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Cuaderno de investigación de Leoncio López-Ocón sobre las reformas educativas y científicas de la era de Cajal. ISSN: 2531-1263


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Matemáticos que compartieron mesa y mantel en el Madrid de marzo de 1936

El pasado martes 2 de octubre de 2018, mi colega y amigo Jean-Louis Guereña me mostró uno de sus libros, recién editado por Biblioteca Nueva,  Cultura, ocio, identidades. Espacios y formas de sociabilidad en la España de los siglos XIX y XX.

Guereña Sociabilidad

Al hojearlo me dí cuenta, y así se lo hice saber a Jean-Louis, que faltaba un capítulo dedicado a la sociabilidad de los científicos, quienes la practicaron, y la siguen practicando, en diversos espacios y de diversas formas a lo largo de la época contemporánea.

Al adentrarme en estos meses en el quinquenio republicano 1931-1936, he percibido, por ejemplo, que era habitual homenajear en torno a una mesa y mantel a los jóvenes científicos que accedían a una cátedra universitaria, o que obtenían una distinción. Imitaban así los científicos a otros intelectuales, como quienes decidieron dar la bienvenida en el Madrid de febrero de 1936 a Rafael Alberti y María Teresa de León tras un largo viaje a tierras mexicanas y cubanas, cuestión de la que he dado cuenta recientemente en mi otra bitácora. (ver aquí)

Ya en esta bitácora advertí hace unas semanas cómo la escuela del médico y notable investigador Jiménez Díaz mostró musculatura en el convulso Madrid de la primavera de 1936 al celebrar el triunfo de uno de los suyos -Manuel Díaz Rubio Lurueña- en unas reñidas oposiciones. (ver aquí)

Ahora doy cuenta de cómo otro colectivo científico que se había fortalecido en los años republicanos, como era el de los matemáticos -tal y como constató Julio Rey Pastor en una entrevista que le hiciese José Gallego Díaz en el diario El Sol de la que informé en la anterior entrada de esta bitácora (ver aquí) – compartió ese rito de celebrar un ágape para reforzar su identidad como grupo social y colectivo profesional.

En efecto, con motivo de la obtención de la cátedra de Análisis matemático, que se impartía en el segundo curso de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central, por parte de un joven Ricardo San Juan Llosá (1908-1969), -ganó la cátedra con menos de 30 años- un grupo de sus compañeros y amigos decidieron mostrarle su reconocimiento y afecto, y “testimoniarle la admiración por su intensa labor científica”, celebrando un banquete en el Hotel Gran Vía de Madrid, ubicado enfrente del actual edificio de Telefónica, el sábado 7 de marzo de 1936.

Hotel Gran Via

En su desarrollo tomaron la palabra el decano de la Facultad de Ciencias, el astrónomo Pedro Carrasco Garrorena -presente en esta bitácora con motivo de haber sucedido a Echegaray en su cátedra  (ver aquí) , el homenajeado Ricardo San Juan, y el secretario de la Comisión organizadora José Gallego Díaz, y a quien también vamos siguiendo a través de diversas entradas de este cuaderno de investigación.

Este joven matemático, que luego sería padre de la actual directora del diario El País, e hiperactivo en aquellas semanas de gobierno del Frente Popular, leyó las adhesiones al homenaje de los ausentes en el banquete, varios de ellos cualificados representantes de la elite científica republicana, al encontrarse fuera de Madrid, probablemente. Entre ellos estaban Julio Rey Pastor (1888-Buenos Aires 1962), Honorato de Castro (1885-México 1962), Pedro González Quijano (1870-1958), Huidobro, Fontenla, Morales y Fraile, Reyas, [Mariano] Mataix, Sixto Ríos (1913-2008), Luis Bru Villaseca (1909-1997) y Carmen Martínez Sancho (1901-1995).

Luego el decano Pedro Carrasco Garrorena, impulsor de la organización del banquete, “hizo una brillante apología del agasajado y expresó su seguridad en que las excelentes dotes de investigador del sr. San Juan encontrarán eco propicio en esa juventud actual, a la que, por fortuna, le interesa más el saber que el aprobar”, según el testimonio de uno de los periodistas asistentes al evento.

El evento finalizó con unas palabras de agradecimiento del doctor San Juan y las felicitaciones al homenajeado de una “numerosa concurrencia, entre la que se contaban las figuras más destacadas de la investigación científica española”, tal y como destacó el gacetillero de El Sol que dio noticia a sus lectores de ese acto social al día siguiente de su celebración.

Entre los asistentes se encontraba el grueso del comité organizador del homenaje formado por un relevante grupo de científicos, según noticia ofrecida por el diario Ahora, que dirigía en los meses previos al estallido de la guerra civil ese gran periodista que fue Manuel Chaves Nogales. La casi veintena de nombres que enumero a continuación representaban en gran medida la vanguardia del conocimiento matemático existente en la España republicana, si bien había otras notorias ausencias en ese comité organizador del homenaje a Ricardo San Juan, como era el caso de Esteban Terradas (1883-1950).

Estos son los personajes que constituyeron el mencionado comité organizador: Julio Rey Pastor (1888-Buenos Aires 1962), creador de una escuela de matemáticos en España y Argentina y gran renovador de la enseñanza de las matemáticas parte de cuyo archivo está accesible on line (ver aquí), José Alvarez Ude (1876-1958), catedrático de Geometría Descriptiva de la Universidad Central -así se denominaba a la de Madrid- desde 1916, José Barinaga (1890-1965), catedrático de Análisis Matemático 1º de la Universidad Central desde 1931, Pedro Pineda (1891-1983), catedrático de Geometría Diferencial y de Geometría y Trigonometría de la Universidad Central desde 1933, Tomás Rodríguez Bachiller (1899-1980), catedrático de Análisis Matemático IV de la Universidad Central, un gran tertuliano y un matemático humanista según Antonio Rodríguez Huéscar (ver aquí) , Sixto Cámara (1878-1964), catedrático de Geometría Analítica de la Universidad Central desde 1935, Pedro González Quijano (1870-1958), profesor de Hidráulica e Hidrología de la Escuela Especial de Ingenieros de Caminos de Madrid desde 1924, Blas Cabrera (1878-México 1945), catedrático de Electricidad y Magnetismo de la Universidad Central desde 1905, y rector de la Universidad Internacional de Verano de Santander desde 1934, Julio Palacios (1891-1970), catedrático de Termología de la Universidad Central desde 1916, Pedro Carrasco (1883-México 1966), catedrático de Física-Matemática de la Universidad Central desde 1917 o 1918 sustituyendo en ella a José Echegaray, y decano de su Facultad de Ciencias en los años republicanos, Honorato de Castro (1885-México 1962), catedrático de Cosmografía y Física del Globo de la Universidad Central desde 1920, Francisco Navarro Borrás (1905-1974), catedrático de Mecánica Racional de la Universidad Central desde 1930, José Sánchez Pérez (1882-1958), catedrático de Matemáticas en varios institutos desde 1908 -entre ellos el madrileño Instituto-Escuela adscrito a la JAE, del que este año conmemoramos su centenario- y relevante historiador de las matemáticas hechas en España, Pedro Puig Adam (1900-1960), catedrático de Matemáticas en el madrileño Instituto San Isidro desde 1926, el militar Vicente Inglada (1879-1949), geodesta y sismólogo de renombre internacional, un joven Sixto Ríos (1913-2008), profesor auxiliar del catedrático de Análisis Matemático IV de la Universidad Central Tomás Rodríguez Bachiller, el también joven Luis Santaló (1911-Buenos Aires 2001), recién regresado de Hamburgo donde había hecho estudios de doctorado con el geómetra Wilhelm Blaschke, Antonio I. Flores de Lemus (1876-1941), notable economista y catedrático de Economía Política de la Universidad Central desde 1920 y el también joven José Gallego Díaz (1913-Caracas 1965), quien dirigía desde 1932 la revista Matemática Elemental y era un activo divulgador de las matemáticas en las páginas del diario El Sol, como estoy destacando en este cuaderno de investigación.

Indudablemente uno de los méritos del joven catedrático Ricardo San Juan, -del que años después Sixto Ríos haría una sentida necrológica (ver aquí)-, fue sentar en torno suyo a matemáticos de diferentes ideologías y distintos grupos generacionales, que reaccionarían de muy diferente manera meses después cuando sobrevino el estallido de la guerra civil que produjo la desarticulación de un colectivo de matemáticos que se estaba esforzándose por internacionalizar su producción científica. Unos marcharon al exilio, como Pedro Carrasco, Honorato de Castro, Luis Santaló, otros serían figuras relevantes de las matemáticas producidas en la era de Franco, como Sixto Ríos.

