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Cuaderno de investigación de Leoncio López-Ocón sobre las reformas educativas y científicas de la era de Cajal. ISSN: 2531-1263


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Una salutación de Ignacio Bolívar en el inicio del VI Congreso Internacional de Entomología

A finales del verano de 1935 la situación de la República española era paradójica. Como consecuencia de los graves acontecimientos que se habían sucedido en octubre de 1934 -sublevación obrera en varios puntos del país, particularmente intensa en Asturias que se saldó con una violenta represión, y conato independentista en Cataluña- estaban suspendidas las garantías constitucionales, el país se encontraba en estado de alarma y no existía libertad de opinión. Pero la efervescencia científica y cultural era notoria, de lo que hay abundantes testimonios en la prensa de aquellos días.

Así en la mañana del viernes 6 de septiembre de ese año se inauguró en la Residencia de Estudiantes de Madrid, con la presencia del presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, el VI Congreso Internacional de Entomología, al que estamos dedicando varias entradas en esta bitácora. 

Los diarios vespertinos de esa jornada, Heraldo de Madrid La Voz, dieron cobertura al acontecimiento que congregaría en la capital española por varios días a los más destacados entomólogos del mundo.

 

Congreso Alvarez Sierra Cajal

Congreso Residencia estudiantes

Pero fue el periódico matutino El Sol el que ofreció ese viernes su primera página para dar cabida al presidente del comité organizador, Ignacio Bolívar. Este naturalista “benemérito” -tal y como lo calificara días después Miguel de Unamuno en un artículo que publicara en el diario Ahora como señalé en la entrada anterior de esta bitácora– se encontraba entonces en la cúspide de su influencia política y social como director del Museo Nacional de Ciencias Naturales y presidente de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas. Y “con su fresca y a la vez antigua vejez”, al decir de Unamuno, en el culmen de su carrera científica que había iniciado más de medio siglo atrás, desde que se constituyó la Sociedad Española de Historia Natural en 1871. 

Portada El Sol

En su artículo “España, paraíso de los naturalistas” explicaba a los variopintos lectores de ese periódico, pertenecientes en su mayor parte a los sectores cultos del país, por qué Madrid había sido elegida sede de esa importante reunión científica. Mostraba además la importancia de las investigaciones de los entomólogos más punteros del mundo para esclarecer problemas vitales relevantes como la herencia, la determinación del sexo y la reproducción asexual, y su convicción de la importancia de los artrópodos, de los que se estimaba más de un millón de especies para esclarecer relevantes problemas biológicos. Informó finalmente que el hecho de que España fuese considerada como un “paraíso” para los naturalistas explicaba el éxito de la convocatoria del comité organizador de ese congreso, en el que desempeñó un papel relevante su hijo Cándido Bolívar Pieltain. 

Dado su interés me permito reproducirlo tal cual.

 

Ignacio Bolivar hacia 1935

 

España, paraíso de los naturalistas por el profesor Ignacio Bolívar

La vasta extensión que ha tomado el estudio de la Entomología ha obligado a segregar casi por completo de los Congresos zoológicos los asuntos relacionados con aquella ciencia y a celebrar reuniones exclusivamente dedicadas a ella, siendo ésta la razón de los Congresos entomológicos; de los que ha comenzado a efectuarse en Madrid, es el sexto de la serie de los que vienen celebrándose cada tres años desde que se verificó en Bruselas la primera de estas reuniones, a la que sucedieron las de Oxford, Ithaca, Budapest y París. En esta última reunión, celebrada en 1932, coincidiendo con el primer centenario de la Sociedad Entomológica de Francia, se tomó por aclamación el acuerdo de que el VI Congreso se verificara en Madrid, desechando proposiciones muy ventajosas de otros países ante el deseo de conocer los progresos del nuestro en esta ciencia, acreditados ya por numerosos escritos y publicaciones, bien conocidos y reputados en el Extranjero, que han valido a los entomólogos españoles puesto y consideraciones honoríficas en las anteriores reuniones.

