jaeinnova

Cuaderno de investigación de Leoncio López-Ocón sobre las reformas educativas y científicas de la era de Cajal. ISSN: 2531-1263


Deja un comentario

Culturas nativas del Chaco paraguayo en un diario madrileño de 1932

En junio de 1932 avanzaban los preparativos de la expedición al alto Amazonas que proyectó el aviador capitán Francisco Iglesias, con apoyo del ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, el destacado dirigente del PSOE Fernando de los Ríos. El capitán Iglesias, un especialista en marketing diríamos hoy, hacía lo indecible para convencer a actores diversos del interés de su proyecto político-científico. Y logró, por ejemplo, que el 8 de junio de ese año de 1932  la revista ilustrada Mundo Gráfico insertase el siguiente suelto sobre el libro que acababa de editar donde explicaba los objetivos de su expedición científica.

Anteproyecto viaje Amazonas

Simultáneamente, el colaborador del diario Luz el escritor alemán, de origen judío-askenazí y nacionalizado español en 1934, Máximo José Kahn (Frankfurt 1897- Buenos Aires 1953), -al que ya hemos mencionado en otra entrada de esta bitácora (ver aquí)-  decidió el viernes 3 de junio de 1932 dedicar una de sus colaboraciones habituales en ese diario a hacer una breve crítica de otra publicación de tema americanista. Como es sabido Luz estaba financiado por Nicolás María de Urgoiti, y era usado por José Ortega y Gasset como plataforma política.

En efecto ese 3 de junio de 1932 ese inquieto periodista ofreció a sus lectores con el titulo “El mundo exótico” la reseña de un libro publicado por el antropólogo alemán Herbert Baldus, (1899-1970), quien había vivido en Sudamérica entre 1920 y 1928, y convivido con poblaciones nativas del Chaco, adonde se había dirigido en 1923 para hacer filmaciones cinematográficas.

Baldus Herbert portrait_4fdbbff841feb

El antropólogo alemán Herbert Baldus, nacionalizado brasileño en 1941

Retornado a Alemania Herbert Baldus se doctoró en 1932 como antropólogo americanista en la Universidad de Berlín con una tesis sobre las lenguas zamucanas, habladas en el Chaco boliviano-paraguayo, las cuales se encuentran actualmente en peligro de extinción. En sus estudios de doctorado se formó como investigador al lado del etnólogo y sociólogo Richard Thurnwald (1869-1954), el antropólogo e historiador de las religiones de poblaciones amerindias de México  y Colombia Konrad Theodor Preuss (1869-1938), quien formó un importante archivo fotográfico sobre los indígenas de la sierra colombiana de Santa Marta, y el etnólogo, lingüista y arqueólogo Walter Lehmann (1878-1939).

El año anterior a la defensa de su tesis doctoral, es decir en 1931, Baldus logró publicar en Leipzig el libro Indianerstudien im nordöstlichen Chaco. Sus más de doscientas páginas estaban acompañadas de dibujos sobre los indígenas chaqueños. Se considera a ese libro como su primera obra científica destacada, en la que hizo estudios comparativos sincrónicos entre los grupos indígenas Chamacoco y Kaskihá o guanás, del Chaco boreal de Paraguay, y los Mbiá-Guarani del Mato Grosso brasileño.

Baldus libro

La obra mostraba el conocimiento de su autor sobre unas etnias paraguayas que poco después sufrirían la hecatombe de la “mala guerra”del Chaco entre Bolivia y Paraguay, iniciada el 9 de septiembre de 1932 y finalizada el 12 de junio de 1935, precedida de una serie de incidentes militares en la frontera entre los dos países desde 1928.

guerra-del-chaco

 

Dado el interés de la breve reseña de este libro por Máximo José Kahn la reproduzco íntegra a continuación, actualizando entre corchetes la grafía de las etnias mencionadas.

La cultura nativa del Chaco pertenece a los problemas más sugestivos del mundo de los indios. Baldus vivía entre chamacocos, que se componen de esas tres tribus: horios [ório], ebidosos [ybitosos o ebitosos][ y tumerehas [tomárahos]. Explora y describe sus usanzas, su vida sexual, su idioma, su mentalidad. Descontentos de nuestra cultura europea contemporánea escuchamos con ansiedad la narración exótica. Aunque las investigaciones de Baldus son acentuadamente científicas dan la impresión de fábula: nuestra ciencia es occidental -la vitalidad de esos indios excede de la comprensión del Occidente.

