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Cuaderno de investigación de Leoncio López-Ocón sobre las reformas educativas y científicas de la era de Cajal


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Una aportación a la educación ambiental en las escuelas españolas de hace un siglo

La Escuela Moderna. Revista pedagógica hispano-americana (1891-1934) fue una de las publicaciones pedagógicas más relevantes en el ámbito cultural hispánico en el tránsito del siglo XIX al siglo XX, promotora de una enseñanza científica racional. Uno de sus impulsores, y director de la publicación desde 1907, fue el pedagogo castellano Esteban Bartolomé Mingo, quien desde 1879, y durante más de cuarenta años, dirigió la Escuela Central de Párvulos o Jardín de Infancia de Madrid, punta de lanza de la introducción de los métodos del pedagogo alemán Fröbel (1782-1852) en la sociedad española como se explica en este documental hecho por jóvenes historiadoras de la educación. (ver aquí).

La Escuela Moderna enero 1915

Ojeando el ejemplar de esta singular publicación pedagógica, correspondiente a enero de 1915, me he encontrado con la reseña de la obra de un maestro comprometido con la educación ambiental. Se trata del libro Mi amigo el árbol. Su autor fue Martín Chico Suárez, un maestro de las escuelas nacionales de Madrid, nacido en Cehegín (Murcia) en 1864, y vocal correspondiente del Consejo Superior de Protección a la Infancia. La obra tenía un conjunto de ilustraciones debidas a su hijo Pedro Chico Rello, futuro profesor de Escuelas Normales y metodólogo de la enseñanza de la geografía. Tenía como lema el oximoron “Festina Lente“, es decir Corre despacio o Apresúrate lentamente. Este adagio había sido usado como marca de impresión por el humanista veneciano Aldo Manuzio, editor de textos clásicos griegos, y considerado el inventor del libro de bolsillo.

Como prueba del interés que suscitó entre los lectores de aquella época Mi amigo el árbol cabe añadir que tuvo el primer premio del concurso celebrado en 1913 por la Sociedad de Amigos de la Fiesta del Árbol de Barcelona. La obra fue publicada en Barcelona por el editor J. Ruiz Romero, sucesor de J. Bastinos.

La reseña que se presenta a continuación coincide temporalmente con la medida tomada el 5 de enero de 1915 por el ministro de la Gobernación José Sánchez Guerra (1859-1935) del gabinete conservador presidido por Eduardo Dato para declarar oficial y de carácter obligatorio esa fiesta que se venía celebrando desde tiempo atrás, con una particular intensidad en Cataluña.

A continuación transcribo parte de la reseña de este curioso libro pedagógico, tal y como apareció en las páginas de La Escuela Moderna de enero de 1915, pp. 78-80.

miamigoelarbol-648x1024Realmente hemos sentido un verdadero placer leyendo este libro. No es un libro más de lectura entre los innumerables que forman la literatura escolar. Es una obrita de volumen poco abultado, pero de un contenido muy nutrido abundantísimo de doctrina pedagógica en forma de lecciones sencillas, claras y hasta poéticas y encantadoras en el modo especial de presentarles….

El autor..ha estudiado el árbol en todos sus aspectos, con todas sus complejas relaciones y las múltiples aplicaciones que de él se hacen, ya para la alimentación humana, ya como elemento de vida en lo que afecta a la oxigenación del aire, ya por lo que tiene de utilidad en maderas, belleza, hermosura, vivienda de los pájaros, seguridad en el terreno, modificación del clima, recreo e higiene, en suma, de cuanto puede el hombre sacar partido para la satisfacción de sus necesidades. Dedica diez lecciones a la historia de los árboles, mencionando alguno de los más antiguos y ocupándose del árbol sagrado, el árbol compañero del hombre, el árbol y la vivienda humana, el árbol símbolo de gloria, el árbol como recordatorio de la memoria de los hombres, y el árbol en la ciencia, en el arte y hasta en lo que se relaciona con la independencia de la patria.

Mi amigo el arbol paginaEl desenvolvimiento de las lecciones es ingenioso y muy interesante. En primer término expone, en lenguaje sencillo y correcto, la lección, el tema, la materia de que ha de ocuparse; hace luego un resumen de la misma; acompaña máximas morales que surgen de la lección expuesta; añade ejercicios prácticos que se relacionan con el contenido de la lección, unas veces para despertar en los niños la afición hacia la formación de un museo escolar de aves, insectos, plantas, hojas, flores, maderas de todas clases, y otros para favorecer el estudio de la Geografía y viajes y conocer mediante ellos la región en donde los árboles se crían. Forman parte integrante de la obrita lecciones de cosas que amplían y completan el contenido de las lecciones; recitaciones en verso alusivas a la materia y escritas por nuestros mejores poetas, con el objeto de que el niño se aficione a la lectura, y un léxico riquísimo que explica el significado de cada palabra, con la vista fija siempre en que no se pronuncien jamás los vocablos sin entender su contenido substancial.

Por último, enciérrase el librito en un hermoso marco literario, formado por una atenta dedicatoria a S.A.Serma. la Infanta Isabel de Borbón, generosa donante del premio adjudicado al libro; una sentida carta del malogrado Joaquín Costa, dirigida a los niños de Ricla, recomendándoles el cultivo del árbol; la letra y música de la Fiesta del Árbol, y una larga bibliografía de la que se ha servido el autor…

Merece todo género de aplausos nuestro estimado compañero, porque su obrita revela un …entusiasmo extraordinario hacia el cultivo del árbol, compañero y amigo inseparable del hombre, y objeto por parte de Goethe de grandes meditaciones y estudios, y, sobre todo, exterioriza el Sr. Chico un amor entrañable hacia los niños ofreciéndoles un trabajo laborioso, en el cual se halla reconcentrada en síntesis la vida material y espiritual de tan ilustrado maestro.

De todo corazón recomendamos a nuestros compañeros la adquisición de este libro, cuyo fondo es inagotable e inmenso para la educación de los niños, y cuya elegancia en la forma para su presentación artística, llena de bonitos grabados, se debe a la Casa editorial de J. Ruiz Romero, sucesor que continúa aumentando y perfeccionando la tan acreditada Casa de Bastinos, de Barcelona.

Dos apostillas cabe hacer a esta reseña de Esteban Bartolomé Mingo en un momento en el que la publicación que dirigía se comprometió con el arraigo de la Fiesta del Arbol en el sistema educativo español como constan dos colaboraciones del volumen de 1915. Una de ellas era un artículo dedicado a la celebración de la Fiesta del Arbol en la población de Sotillo de la Adrada en la provincia de Avila (p. 542) y la otra consistió en el texto “Una Fiesta del Arbol” firmado por el pedagogo Casiano Costal (p.682).

Por una parte conviene destacar que Mi amigo el árbol, cuya primera edición data al parecer de 1910, tuvo una amplia circulación. En la década de 1920, probablemente relacionado con el hecho de que la dictadura de Primo de Rivera intentó convertir la Fiesta del Árbol en un elemento de nacionalización según Antonio Alcusón Sarasa (ver aquí), se hicieron varias ediciones de la obra. En 2005, hace una década, la editorial Arba de Madrid, hizo una reimpresión facsímil de la edición barcelonesa de 1925 de J. Ruiz Romero, con el apoyo de la Asociación para la Recuperación del Bosque Autóctono y la Asociación Española de Arboricultura, según se destaca en un post del blog Naturaleza viva (ver aquí).

Por otro lado hay que resaltar que en la campaña destinada a hacer arraigar la Fiesta del Arbol, declarada oficial como se ha indicado el 5 de enero de 1915, se implicaron muchos agentes sociales. Así, casi simultáneamente a la reseña de la que se ha informado en este post, una de las más importantes revistas ilustradas de la España de 1915 – Mundo gráfico– presentó en sus páginas al inspirador, y gran propagandista de la fiesta del árbol, el ingeniero de montes murciano Ricardo Codorniu y Starico (Cartagena 1846-Murcia 1923), con motivo de un homenaje que se le hizo. Se trataba de la concesión de las insignias de la Gran Cruz del Mérito Agrícola costeadas por dos mil suscriptores.

Codorniu 1915

 

Para saber más:

Más información sobre la labor pedagógica de Martín Chico Suárez y Pedro Chico Rello en Juan Mainer Baqué, La forja de un campo profesional: pedagogía y didáctica de las Ciencias Sociales en España (1900-1970), Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)2009

Más información sobre la Fiesta del Árbol en Santos Casado de Otaola, Naturaleza patria. Ciencia y sentimiento de la Naturaleza en la España del Regeneracionismo, Madrid, Marcial Pons, 2010. (Colección “Ambos Mundos” de Marcial Pons Historia-Fundación Jorge Juan).

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El interés de Ortega y Gasset por la geografía y por el concepto de región natural tras un viaje a Asturias en 1915

El año 1915 fue muy intenso para José Ortega y Gasset (1883-1915), marcado por el lanzamiento del semanario España, cuyo primer número salió a la calle el 29 de enero, según expliqué en un post anterior. (ver aquí). En el verano de ese año Ortega decidió descansar en Asturias para reponer fuerzas como él mismo nos contó: “Durante este verano he vivido mes y medio en Asturias. Ese tiempo y otro tanto más son insuficientes para conocer el cuerpo y el alma de una comarca, aun dedicándolos por entero a su estudio. Si se trata de Asturias, donde los paisajes y los corazones están tejidos con raros matices y transiciones, la insuficiencia resulta mucho mayor. Ahora bien; yo no he dedicado ese mes y medio a estudiar la vida asturiana, sino más bien a lo contrario, a descansar de mi vida castellana”.