 

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Rey Pastor hace un balance de la situación científica española y argentina en vísperas de la guerra civil

Julio Rey Pastor sello

 

En las primeras semanas de 1936 el matemático riojano Julio Rey Pastor (1888-1962) -uno de los líderes científicos de la generación de 1914-, quien desde 1921 tenía su base de operaciones en Buenos Aires, viajó a Italia para impartir conferencias en las universidades de Génova, donde fue presentado por Gino Loria (1862-1954) y de Padua y en el Instituto Matemático de la Ciudad Universitaria de Roma, que dirigía el profesor Gaetano Scorza (1876-1939).

De regreso a Sudamérica recaló en Madrid, donde tenía fuertes vínculos y numerosos discípulos. Uno de ellos era un joven matemático, al que ya hemos seguido en esta bitácora (ver aquí), que era en los meses previos al estallido de la guerra civil un asiduo colaborador del diario El Sol. Me refiero a José Gallego Díaz, padre de la actual directora del diario El País Soledad Gallego-Díaz, el cual decidió entrevistar a su maestro. Ese diálogo, publicado en las páginas de El Sol del sábado 11 de abril de 1936, pocos días después de la destitución del Jefe del Estado Niceto Alcalá-Zamora por el Parlamento surgido de las elecciones del 16 de febrero de 1936, nos ofrece información de interés sobre lo que opinaba un relevante científico, como era Julio Rey Pastor, de la situación de la ciencia que se hacía en España y la Argentina por aquella época.

Dado el interés documental de esta entrevista me permito transcribirla tal cual.

P. ¿En cuál parcela de las disciplinas científicas cree usted que el espíritu español ha marcado más honda huella en lo que va de siglo?

R. En las ciencias que pueden llamarse “geográficas”; esto es, en el estudio de nuestro solar, de nuestra historia, de nuestra raza. Nuestros naturalistas, primero, nuestros filólogos, después, nos han librado de la vergïenza de que los investigadores extranjeros tuvieran que descubrirnos y administrarnos nuestros bienes. La escuela de Bolívar, con su gran obra de catalogación, preparó el terreno para que los nuevos naturalistas puedan elevarse a otros planos de las ciencias naturales, siguiendo las huellas de Cajal, figura máxima y eternamente ejemplar de nuestra historia científica. La escuela de Menéndez Pidal, figura pareja en la escrupulosidad instrumental  y en el vuelo teorético, es también universalmente conocida y estimada, según tengo oido a grandes filólogos alemanes; la obra concienzuda de [Tomás] Navarro Tomás, la aguda crítica literaria de [Américo] Castro, los estudios medievalistas de Sánchez Albornoz y tantas otras figuras que han levantado la monumental “Revista de Filología”. La escuela de nuestros arabistas, cuya cumbre máxima es hoy la gran figura de Asín, encontró al fin la protección que merece tamaña empresa de descubrimiento de España. Empresa que justamente se inicia en los comienzos del siglo por obra de filósofos, ensayistas y literatos, cuyos nombres están en la mente de todos y que es la obra epónima del primer tercio ya vivido.

P. ¿Y cuál cree usted que debe ser la Empresa científica española en lo sucesivo?

R. Sin abandonar, claro está, los problemas de casa, es cuestión de honor nacional intensificar la incipiente colaboración en las ciencias “universales” para pensar en ellas y contribuir a sus progresos. Se ha comenzado, como es natural, con ejercicios experimentales, por cierto muy escrupulosos y meritorios, que acumulan valioso material para el futuro avance de la Física, Química y demás ciencias no racionalizadas: los progresos en este orden de actividad son enormes, y justo es rendir tributo a Cabrera, (1878-1945), Palacios (1891-1970) y Moles (1883-1953),  sus principales propulsores en Madrid, sin olvidar a Emilio] Jimeno [Gil] [1886-1976], que en Barcelona realiza meritísima labor orientada hacia la técnica.

Es de esperar que las generaciones así adiestradas en la experimentación cuidadosa han de colaborar pronto en la construcción de la Física, esto es, en la formulación de leyes, descubrimiento de fenómenos y aun quizá en las grandes concepciones teóricas que caracterizan el momento actual. Hasta ahora creo que el único descubrimiento experimental ha sido el de los multipletes del espectro realizado por [Miguel] Catalan (1894-1957) en Inglaterra.

P. ¿Y cree usted que llegaremos a los descubrimientos y a las creaciones teóricas?

R. Es ley natural de evolución, y todo es cuestión de tiempo. Cuando fundé el Laboratorio de Matemáticas, a petición de la Junta para Ampliación de Estudios, hubo que comenzar con trabajos de investigación matemática experimental, que exigiesen muchos aparatos; primero, por ser cuestiones que requieren más paciencia que genio, y permiten hasta a los más torpes imprimir mucho papel, justificando ante el Estado los dineros gastados; después, para satisfacer a las autoridades de la institución, impregnadas, como es natural, del espíritu positivista dominante en el siglo XIX, que rendía culto fetichista al vidrio y al metal. Al cabo de los años tales aparatos han sido arrumbados, pues hay ya un núcleo de jóvenes que colaboran en el movimiento universal de la Matemática teórica con aportaciones que todavía no tienen gran trascendencia; pero ya son tomadas en consideración a la par de otros trabajos que se producen en todo el orbe culto.

P. ¿Cuáles son las figuras sobresalientes en esta generación de investigadores?

R. No hay incoveniente en citarlas en el orden cronológico de su aparición en nuestro firmamento, antes tan nublado: [Ricardo] San Juan (1908-1969), que ya lleva publicadas interesantes comunicaciones en revistas internacionales; Flores, cuyos ingeniosos métodos topológicos tienen gran exito entre los especialistas, [Sixto] Ríos, (1913-2008)  que ha completado un importante capítulo de la hiperconvergencia; [Lluis] Santaló (1911-Buenos Aires 2001), cuyas aportaciones a la novísima geometría integral merecen altos elogios de Blaschke; el catalán [Pere] Pi Calleja (1907-1986), de la escuela de Terradas y Torroja, que se ha iniciado con una estimable nota en acreditada revista alemana (1), y de quien esperamos óptimos frutos.

P. ¿Qué valor relativo tiene este progreso respecto del realizado en otras ciencias?

R. Alejado definitivamente de la Universidad española, por resolución ministerial, y convertido en predicador ambulante por el viejo y el nuevo mundo, vida plenamente internacional que me mantiene en contacto con hombres de ciencia de países diversos y especialidades varias, creo gozar de la lejanía necesaria para abarcar amplio horizonte y poder comparar hombres y cosas sin los errores de perspectiva que ocasiona la cercanía.

Quien se coloque así, en plano de imparcialidad, verá lo que en el momento actual representa la producción científica española de mas alta envergadura, a pesar de su modestia; sin dejar de reconocer el valor que tienen los experimentos de comprobación y rectificación de resultados ajenos o su extensión a casos análogos más o menos difíciles, dirección que también convendría fuese seguida por algunos jóvenes matemáticos.

P. Usted que conoce como nadie el mundo científico suramericano, ¿estima la producción actual de allá comparable con la nacional?

R. Nota característica de toda juventud sana es la ambición, y lógico es que la juventud de un país joven lo sea doblemente; los noveles investigadores de los paises suramericanos quieren estrenarse con un disparo de tan largo alcance, que casi siempre yerran el tiro sin dar en blanco alguno. Muchos debutan, no con la resolución de un problema concreto, sino con la creación de una teoría, empresa mucho más lucida y a la par menos comprometida, sobre todo si no sirve para nada concreto. Hay, sin embargo, en Buenos Aires y La Plata algunos jóvenes laboriosos, que conocen y manejan la matemática con fruto estimable, aunque no proporcionado a sus ilusiones. La generación anterior, llamada de la Reforma de 1918 (que consistió en desalojar a los viejos caciques para ocupar sus puestos), se ha dedicado a la política universitaria y a la divulgación de conocimientos; confiamos en que la nueva generación, a pesar del ambiente mefítico para la investigación desinteresada que ha creado el absurdo sistema de elecciones académicas, único en el mundo, y a pesar de las trabas que habilmente le ponen quienes temen ser superados, logre realizar obra más estimable y duradera.

A este interesante diálogo entre dos matemáticos españoles que realizarían el grueso de su obra en tierras americanas añadió la siguiente coda el entrevistador, pocos meses antes de comprometerse activamente con el bando republicano durante la guerra civil. En efecto José Gallego Díaz finalizó su artículo-entrevista a Julio Rey Pastor rindiendo un pequeño homenaje a ese “predicador ambulante” de las matemáticas modernas.