Mapa-py

En color naranja el área ocupada por los chamacocos, entre los que convivió Herbert Baldus

El indio de Baldus llama “detrás” el frente del objeto que mira, pues este lado corresponde a la espalda del espectador. Las muchachas chamacocos, antes de unirse a su futuro esposo, se casan con algún anciano para prepararse al matrimonio auténtico. Esos indios representan en un mismo dibujo frente y perfil de las personas. Para poder correr bien comen carne de ciervo; para ser nadadores ligeros se alimentan con pescado; para llegar a ser listos devoran carne de zorro. Propiedad es lo que uno hizo para sí. Los juegos de los niños consisten en imitar los trabajos de sus padres.

Estos ejemplos, cuyo número se podría aumentar excesivamente, sirven de prueba de que el libro de Baldus transparenta una cultura refinada. Si se quiere comprimir ese refinamiento en un concepto de la civilización se diría que los chamacocos son materialistas hipersensibles. Ciertos rasgos (por ejemplo, el del hombre que se acusa de impotencia por no tener que declarar la esterilidad de su mujer) que parecen indicar idealismo en efecto son una vehemente afirmación de la convicción materialista desfigurada por el temor de ser tomado por pobre. El trabajo de Baldus permite una penetración singular del alma india y del encanto paisajista del Chaco.

Dos años después de la publicación de ese libro sobre los chamacocos, habitantes del Chaco boreal paraguayo, y al año de haber obtenido su título de doctor Herbert Baldus, en 1933, tras la llegada al poder de Hitler, retornó a tierras sudamericanas, exiliándose por sus convicciones antifascistas y liberales democráticas. Se instaló entonces definitivamente en Brasil, país en el que desarrolló una importante labor académica e investigadora como antropólogo y sociólogo. También se exiliaría en tierras americanas su reseñista en las páginas de Luz Máximo José Khan, quien se instaló en Buenos Aires en 1944, falleciendo en la capital argentina en 1953.

Anuncios


Deja un comentario

4 de marzo de 1932: cuando Azorín solicitó más recursos para el Museo de Ciencias Naturales y el Jardín Botánico

El 7 de marzo de 1932 el presidente del gobierno Manuel Azaña daba cuenta en su diario de que Amós [Salvador Carreras] -considerado su mano derecha (ver aquí)-  le había informado de una entrevista que había tenido con José Ortega y Gasset. En ella, entre otros asuntos, el filósofo Ortega le había dicho al arquitecto riojano Amós Salvador Carreras que la adhesión del país hacia Azaña aumentaba “pero que con frialdad, sin entusiasmo, y hay que elevar la temperatura, etcétera” y que “Luz está muy mal económicamente; que con quinientas mil pesetas se salvaría la situación, y que Luz se inclinaría a seguir a don Manuel Azaña en vez de seguir a don José Ortega. Reconoce que él no tiene condiciones para la política práctica, y que la idea de sentarse en el banco azul le horroriza. Está, además, mal de salud” (1).

Luz además de problemas económicos tenía por esos días a su director, el gran periodista Félix Lorenzo, enfermo, según sabemos por una entrevista en la revista ilustrada Crónica el domingo 27 de marzo con motivo de un homenaje que le hicieron en Cartagena por su contribución al advenimiento de la República como director de El Sol y sus “Charlas al sol” que firmaba con el seudónimo de “Heliófilo”.

Felix Lorenzo Heliófilo

Pero a pesar de esas dificultades económicas y de la enfermedad de su director las páginas de Luz en las primeras semanas de su existencia son una interesante fuente de información sobre la vida cultural y científica de Madrid y de la España republicanas. Buena prueba de ello es el artículo de Azorín que presento a continuación. Este singular escritor era colaborador habitual de ese diario republicano. Así a lo largo del mes de marzo de 1932 publicó, entre otros artículos, unas interesantes semblanzas de los dos grandes políticos republicanos de aquel momento: Manuel Azaña y Alejandro Lerroux, que mantenían una sorda rivalidad.