Vecinos a caballo en La Pasera -Mieres- hacia 1915.

Vecinos a caballo en La Pasera- Mieres- hacia 1915 tomada de El blog de “Acebedo”

 

Pero las impresiones de ese viaje de la meseta castellana a tierras cantábricas le causaron tan honda impresión que empezó a trasladarlas a los lectores del semanario España a partir de su número 35, publicado el 23 de septiembre de 1915, con el título de “Unas notas de andar y ver”. Esas notas tenían  los siguientes apartados: “De viaje”, “Dueñas”, “La hermana visitadora”, “Las dos lunas” y “Geometría de la Meseta” .

Articulo de José Ortega y Gasset en el semanario España de 23 de septiembre de 1915

Articulo de José Ortega y Gasset en el semanario España de 23 de septiembre de 1915

Impulsó a Ortega dejar por escrito sus observaciones y reflexiones un afán de combatir la fluidez de la vida que se exacerba al viajar: 

Mi intención se reduce a decir una cosa sin importancia ni trascendencia, a saber: que en los viajes se hace extremada la momentaneidad de nuestro contacto con los objetos, paisajes, figuras, palabras, y paralelamente crece y nos acongoja la pena que sentimos que así sea. Quisiéramos de algún modo fijar alguna de aquellas cosas que pasan a escape, como si tuviesen una cita allá lejos, con alguien que no somos nosotros.  A este fin llevamos un cuaderno y un lápiz; apuntamos unas breves palabras, y cuando un día, andando el tiempo, las leemos, el paisaje, la palabra, la fisonomía que desapareció adquiere cierta supervivencia, una como espectral vida que conserva de la real vagos ecos, remotos latidos.

Tuvieron continuación esas notas con su texto “Vaga opinión de Asturias”. La primera parte se publicó en  el número 42, de 11 de noviembre, y tenía los siguientes apartados: “Prólogo”, “Las tres sospechas”, “Un paisaje”. La segunda, en el número 43, de 18 de noviembre, donde incluyó el epígrafe “La mirada castellana procede con tacto”.

No sabemos por qué razones -quizás por los problemas que tuvo Ortega con la orientación de la revista en el otoño de ese año que le llevaron a abandonar la dirección del semanario- pero esa serie de notas de andar y ver sobre Asturias se vieron interrumpidas.  Y así los redactores del semanario España se vieron obligados a insertar en el nº 44, de 25 de noviembre, esta advertencia a sus lectores: “Vaga opinión sobre Asturias. En los números próximos continuaremos la publicación de esta serie de notas sobre la tierra y la vida asturiana de José Ortega y Gasset. III. El otro paisaje. IV. Psicología del cascabel”. Y en efecto la primera sección -El otro paisaje- la pudieron leer los lectores de España en dos entregas sucesivas: en el número 50 de 6 de enero de 1916, y en el de la semana siguiente. Sin embargo el anunciado capítulo sobre la “Psicología del cascabel” lo incorporó a sus Ensayos filosóficos sobre biología y pedagogía que publicó por primera vez en el tercer tomo de El Espectador en 1921.

En ese tomo de 1921 también aparecieron sus “Notas de andar y ver. De Madrid a Asturias o los dos paisajes”, publicadas originariamente en el semanario España, entre septiembre de 1915 y enero de 1916, como acabamos de ver. Tenemos acceso ahora a ellas  en el tomo II de las Obras completas de Ortega, editadas por Taurus (p.377-391). En las páginas 900-904 los editores, con muy buen criterio, compulsaron ambos textos, los de 1915-1916 y la edición orteguiana de 1921 porque hay alguna que otra diferencia entre ellos. Y aunque han cazado casi todas las diferencias se les escapó alguna que para mi criterio es importante, como señalaré más adelante.

Ahora mi intención fundamental es fijarme en los dos últimos textos de esa serie de reflexiones orteguianas, los publicados el 6 y el 13 de enero de 1916 en España, para mostrar aspectos de Asturias que llamaron la atención a Ortega, subrayar cuán atento estaba al movimiento científico de la sociedad española de aquel momento y poner un ejemplo de las modificaciones que introdujo entre sus Notas de andar y ver de 1915-1916, y su edición de 1921 que son las que han servido de guía a los editores más recientes de sus obras completas.

Pero vayamos por partes. Primero sigamos a Ortega cuando desde Pajares dirigió la mirada al norte y se preguntó: “¿Qué significa la palabra Asturias”? Esta es la respuesta que nos da, llena de plasticidad, influido por sus lecturas de geógrafos coetáneos, de cuentos de Clarín como Boroña, (accesible aquí) e impresionado por los contrastes entre los dilatados horizontes manchegos y el abrupto relieve asturiano con sus angostos valles, donde el vacío no existe:

Signifique lo que quiera, encuentro en el valor de plural que ese vocablo tiene una certera sugestión para el viajero. Hay muchas Asturias, no sólo las de Oviedo y las de Santillana. Hay muchísimas más: sería trabajoso contarlas.

Un estrecho valle, de blando suelo, verde y húmedo: colinas redondas, apretadas unas contra otras, que lo cierran a los cuatro vientos. Aquí, allá, caseríos con los muros color sangre de toro y la galería pintada de añil; al lado, el hórreo, menudo templo, tosco, arcaico, de una religión muy vieja, donde lo fuera todo el Dios que asegura las cosechas. Unas vacas rubias. Castaños, castaños cubriendo con su pompa densa todas las laderas. Robles, sauces, laureles, pinedas, pomares, hayedos, un boscaje sin fin en que se abren senderos recatados….Sobre las altas mieses, unas guadañas que avanzan y siegan la luz en reflejos. Y como si el breve valle fuera una copa, se vierte en él la bruma suave, azulada, plomiza, que ocupa todo el ámbito. Porque en este paisaje el vacío no existe; de un extremo a otro todo forma una unidad compacta y tangible. Sobre la sólida tierra está la vegetación magnífica; sobre ésta, la niebla, y ya en la niebla tiemblan prendidas las estrellas lacrimosas. Todo está a la mano, todo está cerca de todo, en fraterna proximidad y como en paz; junto a la pupila de la vaca se abre el lucero de la tarde. ..

Ese angosto recinto unánime es Asturias. Si salimos de él habremos de entrar en otro parejo. Cada uno de estos valles es toda Asturias, y Asturias es la suma de todos esos valles. Por ello decía que las Asturias son innumerables, y que parece esencial a esta comarca el concepto de pluralidad o repetición de unidades análogas. Podemos representarnos la Mancha como un inmenso espacio único; Asturias, por el contrario, nos aparece como en una serie de pequeños espacios homogéneos e independientes. 

En segundo lugar prestemos atención al giro del discurso de Ortega cuando da el salto desde su descripción literaria de las características del paisaje asturiano  a sus consideraciones científicas sobre el concepto de “región natural” de la mano de la emergente geografía que, como ya he señalado en varias entradas de esta bitácora (ver aquí y aquí), estaba experimentando un notable despegue en la sociedad española de aquellos años, alentada en gran medida por la labor de la JAE, de cuyas publicaciones científicas los lectores del semanario España tenían cumplida cuenta, como veremos en otras entradas de esta bitácora. En efecto, tras los párrafos transcritos líneas arriba, prosiguen las notas de Ortega y Gasset respecto a su “vaga opinión sobre Asturias” con las siguientes reflexiones en las que contrapone la concreción de la “región natural”, que se nos mete por los ojos, y la abstracción de lo que llamamos España, a la que solo se puede representar con símbolos y alegorías, es decir con construcciones mentales.

Día por día, la geografía contemporánea va concediendo mayor importancia a la idea de “región natural”. Puede decirse que ha llegado a ser el fenómeno matriz de la investigación geográfica. Un arcángel revolando por los vacíos siderales, verá la Tierra como un astro; mas para el hombre, la Tierra como astro es una abstracción física. Esto mismo que llamamos España es una abstracción política e histórica. No cabe de ella una imagen adecuada; para representarla tenemos que acudir al símbolo o la alegoría, que son construcciones mentales. Y, en consecuencia, puesto que es España una construcción mental nuestra, influimos nosotros en ella más que ella en nosotros. Frente a todas esas entidades abstractas, la región natural afirma su calidad real de una manera muy sencilla: metiéndosenos por los ojos. De la región podemos tener una imagen visual adecuada, y viceversa, sólo es región, sólo es unidad geográfica aquella parte del planeta cuyos caracteres típicos pueden hallarse presentes en una sola visión. 

Estimaría que los geógrafos ensayasen esta manera mía de definir la región. A vueltas de complicadas sabidurías, acabarán por hallar su más exacto concepto en eso que bajo la retina se lleva el emigrante y en las horas de soledad o angustia parece revivir cromáticamente dentro de su imaginación. 

Sólo bajo la especie de región influye de un modo vital la tierra sobre el hombre. La configuración, la escultura del terreno, poblada de sus plantas familiares, y sobre ella el aire húmedo, seco, diáfano o pelúcido, es el gran escultor de la humanidad. Como el agua da a la piedra, gota a gota, su labranza, así el paisaje modela su raza de hombres, gota a gota; es decir, costumbre a costumbre. Un pueblo es, en primer término, un repertorio de costumbres. Las genialidades momentáneas que en él se produzcan componen sólo su perfil. 