El conocimiento del insecto como entidad zoológica, de por sí interesante y fecundo para las ciencias naturales, ha centuplicado su importancia por haber suministrado a la Biología general y a la Biología aplicada datos importantísimos que han contribuido por modo extraordinario a su progreso y desarrollo. Cada vez son mayores las aportaciones del estudio de los insectos a aquellas ciencias, pues los biólogos más eminentes han hallado en estos pequeños seres un material precioso e insustituible para sus ensayos y experimentos sobre las cuestiones más abstrusas de los problemas vitales, como la herencia, la determinación del sexo, la reproducción asexual, etc. etc. ¿Dónde encontrar un agente como la diminuta mosca llamada “Drosophila”, que a la extrema facilidad con que puede cultivarse reúne la asombrosa fecundidad de producir hasta 25 generaciones al año, lo que en veinte años da un equivalente de 125 siglos de la vida humana, o como la “Phytodecta”, que viene estudiándose en los laboratorios de nuestro Museo, que ofrece un número de variedades cuya combinación y transmisión da tanta luz sobre ciertas modalidades de la herencia mendeliana relacionadas con los cromosomas sexuales? ¿Dónde hallar un conjunto tan considerable de formas y una tan diversa gradación que sean más apropiados para el estudio de las relaciones del medio con el ser vivo y en el que su influencia en la evolución de las especies sea más patente y más instructiva?

Los trabajos de la escuela de Morgan sobre el primero de los insectos citados, como tantos otros de diversos autores, sobre insectos y crustáceos muy diversos, aparte de su interés teórico, han contribuido enormemente a que veamos hoy completamente dilucidados problemas zootécnicos que parecían oscurísimos. Gracias a las experiencias de H.J. Muller, de R. Goldschmidt y de otros eminentes sabios, se han manifestado caminos francos para las investigaciones sobre el transformismo experimental y se ha demostrado la influencia considerable que ciertas radiaciones pueden ejercer en las mutaciones germinales; Pictet ha señalado que variando las condiciones de cría de ciertas especies de lepidópteros como la “lasiocampa” de la encina, se producen variaciones somáticas análogas a las hereditarias en especies de repartición geográfica conocida; hechos, como se puede comprender, de extraordinaria importancia para el conocimiento de la evolución de las especies; en suma, se ha demostrado que no existe ningún material más a propósito para el estudio de los trascendentales problemas de la Biología como el que ofrece la Entomología en su más amplia concepción, abarcando el estudio total de los artrópodos, en los que están incluidos los crustáceos y también los arácnidos, que de sus precursores, los merostomas, seres de formas extrañas y como de ensueño, han heredado lo que tienen de poco atrayente y aun repulsivo.

En verdad, como dice Marchal, no les ha faltado tiempo a los artrópodos para realizar tan asombrosa producción de formas y diversificación de especies, pues que existiendo desde los tiempos geológicos más antiguos los factores evolutivos, han podido alcanzar todo su desarrollo y ejercer su acción sobre los seres vivos que pudieron creerse formados de una materia plástica, de tal modo obedecen a las influencias externas sin embargo de estar, por lo común, protegidos por cubiertas quitinosas bastante resistentes; tal es su acomodación a la vida libre, ya se efectúe en un medio seco o, por el contrario, en el agua dulce o salada, o en el interior de sustancias inorgánicas o de las orgánicas más diversas. Así vemos que el número de especies hoy conocidas se aproxima a un millón, aun descontando las que han sido descritas como nuevas varias veces, pues las hay con más títulos en su nomenclatura que los que pueden ostentar la más linajuda casa de la más rancia nobleza.

Hoy supera, como se ve, el número de especies conocidas a todas las de los restantes grupos zoológicos. Calcúlese si entre tantas formas diversas no se han de mostrar ejemplos y material de estudio para las investigaciones biológicas; esto explica la extraordinaria importancia que se reconoce hoy a la Entomología.