Azorín en un reportaje de la revista Estampa 13 mayo 1933 p. 8

Azorín en un reportaje de la revista Estampa 13 mayo 1933 p. 8

El 4 de marzo de 1932 firmó un artículo titulado “Islotes”. En él instaba a que en el presupuesto del ministerio de Instrucción Pública que se discutiría en las Cortes a finales de ese mes se incrementase la partida destinada a dos instituciones científicas madrileñas, -el Museo de Ciencias Naturales y el Jardín Botánico- con cuyos trabajos e historia Azorín estaba familiarizado. Así lo demuestran sus alusiones al programa expedicionario organizado desde esas instituciones a tierras americanas en los siglos XVIII y XIX que resumí en mi Breve historia de la ciencia española (Madrid, Alianza editorial, 2003) y a la labor del naturalista e historiador americanista Marcos Jiménez de Espada, que analicé hace años en mi tesis doctoral y en el libro colectivo Marcos Jiménez de la Espada (1831-1898). Tras la senda de un explorador (Madrid, CSIC, 2000). Azorín defendía en su artículo la conveniencia y necesidad de dar un impulso al cultivo de las ciencias naturales en la España republicana y nos da a conocer también las impresiones que le había causado la reciente lectura del relato de viaje De Bogotá al Atlántico de su amigo colombiano Santiago Pérez Triana,.quien años atrás se había internado por la Orinoquía o Llanos orientales colombianos.

He aquí un extracto del sugerente texto azoriniano aparecido en la página 3 del diario Luz del viernes 4 de marzo de 1932:

cetonia00.jpg_2007527225910_cetonia00

Cetonia aurata

Imaginamos el Museo de Ciencias Naturales y el Jardín Botánico como dos islotes perdidos; dos islotes perdidos en un mar de indiferencia, de negligencia y de abandono. Las ciencias naturales no sirven para nada; a los políticos no les interesan las ciencias naturales. Un dorado cetonio se acuesta por la noche en el seno fragante de una rosa; a la madrugada, el fresco rocío entumece sus miembros; un naturalista, que ha madrugado, lo está observando. ¿Para qué servirá el que este naturalista observe el dorado y fino cetonio? Un observador de la Naturaleza, el doctor Pau, de Segorbe, descubre un día en el monte un nuevo tomillo; tiene la gentileza este naturalista de dedicar la nueva variedad de tomillo al querido maestro D. Ignacio Bolívar; ya lleva el tomillo nuevo el nombre del admirado sabio. ¿Para qué servirá el descubrimiento de un tomillo? Alguna vez hemos imaginado un verdadero disparate: pensábamos que lo que hicieron los antiguos podíamos hacerlo nosotros. Si los antiguos -poetas y filósofos- adquirieron la finura y el sentido de humanidad que ahora admiramos en ellos, fue porque vivieron en contacto con la Naturaleza,porque observaron esa Naturaleza que luego, en el correr de los siglos, al descubrirlos a ellos, volvía a ponerse en contacto con nosotros. Y si observáramos la Naturaleza, si diéramos un gran impulso a las ciencias naturales, casi -digamos pudorosamente casi- no tendríamos necesidad de las llamadas humanidades; la persistente cuestión de las humanidades, la pugna entre los partidarios de la Ciencia y los partidarios de los clásicos, estaría, por fin, resuelta. En España ha habido conquistadores del Nuevo Mundo; no sentimos, querido lector, un gran entusiasmo por ellos; nos cautivan, en cambio, con profunda admiración, los observadores de la Naturaleza en América, que España ha dado al mundo. Ya desde el siglo XVI esos hombres publican libros curiosos y pintorescos. Pero es a mediados del siglo XVIII, al renovarse las ciencias en Europa, cuando los españoles realizan sus admirables expediciones por tierras americanas. En el archivo del Jardín Botánico hay abundantes pruebas de lo que esos españoles han hecho en América. Las expediciones científicas han sido muchas; D. José Celestino Mutis estuvo veintitrés años estudiando en América las plantas, las piedras y los animales. Fue Mutis el fundador del primer observatorio astronómico en el continente americano. La última de las grandes expediciones científicas fue la realizada en 1862, y que duró cuatro años [es la conocida como Comisión Científica del Pacífico que se puede conocer en el sitio web www.pacifico.csic.es, creado por un equipo que tuve la fortuna de coordinar entre 1998 y 2003]; expedición en que figuró D. Marcos Jiménez de la Espada. No se tiene, generalmente, idea de lo que esas expediciones son. Las que parecen más sencillas son ímprobas por todo extremo. El inolvidable amigo Santiago Pérez Triana realizó hace unos cuarenta años una expedición de Bogotá al Atlántico, siguiendo el curso de los ríos Meta, Vichada y Orinoco. Releído ahora su relato, parece que lo hemos vivido. Hemos caminado días y días, semanas y semanas, por el seno de un bosque inextricable; caminábamos casi en tinieblas; la luz del día apenas llegaba, opaca, palidísima, densa, hasta nosotros. Había que caminar lentamente, abriéndonos paso a fuerza de hachazos…La fatiga física es abrumadora…Pero aparte del cansancio físico está la obsesión moral que se apodera del explorador a poco de comenzada su empresa. En una interesantísima conferencia dada en 1914 (ver aquí)  por Rudyard Kipling, en la Sociedad Geográfica de Londres, el famoso escritor ha estudiado este curioso aspecto de los viajes. La obsesión moral de que hablamos reviste diversas formas y dura hasta mucho después que la expedición ha terminado; es como una marca dolorosa que se imprime en el cerebro. Uno de los exploradores consultados por Kipling le dijo que él sentía como si tuviera una barra trasversal junto al ojo derecho; en otro esta obsesión revestía la forma de una línea recta, inflexible, aterradora, línea que representaba el camino que, por un terreno llano y árido, había que recorrer. 