Hay comarcas que despiden al hombre del campo y lo recluyen en la ciudad. Esto acontece en Castilla: se habita en la villa y se va al campo a trabajar bajo el sol, bajo el hielo, para arrancar a la gleba áspera un poco de pan. Hecha la dura faena, el hombre huye del campo y se recoge en la ciudad. De esta manera se engendran las soledades castellanas, donde el campo se ha quedado solo, sin una habitación o humano perfil durante leguas y leguas. En Asturias, opuestamente, el campo es el aposento, lugar doméstico [en la presentación original de este texto en el semanario España Ortega usa en vez de doméstico el asturianismo “atopadizo” que significa lugar cómodo, agradable, donde se está a gusto] de estancia y de placer. La tierra es un regazo, donde el hombre trabaja y descansa, sueña y canta.

Mercado en la plaza del Campo en Pravia en 1915. Captada de la Memoria Digital de Asturias

Mercado en la plaza del Campo en Pravia en 1915. Captada de la Memoria Digital de Asturias

En el diálogo que establece con la geografía contemporánea, en la que detecta que la idea de “región natural” se ha convertido en el fenómeno matriz de la investigación geográfica, Ortega y Gasset se basa en dos obras: Evolución y concepto de la geografía, de 1915, y Concepto de la región natural en Geografía, de 1913, debidas a Juan Dantín Cereceda. Se trataba de dos breves textos. El primero, de 28 páginas, publicado por los Anales de la Junta para ampliación de estudios e investigaciones científicas en su tomo XV.

En la presentación originaria de sus Notas de andar y ver en las páginas del semanario España podemos leer este añadido a esa referencia bibliográfica suya a las obras de Dantín: “Sobre el caso concreto de Asturias sería interesante conocer, entre otras, la opinión del autor de esos estudios y la de D. Luis Hoyos y Sáinz”. Curiosamente esta apostilla ha desaparecido en la edición de las obras completas de Ortega efectuada por Taurus, pero conviene rescatarla porque muestra la estrecha relación de Ortega en 1915-1916 con dos representantes de los catedráticos de instituto que simultaneaban con eficacia e ilusión por aquel tiempo su labor investigadora y sus tareas docentes. Se inscriben en una significativa galería de profesores innovadores que ayudaron a renovar la enseñanza secundaria durante el primer tercio del siglo XX, a los que nos hemos acercado en el libro colectivo Aulas modernas, de próxima publicación por la editorial Dykinson.

Juan Dantín Cereceda (1881-1943)  era en 1915-1916 catedrático de Agricultura y Técnica Agrícola e Industrial del Instituto de Guadalajara y estrecho colaborador del catedrático de la Universidad Central e investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales Eduardo Hernández Pacheco (1872-1965). Entre septiembre de 1913 y julio de 1914 fue pensionado de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas en Francia, donde trabajó al lado del gran  geógrafo Emmanuel de Martonne (1873-1955), impulsor de la geografía regional, y  cuya huella en el folleto de Dantín Evolución y concepto de la geografía de 1915 es muy visible. Cuando Dantín se instaló en Madrid a partir de 1918, primero como catedrático del Instituto-Escuela, y luego como catedrático del Instituto San Isidro, sus relaciones con Ortega se hicieron muy estrechas. Miguel Ortega-en su libro Ortega y Gasset, mi padre (Barcelona, 1983, p. 76)- lo recuerda cómo un “hombre muy culto y muy sencillo a la vez” con quien Ortega “lo pasaba maravillosamente” en excursiones que hicieron en la década de 1920. Además de ser compañero de excursiones Dantín fue un muy estrecho colaborador de Ortega en el diario El Sol y en Revista de Occidente, como ha explicado muy bien Nicolás Ortega Cantero en su importante artículo “Juan Dantín Cereceda y la geografía española”.(ver aquí).

El otro profesor mencionado por Ortega -Luis Hoyos y Sáinz (1868-1951)- era de un grupo generacional diferente a él y a Dantín, que eran coetáneos. ¿Por qué lo menciona Ortega en esa nota a pie de página? Había varias razones, probablemente. En aquel momento de 1915 el prestigio científico de Luis de Hoyos estaba en alza. Como catedrático de Agricultura del instituto de Toledo, entre 1898 y 1909, había ganado fama como especialista de los problemas agrarios de España. Y tras ser nombrado catedrático de Fisiología e Higiene Escolar de la Escuela de Estudios Superiores del Magisterio en 1909 organizó en esa institución académica un importante seminario de Etnografía y Artes Populares que a partir de 1914 impulsó las investigaciones antropológicas, disciplina científica en la que Hoyos y Sainz sobresalió como ha destacado Carmen Ortiz, compañera del departamento de historia de la ciencia del Instituto de Historia del CSIC, en su libro Luis de Hoyos Sáinz y la antropología española. (ver aquí). Por esa época ocupaba posiciones directivas en el Ateneo de Madrid donde en 1914 fue elegido presidente de la Sección de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, cargo que mantuvo hasta 1919. También hacia 1915 era un destacado militante del Partido Reformista y un experto en cuestiones educativas. Como tal fue nombrado en 1911 vocal de las comisiones que creó el Estado para favorecer reformas en la enseñanza y en las oposiciones a cátedrás, en las que permaneció hasta 1927. Parte de sus conocimientos sobre el mundo de la enseñanza secundaria los plasmó en las páginas del semanario España con una serie de cuatro artículos sobre “Los problemas del bachillerato” publicados entre septiembre y octubre de 1915, simultáneamente al inicio de las notas de andar y ver de José Ortega y Gasset. La firma de Luis de Hoyos y Sainz aparece, en efecto, estampada en la página 2 del semanario -la más importante- de los  ejemplares de  9  y 23 septiembre así como en los de 7 y 28 de octubre de 1915.

Hoyos y Sainz 1915

Primer artículo de una serie de cuatro publicados por Luis de Hoyos y Sainz en las páginas de España a partir del 9 de septiembre de 1915

 

Probablemente en una próxima entrada de esta bitácora fijaré mi atención en esas observaciones sobre los problemas del bachillerato en la España de aquel entonces. Ahora quería contextualizar las impresiones asturianas de Ortega en aquel año de 1915, tan cruento y desolador para tantas familias europeas, de graves problemas sociales en España e higiénicos en Cataluña, donde había una devastadora epidemia de tifus en Barcelona (ver aquí) -que no ha captado el periodista de La Vanguardia Carles Casajuana en un reciente artículo periodístico (ver aquí)-,  pero fértil para la creatividad de las elites intelectuales y científicas españolas, de cuyos logros e interrelaciones seguiré dando noticias en esta serie de aproximaciones a lo que fue el mundo científico y educativo de la España de hace un siglo.


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Una original Geografía de España de Rafael Ballester y Castell publicada en Girona en 1916

portada Geografia de España 1916 Ballester

Tras haber disfrutado de una pensión de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas el mallorquín Rafael Ballester y Castell, cuyas huellas estamos rastreando en parte en esta bitácora, se instaló en la ciudad catalana de Girona donde fue por varios años catedrático de Geografía e Historia  de su Instituto Provincial, que es actualmente el Institut d’Ensenyament Secundari Jaume Vicens Vives

De la amplia labor llevada a cabo en sus años gerundenses por Rafael Ballester y Castell, entre cuyos alumnos se encontró precisamente Jaume Vicens i Vives, me fijaré en esta ocasión en su edición, en la imprenta y librería de la viuda e hijo de José Franquet, de una singular Geografía de España. Publicada originalmente en 1916, aún se seguiría editando en los años de la Segunda República, ya fallecido su autor.

La importancia de este manual radica en diversos factores que enumero a continuación, acotando las reflexiones hechas por el mismo autor en su prólogo -fechado en abril de 1916 -que por su interés transcribo casi en su totalidad.

Ballester concibe su obra como un instrumento para ayudar a superar el atraso de los conocimientos geográficos existentes, producido por varios factores entre los que destaca: la rutina de su enseñanza; la mala calidad de los libros escolares, carentes  de mapas, esquemas, gráficos, grabados, fotografías geográficas; y la falta de adelanto de otras ciencias en las que la geografía ha de apoyarse. Se carecía, por ejemplo, de un mapa topográfico de España completo, las estadísiticas eran inadecuadas y faltaban monografías locales.

No es España de los países que más afición hayan demostrado por los estudios geográficos, al menos en el tiempo presente. Buena prueba de ello son los menguados frutos de su enseñanza, contra cuyo rutinarismo se declama en vano hace medio siglo. La Geografía continúa siendo entre nosotros cristalización burocrática de la ciencia, una asignatura, mal aprendida en la niñez, menospreciada de muchos de sus profesionales y olvidada de todo el mundo. Sociedades geográficas y “congresos geográficos” improvisados, incomprendidos y estériles, no han logrado hacer cuajar lo que no está en el ambiente de nuestra cultura. En la Universidad …lo mismo que en el Instituto. El Boletín de la Real Sociedad Geográfica de Madrid es una publicación reservada a poquísimas personas, sin trascendencia, por tanto, para el público. El excursionismo, que tantos servicios puede y debería prestar a los estudios geográficos, principalmente al conocimiento de nuestro país, no pasa de loable deporte, más provechoso a la higiene del cuerpo que a la salud del espíritu. Salvo excepciones, sus adeptos no están preparados para aportar materiales útiles a la ciencia de la Tierra, mientras que son contados los geógrafos que hacen excursiones.