“Nos despedimos del eximio maestro, cuyos ojos se iluminaron de alegría mientras nos hablaba del actual renacimiento de la matemática española. Y nosotros conmemoramos aquí su gesto magnífico, iniciado hace más de veinte años, cuando, al remontarse en vuelo aquilino sobre las llanuras desoladas y yermas, sembró con viva fe, entre las dudas y los recelos de siempre, el germen inmortal de las inquietudes superiores”.

J. GALLEGO DÍAZ

 

(1) Posiblemente se refiera al trabajo titulado “Über die Konvergenzbedingungen der komplexen Form des Fourierschen Integrals”, en Mathematische Zeitschrift, 40 (1935), págs. 349-374.


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El homenaje a un joven catedrático de Medicina en el Madrid de 14 de febrero de 1936

Si en la última entrada de mi bitácora fijé la atención en el homenaje que un grupo de amigos brindaron a María Teresa León y Rafael Alberti el domingo 9 de febrero de 1936 ahora me traslado a unos días después -al viernes 14 de febrero-. En esa ocasión fueron 23 médicos quienes se movilizaron para homenajear a uno de los suyos, a alguien que sería importante posteriormente en la medicina española, como fue el caso del doctor Manuel Díaz Rubio Lurueña (Madrid 1908-1976), creador de la hepatología en España. Como veremos a continuación ese homenaje sirvió para que la escuela de Jiménez Díaz sacase músculo ante los méritos de un joven médico pensionado en el extranjero que obtuvo su cátedra a los 28 años, en otra muestra del rejuvenecimiento que se produjo en las plantillas universitarias durante la Segunda República.

Nuestra fuente de información es la siguiente noticia aparecida en la segunda página del diario republicano La Libertad, uno de cuyos subdirectores era el padre del periodista Eduardo Haro Tecglen, del jueves 13 de febrero de 1936

EN HONOR DE UN CATEDRATICO

“Habiendo sido nombrado, después de reñidas oposiciones, para ocupar la cátedra de Patología médica de la Facultad de Medicina de Cádiz el joven doctor D. Manuel Díaz Rubio, y deseando expresar a éste nuestro entusiasmo por su triunfo y nuestra admiración por su intensa labor científica, con tanta modestia llevada a cabo al lado de sus maestros, un grupo de amigos y compañeros se reunirá para ofrecerle un sencilo homenaje que le sirva de estímulo en su labor docente y profesional.

Doctores Leonardo de la Peña (Ciudad Real 1875-Madrid 1957), Carlos Jiménez Díaz (Madrid 1898-1967), Lorenzo Gironés (Barcelona 1902-Managua 1955), Felipe Morán, Heliodoro G. Mogena, [especialista del aparato digestivo], Victoriano B. Acosta  [Ayudante de Otorrinolaringología de Antonio García Tapia desde 1933[,  Baldomero Sánchez Cuenca (Alcalá la Real-Jaén 1896-Madrid 1967) [discípulo de Jiménez Díaz],  Miguel Sancho, Alfonso de la Peña (Valladolid 1904-Madrid 1971),  Francisco Bielchowsky, [exiliado  de la Alemania nazi e hijo de Max Bielschovsky quien había solicitado a Cajal que le acogiese en Madrid, habiéndose incorporado a la clínia de Carlos Jiménez Díaz a principios de 1933 como ya señalé en mi edición de Los tónicos de la voluntad de Cajal], Luis Recatero, Carlos Albert, José de Paz, Francisco Vega Diaz (Sevilla 1907-Madrid 1995), Juan López Brenes, Darío del Pozo, Angel Suils (Logroño 1906), [gestionaba una clínica siquiátrica en Ciudad Lineal al empezar la guerra civil donde se refugiaría el fundador del Opus Dei José María Escrivá de Balaguer] Manuel Marcos, Carlos Lorca, Luis Cifuentes (Madrid 1907-2005), Manuel Arredondo (Madrid 1879- ?), Antonio G. Tapia (Ayllón, Segovia, 1875-Madrid 1950), Plácido G. Duarte (Carcelén 1897-Madrid 1986).

El banquete se celebrará mañana, 14 de Febrero, a las diez de la noche en el restaurante Capitol. Las tarjetas para el acto se pueden recoger en la portería del Hospital Clínico de San Carlos hou jueves, y mañana viernes, de diez a una y media de la mañana y hasta las seis de la tarde del mismo día en la Conserjería del edificio Capitol”.

Ese edificio Capitol, uno de los símbolos de la Gran Vía madrileña se había inaugurado el 15 de octubre de 1933. Su restaurante tenía unas magníficas vistas sobre la ciudad como subraya M.G. Giménez en su interesante blog sobre Antiguos cafés de Madrid (ver aquí).

Vcisitudes posteriores de ese colectivo de médicos pueden seguirse en trabajos como en la obra autobiográfica de F. Pérez Peña, Los últimos clínicos de San Carlos. Estampas y Vivencias de la Facultad de Medicina de San Carlos.

Añadiré que muchos de esos médicos habían sido alumnos, discípulos o colegas de Cajal, cuya huella seguía viva y omnipresente en el Madrid de 1936. Días antes del banquete mencionado, el jueves de la semana anterior, el 6 de febrero, se había representado en el teatro Victoria de Madrid, con gran éxito de crítica y público “Nuestra Natacha” de Alejandro Casona, estrenada el otoño anterior en Barcelona. Pues bien nada más iniciarse la obra el público podía apreciar cómo presidía la habitación de la Residencia de Estudiantes donde se desarrolla el acto primero un retrato de Cajal que parece inspirar la labor de algunos de los protagonistas de la obra como el médico Somolinos, doble del que sería en México un gran historiador de la medicina Germán Somolinos, o el entomólogo Mario, e incluso me atrevería a decir de la misma protagonista “Natacha”, la primera mujer doctora en Pedagogía surgida de una universidad española, con la misma voluntad pedagógica que Cajal.


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Una reseña de José Gallego Díaz a una obra conjunta de los matemáticos Julio Rey Pastor y Pedro Puig Adam de 1933

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En 1933, un año especialmente significativo en la producción científica, en el empuje educativo y en la labor cultural de la Segunda República española, apareció en las librerías un importante libro didáctico que un joven matemático reseñó así en las páginas del diario El Sol del miércoles 3 de enero de 1934

J. REY PASTOR y P. PUIG ADAM: “Elementos de Geometría racional”. Tomo I: Geometría plana. Madrid, 1933. Un volumen en 8º, de 296 páginas, encuadernado.

No es la primera vez que colaboran ambos insignes profesores en la publicación de obras de carácter didáctico, y como siempre, la originalidad en la exposición se encuentra unida a una claridad admirable en los conceptos. Así, en estos “Elementos de Geometría racional”, destinados a los alumnos de tercer año de bachillerato, pueden comprender los espíritus aferrados a la rutina en la enseñanza – y que, por desgracia, abundan más de lo que fuera de desear- las ventajas que reporta la elección de un texto que rompe con la cómoda tarea de establecer teoremas apoyándose en argumentos de apariencia irreprochables y que no son sino el disfraz de falsas construcciones, hundidas ante el menor examen crítico. Una vez explicada la admisión de un cierto número de postulados, la teoría se edifica sobre el sólido cimiento del rigor, eliminando de la arquitectura del conjunto todo detalle superfluo que distraiga la atención del lector, la cual discurre por seguros cauces con un mínimo esfuerzo y un máximo rendimiento total.

[Anotemos que ] Los autores han cuidado muy especialmente de seleccionar más de 250 ejercicios, que, distribuidos al final de las elecciones, contribuyen a ejercitar al lector en la práctica de los conocimientos adquiridos y a que se entere del abismo que separa el “saber cómo se resuelven los problemas” del “saber resolverlos por sí mismo”.

Merecen señalarse diversos puntos que no estamos acostumbrados a ver en estas obras de carácter elemental. Tales son la introducción del grupo armónico [el tratar el problema de la costa o de Pothenot, en el capítulo de lugares geométricos]; el destacar las significaciones físicas de las simetrías; la nueva y plausible definición que el Sr. Puig aporta a la equivalencia de polígonos [la nueva definición -por todos conceptos plausibles- que el Sr. Puig da de equivalencia de polígonos]; las determinaciones del centro y del eje radical; idea de la construcción del pantógrafo, etc., etc.

La obra de perfecta presentación tipográfica e ilustrada con cerca de trescientas figuras termina con un bello apéndice sobre los métodos para la resolución de los problemas geométricos.

José GALLEGO DÍAZ

 

Ese firmante, José Gallego-Díaz Moreno, era un joven matemático , de apenas veinte años, pues habia nacido en la ciudad jienense de Ubeda, en la Andalucía oriental, en 1913. Su biografía ha sido evocada por José Alvarez-Cornett en una interesantísima entrada de su blog en el que da cuenta de las aportaciones de científicos extranjeros al desarrollo cultural de Venezuela, país en el que fallecería el mencionado José Gallego-Díaz en 1965, tras haber sido padre en 1951 de la flamante directora de El País Soledad Gallego-Díaz, y exiliarse a las Américas en 1956. (ver aquí).