El Congreso de Madrid ha logrado despertar la atención de gran número de naturalistas de todos los países; los Gobiernos de muchas naciones, así como las Academias, Universidades, sociedades científicas, etc., han enviado Delegaciones, algunas extraordinariamente notables por el número y mérito de sus componentes, según puede verse en los programas publicados por el Comité del Congreso. España siempre fue considerada como el paraíso de los naturalistas, y en esta ocasión justifica esta idea el interés con que han acudido entomólogos de los más remotos países. Esperemos el resultado de los trabajos y deliberaciones del Congreso de Madrid, no dudando de que ha de corresponder a aquel renombre tan justificado y a la asistencia de tan ilustres naturalistas, venidos a nuestro país para dar cuenta de sus últimas y más importantes deliberaciones.

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Ciencia y literatura: el caso de Unamuno en septiembre de 1935

En las dos entradas anteriores mostré cómo uno de los hitos científicos sucedidos en la España republicana a finales del verano de 1935 fue la celebración en Madrid del VI Congreso Internacional de Entomología. En mi seguimiento de las actividades que se desplegaron en esa asamblea científica me he encontrado con un singular texto de Miguel de Unamuno, publicado en el diario Ahora. Ese congreso tuvo pues múltiples efectos en la sociedad española de aquel entonces. Ratificó en diversos ámbitos nacionales e internacionales la calidad científica de la escuela de Ignacio Bolívar. Mostró a expertos y profanos la capacidad organizativa del Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid. Y activó la memoria infantil de ese gran creador literario, maestro del ensayismo en lengua española, que fue Miguel de Unamuno, siempre alerta a todos los fenómenos científicos que le rodeaban. Buena muestra de ello es el siguiente texto que rescato del desván para revelar las profundas interrelaciones que hubo entre ciencia y literatura en los años de la segunda república, como tendré ocasión de exponer más pormenorizadamente dentro de unos meses en un dossier de la revista Studi Ispanici, dirigida por Loreto Busquets.

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Retrato de Miguel de Unamuno realizado en 1935 por José Aguiar García

El siguiente texto, titulado “Comentario. De Mitología Entomológica”, fue publicado por Unamuno en una de sus colaboraciones periódicas para el diario centrista Ahora, del que era subdirector ese gran periodista que fue Manuel Chaves Nogales, el viernes 27 de septiembre de 1935.

En él se aprecia el alarde que hace de sus aficiones naturalistas, su familiaridad con la obra del gran divulgador del mundo de los insectos Jean-Henri Fabre (1823-1915), cuyos Souvenirs entomologiques fueron traducidos a quince idiomas, su cercanía a la obra artística del dibujante y pintor Luis Bagaría (1882- La Habana1940), su admiración por quien era el patriarca de las ciencias naturales en la España de 1935, Ignacio Bolívar (1850-Ciudad de México 1944) -presidente de la JAE en aquel momento-, en cuya Residencia de Estudiantes observó un “escribano del agua” en sus canalillos y su interés por el folklore entomológico infantil. Y además exhibe sus conocimientos sobre la literatura y filosofía de todos los tiempos y culturas. Asi nos evoca sus lecturas bíblicas, clásicos griegos como Aristófanes, filósofos como Spinoza y  escritores españoles como Félix María de Samaniego (1745-1801), famoso por sus fábulas. Y muestra su aprecio por un poema del escritor belga-flamenco Guido Gezelle  (1830-1899) al mencionado “escribano del agua”.

Y aprovecha su aproximación al mundo de los insectos para transmitirnos reflexiones socio-políticas en las que se revela su rechazo al nazismo y su querencia por los insectos solitarios y no tanto por los sociales, derivada quizás de su fuerte ego o acaso de su personalidad individualista o de sus tendencias libertarias.

Unamuno de paseo

Unamuno de paseo

Pero es mejor que el lector juzgue por sí mismo. He aquí pues los contenidos del texto entomológico de Miguel de Unamuno.