Los libros destinados a enseñar Geografía publicanse abarrotados de estadísticas, de interminables nomenclators, listas de “pueblos importantes” y cuadros sinópticos amazacotados de letra grande y chica; pero sin un solo mapa, ni bueno ni malo, sin el más elemental esquema o gráfico, sin grabados geográficos (que de tales no han de calificarse los monumentos históricos o arquitectónicos con que algunos ilustran los libros de Geografía) expresivos, característicos y documentales. La fotografía geográfica está por hacer. Tenemos sí, divulgadas por las artes de la reproducción muchas de nuestras joyas artísticas o históricas: catedrales, cuadros y esculturas, como también escenas interesantes, típicas o vulgares de la vida nacional en ciudades y aldeas, en las casas o en la calle; pero inédita está la fisonomía de nuestro territorio, desconocidas nuestras montañas o nuestros ríos y, de una región a otra, ignoradas las condiciones geográficas o los diversos aspectos del terruño, en mucha parte inesplorado o por estudiar.

Con las indicaciones precedentes es obvio añadir que la “Geografía de España” es convencional o, si se quiere, tenemos de ella los españoles un concepto vago, incompleto o incierto. Es sabido que la geografía de un país progresa a compás de los adelantos de las demás ciencias, porque de todas ellas necesita. ¿Han alcanzado los estudios científicos en España el grado de plenitud necesario para que la Geografía pueda solicitar y obtener de ellos un eficaz concurso?

El mapa topográfico de España, base y fundamento de toda cartografía racional, está lejos aún de ser llevado a término. Disponemos, pues, únicamente de mapas provisionales, en la inteligencia de que los mejores son extranjeros. Otro auxiliar de la Geografía, las estadísticas, aun en el caso dudoso de que sean exactas, hechas como están a base de una división territorial tan arbitraria como la vigente (por provincias), no pueden reflejar fielmente el hecho geográfico que tiene su explicación y fundamento en las entrañas de la tierra y en la naturaleza de sus habitantes. La Geografía oficial carece del auxilio o colaboración indispensable de las monografías geográficas locales, que nadie hace, porque son muy pocos los que tienen debida preparación para hacerlas y, en fin de cuentas, son trabajos, los de esta índole, faltos de estímulo, porque tampoco tienen ni remuneración ni recompensa. Pasarán, pues, bastantes años sin que la geografía de España salga de la situación interina o provisional en que ahora se encuentra y alcance la categoría de obra científica.

Consciente de las dificultades de su empresa Rafael Ballester aspiraba a hacer un manual diferente superador de las serias deficiencias pedagógicas existentes poniendo el énfasis en el uso de métodos nuevos que permitiesen enseñar la geografía como “cosa viva”. Expone asimismo su visión del oficio docente destinado a ejercer de corrector de problemas y dinamizador de  actitudes constructivas y reformistas que permitiesen encarar en mejores condiciones los retos del futuro. Y defiende la conveniencia y necesidad del aprendizaje de la Geografía como ciencia positiva para lograr un mejor conocimiento de nuestros entornos.

Por lo dicho comprenderá el lector las dificultades que supone escribir actualmente un manual de iniciación al estudio de la geografía de España, sin que resulte plagado de inexactitudes irremediables o que deje de ser lo que la generalidad de libros de esta índole, esto es, un catálogo de nombres y accidentes geográficos, datos numéricos de “habitantes y kilómetros cuadrados”, cifras de producción agrícola o industrial y otros mil factores humanos o naturales, deducidos de estadísticas inseguras o inactuales. Contra este concepto y resultado del estudio y la enseñanza de la geografía se revuelven los detractores de la pedagogía estéril y caduca, reclamando, con sobrada razón, el advenimiento de métodos nuevos o reformas, una de las cuales, para que aquel estudio sea “una cosa viva”, ha de consistir esencialmente en la sustitución de los libros por los mapas, excursiones, viajes y “ejercicios prácticos” o actuación personal del alumno en la tarea de aprender a conocer por sí mismo el medio geográfico, a base del conocimiento directo de la localidad en que se mueve y alienta, para continuar después por los de aquellos más próximos o inmediatos y, finalmente, de los demás países, hasta completar, en lo que cabe, el conocimiento total de la Tierra.

Un cambio tan hondo (por sencillo que parezca) en los procedimientos de la enseñanza geográfica –cambio cuya utilidad hemos sostenido en otras ocasiones –aludiendo Castell a sus  Investigaciones sobre metodología geográfica (Bol. de la Real Sociedad Geográfica de Madrid, Mayo, 1908) y Estudio sobre la enseñanza de la Geografía (Palma, 1901) a las que nos hemos referido en diversas ocasiones en esta bitácora-  no es factible allí donde los esfuerzos personales han de estrellarse contra la rutina, meollo y sostén de la instrucción pública nacional. Lo único que cabe en quienes se sienten aguijoneados por la vocación, o por el deber profesional, es atenuar defectos, precaver errores, rectificar conceptos extraviados y estimular actividades que puedan ser útiles en lo futuro. Con tal propósito publicamos este libro escolar, movido por el deseo de hacer asequible y simpático a nuestros pequeños discípulos el estudio de la geografía de nuestro país; no con la pretensión de inculcarles una cosa hecha, sino con la idea de inspirarles la comezón de ver con sus propios ojos, y de que se esfuercen por adivinar la fisonomía de las tierras españolas, en sus líneas fundamentales, las diferencias de las comarcas o regiones que integran la patria común, y que, el día de mañana, asociando la primera lectura a sus impresiones personales o a sus recuerdos, adquieran el convencimiento de que la Geografía no es el inventario anodino e insulso de accidentes, cifras y nombres locales que hubieron de aprender en su infancia, sino un cuerpo orgánico, una ciencia positiva, algo vivo que nos afecta muy hondamente y sin cuyo auxilio no es posible conocernos, ni en el pasado ni en el presente, ni preparar, por tanto, nuestra perfección para el porvenir. Inspirando el deseo de ver, contribuiremos sin duda al progreso de los conocimientos.

Expone por último  las características de su original obra, construida con un consistente aparato gráfico para cuya elaboración dispuso de la ayuda de un amplio equipo distribuido por distintas ciudades españolas, que enumera con cuidado. También se apoyó en una selecta bibliografía que analiza críticamente en su lugar correspondiente.

Atentos a este objeto, hemos querido escribir un libro elemental, muy breve, sobrio, evitando el escollo de la acumulación de detalles y datos complementarios, un esquema, en fin, del cuadro geográfico de España (con inclusión de todas aquellas cuestiones que el uso corriente acepta como pertinentes a la geografía de un país en su más amplio sentido) concediendo si cabe mayor amplitud y desarrollo a la parte gráfica que a la literaria.

En el trazado de mapas y gráficos ha querido tener la benevolencia de interpretar nuestra idea y coadyuvar a su realización, el inteligente y experto delineante de la Diputación Provincial de Gerona, nuestro amigo D. José Fraga, complaciéndonos sobremanera en enviarle desde aquí el testimonio de nuestra gratitud. -aquí añade en nota a pie de página que los mapas de las regiones habían sido dibujados por el inteligente delinentante de Obras Públicas, y buen amigo D. Rciardo Ferrer al que agradece su colaboración-.  Con sumo gusto damos también las gracias a aquellas personas o entidades que nos han permitido utilizar algunos de los elementos de información gráfica que publicamos, principalmente la Compañía Trasatlántica, la Revista Ibérica de Tortosa, la Maquinista Terrestre y Marítima de Barcelona, el Centre Excursionista de Catalunya, el editor de la España Regional, Sr. Martín, el ilustrado archivero valenciano D. Pedro Burriel y García de Polavieja, el insigne alpinista granadino D. Manuel Pareja, el artista fotógrafo mallorquín Sr. Sancho Tous, de Artá, etc., todos los cuales, con desinteresada benevolencia, han querido prestarnos su precioso concurso para la ilustración de este pequeño manual.

Finalmente, creemos que no ha de ser del todo inútil la inserción de una Bibliografía geográfica sumaria pues aparte de la penuria que en España ofrece esta clase de publicaciones, la primera condición que, a nuestro juicio, han de reunir los libros destinados a la enseñanza es la de servir de guía para ulteriores estudios, único modo eficaz de que, viendo el camino recorrido, pueda apreciarse el que está todavía por recorrer.

Rafael Ballester, que era miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia, envió su obra a esta corporación para que fuese evaluada. El académico Manuel Foronda y Aguilera, marqués de Foronda, emitió en Madrid el 19 de enero de 1917 un dictamen bastante favorable, considerándola “digna de elogio por su contenido doctrinal y por su plan y método”.


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Interés en Buenos Aires por la geografía española y europea hace cien años

Cuando finalizaba el año 1907,  annus mirabilis de la ciencia española,  el profesor de Instituto Rafael Ballester y Castell (1872-1931), al que he dedicado diversas entradas en esta bitácora, presentaba el 14 de diciembre en la Universidad Central de Madrid su tesis doctoral Investigaciones sobre metodología geográfica. El tribunal calificador estuvo formado por un presidente: el catedrático de Historia de España de esa universidad, dirigente republicano y notorio masón, Miguel Morayta, (1834-1917); dos vocales ponentes:   Eloy Bullón  (1879-1957), catedrático de Geografía política y descriptiva de la Universidad Central de Madrid desde enero de 1907, afín al liberalismo conservador, y Alejo García Moreno, conocido por sus traducciones de Kant y del historiador Ernest Curtius; y dos vocales: el catedrático de Historia moderna y contemporánea Pío Zabala (1879-1968), de ideología conservadora, y  José Gutiérrez Garijo . Calificada con un sobresaliente, en un contexto académico no muy exigente, fue publicada al año siguiente en la Imprenta del Patronato de Huérfanos de Administración Militar, como un folleto de 79 páginas, y presentada de manera resumida en las páginas del tomo L del Boletín de la Real Sociedad Geográfica de Madrid, correspondientes al segundo trimestre de 1908.