El original de la mencionada reseña se encuentra entre los papeles de Julio Rey Pastor, que el Instituto de Física Experimental del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha digitalizado.  El texto manuscrito se adecúa casi en su totalidad con la reseña aparecida en el diario El Sol el 3 de enero de 1934. Las diferencias entre ambos textos están marcadas por los corchetes que he insertado en la transcripción.

bibliografia libro de Rey Pastor y Puig Adames

Comparando los dos textos de la aludida reseña es fácil reconstruir el camino que siguió el texto de un joven José Gallego-Díaz desde que lo elaboró hasta que llegó a las páginas de El Sol, un diario al que se puede considerar un lejano antecedente del actual diario El País, y que daba cobertura a las actividades científicas de Rey Pastor. Este matemático, que en aquellos tiempos republicanos combinaba sus tareas docentes e investigadoras entre Madrid y Buenos Aires, convencería a uno de sus discípulos más brillantes para que le ayudase a divulgar un libro que se adecuaba perfectamente al esfuerzo de renovación educativa que estaba impulsando la Segunda República en las aulas de bachillerato. Así lo estamos intentando mostrar en el proyecto de investigación “Dinámicas de renovación educativa y científica en las aulas de bachillerato en el primer tercio del siglo XX: una perspectiva ibérica”, dos de cuyos resultados serán el libro Aulas abiertas, de próxima publicación por la editorial Dykinson y la Universidad Carlos III y el diccionario on-line JAEeduca. Diccionario de profesores de instituto vinculados a la JAE (1900-1936), en el que precisamente hay una entrada dedicada a Pedro Puig-Adam (ver aquí), el tercer personaje de esta historia que he evocado en esta entrada. Así añadimos un dato más a la noticia biográfica de José Álvarez-Cornett ya mencionada, y resaltamos la interesante  labor pedagógica y científica de un matemático, injustamente olvidado, al haberse exiliado al continente americano, y padre de una destacada periodista, como es Soledad Gallego-Díaz, la primera mujer que dirige el diario El País.

 


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La etapa inicial del instituto republicano Calderón de la Barca en medio de las disensiones entre Unamuno y Azaña

A la espera de hacer un estudio pormenorizado de la breve existencia que tuvo el Instituto Calderón de la Barca creado por la Segunda República, como el que ha efectuado Rebeca Herrero para el caso de otro instituto republicano madrileño como fue el Quevedo en el libro Aulas modernas, puede ser de interés fijar la atención en un reportaje periodístico publicado por el diario Luz el 18 de noviembre de 1932 sobre esa iniciativa educativa republicana, de cuyo claustro inicial se ofreció información en la entrada anterior de esta bitácora (ver aquí).

Ese reportaje se titulaba “La obra de la República. Los nuevos Institutos de segunda enseñanza. El de Calderón de la Barca”. En él un redactor del periódico Luz que por esas fechas dirigía el pedagogo y diputado de Acción Republicana Luis Bello, del círculo íntimo de Manuel Azaña pues le acompañaba por aquellas fechas en sus paseos por las afueras de Madrid,  entraba en las instalaciones de ese flamante instituto y entrevistaba al director del Instituto, el catedrático de Física y Química Salvador Velayos González, quien ofreció un vívido testimonio de las dificultades iniciales que tuvo que afrontar para que ese Instituto pudiese abrir sus puertas en el curso 1932-1933.

He aquí parte de ese reportaje de Luz.

Este Instituto ha sido establecido en el edificio que los jesuitas tenían en la calle de Alberto Aguilera, y que, al abandonarlo, desmantelaron y destrozaron sañudamente. Seguramente recordará todavía el lector las fotografías que se publicaron en algunos periódicos, y que tanta indignación produjeron. Lo que hicieron los frailes es algo increíble en personas que se dedicaban a la enseñanza.

Pues bien: al Instituto Calderón de la Barca se le adjudicó solamente el segundo piso de ese edificio. Su estado era tal, que en los primeros días de curso no hubo posibilidad de dar clases. Sin embargo, la fuerza de voluntad y el entusiasmo de su director, D. Vicente (sic por Salvador) Velayos, -quien ya tenía experiencia en la gestión de un centro docente pues había sido director del Instituto de Lugo-, obró milagros, y bien pronto quedaron abiertas las aulas. Justo es consignar aquí, con el aplauso al Sr. Velayos, otro al Claustro  [formado por el catedrático de Filosofía Mariano Quintanilla Romero, los catedráticos de Matemáticas Miguel del Río Guinea y Amós Sabrás Gurrea, el de Literatura Rafael Lapesa Melgar, el de Latín Antonio Roma Rubíes, la catedrática de Geografía e Historia María Elena Gómez-Moreno, el de Francés Antonio Machado Ruiz, el de Agricultura y Técnica Agrícola e Industrial Angel Hernansáenz Meoro, el de Historia Natural Enrique Alvarez López, el de Dibujo Eduardo Rojas Vilches y el de Educación Física Luis Rojas Calvo], y muy especialmente al catedrático de Matemáticas y diputado a Cortes Sr. Sabrás [de quien se reprodujo la siguiente fotografía impartiendo una clase rodeado de sus alumnos entre los que a lo mejor se encontraba Eduardo Haro Tecglen que guardaría buenos recuerdos de las clases de ese diputado socialista, exiliado a la República Dominicana]

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Normalizada ya la vida docente, comenzó la lucha por obtener para el Instituto algo más que el segundo piso. El Sr. Velayos quería las tres plantas del edificio, pero la necesidad de locales para otros centros hizo que los deseos del director- que, seguramente, serían también los del ministro [de Instrucción Pública y Bellas Artes Fernando de los Ríos]- no prosperasen. Y, al fin, se ha dispuesto que parte de la Escuela de Arquitectura se instale en el principal, y se ha adjudicado al Instituto la planta baja y el segundo piso. 

– Es lástima -nos dice el Sr. Velayos-, porque podía haber sido este Instituto un verdadero modelo, aparte de que nuestro local tiene que ser muy grande, porque acaso sea éste el establecimiento de más matrícula que hay en Madrid. 

El Sr. Velayos, siempre que se habla de la labor que ha realizado, pone especial empeño en atribuir todo lo hecho a sus compañeros de Claustro, cuya ayuda y consejo solicita siempre.

– Este Claustro -insiste- está animado de los mejores deseos y siente el mayor entusiasmo por secundar las inspiraciones del Gobierno para acercar la segunda enseñanza al pueblo, hacerla más humana y dar a los alumnos todas las facilidades posibles.

Actualmente, se dan todas las clases en el segundo piso, pero en adelante, con la concesión de la planta baja, irán a ésta los alumnos de los primeros años, y en ella se instalarán también el patio de recreo, las oficinas administrativas y cinco aulas. Estas, así como las del segundo piso, son hermosas y están dotadas de material moderno de toda clase. Lo que fue sala de Electrotecnia ha sido convertido en laboratorio de Física y museo de Historia Natural. El laboratorio de Química, que quedó destrozado por completo, ha sido restaurado, y es verdaderamente magnífico. 

Pero el Claustro no se ha limitado a esta labor de restauración ni a la puramente docente de la cátedra, sino que ha creado una llamada Permanencia, que es un término medio entre la ausencia y el internado.

Por una cantidad insignificante al mes, el alumno, que ha dado sus clases por la mañana, pasa la tarde en el Instituto, y allí los profesores conviven con ellos, les dan explicaciones complementarias, les adiestran en el estudio, fomentan su afición a éste haciéndoselo agradable, les dan consejos, les hacen relatos instructivos y, finalmente dirigen sus juegos, con miras al sport y al perfeccionamiento físico, en el gran patio central que tiene el edificio. [Una vista de él se aprecia en la otra fotografía que ilustraba este reportaje periodístico. En ella, como se puede apreciar, destaca un numeroso grupo de alumnas, que irrumpieron masivamente en las aulas de los institutos republicanos como ha mostrado Rebeca Herrero en su mencionada contribución al libro Aulas modernas, simulan hacer una tabla gimnástica, orientadas por su profesor de Educación Física.]

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Y como remate de esta magnífica labor complementaria, se organizan excursiones, que los alumnos irán haciendo escalonadamente, y visitas a laboratorios, museos y centros industriales.

He ahí la gran labor cultural de que la República puede envanecerse. Y puede envanecerse porque si, en otras épocas, se quiso intentar algo parecido, nada se logró: faltaba el entusiasmo en todos, que ahora ha hecho posible el progreso de la enseñanza, y que ha de transformar a España en un espacio de pocos años.