“Al inaugurarse en Madrid el Congreso de Entomología se me subieron a la memoria muchos de mis mejores y más puros recuerdos de niñez y muchas de mis más íntimas enseñanzas de mis patriarcales observaciones de los niños en relación con los insectos. Como en la animalidad los insectos, son en la humanidad los niños, los más recientes y más frescos y a la vez los más antiguos y más asentados. Más antiguos aquéllos –los insectos– acaso que los monstruos paleontológicos; más antiguos éstos –los niños- que los salvajes prehistóricos y cavernarios. Y así es que por los insectos, a los que puede manejar y jugar con ellos, es como el niño mejor se adentra, intuitivamente, en el espíritu de la naturaleza del reino animal. ¡Qué descubrimientos y qué sencillos asombros! “Tan chiquito y sabe ya tanto!”, me decía de un bichito un niño. ¡Y lo que su imaginación les debe! Si el que se ha llamado el Homero de los insectos, Enrique Fabre, llegó a tan viejo, con tan fresca, infantil y antigua vejez, se debió, sin duda, a su trato familiar con los insectos. Y entre nosotros, en España, ahí está la fresca y a la vez antigua vejez del benemérito don Ignacio Bolívar.

¡Qué bien estaría que se escribiese –para niños y mayores- algo de folklore entomológico infantil, de leyendas de insectos, de su mitología! Juguetes fueron de nosotros, niños, los grillos, los llamados en mi Bilbao “cochorros” (esto es, cochinillos), en Santander “jorges”, en Asturias “bacallarines”; el “melontha” de que habló Aristófanes y al que, por mi parte, he dedicado más de una mención; la vaquita o coquito de Dios –“…¡cuénteme los dedos y vete con Dios!”-, la que llamábamos “solitaña” -¡soli solitaña, vete a la montaña: dile al pastor que traiga buen sol para hoy y pa mañana y pa toda la semana!”-, la luciérnaga, el caballito del diablo (en vascuence, “asador del infierno”), de un pobre diablo (y asador de un pobre infierno); el por mote científico “mantis religiosa” (en tierra de Ávila, santa-teresa) y tantos más con su cancioncilla o jaculatoria a las veces.

Hay uno que personalmente me intrigó desde niño y que hace poco contemplaba en el canalillo del agua del Lozoya, al pie de la Residencia de Estudiantes. Es el llamado zapatero, tejedor y escribano. El Diccionario oficial, en “escribano del agua” (1), le llama araña, cuando es insecto, pues tiene tres pares de patitas y no cuatro. Y, por otra parte, al registrar su mote científico –“girino”- le toma por renacuajo, que es cría de rana, un vertebrado. ¿Qué tendrá este misterioso animalito que el íntimo poeta flamenco Guido Gezelle –capellán de un cementerio donde cultivaba flores- le dedicó un precioso poemita? Y en flamenco se le llama también escribano. (O escribiente.) Gezelle le cantó con la misma alma con que cantó aquella misteriosa visión de una puesta de sol en el horizonte de una laguna, donde dos discos solares, uno bajando del azul del cielo y otro subiendo del azul del agua se asumen y funden uno en otro. ¡Escribano! ¿Y qué escribe en el agua? “Triste cosa –pensaba yo contemplándole- arar en la mar; pero …¿escribir en el agua?” Y recordaba cuando Jesús dijo a sus discípulos: “Soy yo; no temáis” (Juan, VI, 19). Fue que se asustaron al verle marchar sobre el agua, como el escribano y tejedor de ésta. El, Jesús, si paseó (“peripatounta” dice el texto) por sobre el agua, no escribió en ella, sino una vez en tierra; mas ¿no escribieron en agua los escribanos que de El escribieron?

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Ejemplar de Gyrinus natator o Escribano del agua tomado de las ilustraciones del cuento “Escribano del agua” de José Zuleta Ortiz, Gaceta, El País, Cali 13 septiembre 2009

Todo esto es mitología, poesía entomológica; pero la ciencia se interesa más por la economía, por los insectos útiles o perjudiciales al hombre y a sus frutos, por las plagas del campo, por la apicultura, la sericultura y demás culturas entomológicas. Y por los insectos sociales. Sobre todo las abejas, las hormigas con sus diversos fajos y esos horribles térmites –en el Diccionario oficial no figuran-, especie de “nazis” de la entomocracia. ¡La colmena, el hormiguero, la termitera! ¡Cómo los admiran muchos! Por mi parte, me atraen más los pobres insectos señeros, solitarios, individualistas si queréis. Y que si se nos presentan a las veces en muchedumbre, no es formando masas. Tales las moscas, las tan aborrecibles y calumniadas moscas.