Meses después sería una publicación argentina la que haría una nueva edición de esa tesis doctoral. En efecto se reeditó en diciembre de 1909 en el nº 10 del tomo tercero del Boletín de la Instrucción Pública de la República Argentina  y como folleto de 63 páginas lo publicó los talleres gráficos de la Penitenciaría Nacional en una coyuntura de un notable impulso educativo y científico en ese país sudamericano. Así lo manifiesta la fundación de la Universidad Nacional de la Plata en 1905, analizada en un exhaustivo estudio por Gustavo Vallejo, e impulsada por el político, educador e intelectual argentino masón Joaquín Víctor González (1863-1923).

Portada Ballester 1909

¿Cómo se produjo el salto transatlántico del trabajo académico del mallorquín Rafael Ballester? No lo sabemos a ciencia cierta por ahora. Quizás por la recepción en tierras argentinas del Boletín de la Real Sociedad Geográfica de Madrid, pues tenemos indicios de que esta revista tenía lectores bonaerenses. Además los historiadores argentinos vienen probando desde hace tiempo la sed de conocimientos geográficos, y el interés por la didáctica de la geografía existente en aquel tiempo en círculos pedagógicos argentinos.  De hecho pocos años después, durante la gestión de Antonio Sagarna, como ministro de Justicia e Instrucción Pública del gobierno Alvear, entre 1922 y 1928, fueron realizadas importantes reformas en los planes de estudio de la enseñanza secundaria. Como ha destacado Perla Zusman se buscaba entonces modernizar y otorgar un carácter científico tanto a los contenidos como a los métodos utilizados en la enseñanza de la geografía.

Ciertamente para esos educadores argentinos reformistas la tesis de Rafael Ballester podía ser un útil compendio de la historia de la geografía europea, y de los cambios producidos en la enseñanza de esa disciplina en los centros educativos europeos, particularmente alemanes y franceses,en las últimas décadas del siglo XIX.

El caso es que el lector argentino tenía ante sí un texto bien articulado en el que el profesor español amplió sus planteamientos sobre la metodología de la enseñanza de la geografía, y sobre la historia de la geografía, expuestos años atrás en un folleto publicado en Palma de Mallorca en 1901.

El texto publicado en Buenos Aires estaba fechado también en la misma ciudad de Palma, pero en 1909, ocho años después de que Mateo Obrador presentase en sociedad a ese profesor mallorquín.

Pra facilitar la lectura de su tesis a sus lectores europeos y americanos Rafael Ballester la precedió del siguiente índice, que transcribo, y que puede ser una buena guía para quien decida adentrarse en ella:

I. La Geografía clásica y la Geografía científica.- Constitución de la ciencia geográfica.- Geógrafos y Cartógrafos españoles anteriores al siglo XIX.- La enseñanza geográfica española en el siglo XVIII.- Restauración de los estudios geográficos en los albores del siglo XIX: Isidoro de Antiillón.- Abandono de los estudios geográficos.

II. La Geografía moderna: su origen.- Ritter y su obra.- Su influencia.- Objeciones.- Sus discípulos.- Progreso de la geografía alemana.- La enseñanza geográfica en Alemania.- Federico Ratzel.- Métodos.- La Geografía en las Universidades alemanas.-

III. Difusión de la Geografía en Europa.- Francia antes de 1870.- Malte-Brun.- Su influencia en España.- Vivien de Saint-Martin.- Cortembert.- La cartografía.- La enseñanza.- Los acontecimientosde 1870 y su influencia en los estudios geográficos.- Levasseur.- Nuevos métodos.- Transformación de la enseñanza geográfica.- Sociedades geográficas.

IV. Los Congresos geográficos.- Congreso de París de 1875; su importancia.- Drapeyron.- El método topográfico.-La Revista de Geografía.-Resultados del Congreso de París.-Adversarios del método topográfico.- Polémicas.- La Universidad de París y la enseñanza de la geografía.- Creaciones nuevas.- El Congreso de 1899.- Resultados en la Geografía francesa.- La exposición del Congreso de Berna.- La cuestión de la Escuela Nacional de Geografía.- El laboratorio geográfico de la Sorbona.- Geólogos y geógrafos; discusiones: Lapparent y J. Corcelle.- Tendencias de la moderna enseñanza geográfica en Francia.

V. Algunas indicaciones sobre la evolución de los estudios geográficos en Inglaterra, Escocia, Suiza, Bélgica, Italia y Portugal.

VI. La enseñanza de la Geografía en España.- La obra de la Sociedad Geográfica de Madrid en este punto.

Acerca del contexto de la publicación de esta tesis española en el Buenos Aires de 1909 conviene también tener en cuenta que en ese año se inició el famoso viaje de Rafael Altamira por tierras americanas, cuyo impacto en las relaciones culturales y científicas entre España y la América latina en general y entre España y Argentina, en particular, fue profundo (1). Ya hace tiempo uno de los principales discípulos del matemático español Julio Rey Pastor el historador de la ciencia argentino  Eduardo L. Ortiz llamó la atención en dos importantes textos  sobre la importancia de las relaciones científicas entre Argentina y España a principios del siglo XX (2). En esas relaciones desempeñaron un papel destacado desde Madrid la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, creada en el annus mirabilis de 1907, y desde Buenos Aires la Institución Cultural Española, fundada en 1914, tras un homenaje tributado en tierras argentinas por la colectividad española al gran  estudioso de las lenguas y literaturas hispanas Marcelino Menéndez Pelayo, fallecido en 1912 (3).

En algún momento Rafael Ballester y Rafael Altamira, ubicados ambos en la órbita del reformismo liberal en torno a 1909, establecieron conexiones pues otra de las interesantes obras de Rafael Ballester, hecha cuando ya era catedrático del Instituto de Gerona, la titulada  Clío. Iniciación al estudio de la Historia, publicada  en 1913 en dos volúmenes, tenía la siguiente dedicatoria: “A D. Rafael Altamira. Homenaje de alta consideración a sus desvelos por la enseñanza”.

Referencias bibliográficas adicionales

(1) Ver al respecto Gabriela Ossenbach, María García Alonso e Inés Viñuales, coords., Rafael Altamira en Argentina. Vínculos sociales e intelectuales entre España y Argentina en tiempos del primer centenario de la Independencia, Madrid, UNED, Centro de Estudios de Migraciones y Exilios, Fundación Ortega y Gasset-Argentina, 2013

(2) Eduardo L. Ortiz: “Las relaciones científicas entre Argentina y España a principios de este siglo. La Junta para Ampliación de Estudios y la Institución Cultural Española”, en J. M. Sánchez Ron, coord.,  La Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas 80 años después (1907-1987), Madrid, CSIC, 1988, vol. II, pp. 119-158;  “Una alianza para la ciiencia: las relaciones entre Argentina y España a principios de este siglo”,  Llull  11, 1988, pp. 247-261; “El krauso-positivismo, la Junta y la nueva ciencia en España”, en AA.VV.. El krausismo y su influencia en América Latina, Madrid, Fundación Friedrich Ebert, 1989, pp. 137-167.

(3) Marta Campomar, “Rafael Altamira, entre Antonio Atienza y Medrano y los antecedentes de la Institución Cultural Española”, en Gabriela Ossenbach, María García Alonso e Inés Viñuales, coords., Rafael Altamira en Argentina. Vínculos sociales e intelectuales entre España y Argentina en tiempos del primer centenario de la Independencia, Madrid, UNED, Centro de Estudios de Migraciones y Exilios, Fundación Ortega y Gasset-Argentina, 2013, pp. 69-90


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Aprendiendo geografia de Europa a través de textos literarios en la Barcelona de 1936

Uno de los alumnos que cursaba sus estudios en el Institut-Escola “Pi i Margall” de Barcelona en el curso 1935-1936,  al que dedicamos nuestro post anterior,  se llamaba Vicenç Biete i Farré. Tenía por aquel entonces ese joven estudiante unos quince años, pues había nacido en 1921, en el mismo año que mi padre. En una entrevista que le hicieron en su domicilio particular en junio de 1997 explicó a Joan Tort i Donada y Pere Tobaruela que los responsables de esa institución educativa  intentaron formar a los estudiantes como personas de una manera integral. Los profesores convivían todo el día con los alumnos, quienes en lugar de tener exámenes eran observados y evaluados continuamente. Se animaba a los alumnos a que continuamente se preguntasen por el porqué de las cosas. De ahí que esa experiencia suya de bachiller representase para Vicenç Biete un punto de inflexión en su manera de afrontar la realidad. El bagaje intelectual recibido en esas aulas le acompañaría a él y a otros compañeros durante el resto de su vida.

