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Cuaderno de investigación de Leoncio López-Ocón sobre las reformas educativas y científicas de la era de Cajal. ISSN: 2531-1263


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Aguafuertes en el Ateneo, Galdós por Victorio Macho y un Anuario agrícola de un ingeniero agrónomo: El Sol 17 febrero 1918

El ejemplar del diario El Sol abría su portada del domingo 18 de febrero ofreciendo una amplia cobertura de la conferencia que había dado el día anterior en el Palacio de la Música Catalana de Barcelona el ministro de Hacienda del gobierno español Juan Ventosa Calvell (n.1879), y dirigente de la Lliga Regionalista, sobre el tema “El momento actual y nuestra actuación”.

En páginas interiores la información cultural era amplia y variada. El crítico de arte del periódico Francisco Alcántara dedicaba su sección “La vida artística” a comentar elogiosamente la exposición de aguafuertes que había organizado en El Ateneo de Madrid Francisco Pompey (n.1887), uno de cuyos visitantes sería Manuel Machado, quien también en su diario que publicaba en El Liberal nos dejó sus impresiones acerca de ese evento artístico.

Como siempre los juicios y las opiniones de Francisco Alcántara son interesantes de leer. Por ello me permito transcribir una parte de su crónica donde aborda la relación entre los artistas y los públicos

Muy hermoso e instructivo es poder contemplar en el saloncito del Ateneo lo que podría titularse “Un siglo de aguafuertes españolas”, porque, en efecto, algunas de las expuestas de Goya se hicieron, casi casi, “tal día como” del siglo pasado. Muy bello y muy instructivo, porque aparte de Goya, que vale, no por un siglo, por una edad, de Fortuny y de Galván, el escaso rendimiento de aguafortistas de nuestro país enseña que no los tenemos; no por carecer de temperamentos artísticos, de aptitud para grabadores, todo lo cual superabunda; no tenemos grabadores en aguafuerte en abundancia, porque el aguafuerte es una labor exquisita y costosa y requiere para ser estimada, un público sensible, capaz de exquisiteces, y rico de tradición, sociedad rica de tradición, de añeja prosperidad, de añejo buen gusto y añejo y sabio regodeo sensualista. Tenemos pintores porque nuestra sangre es un volcán de sensualismo estetico cromático y los produce como los climas tropicales su flora y fauna enormes y profusas; pero no los sabemos educar, disciplinar, porque una sociedad semibárbara no educa a nadie. …¿Qué sería de nuestros pintores sin el público universal? A los pocos que triunfan, él, el público universal, nos los educa y luego nos los paga….Al cabo, los grandes pintores hasta que no venden fuera no hacen dinero. Brindar con aguafuertes a nuestros políticos, a nuestro profesores, altos empleados, banqueros, militares, magistrados, sacerdotes, tanto valdría como ofrecérselas a un poste; si hay cien personas en España que de eso distingan, será un milagro. Hay que hacer la nación desde la escuela. Por hoy, la nación que ambicionamos es una ilusión. Y no es que yo crea que una ilusión vale menos que una realidad; no, una ilusión, cuando acalora entrañas poderosas, es más que todas las realidades; lo que hay es, que sólo encarnada en la realidad fructifica la ilusión.Usted, simpático iluso, Francisco Pompey, ha empujado un poquito nuestra gran ilusión patriótica hacia la realidad apetecida. Sea enhorabuena.

Por su parte el suplemento cultural dominical Hoja literaria publicaba colaboraciones de: Miguel de Unamuno “Más sobre el hombre de la mosca” [del exrector de Salamanca también El Sol de ese día recogía un resumen del mitin electoral celebrado en el local de las Sociedades obreras de Salamanca para proclamar a Unamuno candidato de las izquierdas para las elecciones a celebrar el domingo siguiente, 24 de febrero. En ese mitin, donde Unamuno pronunció uno de sus mejores discursos según el corresponsal del dario, también interviniero el obrero D. Miguel Lozano, el catedrático D. Demófilo de Buen, D. Fernando Felipe y D. Urbano González de la Calle] ; de Enrique Díez-Canedo “La estatua” sobre la escultura que estaba haciendo Victorio Macho de Galdós, que está instalada actualmente en madrileño parque del Retiro; de Manuel Galán Pacheco “Un hombre libre” a propósito de la carta que había escrito Pío Baroja a “La Publicidad” de Barcelona, defendiendo su actitud neutral ante la Gran Guerra que devastaba Europa; de José Moreno Villa “El búcaro”;   el poema “De la emoción fugitiva” de Francisco A. de Icaza y el folletón “Las máscaras” de Ramón Pérez de Ayala, donde hacía una disección de la Real Academia de la Lengua, mostraba su admiración sobre los bailes de Pastora Imperio, y hacia una digresión sobre el baile gitano y los gitanos.