También las moscas fueron juguete de mi niñez y lo fueron –y seguirán siéndolo- de los niños. ¡Qué sorprendente efecto el de ver pasearse a una pajarita de papel –de fumar y de un solo pliegue- sobre una mesa, llevada por una mosca, sujetas sus alitas –con cera- a las patitas del artefacto! (Hace falta destreza). Cada vez que recuerdo aquella fábula que empieza: “A un panal de rica miel dos mil moscas (¡son demasiadas!) acudieron y, por golosas, murieron presas de patas en él…”, me represento la tragedia de los pobres animalitos anarquistas o libertarios. Como alguna vez me he detenido a contemplar esos mosqueros que son una botella especial con agua y una trampa, por la que entrando las moscas caen en el agua y allí se ahogan. ¡Y verlas subiéndose las unas sobre las otras y hundiéndolas más al querer sostenerse sobre ellas, para hundirse, a su vez, por falta de sostén! ¡Qué espejo de la sociedad humana! De sociedad individualista – se me dirá.

 Hubo, por otra parte, siendo yo un mocito, en que –como creo que dicen que hacía Spinoza- crié en una caja una araña dándole moscas y haciéndole inútil su tela. Y pude observar con qué parca ración se satisfacía la araña. No así el vencejo ni el camaleón. Del que dicen que se mantiene en el aire. No cabe fiarse de los que se dice que viven del aire.

Mas …¿ a qué seguir? ¡Qué de cosas podría decir a mis lectores si recogiese todos mis recuerdos infantiles de la historia, y la leyenda, y la fábula, y la mitología de los insectos! De los articulados, como también se les llama. ¡Qué de artículos podrían inspirarme los articulados esos! Pero hay otros articulados –mejor, desarticulados- humanos que interesan más a nuestros lectores. Y, sin embargo, yo les digo a éstos que no hay articulado humano que nos ofrezca más puras enseñanzas que un grillo, un “cochorro”, un coquito de Dios – ¡qué tierna ocurrencia la de consagrarle al Creador!-, un caballito del diablo, un ciervo volante, un…¡Y qué espejos para los hombres! Supe una vez de Bagaría que se había dedicado a dibujar –del natural, ¡claro!- insectos. Lo había yo adivinado al ver las profundas caracterizaciones humorísticas que lograba al caricaturizar a los hombres con formas de ortópteros, coleópteros, himenópteros…Y chupópteros. Toda una psicología entomológica humana.

Y que aquellos de mis lectores que, a su vez, escriban para el público se paren a la orilla de algún remanso, a la sombra de un sauce o de un aliso, a contemplar la obra del escribano del agua. ¿Habré estado yo escribiendo este artículo en ella?

(1) María Moliner, años adelante, en su diccionario lo define como “Insecto coleóptero de color bronceado, con las patas adaptadas para la natación, que se ve muy frecuentemente haciendo giros rapidísimos sobre las aguas estancadas”.


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Entomólogos reunidos en el Madrid republicano de 1935, fotografiados y caricaturizados.

Como expuse en una entrada anterior uno de los grandes acontecimientos científicos que se produjo en el Madrid de finales del verano de 1935, cuando el timón de la gobernación española lo ejercía una coalición entre republicanos radicales, cedistas, y representantes de fuerzas conservadoras agraristas, fue el VI Congreso Internacional de Entomología.

Expongo ahora dos muestras del impacto que tuvo esa reunión científica no sólo en medios académicos españoles sino también en ciertos grupos sociales y representantes de una cultura republicana en plena efervescencia creativa.

La primera se refiere al acto solemne de imposición del doctorado honoris causa de la Universidad de Madrid por su rector, el catedrático de Patología Quirúrgica de la Facultad de Medicina León Cardenal Pujals (1878-1960), a los profesores e investigadores franceses Maurice Caullery (1868-1958) y René Gabriel Jeannel (1879-1965), al alemán Richard Benedict Goldschmidt (1878-1958), que se exiliaría en ese año de 1935 al Reino Unido y un año después a Estados Unidos, al italiano Filippo Silvestri (1873-1949) y ruso-británico Boris Uvarov (1886-1970).