Pero ese prometedor bachillerato iniciado durante la Segunda República acabaría mal pues la guerra civil lo interrumpió violentamente. De la placidez del curso 1935-1936, a la que intentamos aproximarnos en nuestro post anterior, Vicenç Biete transitó bruscamente a la tragedia de la guerra. Un hermano suyo moriría en la batalla del Ebro durante 1938, y él, adolescente, sería movilizado en el frente del Segre que se estableció así en ese año.

batalla del Segre

De allí Vicenç Biete iría a un campo de concentración. En la posguerra tuvo que abandonar los estudios dedicándose primero a labores comerciales y luego ya en la década de 1950 al mundo de la impresión, donde pudo desarrollar sus dotes creativas.

Con el paso de los años Viçenc Biete llevó a cabo una interesante obra como geógrafo desde el Centre Excursionista de Catalunya, cuyo importante archivo fotográfico se puede consultar en línea en el importante repositorio cooperativo Memoria Digital de Catalunya (MDC).  Entre 1982 y 1991 fue presidente de la Societat Catalana de Geografia.

Lo que queremos destacar aquí es que esa afición por la geografía ya la manifestó Viçenc Biete en su bachillerato truncado del Institut-Escola “Pi i Margall” de Barcelona. En efecto el artículo de fondo del número 7 y último del “Butlletí de la Biblioteca dels alumnes de l’Institut-Escola ‘Pi i Margall'” titulado Estampes d’Europa se ilustraba con un dibujo, un tanto naïf, del continente europeo de Vicenç Biete.

Dibujo de Vicente Biete

El mapa acompañaba a un recorrido literario por  lugares representativos y emblemáticos de Europa. Por aquellos años literatura y geografía estaban estrechamente relacionadas y vuelven a darse la mano actualmente como se aprecia en la novela “El mapa y el territorio” de Michel Houellebecq, según ha mostrado Josep Vicent Boira en un valioso artículo.

Ya Azorín había publicado en 1917 en la editorial Renacimiento El paisaje de España visto por los españoles.Con ese libro en sus manos los lectores recorrían diversos escenarios peninsulares e insulares guiados por selectos textos. El Bierzo con Gil y Carrasco. Galicia en compañía de Rosalía de Castro, Emilia Pardo Bazán y Ramón Mª del Valle- Inclán. Vasconia, cómo no, con la pluma de Pío Baroja. Asturias con Clarín y Castilla con Galdós. Murcia con José Marín Baldo. Alicante con Emilio Castelar. Y Córdoba con la guía de Juan Valera. Sevilla con varios autores, entre ellos Cervantes. Granada nuevamente con Castelar. Cataluña con Pablo Piferrer. Aragón con Gustavo Adolfo Bécquer. Valencia con Vicente Blasco Ibáñez. Mallorca con Rubén Darío y Miguel S. Oliver. La significación  de esta obra ha sido analizada en un interesante texto por el catedrático de Geografía Humana de la Universidad Autónoma de Madrid Nicolás Ortega Cantero.

Casi veinte años después los alumnos del Institut-Escola “Pi i Margall” se desplazaron por Europa familiarizándose con sus paisajes y gentes en compañía de otros escritores, que leyeron indistintamente en catalán y en castellano.

Portada Boletin alumnos IE Pi y Margall

Iniciaron su paseo geográfico precisamente con un párrafo de Barcelona i el mar del gran escritor y periodista de origen mallorquín Miquel dels Sants Oliver,  cuyo padre había fundado el diario La Almudaina en el que había colaborado el profesor de geografía e historia Rafael Ballester, según vimos en otras entradas de este blog.

Luego se fueron a campos portugueses de la mano de A cidades e as serras, una de las obras más representativas del gran novelista Eça de Queiroz. De allí se trasladaron al País Vasco con Les presons imaginàries de Pere Coromines, -padre del gran filólogo Joan Coromines-, y continuaron por  tierras de Francia con el ensayo Hores viatgeres de 1926 del periodista Agustí Calvet o Gaziel, costas de Bretaña con Le chant de l’équipage de 1918 de Pierre Mac Orlan, tierras de Provenza con Camins de França de 1934 del escritor y político de Esquerra Republicana de Catalunya Joan Puig i Ferrater, y la catedral de Estrasburgo con Strasbourg del poeta católico francés Paul Claudel. Siguieron luego rumbo a las pequeñas ciudades belgas de la mano de Festa d’hivern del poeta de origen flamenco Emile Verhaeren, y a Flandes y Amsterdam con sendos extractos de Relacions de 1927 del agudo observador social Josep Pla, uno de los mejores escritores en lengua catalana.

Después viajaron imaginariamente de París a Londres con Fermé la nuit de 1923 del escritor francés Paul Morand. A Inglaterra se aproximaron con el libro de 1931 del alemán, nacionalizado suizo, Emil LudwigLebensgeschenke . Observaron Londres con textos de Arceval y los ingleses de 1925  de Salvador de Madariaga, y Londres de Paul Morand, y el norte de Inglaterra con otro párrafo de Relacions de Josep Pla. Saltaron nuevamente al continente y se fueron a Dinamarca en compañía del libro de viajes La conquista del horizonte  de 1932 de Wenceslao Fernández Flórez, a Noruega con I went to Russia del escritor irlandés Liam O’Flaherty, -reseñado en el diario La Vanguardia de Barcelona el 12 de marzo de 1932–  y a Letonia con un párrafo de Rússia de Josep Pla, resultado de su viaje a la Unión Soviética en 1925 por encargo del diario barcelonés La Publicitat.

Arceval y los ingleses - Salvador de Madariaga

Se internaron luego en Leningrado con otro texto de I went to Russia del irlandés, ya mencionado, Liam O’Flaherty; en la estepa rusa en compañía del periodista y político socialista Julio Alvarez del Vayo, autor de La nueva Rusia; y fueron a Moscú, “la capital roja”, con otro párrafo de I went to Russia de Liam O’Flaherty.

Se encaminaron a continuación hacia Lübeck, ya en tierras alemanas, con un poema de Paisatge de Josep M. de Sagarra, y navegaron por el Rin con un fragmento de la monumental novela Jean-Christophe que abriría las puertas del Nobel de Literatura de 1915 al francés  Romain Rolland. Luego se dirigieron a las montañas suizas en compañía de Zaubeberg o La montaña mágica de 1924 del alemán Thomas Mann -premio Nobel de Literatura en 1929- y a las llanuras húngaras con Llanterna mágica, publicada en 1926, de Josep Pla, cuya obra se sigue editando y analizando.

Josep Pla Llanterna mágica

Entraron en Italia con un texto publicado en 1935 de Dels meus records del pintor Josep de Togores, pasearon por las tiendas napolitanas con la novela La mujer de ámbar de Ramón Gómez de la Serna, publicada en 1928, y navegaron por el litoral siciliano en compañía de El pont de la mar blava publicada en 1928 por el destacado intelectual y político republicano y catalanista Lluís Nicolau d’Olwer.

Se introdujeron luego en el mundo balcánico de la mano de un texto de Europa del aristócrata alemán Eduard von Keiserling.  Se aproximaron a la Valaquia danubiana gracias a Les chardons du Baragan, publicada en 1928, del escritor rumano Panaït Istrati. Visitaron Constantinopla con Incidences que el escritor francés André Gide publicó en 1924. Y terminaron ese tour en Esmirna, lugar donde “Europa y Asia se encuentran” según expresara en Two years el irlandés Liam O’Flahertyguía por esas tierras de los escolares barceloneses que elaboraron el último boletín de la biblioteca del “Institut-Escola Pi i Margall” en el año 1936, de tan hondas resonancias en la historia de España.

Para finalizar esta entrada finalizo con dos de las estampas más breves, seleccionadas por los alumnos de ese Instituto-Escuela para internarse por el continente europeo, escritas por dos periodistas viajeros.

La primera corresponde al catalán Josep Pla. En Rússia describe así el paisaje de Letonia:

“A mesura que el tren va penetrant Letònia endins i s’obren, com un ventall, davant la via les ales del paisatge, la terra es va tornant cada vegada més desolada. Darrera la finistra del vagó, sota una pluja que sembla que dura de tota la vida, s’allarga un paisatge lacustre, despoblat, amb un perfil d’ondulacions queixelades amb mates baixes i algun arbre esquiu i raquític, sobre un cel esblaimat”.

La segunda al madrileño Julio Alvarez del Vayo quien, en su libro La nueva Rusia de 1926,  evocó así su paso por la estepa rusa:

“Se había obscurecido de pronto el horizonte, y los nubarrones negros iban cerniéndose sobre nosotros cada vez más próximos. Por toda la estepa soplaba fuerte aire de tormenta. Los caballos de las troikas que encontrábamos en el camino se encabritaban a cada relámpago, emprendiendo con las crines alborotadas una carrera loca por los campos sedientos de lluvia. Sobre toda la región del Volga pesaba desde hacía semanas la amenaza de una nueva sequía y el recuerdo terrible de la que provocara en 1921 la catástrofe del hambre”.


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Geografía moderna en las aulas del Instituto de Ourense hacia 1907

El patriarca de las letras gallegas Ramón Otero Pedrayo (1888-1976) tuvo a principios del siglo XX en las aulas del Instituto General y Técnico de Ourense un maestro que le dejaría honda huella: el catedrático de Geografía e Historia Eduardo Moreno López (Madrid 1870-Ourense 1911).

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El destacado intelectual y político galleguista, y también catedrático de Geografía e Historia de diversos institutos de enseñanza media a partir de 1919, y primer catedrático de Geografía en la Universidad de Santiago a partir de 1950, evocaría a ese profesor en diversas ocasiones.