 

Galdós por Victorio Macho

Escultura de Galdós por Victorio Macho en el parque del Retiro de Madrid

 

En cuanto a la información científica estaba concentrada en la sección dedicada a la Agricultura y Ganadería, que cubría la última página de esa edición dominical del periódico, y donde su responsable Luis de Hoyos Sainz (n. 1868) estaba omnipresente. Por una parte, en el marco de su recorrido Por la España agrícola, firmaba desde Mohedas de la Jara, donde estaba instalado el miércoles de Ceniza de 1918, un largo artículo sobre “Una región natural:´La Jara´”, que por su importancia transcribo en su totalidad otra entrada de este blog, (ver aquí),  donde llamo la atención acerca de cómo Hoyos Sainz omite en sus referencias bibliográficas las aportaciones sobre la cuestión de las regiones naturales de otro de los colaboradores de El Sol Juan Dantín Cereceda.

Por otro lado hacía una amplia reseña del Anuario-Agenda Agricola para 1918 del ingeniero agrónomo José María de Soroa, que elegía como libro de la semana.

Anuario Agenda Agrícola

 

El inicio de esa reseña decía así:

No corresponde, en realidad, el epígrafe de la sección al libro que presentamos, pues no de la semana, sino del año entero, es este reducido y manuable, pero rico y concentrado, libro del ingeniero agrónomo Sr. Soroa, que con esta edición entra en el cuarto año de su publicación.

Es una guía práctica, un vademécum del agricultor y del ganadero, recordatorio permanente de los datos y cifras que en la vida diaria de la explotación del campo y del ganado se han de utilizar. Analogo a la universal “Agenda agrícola” de Werry, que en Francia viene reemplazando a las ya clásicas de Vermoral, de Sylvestre y de Henry, pasando a las consuetudinarias publicaciones de Thiel en Alemania, especialmente al “landwirtschaftlicher Hüfs und SchreibKalender” y a sus reproducciones italianas, tiene esta agenda del Sr. Soroa, como precedentes en España, a varios almanaques agrícolas demasiado vulgares y rutinarios, salvo, tal vez, el que “La Agricultura Española” publicaba en Valencia a principios del siglo, y mejor aún, por tener un criterio más científico y técnico, el que publico el ingeniero y catedrático señor Sánchez Bousana, y el excelente Anuario que daba a luz anualmente el “Resumen de Agricultura“, de Barcelona.

Como todos ellos, trata de vencer la insuperable dificultad de reducir y quintaesenciar en pocas páginas todos los datos y valores de la enciclopedia agrícola, y el mérito especial de estas obras, alcanzado en parte por el Sr. Soros, es la ordenación y el buen criterio para escoger los materiales originarios.

Finalmente Luis de Hoyos Sainz resumía dos artículos de dos revistas italianas La Agricoltura Italiana y Rivista Agricola sobre “La limpieza del olivo” y “La desmargarización de los aceites”.

 

 

 

 

 

 

 

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Una aportación del catedrático de instituto Luis de Hoyos Sainz al estudio de las regiones naturales españolas: el caso de La Jara

Como expuse en una entrada anterior de esta bitácora -ver aquí–  José Ortega y Gasset (n. 1883), tras un viaje a Asturias en el verano de 1915, explicó muy bien por qué la geografía de aquel entonces concedía cada vez mayor importancia a la idea de “región natural”, sosteniendo el filósofo madrileño que se había convertido “en el fenómeno matriz de la investigación geográfica”. En su opnión frente al concepto abstracto de España, que es una “construcción mental nuestra”, la región natural “afirma su calidad real de una manera muy sencilla: metiéndosenos por los ojos”. Y añadía el filósofo madrileño “de la región podemos tener una imagen visual adecuada, y viceversa, sólo es región, sólo es unidad geográfica aquella parte del planeta cuyos caracteres típicos pueden hallarse presentes en una sola visión”.