Todos ellos tenían méritos suficientes para recibir esa distinción por parte de sus pares de la principal universidad española.

Caullery había sido elegido presidente en 1915 de la Sociedad Zoológica de Francia, y en 1931 y 1933 había escrito dos importantes obras: Le problème de l’évolution Present Theories of Evolution and the Problem of Adaptation. 

Jeannel era una autoridad mundial en la entomología subterránea, área de trabajo en la que se había formado junto a Emile Racovitza, cuando este dirigía la estación de biología marina de Banyuls, donde habían ido a estudiar varios naturalistas españoles pensionados por la JAE

Goldschmidt, que había estado vinculado al Kaiser Wilhelm-Gesellschaft zur Forderung de Berlín, era un importante genetista, quien desde 1915 había realizado relevantes investigaciones sobre la naturaleza y la función de los genes. Y rescató la importancia de la embriología experimental para el análisis filogenético. Michael R. Dietrich, que le ha dedicado diversos trabajos y un interesante sitio web (ver aquí), lo considera una de las más controvertidas y enigmáticas figuras de la biología del siglo XX.

Silvestri introdujo en Italia la experimentación en el campo de la lucha biológica y era uno de los principales entomólogos italianos.

Uvarov, por su parte, está considerado el fundador de la acridología, la rama de la entomología destinada al conocimiento del ciclo vital de las langostas para conseguir el control de las movimientos masivos de ese insecto tan destructivo en los terrenos agrícolas de diversas partes del mundo como ha mostrado Antonio Buj en su libro Plagas de langosta. De la plaga bíblica a la ciencia de la acridología, del que me hice eco en mi otra bitácora (ver aquí), y en particular en la Península Ibérica como han destacado recientemente las investigadoras portuguesas Inês Gomes, Ana Isabel Queiroz y el investigador Daniel Alves (ver aquí).

De ese evento académico dejó registro en las páginas del diario centrista Ahora, del que era subdirector ese gran periodista y reportero que fue Manuel Chaves Nogales, el fotógrafo Yusti, tanto en una portada como en las páginas centrales de ese periódico del 10 de septiembre de 1935

Caullery doctorado honoris causaDoctorado honoris causa colectivo

 

La segunda está relacionada con el impacto de ese evento científico en diversos creadores culturales como el ilustrador, pintor y uno de los principales caricaturistas españoles de la primera mitad del siglo XX, Luis Bagaría (Barcelona 1882-La Habana 1940). De él son conocidas innumerables caricaturas de personalidades del mundo cultural, político y empresarial de Barcelona y Madrid y su faceta de glosador gráfico de la actualidad política en diversas publicaciones desde que se estableció en la capital española en 1912. Así la eficacia política de su lápiz se manifestó sucesivamente en La Tribuna, el semanario España, impulsado por Ortega y Gasset, Luis Araquistáin y Manuel Azaña, y al que estuvo estrechamente unido entre 1915 y 1922, y sobre todo El Sol donde desarrolló la mayor parte de su carrera periodística.

Pero como tantos artistas Bagaría también sintió atracción por determinadas actividades científicas y fue un agudo observador de los fenómenos naturales, donde encontró inspiración para sus críticas sociales. Ya Emilio Marcos Villalón reparó en el hecho de que Bagaría se interesó por la generación médica de 1914. A su vez, Miguel de Unamuno, otro escritor al que el Congreso Internacional de Entomología interpeló, comentó a sus lectores que sabía que Bagaría había dibujado insectos, lo que él ya había adivinado ” al ver las profundas caracterizaciones humorísticas que lograba al caricaturizar a los hombres con formas de ortópteros, coleópteros, himenópteros…y chupópteros”, [creando]. toda una psicología entomológica humana”.

Es muy posible que esa familiaridad con el mundo de los insectos inspirase a Bagaría a ofrecer a sus lectores de El Sol el viernes 13 de septiembre de 1935 la siguiente caricatura de nueve destacadas figuras del mencionado congreso de entomología, ninguna de las cuales coincide con los que se han enumerado anteriormente.