Dejó de él una hermosa semblanza en su Livro dos amigos. Y en el artículo , “Una excursión de la Sra. Pardo Bazán“, publicado en el diario orensano La Región, 26 febrero 1959, p. 1, recordaba que Eduardo Moreno López  “explicaba maravillosamente la Geografía y fue uno de los primeros españoles en conocer y apreciar los métodos y valores de la ciencia de Ritter, Humboldt y Ratzel“.

En un selecto núcleo de discípulos gallegos, pertenecientes algunos de ellos a la generación vinculada a la revista Nos, el catedrático de Geografía e Historia Eduardo Moreno López dejó una profunda impronta. Pero hoy sus aportaciones son prácticamente desconocidas, a pesar de meritorias iniciativas como el blog creado por David Corton.

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Gracias a un artículo pionero publicado en la revista Sarmiento por Carmen Benso en 1999 conocemos algo de su trayectoria vital.

Eduardo Moreno López era hijo del también catedrático de Historia y Geografía del Instituto de Cádiz Alfonso Moreno Espinosa (1840-1905), amigo personal del líder del krausismo español Francisco Giner de los Ríos. Llegó a Orense en1897 siguiendo los pasos de un íntimo amigo, el que sería posteriormente dirigente socialista Julián Besteiro, quien durante dos años ejerció en ese instituto gallego de catedrático de Psicología, Lógica y Etica. Los dos amigos habían ganado con gran brillantez sus respectivas oposiciones. Pero si Besteiro tras su corta estancia gallega emprendió nuevos rumbos Moreno López permaneció en Ourense. En su Instituto fue catedrático desde septiembre de 1897 a noviembre de 1911.  Al año siguiente sus amigos y discípulos organizarían un homenaje en su memoria.

Eduardo Moreno Lopez numero homenaje

En sus años orensanos ese militante y dirigente local del Partido Republicano Radical, fundado en 1908 por Alejandro Lerroux , que había sido alumno de su padre en el Instituto de Cádiz, se preocupó por ofrecer soluciones a los problemas educativos existentes en la Galicia profunda como lo revela el trabajo redactado en 1906 Medios prácticos para difundir la cultura en la provincia de Orenseanalizado por Carmen Benso en el mencionado trabajo.

Pero dedicó fundamentalmente sus energías a introducir sustanciales mejoras en la enseñanza de la geografía en cuya potencialidad formativa tenía una gran confianza.

El 24 de noviembre de 1900 pronunció en el Liceo-recreo de Artesanos de Orense la conferencia titulada “La geografía moderna”. Una década después, en 1910,  publicó el trabajo Federico Ratzel. Su vida y su obra. Breve noticia biográfica y bibliográfica para popularizar la obra del fundador de la Antropogeografía.

También editó diversos manuales como un Compendio de Geografía Económica en 1902, y dos libros que tendrían amplia circulación: Fundamentos de la Geografía. Ensayo de un compendio científico de Geografía general Las Partes del Mundo y los Estados de Europa: ensayo  de un compendio científico de Geografía descriptiva. Con ellos se propuso “contribuir a orientar la enseñanza de la Geografía en España en un sentido ratzeliano”. Sus primeras ediciones fueron de 1908.

Un año antes, en julio de 1907,  enviaba a la Tipografía de Barcelona El Anuario de la Exportación un singular y meritorio instrumento didáctico: un Atlas escolar o colección de cartas de estudio para uso de los alumnos de Geografía general y de Europa de los Institutos de Segunda Enseñanza y de todos los alumnos de Geografía en los distintos centros de enseñanza. Su prólogo revela un pensamiento geográfico moderno y unas dotes pedagógicas notables que han sido apreciadas por quienes se han familiarizado con la labor de ese catedrático de Instituto, como Albino Núñez Domínguez o el ya mencionado Ramón Otero Pedrayo, quien en 1920 revisaba y ponía al día la décima edición de los dos manuales publicados por Eduardo Moreno López en 1908.

Dado su interés me permito transcribir a continuación el prólogo completo del mencionado Atlas escolar, según las notas tomadas de un ejemplar consultado en la Biblioteca Nacional de Madrid  el sábado 9 de marzo de 2013

” Este Atlas Escolar que, tras muchas vacilaciones originadas por una legítima desconfianza en nuestra capacidad, damos hoy a la estampa, lo ofrecemos a profesores y estudiantes, llenos de fe en la eficacia y virtualidad docente del pensamiento que ha inspirado nuestro trabajo; pero, llenos también de temor, temor vivísimo de no haber alcanzado en la ejecución, aquel mínimum de acierto necesario para que la idea generadora surta los efectos apetecidos y responda a la finalidad propuesta.

Esta finalidad que ambiciosamente perseguimos, es: suministrar a la enseñanza de la Geografía en nuestros centros oficiales un instrumento de trabajo de que carece, y que le es absolutamente necesario si ha de responder a las exigencias modernas hoy satisfechas en todos los pueblos cultos. Tales exigencias son de dos órdenes: científicas unas, pedagógicas otras. Las científicas consisten en dar á la Geografía el carácter y sentido de ciencia humana ó para el hombre, ciencia de la vida y para la vida, que estudia los hechos geográficos, no para su simple registro en forma de repertorio, sino como factores de la vida social. El estudio de la Tierra hecho desde el punto de vista humano, y como ciencia práctica y de aplicación, constituye un artículo de primera necesidad, en la cultura contemporánea.

Las exigencias pedagógicas se refieren á la ordenación de datos y á la forma de su presentación. La primera, ó sea lo referente al orden, estriba en cuidar muy escrupulosamente de que la exposición de los datos geográficos vaya de lo general á lo particular, de lo más genérico á lo específico, y en presentar primero, dentro de cada materia, aquella categoría de hechos que deben reputarse como causas ó antecedentes, y sin cuyo conocimiento previo, sería difícil explicar aquellos otros hechos que son sus efectos o consiguientes. Ej: la Hidrografía es un hecho geográfico determinado por la Configuración vertical, y, sería por tanto, un grave error pedagógico, en el que sin embargo, se incurre harto frecuentemente, el invertir el orden en su exposición.

Y por lo que se refiere á la forma de presentar ó exponer los hechos geográficos, debe ser tal, que el hecho se apropie en su conjunto, en sus grandes líneas generales, y no aislado, sino relacionado con los precedentes que lo determinen ó condicionen. Esta articulación de los datos dando un carácter eminentemente orgánico á la ciencia geográfica facilita de modo extraordinario su aprendizaje y suscita desde el primer instante el más vivo interés, que se mantiene despierto y avivado cuando la exposición de los hechos le va mostrando sus conexiones íntimas y el admirable proceso de su generación.

Pero hay más. La Geografía debe tener esta finalidad práctica como disciplina docente: suministrar á las generaciones nuevas el conocimiento exacto de los factores políticos hoy en juego sobre el Planeta con sus recursos de todo género y principalmente los económicos. Como estos factores han de integrar la vida del mañana, la vida que han de vivir nuestros alumnos, importa proveer á éstos de elementos de juicio para que aprecien con exactitud el valor de los agentes que han de concurrir á la West-Politik (Política mundial) y á la vida universal, de la que forma parte y depende, la de la nación á que pertenecemos, y aun la propia vida individual. De aquí el inmenso valor social y político de esta enseñanza. Y de aquí, la necesidad absoluta, imperiosa, de dar á ésta un carácter eminentemente práctico y de aplicación.

A este sentido y orientación obedece en su contenido, disposición y, hasta en sus menores detalles esta Colección de elementos gráficos, en la que hemos intentado satisfacer todas las exigencias antes mencionadas, y, que ofrecemos á nuestra juventud escolar para el aprendizaje de una de las ciencias de mayor necesidad en la vida moderna.

Atendiendo precisamente á esa finalidad práctica que debe revestir toda enseñanza, hemos dado el amplio lugar que puede advertirse en nuestro Atlas, á la Geografía Económica.

Como esto constituye, desgraciadamente, una novedad en la enseñanza de la Geografía en nuestro país, vale la pena de que apoyemos y justifiquemos nuestra iniciativa con algún razonamiento.

El fundamental es esta verdad indiscutible: la lucha por la vida reviste cada día más carácter económico. A las antiguas cuestiones nacionales que dividían a los pueblos, suceden, con creciente preponderancia, las cuestiones económicas, las de intereses materiales. Ese es el terreno sobre el que se han de librar las luchas futuras, el campo de batalla, ó el pacífico palenque, abierto á las generaciones actuales, ó las venideras. Es inútil cerrar los ojos á esta abrumadora realidad. Pues bien; ¿puede un maestro, más aun, puede una enseñanza, que no es último término sino una preparación para la vida, prescindir de esa imposición de los hechos, volverles la espalda y aferrarse á rutinas que hacen inútil, cuando no dañosa la instrucción? Eso no puede sostenerse; repetimos y repetiremos cien veces lo antes dicho: hay que suministrar ciencia viva y para la vida. Este es el lema de la pedagogía moderna, y el maestro que de él se desentienda, puede abandonar por inútil, y hasta por pernicioso, su augusta función.

Y, he ahí, la razón capital que tenemos para enseñar con amplitud Geografía Económica en nuestra cátedra oficial, y he ahí, porque damos larga cabida á esta clase de datos en nuestros programas, y porque hemos hecho otro tanto en este Atlas, y porque aprovechamos toda ocasión de difundir este concepto y orientación de la enseñanza geográfica.