Sin embargo en otro de los institutos republicanos creados en Madrid en el verano de 1932, como el instituto Velázquez, la situación no era tan halagüeña para las fechas en las que se publicó el reportaje del diario Luz del que he dado cuenta. En efecto el viernes 25 de noviembre de 1932 a la salida de las clases, hacia la una de la tarde, hubo en las inmediaciones de ese instituto un serio altercado con puñetazos de por medio entre dos bandos existentes en el Instituto -el de los católicos y el de la F.U.E-, que tuvieron que ser disueltos por el personal de la Comisaría de Buenavista, según información que transmitió el diario El Sol al día siguiente que transcurriesen esos hechos, que también menudeaban en las aulas universitarias.

Tres días después, el lunes 28 de noviembre, Miguel de Unamuno, – de cuya etapa de desterrado en Fuerteventura durante la dictadura de Primo de Rivera se está proyectando actualmente la película La isla del viento–  quien en el otoño de 1932 era diputado y presidente del flamante Consejo Nacional de Cultura y vivía en aquellos días “un instante de gran pesimismo” dio una conferencia en el Ateneo de Madrid sobre “El momento político de la España de hoy”, en la que marcó distancias de manera vehemente con la labor política de la conjunción republicano-socialista. Afirmó, entre otras reflexiones, que la revolución se estaba haciendo “con actos verdaderamente temerarios, como fue la quema de los conventos y la disolución de la Compañía de Jesús y confiscación de sus bienes por el subterfugio del cuarto voto” [de obediencia al Papa], cuestiones con las que mostró su disconformidad expresando su opinión, según recogió un periodista de El Sol en su edición del 29 de noviembre, de “que este modo de producirse concluye siempre en hechos sangrientos”.

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Esa conferencia que abría un ciclo organizado por la sección de Ciencias Morales y Políticas del Ateneo de Madrid tuvo una amplia resonancia. El primer ministro Manuel Azaña en las reflexiones del 29 de noviembre de su diario se hizo eco de ella en los siguientes términos: Ayer en el Ateneo pronunció Unamuno su anunciada conferencia. Gran golpe de gente, según cuentan. La conferencia ha sido lastimosa. Una estupidez, o una mala acción. Le gritaron. Mucha gente se indignó con Unamuno. Si todos le hubieran hecho el mismo caso que yo, desde que le hice el artículo del leonero [se refiere a su artículo “El león, D. Quijote y el leonero” que publicó en el semanario Españaque tanto le mortificó, se evitarían el indignarse.

En esa atmósfera empezó su andadura el Instituto Calderón de la Barca y otro instituto republicano madrileño como el Nebrija, de cuyas interioridades se dará cuenta en una próxima entrada de esta bitácora.


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Los primeros profesores de los institutos de enseñanza secundaria creados por la Segunda República en Madrid

En el marco del impulso dado a la segunda enseñanza por la Segunda República española el ministerio de Instrucción Pública, dirigido por el socialista Fernando de los Ríos, dotó a la ciudad de Madrid de tres nuevos institutos durante el verano de 1932.

Dos de ellos -el Nebrija y el Calderón de la Barca- ocuparon edificios que habían pertenecido a los jesuitas, cuya orden fue disuelta a principios de 1932. Así el Nebrija ocupó las instalaciones del gran colegio jesuita de Chamartín de la Rosa

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Foto de Andrés Fabert de 1925 de la fachada y los jardines del colegio jesuita de Chamartín de la Rosa

Con destino al Instituto Nacional de Segunda Enseñanza de Antonio de Nebrija fueron nombrados los siguientes profesores:

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Para la cátedra de Literatura española el poeta canario Fernando González Rodríguez  (Telde 1901-Valencia 1972), quien políticamente estaba en la órbita de Acción Republicana el partido de Manuel Azaña, y había obtenido la cátedra en 1930.

Para la de Historia Natural a Federico Bonet Marco (1906-México 1980), quien tras licenciarse en Medicina y doctorarse en Ciencias Naturales había obtenido la cátedra del Instituto de Zafra también en 1930. Simultaneó sus tareas docentes en los años republicanos con una labor investigadora en el Museo Nacional de Ciencias Naturales y con la enseñanza en la Facultad de Veterinaria. Este destacado disícpulo de Ignacio Bolívar, relevante entómologo y director de la mencionada institución científica, sería uno de los integrantes de la diáspora científica republicana en México tras haber combatido durante la guerra civil en el batallón Félix Barzana fomado por profesores afiliados a la FETE de la UGT.

Para la de Física y Química a Cándido Francisco Fernández Anadón (Zaragoza 1903-1987), quien había sido catedrático de esa asignatura en los institutos de Orense desde 1925, y de Avila desde 1930.

Para la de Geografía e Historia a Amós Ruiz Lecina (Logroño 1897-México 1954),  quien había sido catedrático en el Instituto de Reus. Fue diputado socialista por la circunscripción de Tarragona en las tres elecciones celebradas durante la Segunda República y fallecería en el exilio en México.

Para la de Agricultura a Simón Paniagua Sánchez (Carpio de Azaba [Salamanca 1899 o 1900] -?, quien tras obtener el título de ingeniero agrónomo en 1931 y licenciarse en Ciencias Químicas en la Universidad de Madrid en 1932 obtuvo la cátedra de Agricultura y Técnica Agrícola en agosto de 1932. Desde julio de 1931 era afiliado a la Agrupación Socialista de Madrid, llegando a ser tesorero de la UGT. En 1935 obtuvo la cátedra de Física General y Técnica Micrográfica de la Escuela de Ingenieros Agrónomos. Finalizada la guerra civil se exilió en Francia y posteriormente en México donde llegó a bordo del Sinaria en junio de 1939, cuando aún no había cumplido los cuarenta años.

Para la de Filosofía a José Chacón de la Aldea (Toledo 1891-?), catedrático desde 1917 y que había sido docente en los institutos de Córdoba y Las Palmas donde fue un destacado masón en los años republicanos. En 1929 había realizado un viaje de estudios a París otorgándole la Junta para Ampliación de Estudios la condición de pensionado.

Para la de Dibujo a Aurelio Vicén Vila, quien había sido profesor en el Instituto de Soria hacia 1918, y más tarde se trasladó a Mahón, donde en 1922 era secretario del Ateneo Científico, Literario y Artístico de Mahón, según han mostrado Llorenç Gelabert Gual y Xavier Motilla Salas.

Para la de Latín al valenciano, nacido en Manises, José Albiñana Mompó, doctor en Filosofía y Letras por la Universidad Central con una tesis sobre Orígenes de los idiomas novolatinos , traductor hacia 1920 de la Historia de la civilización ibérica de Oliveira Martins y en 1927 de La leyenda del Cid Campeador de Alexandre Arnoux y autor en 1932 de una Nueva antología latina.

Para la de Francés a Rosario Fuentes Pérez, quien había ingresado en el profesorado de enseñanza secundaria por real orden de 22 de junio de 1928, junto a otras profesoras según ha mostrado Natividad Araque en su contribución al libro Aulas modernas. Casada con Fernando González Rodríguez sería depurada junto a su marido al finalizar la guerra como ha mostrado María Antonia Salvador González (ver aquí).

Para las de Matemáticas al castellonense nacido en 1902 Federico Alicart Garcés, cuya primera cátedra la tuvo en el instituto de Melilla. Considerado un pionero en el cálculo analógico su biblioteca se conserva en la Universidad Jaume I de Castellón, y también se designó a Enrique Selfa Más.

El cuerpo directivo del Instituto Nebrija estuvo configurado inicialmente por el director Fernando González Rodríguez, catedrático de Lengua y Literatura Española; el vicedirector Federico Alicart Garcés, catedrático de Matemáticas; el secretario José Chacón de la Aldea, catedrático de Filosofía y el vicesecretario Amós Ruiz Lecina, catedrático de Geografía e Historia.

El Instituto Calderón de la Barca se instaló en la que había sido sede del ICAI (Instituto Católico de Artes e Industrias) que tenían los jesuitas en la calle madrileña de Alberto Aguilera junto a su convento que había sufrido un incendio por ataques anticlericales en mayo de 1931 .

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Incendio de la sede del Instituto Católico de Artes e Industria (ICAI) el 11 de mayo de 1931. Ardieron veinte mil volúmenes de su biblioteca y desapareció el archivo del paleógrafo García Villada

El primer cuadro de profesores del Instituto Calderón de la Barca, entre cuyos alumnos se encontraría ese niño republicano que fue Eduardo Haro Tecglen, fue el siguiente:

La cátedra de Física y Química la ocupó Salvador Velayos González, quien había sido director del Instituto de Lugo, y padre del que sería notable físico Salvador Velayos Hermida.