El lápiz del caricaturista catalán, de estilo sintético, nos ofrece perfiles sui generis de los siguientes naturalistas, a los que presenta como figuras zoomorfas variadas con alas de diverso tipo:

De izquierda a derecha arriba: el italiano doctor Malinotti, el alemán Martin K. O. Schwartz, del Biologische Reichsanstalt für Land und Fortswirtschaft de Berlin, el español Manuel Martínez de la Escalera (San Sebastián 1867-Tánger 1949).

En el centro el sueco Ivor Tragardh (1878-1951), el ruso-francés Sergei Metalnikoff (1870-1946), y el también sueco Bror Yngve Sjötedt (1866-1948,

Y abajo de izquierda a derecha: el holandés Uyttenboogaart, el español Ignacio Bolívar (Madrid 1850-Ciudad de México 1944), -presidente de la JAE tras el fallecimiento de Cajal, director del Museo Nacional de Ciencias Naturales, y factótum del congreso que estamos presentando -y el egipcio Efflatoum.

Figuras del Congreso vistas por Bagaria

 

 

 

 

 


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Cuando Madrid fue la capital de los entomólogos del mundo

A principios de septiembre de 1935 más de 400 entomólogos, procedentes de todo el mundo, se reunieron en Madrid.

Medalla distribuida a los congresistas

El viernes 6 de septiembre de ese año, cuando el escenario internacional estaba pendiente del conflicto desencadenado por la Italia de Mussolini en tierras de Etiopía, se inauguró en la capital española el VI Congreso internacional de Entomología.

Desde tiempo atrás los estudiosos del mundo de los insectos, cuyo número de especies se calculaba en torno a un millón en aquella época, se reunían periódicamente. El primer congreso se había celebrado en Bruselas (1910), y luego itineró por Oxford (1912), Zurich (1925), Ithaca (1928), y París (1932). Precisamente en esta ciudad se decidió en el año 1932 que el siguiente se celebrara en Madrid “ante el deseo de conocer los progresos del nuestro en esta ciencia, acreditados ya por numerosos escritos y publicaciones, bien conocidos y reputados en el Extranjero, que han valido a los entomólogos españoles puesto y consideraciones honoríficas en las anteriores reuniones”, como diría el presidente del comité organizador del congreso madrileño Ignacio Bolívar, quien se había hecho cargo de la presidencia de la JAE tras el fallecimiento de Santiago Ramón y Cajal, en octubre de 1934.

A la espera de hacer un estudio en profundidad de esa reunión científica quisiera ahora resaltar dos hechos: la capacidad que tuvo Ignacio Bolívar, ayudado por su hijo Cándido Bolívar, para reunir en Madrid a los más cualificados representantes de esa rama de la zoología, que estaba teniendo un gran desarrollo por los beneficios que estaba brindando al conocimiento de problemas que preocupaban a los biólogos generales, y a los biólogos prácticos, y la importante masa crítica de entomólogos existentes entre los naturalistas españoles de hace más de ocho décadas, de los que había una cualificada representación en el comité organizador del Congreso.

Así sabemos que entre los asistentes a la sesión inaugural del VI Congreso Internacional de Entomología de Madrid se encontraban los siguientes investigadores y profesores:

Martin. K. O. Schwartz, del Biologische Reichsanstalt für Land und Fortswirtschaft, de Berlin; Richard Benedict Goldschmidt, del Kaiser Wilhelm-Gesellschaft zur Forderung, de Berlín; Franz Poche, de Viena; Armand d’Orchymont, del Musée Royale d’Histoire Naturelle de Bélgica; Arthur Gibson (1875-1959), de Ottawa y Crawford, también canadiense; Zarrel, de Checoeslovaquia; H. Efflatonn y Mausour, de Egipto; Avinoff, Mayne, Riley y Steineger, de Estados Unidos; Karl Hjalmar Richard Frey (1886-1965) de Finlandia; René Gabriel Jeannel (1879-1965) Regnier, Auguste Eugene Mequignon (1875-1958), Fage, Lucien Chopard (1885-1971) y Du Dresnay, de Francia; Pandagis, de Grecia; Uyttenboogaart, Hermann Schmitz (1878-1960 y Klyastra, de Holanda; sir Guy Anstruther Knox Marshall (1871-1959), Karl Jordan (1861-1959), Fox Wilson, H. Barnes, Hugh Scott (1885-1960) y Malcolm Burr (1878-1954), de Inglaterra; Malenotti, Capra y Giuseppe Franchini (1879-1938), de Italia; Stanislaw Minkiewicz (1877-1944), de Polonia; Bror Yngve Sjötedt (1866-1948), de Suecia, y Robert Biedermann (1869-1954), de Suiza.