Precisamente este anhelo vehemente de difusión, nacido de nuestro hondo convencimiento, es la fuerza que ha vencido la resistencia de nuestro temor, y nos ha lanzado á la temeraria empresa de la publicación de esta Colección de Cartas de Estudio, análogas á algunas muy en uso en la culta Francia [1]  y reproducción de las que hace muchos años vienen dibujando nuestros alumnos en nuestra cátedra de Orense, y de cuya eficacia instructiva y educativa tenemos hartas pruebas para poder dudar.

Con el convencimiento y la fe generada por la experiencia y contrastada en la práctica, ponemos en manos de los profesores y escolares de España y América, este trabajo, deficientísimo y plagado de errores, como nuestro, pero que marca una orientación y un rumbo á seguir por otros más competentes y afortunados.

A todos pedimos el concurso de sus observaciones; y sea cual sea el éxito de nuestra tentativa, nos queda la tranquilidad de haber acometido tan audaz empresa en cumplimiento de un deber social: el deber de vulgarizar lo que honrada y firmemente creemos útil á nuestros semejantes”.

El Atlas que presenta de esta manera Eduardo Moreno López estaba destinado a alumnos de unos diez años de una asignatura que se impartía en primero de bachillerato, según había establecido el Plan de Estudios impulsado en 1903 por el ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes Gabino Bugallal, en un gabinete del partido conservador.

La obra constaba de 48 cartas y 153 cartones tirados en litografía a cinco colores. En entradas posteriores de este blog describiremos sus contenidos y haremos un análisis de sus aportaciones.


[1] Nos referimos a los Atlas escolares de Vidal Lablache y Eysserich, y muy especialmente a las Cartas de Estudio de Dubois y Sieurin, que han sido nuestra más constante y útil guía.


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La importancia del mapa para un metodólogo de la enseñanza de la geografía

El objetivo principal que impulsó a Rafael Ballester y Castell a elaborar su Estudio sobre la enseñanza de la geografía en los inicios del siglo XX fue su afán de “reformar en un sentido verdaderamente útil y práctico la enseñanza de la geografía en los Institutos españoles”, generando inquietudes que superasen inercias y venciesen rutinas.

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Ese joven profesor parecía verse a si mismo como integrante de un grupo de docentes reformistas, cuyas huellas estamos rastreando en este blog,  que pugnaban con una sociedad tendente a sestear. En su opinión no faltaban en la España de 1901 “sabios profesores que se adelantan en sus obras al atraso general que pesa sobre los organismos del Estado, sobre corporaciones de carácter particular o sobre la masa general de los individuos”.

En el afán de introducir reformas en el ámbito docente se propuso una triple estrategia: hacer de portavoz de las mejoras introducidas en la enseñanza de la geografía en el sistema educativo francés, cuyos logros quería trasladar a España; analizar la situación de la enseñanza de la geografía y proponer una serie de medidas conducentes a la renovación de la enseñanza de esa materia educativa en los institutos españoles.

En su texto Ballester convierte al geógrafo, economista e historiador Emile Levasseur en el actor principal de las reformas de la enseñanza de la geografía en el sistema educativo francés.

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Por tal razón examinó sus ideas pedagógicas con detalle. Destacó las siguientes:

  • la geografía fisica, guiada por la geología, era la base del proceso educativo: en ella se encontraban las claves de las demás ramas de la geografía.
  • la geografía agrícola, industrial y comercial debían ocupar un lugar más importante,
  • había que prestar atención a la estadística.
  • había que emplear los mapas bajo todas sus formas, usando siempre el encerado.

Los seguidores de Levasseur, entre los que se encontraba Ballester, eran firmes defensores del lema: “hacer comprender la geografía por los libros, hacerla ver por los mapas”.

Ese nuevo método, llamado intuitivo, hacía de la geografía una ciencia viva capaz de demostrar, describir, enseñar, interesar e instruir. Mediante el constante empleo del mapa mural y el trazado del mapa en el encerado se procuraba ejercitar la inteligencia evitando que la lección fuese una nomenclatura seca, una lista de nombres propios, dirigidos solo a ejercitar la memoria.

La geografía debía consistir por tanto en lecciones de cosas en lugar de lecciones de nombres. De ahí que el mapa mural como cuadro sintético de los detalles que configuraban el estudio de un país se convirtiese en un material didáctico estratégico tal y como lo formulara el profesor del liceo de St-Louis y de la Escuela Normal primaria superior de St. Cloud J.B. Paquier:  “Consideramos la carta geográfica como la base misma de la enseñanza. ..El mapa bajo todas las formas, cartas o mapas murales, atlas, croquis en el encerado….Queremos un mapa mural dibujado a grandes rasgos, claro y sorprendente a la vez, sobrio de detalles, escaso de nombres y únicamente con algunos puntos de mira. Debe ser simplemente un resumen, una especie de síntesis hábilmente hecha, que deje impresa en el alma algunas nociones concretas y durables”, pues en opinión de ese pedagogo francés las primeras cualidades que había que ejercitar en la infancia eran la imaginación y el sentimiento.

Está formulada así con claridad la propuesta de usar los mapas como instrumentos modeladores de la conciencia nacional, cuestión a la que se ha prestado gran atención en los últimos años. Destacan al respecto los trabajos de teóricos del nacionalismo como Benedict Anderson,  autor de la influyente obra Imagined communities, traducida al castellano con algo de descuido, según el propio Anderson, por Fondo de Cultura Económica; o  historiadores sociales y culturales de la cartografía como John Brian Harley, partidario de interpretar los mapas como una forma de lenguaje y como un instrumento y un símbolo de los poderes establecidos.

Analizando diversos casos en distintos lugares del mundo, desde Tailandia a Europa y las Américas, estos estudiosos han mostrado que los mapas elaborados a lo largo de la época contemporánea, particularmente en el siglo XIX, se convirtieron en un instrumento para cerrar las fronteras elásticas de la nación, o para plasmar aspiraciones políticas de movimientos nacionalistas como ha ocurrido con los mapas escolares generados en diversas comunidades autónomas españolas en las dos últimas décadas del siglo XX, según han analizado Jacobo García Alvarez y Daniel Marías.

Pero los mapas, según sostenían los positivistas, también son una condensación del conocimiento espacial. Tal y como plantea J.H. Andrews, del Trinity College de Dublin, en su introducción a La nueva naturaleza de los mapas de John Brian Harley, la cartografía también aspira a ser exacta y precisa, creencia defendida por Rafael Ballester. De hecho un mapa de carreteras preciso ayuda a un viajero a llegar a su destino.

En cierta medida las dos epistemologías con las que se puede abordar el estudio de los mapas -la positivista, y la constructivista de Harley- son complementarias.

Así pues, siguiendo el hilo del discurso de Rafael Ballester, los planteamientos de Levasseur y sus seguidores contribuyeron al renacimiento de los estudios geográficos y de la enseñanza de la geografía en la Francia de la Tercera República. Hasta entonces la geografía se estudiaba sin método concediéndose gran importancia a la nomenclatura, a la cartografía, a la economía política y muy poca a la geología, a la estructura del suelo, a las relaciones entre la geografía y la historia, según resaltara Ludovic Drapeyron (1839-1901), primer director de la  la Revue de geographie fundada en 1877. A partir de la década de 1870 empezaría a destacarse el papel de la geografía física como fundamento de la enseñanza geográfica, se adoptó un orden metódico en la exposición de las diversas partes de la geografía fuese general, histórica, polítíca o económica, y se expandió el empleo del mapa mural y el trazado del mapa en el encerado en presencia del alumno, convirtiéndose estos procedimientos didácticos en los principales dispositivos de la enseñanza geográfica.

El metodólogo Ballester, amante de una cultura de la precisión que se abría paso en la sociedad española de aquella época derivado de la mentalidad positivista, consideró relevantes estas propuestas e iniciativas docentes pues “se sabe por experiencia que en un estudio cualquiera el análisis debe preceder y preparar la síntesis si se quieren obtener buenos resultados. El análisis permite al espíritu adquirir un conocimiento exacto y completo de las cosas mediante la descomposición razonada de las partes que constituyen el todo.”

Otra  de las cuestiones que a Rafael Ballester, como profesor de geografía e historia, le interesó más de la renovación metodológica impulsada por Levasseur y sus seguidores fue la importancia concedida a la concordancia entre los estudios geográficos y los estudios históricos. Esta fue una de las cuestiones más debatidas en el segundo congreso internacional de geografía celebrado en París en 1875 y de sus conclusiones se derivó el axioma “nada de historia sin geografía”, pues la historia de un país se explicaba por su geografía. A partir de entonces en Francia los profesores de geografía e historia estaban separados pero sus enseñanzas convergían en un punto común, situación que en España no se producía dada la completa separación entre la enseñanza de la geografía y la de la historia.

Pero la presentación de las propuestas concretas de Rafael Ballester y Castell sobre la mejora de la enseñanza de la geografía en los institutos españoles de aquella época de principios del siglo XX se hará más adelante. Sí quisiera señalar para finalizar este post que las tempranas preocupaciones de ese joven profesor mallorquín por la importancia del mapa para la enseñanza de la geografía le acompañarían durante toda su labor docente y le impulsarían años adelante, en 1923, a elaborar un atlas de geografía, poco conocido y por tanto no apreciado, del que a lo largo de más de dos décadas se hicieron diversas ediciones, publicadas por la editorial gerundense Dalmau Carles Pla.

Ballester Geografia Atlas Segundo grado

Ballester Geografia Atlas edit Dalmau 1935