Volvamos a nuestros islotes; los islotes perdidos en un mar de indiferencia. Tornemos al Museo de Ciencias Naturales y al Jardín Botánico. Cada vez que se nombra un nuevo ministro de Instrucción Pública es como si apareciera en el horizonte un barco, barco que viniera a socorrer a los pobres habitadores de los islotes. Si el ministro es inculto, el barco pasa de lejos; si es ilustrado, el barco se acerca a la costa. Al presente el ministro [Fernando de los Ríos] es una persona culta y sensible; el barco aparece en el horizonte y se va acercando. Los moradores de los islotes están contentísimos; por fin va  a haber un ministro a quien interesen las ciencias naturales; se va a prestar atención a los desamparados Museo de Ciencias Naturales y Jardín Botánico. Se va acercando el barco. En la playa los moradores de las islas lo ven venir gozosos. Se divisa el ministro en la cubierta. “¡Qué simpático es! -exclaman los pobres insulanos-. ¡Qué inteligente! ¡Qué culto! ¡Qué fino! ¡Qué comprensivo! Ha dado medio millón para estudios medievales (2). Ha dado un millón para teatro lírico. Con seguridad que nos va a atender a nosotros”. Todos esperan que el barco se acerque; todos saludan con sus pañuelos. Y de pronto el barco, en vez de aproximarse a la costa, sigue su rumbo, sigue, sigue, sigue….

No sabemos si la solicitud de Azorín tuvo efectos inmediatos. Pero en los meses posteriores el ministro Fernando de los Ríos apoyaría la expedición al Amazonas que organizó el capitán de la Aviación Francisco Iglesias, quien en ese mes de marzo acudiría al despacho del ministro en compañía de José Ortega y Gasset y el director del Museo de Ciencias Naturales Ignacio Bolívar. Lo sabemos porque nos informó de ello Julio Romano, otro periodista de Crónica en una entrevista que le hiciera al ministro publicada en esa interesante revista ilustrada el domingo 13 de marzo de 1932.

Entrevista a Fernando de los Rios. Crónica domingo 13 de marzo 1932 p. 13

Entrevista a Fernando de los Rios. Crónica domingo 13 de marzo 1932 p. 13

Significativamente la expedición al Amazonas que se estaba organizando por esas fechas, y que no llegaría a salir de tierras españolas, tenía como uno de sus objetivos rememorar las aventuras  de la Comisión Científica del Pacífico, y actualizar en parte sus investigaciones amazónicas, como ya expuse hace tiempo en mi texto “La Comisión científica del Pacífico: de la ciencia imperial a la ciencia federativa” (ver aquí).

Otra consecuencia indirecta de este artículo podría ser el nombramiento de Azorín como integrante del Consejo Nacional de Cultura, según decreto del presidente de la República Niceto Alcalá Zamora de 21 de septiembre de 1932, como indiqué en otra entrada anterior de esta bitácora.

Para saber más sobre Azorín periodista e historiador:

Verónica Zumárraga, El jornalero de la pluma. Los artículos de Azorín en La Prensa, Alicante, Publicaciones Universidad Alicante, 2011

Azorín, ¿Qué es la historia?, edición de Francisco Fuster, Madrid, Fórcola ediciones, 2012.

Notas

(1): Manuel Azaña, Obras completas. vol. 3: abril 1931-septiembre 1932, (edición de Santos Juliá), Madrid, Ministerio de la Presidencia, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2007, p. 935.

(2) Se refiere Azorín a la creación a principios de 1932 del Instituto de Estudios Medievales dirigido por Claudio Sánchez Albornoz, entonces rector de la Universidad Central, y diputado de Acción Republicana, en el seno del Centro de Estudios Históricos de la JAE.