La de Filosofía el segoviano Mariano Quintanilla Romero (1896-1969), quien había sido catedrático en los institutos de Osuna y Zamora. Había ayudado en su ciudad natal a promover la Universidad Popular. En la posguerra, tras ser sancionado por la dictadura franquista, trabajó como profesor en colegios privados de Olmedo y Medina del Campo. Fue reintegrado a la enseñanza oficial en 1949.

Para la cátedra de Matemáticas se designaron dos profesores: Miguel del Río Guinea, nacido en Vitoria-Gasteiz en 1873, y que llegaría exiliado a Mexico, vía Veracruz, el 13 de junio de 1939. Hacia 1914 era profesor del Instituto de Cáceres, donde se casó con la institucionista Juana Ontañón y Valiente (1886-1972). Luego vivirían durante casi dos décadas en Pamplona antes de su instalación en Madrid. Y Amós Sabrás Gurrea (1890-1976), quien había sido catedrático en el Instituto de Educación Secundaria de Huelva, donde fundó en 1923 el Ateneo Popular, y fue por dos meses el primer alcalde republicano. Ingresó en la francmasonería en marzo de 1925 con el nombre simbólico de “Newton” y fue durante la Segunda República diputado a Cortes por el Partido Socialista Obrero Español. En 1933 sería elegido presidente de la Asociación de Catedráticos de Institutos Nacionales de Segunda Enseñanza. Tras la guerra se exilió en la República Dominicana, regresando a España en 1960.

Para la de Literatura Española al valenciano Rafael Lapesa Melgar (1908-2001), quien se había formado como filólogo en el Centro de Estudios Históricos de la JAE doctorándose con un estudio sobre El dialecto asturiano occidental en la Edad Media. En 1930 ganó por oposición una cátedra de instituto de enseñanza media en Lengua Española y Literatura, que desempeñó en Madrid (1932-1941), Oviedo (1942) y Salamanca (1942-1947). Posteriormente, de 1947 a 1978, desempeñaría la cátedra de historia de la lengua española en la Universidad Complutense de Madrid. En 1986 fue premio Príncipe de Asturias de las Letras.

Para la de Latín el leridano Antonio Roma Rubíes (1872-1967) quien era catedrático de Lengua Latina desde 1903 desarrollando su carrera docente fundamentalmente en el Instituto de Jerez de la Frontera. En octubre de 1920 ingresó en el PSOE y fue teniente de alcalde del ayuntamiento de Jerez tras las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 y posteriormente diputado del PSOE a Cortes por Cádiz. Tras la guerra fue detenido en Valencia el 8 de mayo de 1939 y encarcelado unos años. Tras su puesta en libertad sobrevivió dando clases particulares de latín y griego.

Para la de Geografía e Historia a María Elena Gómez Moreno (1907-1998). Esta hija del historiador del arte y arqueólogo Manuel Gómez-Moreno, uno de los humanistas más relevantes del Centro de Estudios Históricos de la JAE, había obtenido su cátedra en 1930. Tras unas estancias breves en los institutos de Osuna y San Sebastián recaló en Madrid donde llevaría a cabo una larga carrera docente e investigadora.

Para la de Francés al gran poeta Antonio Machado Ruiz (1875-1939), quien se incorporó al instituto madrileño Calderón de la Barca tras haber sido catedrático en los institutos de Soria (1907-1912), Baeza  (1913-1919)y Segovia (1920-1931).  Fallecería en tierras francesas, en el pueblecito de Colliure, poco después de exiliarse y atravesar la frontera en unas trágicas circunstancias, el 22 de febrero de 1939.

Para la de Agricultura y Técnica Agrícola e Industrial a Angel Hernansáenz Meoro, quien había sido catedrático previamente en los institutos de Osuna y Orihuela  y que en 1933 obtendría una pensión de la JAE para hacer estudios en Francia durante dos meses sobre la enseñanza de las ciencias naturales.

Para la de Historia Natural al madrileño Enrique Alvarez López (1897-1961), quien había sido catedrático desde 1920 en los institutos de Huesca y de Cádiz, donde también fue director y alcalde del ayuntamiento republicano, como representante de la Agrupación al Servicio de la República, desde el 12 de junio de 1931 dimitiendo un año después con motivo de su traslado a Madrid. Durante las décadas de 1940 y 1950 simultaneó sus labores docentes en el Instituto Cervantes de Madrid con las llevadas a cabo en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, llegando a redactor jefe de los Anales del Instituto Botánico A. J. Cavanilles y presidente en 1953 de la Real Sociedad Española de Historia Natural. En esos años efectuó diversas aportaciones a la historia de las ciencias naturales en el ámbito cultural hispánico.

Para la de Dibujo a Eduardo Rojas Vilches, quien había sido profesor en el Instituto de Huelva.

Para la de Educación Física a Luis Rojas Calvo.

El equipo directivo inicial del Instituto Calderón de la Barca estuvo formado por el director Salvador Velayos González, catedrático de Física y Química; el vicedirector Miguel del Río Guinea, catedrático de Matemáticas; el secretario Mariano Quintanilla Romero, catedrático de Filosofía y el vicesecretario Enrique Alvarez López, catedrático de Historia Natural.

El tercer centro educativo de los que estoy dando noticia -el Instituto Velázquez-, se instaló en la madrileña calle homónima, en el nº 74 según el callejero del Madrid de 1932. Tras la guerra civil sería sede durante unos años del IES femenino Beatriz Galindo.

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Perspectiva de la madrileña calle Velázquez hacia 1930

Se designó a los siguientes profesores para ocupar sus diversas cátedras:

Para la cátedra de Latín al valenciano Juan Sapiña Camaró (Cullera 1905-México DF 1974), quien previamente había enseñado en los institutos de Tarragona, Teruel, donde ayudó a fundar la UGT y la Agrupación Socialista de esa ciudad, Zaragoza y Castellón. Tradujo al castellano la obra de Dante Alighieri De Monarchia. En las elecciones generales de 1931 fue elegido diputado del PSOE por Castellón. Durante la guerra civil sería entre 1937 y 1939 Director General de Minas y Combustibles. Durante su exilio en México fue profesor del Colegio Franco-Español, gerente general y director de publicaciones de la editorial Renacimiento. Además fue subdirector del Diccionario Enciclopédico UTEHA (Unión Tipográfica Editorial Hispano Americana) (1950) y de la Enciclopedia Cultural Contón (1957) y director del Diccionario González Porto (1971).

Para la de Filosofía al andaluz Antonio Bernárdez Tarancón (Jerez de la Frontera 1882-?). Este profesor había sido a principios de la década de 1920 catedrático en el Instituto General y Técnico de Cáceres, y posteriormente del Instituto de Bilbao y era autor de obras como “Evolución de la Psicología y sus métodos” y “Juvenal y su ambiente histórico-científico: comentarios a la primera sátira”. Durante la guerra civil se trasladaría al instituto Luis Vives de Valencia, ciudad en la que fue testigo el 3 de enero de 1939, junto a María Moliner, del matrimonio del filólogo Antonio Rodríguez Moñino, quien se había adscrito al partido de Azaña Acción Republicana en el verano de 1932, con María Brey, tía  segunda del  actual presidente del gobierno español Mariano Rajoy Brey.

Para la de Agricultura a Cayetano García Gutiérrez, quien en febrero de 1940 se encontraba en la séptima y última escala del escalafón de catedráticos de institutos.

Para la de Francés a Manuel Núñez de Arenas (Madrid 1886-Paris 1951), quien tras su exilio en tierras francesas durante la dictadura de Primo de Rivera obtuvo una cátedra en el Instituto de Alicante, antes de recalar en el Instituto Velázquez. Este catedrático se había doctorado en 1915 en Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid con una tesis sobre el científico y socialista utópico Ramón de la Sagra. Previamente, en 1911, había ingresado en el PSOE creando la Escuela Nueva ese mismo año como centro de estudio y divulgación para la acción social. Una década después, al ser partidario de la Tercera Internacional, se dio de baja en el PSOE para incorporarse al Partido Comunista de España, exiliándose en 1924 en Burdeos, donde fue profesor de su Universidad. Durante la guerra civil trabajó en el Instituto Obrero de Valencia. Tras la derrota republicana se exilió nuevamente a Francia donde estuvo preso por sus actividades antifascistas entre 1942 y 1943, incorporándose al sistema educativo y científico francés a partir de 1945, primero en la Universidad de Burdeos y luego en la Escuela Normal Superior de Saint-Cloud.