Meses después el científico y docente Luis de Hoyos y Sainz (n. 1868) fijó también su atención en las regiones naturales como objeto de estudio de los geógrafos. No sabemos sí Luis de Hoyos había leído a Ortega. Si conocemos que ambos habían coincidido en la Escuela Superior del Superior en el curso 1909-1910 antes de que Ortega diese el salto a su cátedra de Metafísica de la Universidad Central. Y que Ortega debió de intervenir, probablemente, en la incorporación de Luis de Hoyos, próximo al Partido Reformista por aquel entonces, a las páginas de El Sol como responsable de la sección Agricultura y Ganadería, que publicaba ese diario todos los domingos en su última página.

En efecto el domingo 17 de febrero de 1918 Luis de Hoyos Sainz, que estaba haciendo un recorrido por la España agrícola en sus colaboraciones dominicales en El Sol, dedicó el artículo de ese día a ofrecer a sus lectores una detenida explicación de por qué era importante el estudio de las regiones naturales en el marco del movimiento regionalista pujante en la sociedad española de aquel entonces, exponiendo como caso digno de ser tenido en cuenta el de la Jara,región natural que abarcaba tierras de Cáceres y Toledo, y también de Badajoz y Ciudad Real, y que tuvo ocasión de visitar en el mes de febrero de 1918.  De hecho fechó su texto desde Mohedas de la Jara el miércoles de ceniza de ese año. Hasta ese lugar del centro de la Península Ibérica habían llegado los terribles efectos de la Gran Guerra que desangraba y empobrecía a la Europa de hace un siglo. Procuró asimismo que su crónica de viaje fuese rica en hechos y observaciones sobre sociología agraria exponiendo la injusta distribución de la propiedad de la tierra existente en diversas poblaciones de la Jara, y las dificultades de los lugareños por acceder a los bienes comunales por la presión de los aristócratas terratenientes y de los caciques.

El Sol Agricultura y Ganaderia

He aquí pues las reflexiones y consideraciones de interés para geógrafos, viajeros y sociólogos expuestas por Luis de Hoyos Sainz en el artículo “Por la España agrícola. Una región natural: ‘La Jara'” que dice así:

Esta crónica lo es de veras “Por la España agrícola”; lo es de andar y ver, en pleno campo y a través de montes y sembrados, recorriendo sierras y lugares, hablando con los pastores y labriegos, y buscando, en suma, el dato directo y vivido de la tierra y de los hombres en una región natural o país de la Península, en La Jara.

Las regiones naturales agrícolas

 Son las regiones naturales las unidades elementales, no ya sólo de la Geografía física, sino de esa misma Geografía humana creada por Ratzel y metodizada por Brunhes; las divisiones que resultan del concertante de los elementos que caracterizan cada zona del globo: suelo, clima, vegetación y fauna, y hasta el hombre mismo y sus manifestaciones elementales iniciales o naturales de vivir. Su estudio y caracterización es la base esencial y genética de la Geografía regional o Laenderkunde, que actualmente puede ser sintetizada en los libros de Gallois y de Févre y Hauser, como guías de conjunto o iniciación en estas cuestiones, Regions naturelles et noms de pays, el del primero, y Regions et pays de France, el del segundo, o por las publicaciones orientadas ya en su aspecto histórico o social, y aun económico, de Beer y Bloch. Más útiles son aún para conocer este concepto de país o unidad elemental geográfica, indecisa y difícil a veces, las monografías concretas iniciadas en la pura Geografía física en 1888 por Lapparent, y adaptadas al conocimiento agrícola de cada región, por el profesor Rusler, en las clásicas descripciones de su Geologie agricole; siendo en el día modelos que seguir la descripción de La Picardie, del profesor de la Universidad de Lille M. Demangeon; la descripción de Le Bern por M. Vacher, o la del Var supérieur, por Sion.

En España, aunque, a juzgar por el actual movimiento regionalista, y aun localista, parece cosa conocida y dominada, el conocimiento de las regiones sólo está abocetado, y éstas, difusa e imprecisamente conocidas y determinadas, pudiendo sólo citarse los trabajos que los ingenieros del Mapa geológico de España dieron a conocer en las monografías provinciales, y que, en unión con los datos recogidos en el inolvidable Diccionario geográfico de D. Pascual Madoz, vienen repitiéndose en todas las publicaciones geográficas e históricas; y de las agrícolas, salvo los ensayos de Vilanova y sus compañeros, sólo hay algún artículo inspirado en el Cuestionario para el estudio de las regiones agrícolas de España que publiqué en 1904 como apéndice a Las bases de la Geología agrícola de España.

