciales y luego ya en la década de 1950 al mundo de la impresión, donde pudo desarrollar sus dotes creativas.

Con el paso de los años Viçenc Biete llevó a cabo una interesante obra como geógrafo desde el Centre Excursionista de Catalunya, cuyo importante archivo fotográfico se puede consultar en línea en el importante repositorio cooperativo Memoria Digital de Catalunya (MDC).  Entre 1982 y 1991 fue presidente de la Societat Catalana de Geografia.

Lo que queremos destacar aquí es que esa afición por la geografía ya la manifestó Viçenc Biete en su bachillerato truncado del Institut-Escola “Pi i Margall” de Barcelona. En efecto el artículo de fondo del número 7 y último del “Butlletí de la Biblioteca dels alumnes de l’Institut-Escola ‘Pi i Margall'” titulado Estampes d’Europa se ilustraba con un dibujo, un tanto naïf, del continente europeo de Vicenç Biete.

Dibujo de Vicente Biete

El mapa acompañaba a un recorrido literario por  lugares representativos y emblemáticos de Europa. Por aquellos años literatura y geografía estaban estrechamente relacionadas y vuelven a darse la mano actualmente como se aprecia en la novela “El mapa y el territorio” de Michel Houellebecq, según ha mostrado Josep Vicent Boira en un valioso artículo.

Ya Azorín había publicado en 1917 en la editorial Renacimiento El paisaje de España visto por los españoles.Con ese libro en sus manos los lectores recorrían diversos escenarios peninsulares e insulares guiados por selectos textos. El Bierzo con Gil y Carrasco. Galicia en compañía de Rosalía de Castro, Emilia Pardo Bazán y Ramón Mª del Valle- Inclán. Vasconia, cómo no, con la pluma de Pío Baroja. Asturias con Clarín y Castilla con Galdós. Murcia con José Marín Baldo. Alicante con Emilio Castelar. Y Córdoba con la guía de Juan Valera. Sevilla con varios autores, entre ellos Cervantes. Granada nuevamente con Castelar. Cataluña con Pablo Piferrer. Aragón con Gustavo Adolfo Bécquer. Valencia con Vicente Blasco Ibáñez. Mallorca con Rubén Darío y Miguel S. Oliver. La significación  de esta obra ha sido analizada en un interesante texto por el catedrático de Geografía Humana de la Universidad Autónoma de Madrid Nicolás Ortega Cantero.

Casi veinte años después los alumnos del Institut-Escola “Pi i Margall” se desplazaron por Europa familiarizándose con sus paisajes y gentes en compañía de otros escritores, que leyeron indistintamente en catalán y en castellano.

Portada Boletin alumnos IE Pi y Margall

Iniciaron su paseo geográfico precisamente con un párrafo de Barcelona i el mar del gran escritor y periodista de origen mallorquín Miquel dels Sants Oliver,  cuyo padre había fundado el diario La Almudaina en el que había colaborado el profesor de geografía e historia Rafael Ballester, según vimos en otras entradas de este blog.

Luego se fueron a campos portugueses de la mano de A cidades e as serras, una de las obras más representativas del gran novelista Eça de Queiroz. De allí se trasladaron al País Vasco con Les presons imaginàries de Pere Coromines, -padre del gran filólogo Joan Coromines-, y continuaron por  tierras de Francia con el ensayo Hores viatgeres de 1926 del periodista Agustí Calvet o Gaziel, costas de Bretaña con Le chant de l’équipage de 1918 de Pierre Mac Orlan, tierras de Provenza con Camins de França de 1934 del escritor y político de Esquerra Republicana de Catalunya Joan Puig i Ferrater, y la catedral de Estrasburgo con Strasbourg del poeta católico francés Paul Claudel. Siguieron luego rumbo a las pequeñas ciudades belgas de la mano de Festa d’hivern del poeta de origen flamenco Emile Verhaeren, y a Flandes y Amsterdam con sendos extractos de Relacions de 1927 del agudo observador social Josep Pla, uno de los mejores escritores en lengua catalana.