Para la de Matemáticas a Antonio Tuñón de Lara, y a Carlos Calvo Carbonell. El primero había sido catedrático desde 1908 de los institutos de Canarias, Avila y Almería, donde presidió su Ateneo y fue líder del partido Republicano Radical. Entre abril y julio de 1931 fue gobernador civil de Cáceres y diputado a Cortes. Masón, en los años republicanos fue estrecho colaborador de Diego Martínez Barrio y de Alejandro Lerroux. Tras la guerra continuó vinculado al Instituto de Almería hasta 1949. Fue tío del historiador Manuel Tuñón de Lara. El segundo, Carlos Calvo Carbonell fue cuñado de José Gutiérrez-Ravé, un periodista de ABC conservador y monárquico. En la década de 1950 fue colaborador de la Gaceta Matemáticala revista que publicaba el Instituto “Jorge Juan” de Matemáticas y la Real Sociedad Matemática Española.

Para la de Geografía e Historia a José Ferreros Sánchez.

Para la de Física y Química a Jenara Vicenta Arnal Yarza (Zaragoza 1902-Madrid 1960), doctora en Ciencias desde 1928 y catedrática de Física y Química desde 1930 siendo sus primeros destinos los institutos de Calatayud, Infanta Cristina de Barcelona y el de Bilbao antes de incorporarse al madrileño Velázquez. Su trayectoria docente e investigadora ha sido trazada por Natividad Araque en el portal en construcción JaeEduca, resultado de dos proyectos de investigación que estoy coordinando. (ver aquí).

Para la de Lengua y Literatura española al gran poeta y crítico literario Gerardo Diego Cendoya (Santander 1896-Madrid 1987), catedrático de esa asignatura desde 1920. Antes de llegar al Instituto Velázquez había impartido clases en los institutos de Soria, Gijón y Santander, ciudad en la que había dirigido dos de las más importantes revistas literarias de la generación del 27 Lola Carmen, habiendo obtenido en 1925, antes de llegar a los 30 años, el Premio Nacional de Literatura. Tras la guerra civil, en la que manifestó sus simpatías por el bando rebelde al gobierno republicano, se incorporó al Instituto madrileño Beatriz Galindo, donde permaneció hasta su jubilación. En 1979 obtuvo el premio Cervantes junto a Jorge Luis Borges. Actualmente una fundación mantiene vivo su legado

Para la de Historia Natural a Carlos Vidal Box (1906-1970), quien antes de incorporarse al Instituto Velázquez había sido auxiliar del catedrático de la Universidad Central Eduardo Hernández-Pacheco. Durante el franquismo sería de uno de los profesores más interesados en promover la enseñanza ambiental de las ciencias naturales publicando importantes trabajos como Didáctica y Metodología de las Ciencias Naturales en la Enseñanza Media de 1961. Años después, tras fallecer Franco, el CSIC dio a conocer en 1976 su obra póstuma Guía de recursos pedagógicos en Madrid y sus alrededores. Fue asimismo autor de un conjunto de bloques-diagrama para el estudio de los relieves y la geomorfología del terreno tanto de la Península Ibérica como de otras zonas del continente europeo, y que actualmente se encuentran distribuidos en diversos centros educativos como el IES Vega del Turia de Teruel.

Para la de Dibujo a Angel Hernández Mohedano, quien había sido profesor durante muchos años en el Instituto de Cabra, habiendo diseñado hacia 1930 la espectacular vidriera de su patio de cristales. Precisamente en octubre de 1932 se trasladó a ese instituto el presidente de la República Niceto Alcalá-Zamora, antigo alumno de ese centro educativo, para inaugurar el curso académico 1932-1933 en compañía del ministro Fernando de los Ríos.

Para la de Educación Física al médico Ricardo Pradels (Zaragoza 1876-?), quien había sido profesor en los Institutos de Palencia y de Logroño y autor de la obra El Libro de la Salud,  publicado en Barcelona en 1914.

Su equipo directivo inicialmente estuvo integrado por  el director Antonio Bernárdez Tarancón, catedrático de Filosofía; el vicedirector Gerardo Diego Cendoya, catedrático de Lengua y Literatura; el secretario Manuel Núñez de Arenas, catedrático de Francés y el vicesecretario Juan Sapiña Camaró, catedrático de Latín.

Para saber más:

Diario Luz 8 septiembre 1932 p. 2; 15 septiembre 1932 p.2; 27 septiembre 1932 p.2; 30 septiembre 1932 p.15

Vicente José FERNÁNDEZ BURGUEÑO, “Los institutos republicanos madrileños (1931-1939) y su plantilla de Catedráticos”, en Leoncio López-Ocón, editor, Aulas modernas. Nuevas perspectivas sobre las reformas de la enseñanza secundaria en la época de la AJE (1907-1939), Madrid, Dykinson-Universidad Carlos III, 2014, pp. 249-285. Accesible aquí


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Un impulso a la Fundación Nacional para investigaciones científicas y ensayos de reformas en el verano de 1932

Una de las iniciativas más destacadas de  la Segunda República en su política científica fue la Fundación Nacional para Investigaciones Científicas y Ensayos de Reformas (FNICER). Tal y como señaló David Castillejo el impulsor de ese organismo autónomo fue su padre José Castillejo (Ciudad Real 1877-Londres 1945), quien inicialmente quería crear un think thank que ayudase a los gobernantes republicanos a “efectuar una renovación general de servicios basada en principios científicos y en técnicas modernas”, actuando como “sostén técnico de cualesquiera Gobiernos para las más delicadas o arriesgadas innovaciones”. De ahí que considerase José Castillejo que lo más pertinente para cumplir esas tareas era crear un Departamento de ensayos adscrito a la Presidencia del Gobierno (1).

Pero dado que Marcelino Domingo, el ministro de Instrucción Pública del primer gobierno provisional republicano,  fue quien mostró más interés por la propuesta de Castillejo sería ese político y maestro catalán quien llevó a la Gaceta el decreto de 13 de julio de 1931 en el que se creaba una Fundación Nacional para Investigaciones Científicas y Ensayos de Reformas. Ese decreto fue confirmado por las Cortes por la ley de 5 de diciembre de 1931. Más adelante las Cortes republicanas aprobaron el 23 de julio de 1932 la ley por la que se dotaba a la FNICER de los medios económicos necesarios con los que tenía que financiar la expedición al alto Amazonas, cuya dirección técnica correspondía al capitán de ingenieros y piloto aviador Francisco Iglesias Brage.

No es momento ahora de exponer en detalle las vicisitudes de la FNICER, expuesta en líneas generales en el año 2001 por Justo Formentín Ibáñez y Esther Rodríguez Fraile, quienes ya apuntaron -basándose en las actas de su consejo de administración- que uno de los lastres para el buen funcionamiento de esa institución republicana fueron sus difíciles relaciones  con la mencionada expedición al alto Amazonas.

Justo Formentín portada

Baste ahora señalar que entre sus logros cabe mencionar:

  • la creación de un Centro de Investigaciones Vinícolas asociado a la Escuela de Ingenieros Agrónomos, dirigido por Juan Marcilla. En él, entre otras actividades, se efectuaron experimentos químicos y bacteriológicos sobre levaduras andaluzas.
  • la organización en Madrid de un Instituto de Estudios Internacionales y Económicos destinado a efectuar investigaciones sobre cuestiones relevantes de la economía española y de sus relaciones con otros países.
  • y el sostenimiento de diversos laboratorios científico-técnicos en diversas ciudades, capitales de distritos universitarios, como Oviedo, Valencia, Santiago y Salamcanca, entre otras.

Además la FNICER se hizo cargo de dos centros que hasta entonces dependían de la JAE: el Laboratorio Torres Quevedo, que continuó bajo sus auspicios su labor como Centro de investigaciones de mecánica y taller de construcción de aparatos científicos e inventos; y el Seminario Matemático de Julio Rey Pastor. Asimismo asumió parte de la financiación del Instituto Cajal en una coyuntura de expansión de esa institución científica con motivo de estrenar una nueva sede.

Ahora me interesa destacar que en el devenir de la FNICER fue importante la labor de su patronato o consejo de administración, constituido por un decreto del ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes Fernando de los Ríos Urruti de 27 de agosto de 1932, publicado en la Gaceta de Madrid días después: el 1 de septiembre. (ver aquí).

Ese primer patronato lo presidía Teófilo Hernando (Torreadrada [Segovia] 1881- Madrid 1976), experto en farmacología,  catedrático de Terapéutica, Materia médica y arte de recetar en la Facultad de Medicina de la Universidad Central de Madrid, autor junto a Gregorio Marañón de un magnífico manual de Medicina interna que fue mejorado progresivamente desde su primera edición en 1915 y médico personal de Santiago Ramón y Cajal. Sorprendentemente quienes se han acercado o evocado su trayectoria vital y científica, como Fernando Pérez Peña, Alejando José Domingo Gutierrez y Pedro Laín Entralgo omiten el papel desempeñado por Teófilo Hernando en la FNICER, revelador del desconocimiento que tenemos de la política científica republicana. Tampoco disponemos de una sólida monografía sobre la trayectoria de este relevante representante de las ciencias biomédicas en la España del siglo XX.