 Inútil es decir el interés y la utilidad de una serie de monografías parciales; hechas siempre por individuos de cada país o región, aun de las que se tienen por muy acusadas o características, aunque mal limitadas y definidas, como el Vierzo (sic) o Las Encartaciones, en el Norte; la misma Tierra de Campos, Torozos, La Berzosa, la Bureba o la Tierra de Pinares, en Castilla; las Barderas (sic), el Castellar o Ribagorza, en Aragón; el Maestrazgo, la Plana o la Huerta, en Valencia; la Vera, la Alcarria, la Sagra, la Alcudia, la Serena y la misma Mancha, en el Centro y Extremadura; las Alpujarras, la Vega, la Serranía, las Marismas o los Pedroches, en Andalucía. Y claro es que mayor interés había en sacar a luz del conocimiento científico esas regiones o zonas que sólo para los naturales tienen personalidad y que ocupan todo el territorio de lo que pudiéramos llamar la España inominada, por ser evidente que las divisiones políticas y administrativas nada dicen ni representan, pues el hecho natural persiste y se impone a la nominación artificial, por legal y útil que sea.

 

Fuente del Sauzeral. Sierra de Altamira. Mohedas de las Jara

Fuente del Sauzeral. Sierra de Altamira. Mohedas de la Jara

 

La Jara toledana.- La Jara y la guerra

 Si hay tipo y fijeza en alguna región natural, ha de alcanzarle por la tierra o por las plantas, o mejor aún, por ambas cosas a la vez, ya que la flora es secuela del terreno; no tiene jamás igual valor, realidad y persistencia la región histórica, mutable y tornadiza, en tiempo más o menos largo. Por esto, La Jara, que debe su nombre al predominio de esa mata leñosa que los botánicos llaman “cistus”, rica en variedades, pero uniforme en aspecto y característica en las facies de matorral con que cubre el suelo, es una realidad natural en el suelo toledano o en el extremeño; que no sería fácil resolver el conflicto de jurisdicción al señalar provincia a La Jara: porque por tierras de Toledo y Cáceres, y con intrusiones por Ciudad Real y tal vez por Badajoz, se extiende La Jara, formando una región de matorrales en que el madroño y la retama, como matas, y la encina, como árbol, cubren las sierras ásperas y rojizas, y hasta bajan a las vegas del Tajo y los pequeños ríos que le acrecen.

Que la planta dominó el terreno para formar la región, lo prueba el que los matorrales se salieron de su dominio geológico de pizarras areniscas y rocas antiguas, que en tres zonas se extienden desde el Tajo a los Montes formados por rocas silúricas, que a media ladera ceden el paso a las cámbricas y, junto al río, a los granitos y gneis, desde Aldeanueva de Barbarroya a entrar en Cáceres por el mismo Puente del Arzobispo. Pero salió La Jara de estas tierras arcaicas limitadas, ha ya muchos años, por el patriarca de la Geología, D. Daniel de Cortázar, y corrióse por arenas y tierras modernas diluviales, donde se asientan precisamente Alcaudete y Belvis de la Jara, que por ser sitios de vega y llano fueron los primeros sustraídos al matorral y conquistados para el cultivo, quedando el nombre, pero perdiendo lo que al país de La Jara caracteriza.

Por crecer la jara, es ya indicio de que la tierra es buena, pues allí donde ésta se empobrece, sólo queda la retama y aun el brezo, si baja más la natural fertilidad del suelo; por esto la jara típica desaparece, la tierra se rotura y el cultivo sustituye al monte bajo. Y este proceso ha sido constante y se ha detenido y retrasado por la gran propiedad improductiva y perezosa, y lo difícil del transporte y acarreo; pero la guerra, ¡la gran guerra!, repercutió en La Jara. El carbón y las leñas triplicaron su valor, y lo que se perdía en el monte, porque sacarlo de él no era negocio, se puso en condiciones de mercado, y la tala y la roza de árboles y arbustos desmataron fanegas y fanegas de tierra; y como los pastos son lentos de formar, el arado rompió la tierra virgen, y el trigo, o la vid o el olivo comienzan a cubrir llanadas, lomas o laderas, borrando La Jara, que queda encerrada en los ásperos barrancos separados del camino real en las fuentes del Gébalo, el Huso o el Sagrera.