A esos congresistas se unirían posteriormente investigadores de otras delegaciones procedentes de Japón, la Unión Surafricana, Australia y las Antillas inglesas.

Por su parte el comité organizador estaba formado por los siguientes once naturalistas españoles que meses después vivirían situaciones muy diferentes ante el estallido de la guerra de España:

Presidente: Ignacio Bolívar (Madrid 1850-Ciudad de México 1944); secretario Cándido Bolívar Pieltain y vocales: Miguel Benlloch Martínez (Valencia 1893-Madrid 1983), Federico Bonet Marco (Madrid 1906-México 1980), José del Cañizo (1894-1972), Gonzalo Ceballos y Fernández de Córdoba (Madrid, 1895-1967), José María Dusmet (Ambel [Zaragoza] 1869-1960), Juan Gil Collado (Martos [Jaén] 1901-Madrid 1986), cuya trayectoria ha sido recuperada en un libro reciente como acaba de resaltar el periodista Manuel Ansede (ver aquí) Fernando Martínez de la Escalera,(Villaviciosa de Odón [Madrid] 1895-Montevideo [Uruguay] 1986 Manuel Martínez de la Escalera (San Sebastián 1867-Tánger 1949), Antonio de Zulueta (Barcelona 1885-Madrid 1971).

Cándido Bolívar Pieltain, secretario del congreso, y que asumiría meses después importantes cargos de responsabilidad política en el gobierno del Frente Popular, formaba parte, a su vez, del comité ejecutivo de la asociación internacional de los entomólogos, integrado por:

Cándido Bolívar Pieltain, de Madrid; H. Eltringahm, de Oxford; W. Horn, de Berlín; R. Jeannel, de París; O. A. Johannsen, de Ithaca (EEUU), K. Jordan, Tring; F. Silvestri, de Nápoles; T. Shiraki, de Tainoku (Formosa); M.N. Rimsky-Korsakov, de Leningrado; Y. Sjöstedt, de Estocolmo.

Las sesiones de ese congreso, que supusieron el momento de mayor influencia de los entomólogos españoles liderados por Ignacio Bolívar en el panorama internacional de la entomología, se celebraron en cuatro significativos lugares de la colina de las ciencias que construyó la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas en el entorno del hipódromo madrileño en torno a los años republicanos: el Museo de Ciencias Naturales, el Auditorium de la Residencia de Estudiantes, el Instituto Nacional de Física y Química y el Instituto-Escuela.

Una parte importante de esos congresistas se hicieron una fotografía que está accesible en la Red, y en una entrada dedicada a ese congreso por la Associació Catalana de Bioespeleología, donde su autor -Lluis Auroux- se ha preocupado de dividirla en seis partes para que podamos identificar mejor a los congresistas y sus acompañantes.

Para saber más:

Alberto Gomis, “Mimbres para otro cesto: De la Sección de Entomología del Museo Nacional de Ciencias Naturales al Instituto Español de Entomología”, Boletín de la Real Sociedad Española de Historia Natural. Sección Biología, 108, 2014, pp. 37-47. (accesible en la red: aquí

“The First International Congress of Entomology”, Nature, 84, (1910), pp. 214-215,

E. O. Essig, “A Sketch History of Entomology”, Osiris, vol. 2 (1936), pp. 80-123

Felicitas Marwinski, “Aus der Arbeit der Bibliothek des ehemaligen Deutschen Entomologischen Instituts: 20. Nachlass HORN, Berlin, Beiträge zur Entomologie., Bd. 23. H. 5/8, S. 445-471. Berlin. (accesible en la red: aquí)