Después viajaron imaginariamente de París a Londres con Fermé la nuit de 1923 del escritor francés Paul Morand. A Inglaterra se aproximaron con el libro de 1931 del alemán, nacionalizado suizo, Emil LudwigLebensgeschenke . Observaron Londres con textos de Arceval y los ingleses de 1925  de Salvador de Madariaga, y Londres de Paul Morand, y el norte de Inglaterra con otro párrafo de Relacions de Josep Pla. Saltaron nuevamente al continente y se fueron a Dinamarca en compañía del libro de viajes La conquista del horizonte  de 1932 de Wenceslao Fernández Flórez, a Noruega con I went to Russia del escritor irlandés Liam O’Flaherty, -reseñado en el diario La Vanguardia de Barcelona el 12 de marzo de 1932–  y a Letonia con un párrafo de Rússia de Josep Pla, resultado de su viaje a la Unión Soviética en 1925 por encargo del diario barcelonés La Publicitat.

Arceval y los ingleses - Salvador de Madariaga

Se internaron luego en Leningrado con otro texto de I went to Russia del irlandés, ya mencionado, Liam O’Flaherty; en la estepa rusa en compañía del periodista y político socialista Julio Alvarez del Vayo, autor de La nueva Rusia; y fueron a Moscú, “la capital roja”, con otro párrafo de I went to Russia de Liam O’Flaherty.

Se encaminaron a continuación hacia Lübeck, ya en tierras alemanas, con un poema de Paisatge de Josep M. de Sagarra, y navegaron por el Rin con un fragmento de la monumental novela Jean-Christophe que abriría las puertas del Nobel de Literatura de 1915 al francés  Romain Rolland. Luego se dirigieron a las montañas suizas en compañía de Zaubeberg o La montaña mágica de 1924 del alemán Thomas Mann -premio Nobel de Literatura en 1929- y a las llanuras húngaras con Llanterna mágica, publicada en 1926, de Josep Pla, cuya obra se sigue editando y analizando.

Josep Pla Llanterna mágica

Entraron en Italia con un texto publicado en 1935 de Dels meus records del pintor Josep de Togores, pasearon por las tiendas napolitanas con la novela La mujer de ámbar de Ramón Gómez de la Serna, publicada en 1928, y navegaron por el litoral siciliano en compañía de El pont de la mar blava publicada en 1928 por el destacado intelectual y político republicano y catalanista Lluís Nicolau d’Olwer.

Se introdujeron luego en el mundo balcánico de la mano de un texto de Europa del aristócrata alemán Eduard von Keiserling.  Se aproximaron a la Valaquia danubiana gracias a Les chardons du Baragan, publicada en 1928, del escritor rumano Panaït Istrati. Visitaron Constantinopla con Incidences que el escritor francés André Gide publicó en 1924. Y terminaron ese tour en Esmirna, lugar donde “Europa y Asia se encuentran” según expresara en Two years el irlandés Liam O’Flahertyguía por esas tierras de los escolares barceloneses que elaboraron el último boletín de la biblioteca del “Institut-Escola Pi i Margall” en el año 1936, de tan hondas resonancias en la historia de España.

Para finalizar esta entrada finalizo con dos de las estampas más breves, seleccionadas por los alumnos de ese Instituto-Escuela para internarse por el continente europeo, escritas por dos periodistas viajeros.

La primera corresponde al catalán Josep Pla. En Rússia describe así el paisaje de Letonia:

“A mesura que el tren va penetrant Letònia endins i s’obren, com un ventall, davant la via les ales del paisatge, la terra es va tornant cada vegada més desolada. Darrera la finistra del vagó, sota una pluja que sembla que dura de tota la vida, s’allarga un paisatge lacustre, despoblat, amb un perfil d’ondulacions queixelades amb mates baixes i algun arbre esquiu i raquític, sobre un cel esblaimat”.

La segunda al madrileño Julio Alvarez del Vayo quien, en su libro La nueva Rusia de 1926,  evocó así su paso por la estepa rusa:

“Se había obscurecido de pronto el horizonte, y los nubarrones negros iban cerniéndose sobre nosotros cada vez más próximos. Por toda la estepa soplaba fuerte aire de tormenta. Los caballos de las troikas que encontrábamos en el camino se encabritaban a cada relámpago, emprendiendo con las crines alborotadas una carrera loca por los campos sedientos de lluvia. Sobre toda la región del Volga pesaba desde hacía semanas la amenaza de una nueva sequía y el recuerdo terrible de la que provocara en 1921 la catástrofe del hambre”.