Las dehesas y los pobres

En dos épocas, cuenta la Historia el hecho, aunque calle las causas, se despobló La Jara: en el siglo XI, y posteriormente, aunque en proporción menor, en el XIV; por evidente no exige prueba que la primera despoblación fue obra de la Reconquista; la guerra ahuyentó a las gentes, y los capitanes y nobles se adueñaron de las tierras, adehesaron y cerraron en cotos redondos o cuadrados las propiedades cultivadas por los campesinos; perdieron el cultivo o redujéronle a siervo de la ganadería y aun de la caza, y establecieron ese absurdo régimen de la gran propiedad señorial, pero inculta; grande, pero improductiva, y legal o legalizada, pero inmoral e injusta.

Aquella despoblación la hicieron los señores; la del siglo XIV, los bandidos, los célebres Golfines; pero justo es reconocer que la obra de éstos fue menos cruenta para el campesino, y menos dañosa para la economía nacional, que la de aquellos. Con los Golfines acabó la Santa Hermandad, y con sus retoños, la Guardia civil; con la obra de los que detentaron la tierra, luchan aún los que la fecundan y no la gozan, ¡y luchan para tiempo!

Hay en los pueblos serranos y en los ribereños de La Jara modelos típicos, ejemplos probatorios de la necesidad de traducir a España la novísima ley inglesa de la propiedad y la producción de la tierra. Ese intervencionismo social en busca del mayor bien de todos que la guerra crea o afirma en todos los Estados, beligerantes o neutrales, es aquí necesario y urgente. Esa ley inglesa, que por tal es más pensada y real y armónica que las anteriores, está en germen en el deseo de estos campesinos de La Jara, que sospechan el derecho a que la tierra produzca para todos, propietarios y obreros, y produzca lo que sea más útil, y lo produzca a un precio remunerador, por igual para el poseedor de la tierra y para el trabajador de la misma.

Hay por aquí lo que yo llamaría el problema de las dehesas, rico en variantes, y por ende, en soluciones, pero todas dirigidas a la obra de justicia y de sentido común económico de que no quede tierra sin producir y de que produzca para todos.

El Estado, los nobles y los caciques, enemigo de los pueblos

 Contra el Estado, por las dehesas y terrenos de propios, catalogados y administrados por el Cuerpo de Ingenieros de Montes, hay varios casos; pero es típico el de un pueblo de los montes, con picota en la plaza y hambre en la gente: Espinoso del Rey. Allí todos, pobres y ricos, jornaleros y propietarios, piden que la dehesa sea roturada y repartida en suertes, para que los no propietarios lo sean y tengan un labrantío propio que asegure el vivir aleatorio de trabajar lo ajeno.

Bastaría roturar y repartir equitativamente la dehesa de Espinoso del Rey para resolver, como quiere y en la medida que estima necesaria el señor Comisario de Abastecimientos, Sr. Silvela, el déficit del cultivo. Cuatro mil fanegas allí se conquistan, y no es preciso buscarlas por otros pueblos y provincias, salvo si la Comisaria rectifica sus cálculos, que buena falta hace, porque los números parecen un poco anárquicos en la flamante oficina, y a los tres ceros de las 4.000 hectáreas no se añaden dos, para elevar a 400.000 las que realmente pueden y deben buscarse como aumento en la producción y justo reparto de tierras que transforme en propietarios a los braceros y aquiete las justas protestas y acalle las voces petitorias de los que sufren las dos hambres; la de justicia y la de pan.

Los nobles, lo que dieron por suya la tierra que para la patria conquistaban, son, aun contra razón y necesidad de los vecinos de Oropesa, la vieja villa de los castillos y los palacios, y contra justicia, una sentencia que no se cumple del Tribunal Supremo, los detentadores de sus dehensones, que, usados en común por todo el vecindario, resolvía la escasez de pastizales que para los ganados tienen, y que utilizados por los pobres en labrar partes adecuadas, resolvería la vida de cientos de familias.

Los caciques, forma degenerativa de los feudales, son los que al pueblo de Belvís de La Jara le privan del usufructo de una dehesa, acotada, deslindada y demarcada como bienes del pueblo, pero utilizada en pastos o en labores por la media docena de favorecidos del expediente y el balduque.

Y aquí termina esta crónica de viaje por La Jara, rica en datos y enseñanzas, en lo que a la sociología agrícola atañe.

Luis DE HOYOS SAINZ. – Mohedas de la Jara, Miércoles de Ceniza del 1918