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Teófilo Hernando, presidente del Patronato de la FNICER republicana

 

Alejandro José Domingo Gutiérrez sí nos recuerda este retrato que hizo Juan Ramón Jiménez de Teófilo Hernando:

Para mi la medida mas alta de un hombre, está en su capacidad de salvar un sello de correos, una palabra buena, una hoja seca. Teófilo Hernando es de los que salvan. Ama y guarda todo, lo mayor y lo menor, con delectación de niño ávido, no en balde él cree, científico, en todo, desde la influencia de los astros, hasta la última hipótesis juvenil. Esta inquietud ansiosa le da su aspecto simpático de niño travieso, de buen chico pillastre, pálida, rosada cara risueña y seguridad de captación y entre bromas y veras, derrama luego así el tesoro de su experiencia y de su ciencia captada entre libros, de los que es tan enamorado, o en su no menor amor de la naturaleza plena.

Los doce vocales nombrados inicialmente fueron: Julián Besteiro (Madrid 1870-cárcel de Carmona 1940), Angel Ossorio y Gallardo (Madrid 1873-Buenos Aires 1946), José Pedregal (Oviedo 1871-Avilés 1948), Pedro Corominas (Barcelona 1870-Buenos Aires 1939), Agustín Viñuales (Huesca 1881-Madrid 1959), Fernando Tallada (Barcelona 1881-Barcelona 1937), Antonio García Varela (Carballiño [Ourense]- Madrid 1942), Pedro González Quijano (Jerez 1870-Madrid 1958), Carmelo Benaiges (Tarragona 1879-Zaragoza 1976), Ernesto Winter (Gijón 1872-Oviedo 1936),  Rodrigo de Rodrigo y José Giral (Santiago de Cuba 1872-México 1962).

Es decir en ese grupo había destacados dirigentes políticos republicanos, como el presidente del Congreso de los Diputados el filósofo socialista Julián Besteiro, -de quien ya dimos noticias en una entrada anterior-, el ministro de Marina y ex rector de la Universidad de Madrid el químico José Giral, sobre el que recientemente Javier Puerto ha escrito una monumental biografía, apoyada en el archivo privado de ese prominente científico y político que los descendientes de José Giral donaron al Archivo Histórico Nacional no hace muchos años y el notable diputado Angel Ossorio y Gallardo, un jurista poliédrico de posiciones políticas socialcristianas, que había sido ministro de Fomento entre 1919 y 1920, y que desde 1928 era integrante de la Unión internacional para el estudio científico de los problemas de población.

De estos políticos solo se implicaría en las labores de la FNICER, y por ciertos períodos de tiempo, Julián Besteiro. Ossorio y Gallardo ya manifestó en la primera sesión del patronato, celebrada el 24 de octubre de 1932, “su extrañeza de verse llamado a cooperar en un servicio de investigaciones científicas, cuando su vida, en la política y en el foro, le ha llevado por otros caminos”. El ministro Fernando de los Ríos, presente en esa sesión fundacional, le explicó, según consta en el acta que “podrá aportar, no solo su preparación científica en los estudios a que se ha dedicado, sino su fino sentido crítico y la representación política de un sector de opinión del país en los problemas de cultura y de riqueza que la Fundación ha de abordar”. José Giral, sin embargo, presentó su dimisión, con carácter irrevocable, desde que fue nombrado, por motivos que convendría averiguar. Sería sustituido en la sesión del patronato de 12 de mayo de 1933 por el catedrático de Química Orgánica de la Facultad de Farmacia Antonio Madinaveitia (Madrid 1890-México 1974).

También estaban presentes dos economistas, especialistas en cuestiones hacendísticas, el asturiano José Pedregal, de familia republicana, pues su padre fue ministro durante la Primera República, él mismo ministro de Hacienda por cuatro meses entre 1922 y 1932 cuando militaba en el Partido Reformista de Melquíades Alvarez,  y vinculado a la Institución Libre de Enseñanza de la que llegó a ser su presidente por varios años;  y el aragonés Agustín Viñuales, integrante del partido azañista Acción Republicana, director general del Timbre cuando fue nombrado miembro del mencionado patronato, catedrático de Economía Política de la Facultad de Derecho de la Universidad de Granada desde 1918 y catedrático de Hacienda Pública de la Universidad Central a partir de enero de 1933. Entre junio y septiembre de 1933 sería ministro de Hacienda en un gobierno presidido por Manuel Azaña.

Dos significados catalanes fueron también nombrados miembros del patronato de la FNICER. Uno el economista y político Pedro Corominas o Pere Coromines, diputado en las Cortes, militante de Esquerra Republicana de Catalunya desde 1932, había sido consejero secretario del Banco de Catalunya, y presidente del Ateneo Barcelonés entre 1928 y 1930. En 1933 fue nombrado consejero de Justicia y Derecho de la Generalitat de Catalunya. También fue presidente del Institut d’Estudis Catalans de manera intermitente de 1931 a 1937. El segundo era  Ferran (o Fernando) Tallada Comella, catedrático de Cálculo y Mecánica Racional de la Escuela de Ingenieros de Barcelona desde 1907. Este ingeniero tenía sólidos conocimientos matemáticos y de la nueva física. Por la información disponible parece ser que la participación de Pere Coromines y de Fernando Tallada en las tareas del patronato fue mínima. De las 25 reuniones celebradas por el patronato entre el 24 de octubre de 1932 y el 11 de enero de 1937, Corominas solo asistió a una reunión -el 20 de junio de 1934- y Tallada a ninguna.

 

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Pedro Corominas Montaña o Pere Coromines i Montanya

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El grupo profesinal más numeroso de los miembros de ese patronato estuvo formado por los ingenieros. De ellos cabe destacar: al ingeniero jerezano Pedro González Quijano, un especialista en el cálculo de probabilidales, en Hidrología y geografía hidráulica y profesor de Hidrología en la Escuela de Ingenieros de Caminos de Madrid; al ingeniero de minas Ernesto Winter, quien había escrito en 1922 Elogio de la inquietud con prólogo de Fernando de los Ríos, director del Orfanato Minero de Oviedo desde 1930 y vilmente asesinado, junto a su hijo mayor, por fascistas en Oviedo en el otoño trágico de 1936, según evocara en un vibrante y emotivo texto Gregorio Morán (ver aquí) y al ingeniero geógrafo y catedrático de Hidráulica General y Agrícola y complementaria de Ingenieria Sanitaria de la Escuela Especial de Ingenieros Agrónomos desde 1925 Carmelo Benaiges.

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Pedro González Quijano

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Ernesto Winter

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De todos ellos el que mantuvo un compromiso más activo con el consejo de administración o patronato de la FNICER fue Pedro González Quijano, asistente a casi todas sus reuniones, y presidente de la última sesión celebrada el 11 de enero de 1937 en un Madrid en guerra cuando Teófilo Hernando había huido a Francia para encontrar refugio en París.

Antes de su abandono de Madrid dos personas que colaboraron estrechamente con Teófilo Hernando en las reuniones del patronato de la FNICER, y en el día a día de ese organismo, tal y como consta en sus actas fueron: el catedrático de Fisiología Vegetal y director del Jardín Botánico desde finales de 1930 Antonio García Varela, y el verdadero hombre fuerte de este nuevo organismo impulsor de la política científica republicana el director administrativo de la FNICER José Castillejo, algunos de cuyos rasgos físicos fueron definidos así por su esposa, la inglesa Irene Claremont: “Bajo la calva-cúpula, flanqueada por corto pelo negro, resaltaban, castaños y dulces, los ojos más bondadosos que he visto en mi vida”, como ya recordé en otro lugar (ver aquí).

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José Castillejo

 

Como colofón de esta entrada cabe decir que  a pesar del esfuerzo efectuado por Justo Formentín y Esther Rodríguez Fraile allá por el año 2001 al dar a conocer las Actas del Consejo de Administración o Patronato de la FNICER queda aún mucha investigación por hacer para conocer a fondo el funcionamiento de ese singular instrumento de la política científica republicana. Su importancia radica en que fue concebido para complementar a la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, favorecer la conexión de las investigaciones científico-técnicas con el tejido empresarial de la España republicana, e intensificar la descentralización de su sistema científico-técnico en aquellos agitados años de la década de 1930.

 

(1). David Castillejo, Los intelectuales reformadores de España. Epistolario de José Castillejo. vol. III. Fatalidad y porvenir 1913-1937, Madrid, Editorial Castalia, 1999, p. 672-677.