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Cuaderno de investigación de Leoncio López-Ocón sobre las reformas educativas y científicas de la era de Cajal. ISSN: 2531-1263


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Una salutación de Ignacio Bolívar en el inicio del VI Congreso Internacional de Entomología

A finales del verano de 1935 la situación de la República española era paradójica. Como consecuencia de los graves acontecimientos que se habían sucedido en octubre de 1934 -sublevación obrera en varios puntos del país, particularmente intensa en Asturias que se saldó con una violenta represión, y conato independentista en Cataluña- estaban suspendidas las garantías constitucionales, el país se encontraba en estado de alarma y no existía libertad de opinión. Pero la efervescencia científica y cultural era notoria, de lo que hay abundantes testimonios en la prensa de aquellos días.

Así en la mañana del viernes 6 de septiembre de ese año se inauguró en la Residencia de Estudiantes de Madrid, con la presencia del presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, el VI Congreso Internacional de Entomología, al que estamos dedicando varias entradas en esta bitácora. 

Los diarios vespertinos de esa jornada, Heraldo de Madrid La Voz, dieron cobertura al acontecimiento que congregaría en la capital española por varios días a los más destacados entomólogos del mundo.

 

Congreso Alvarez Sierra Cajal

Congreso Residencia estudiantes

Pero fue el periódico matutino El Sol el que ofreció ese viernes su primera página para dar cabida al presidente del comité organizador, Ignacio Bolívar. Este naturalista “benemérito” -tal y como lo calificara días después Miguel de Unamuno en un artículo que publicara en el diario Ahora como señalé en la entrada anterior de esta bitácora– se encontraba entonces en la cúspide de su influencia política y social como director del Museo Nacional de Ciencias Naturales y presidente de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas. Y “con su fresca y a la vez antigua vejez”, al decir de Unamuno, en el culmen de su carrera científica que había iniciado más de medio siglo atrás, desde que se constituyó la Sociedad Española de Historia Natural en 1871. 

Portada El Sol

En su artículo “España, paraíso de los naturalistas” explicaba a los variopintos lectores de ese periódico, pertenecientes en su mayor parte a los sectores cultos del país, por qué Madrid había sido elegida sede de esa importante reunión científica. Mostraba además la importancia de las investigaciones de los entomólogos más punteros del mundo para esclarecer problemas vitales relevantes como la herencia, la determinación del sexo y la reproducción asexual, y su convicción de la importancia de los artrópodos, de los que se estimaba más de un millón de especies para esclarecer relevantes problemas biológicos. Informó finalmente que el hecho de que España fuese considerada como un “paraíso” para los naturalistas explicaba el éxito de la convocatoria del comité organizador de ese congreso, en el que desempeñó un papel relevante su hijo Cándido Bolívar Pieltain. 

Dado su interés me permito reproducirlo tal cual.

 

Ignacio Bolivar hacia 1935

 

España, paraíso de los naturalistas por el profesor Ignacio Bolívar

La vasta extensión que ha tomado el estudio de la Entomología ha obligado a segregar casi por completo de los Congresos zoológicos los asuntos relacionados con aquella ciencia y a celebrar reuniones exclusivamente dedicadas a ella, siendo ésta la razón de los Congresos entomológicos; de los que ha comenzado a efectuarse en Madrid, es el sexto de la serie de los que vienen celebrándose cada tres años desde que se verificó en Bruselas la primera de estas reuniones, a la que sucedieron las de Oxford, Ithaca, Budapest y París. En esta última reunión, celebrada en 1932, coincidiendo con el primer centenario de la Sociedad Entomológica de Francia, se tomó por aclamación el acuerdo de que el VI Congreso se verificara en Madrid, desechando proposiciones muy ventajosas de otros países ante el deseo de conocer los progresos del nuestro en esta ciencia, acreditados ya por numerosos escritos y publicaciones, bien conocidos y reputados en el Extranjero, que han valido a los entomólogos españoles puesto y consideraciones honoríficas en las anteriores reuniones.

El conocimiento del insecto como entidad zoológica, de por sí interesante y fecundo para las ciencias naturales, ha centuplicado su importancia por haber suministrado a la Biología general y a la Biología aplicada datos importantísimos que han contribuido por modo extraordinario a su progreso y desarrollo. Cada vez son mayores las aportaciones del estudio de los insectos a aquellas ciencias, pues los biólogos más eminentes han hallado en estos pequeños seres un material precioso e insustituible para sus ensayos y experimentos sobre las cuestiones más abstrusas de los problemas vitales, como la herencia, la determinación del sexo, la reproducción asexual, etc. etc. ¿Dónde encontrar un agente como la diminuta mosca llamada “Drosophila”, que a la extrema facilidad con que puede cultivarse reúne la asombrosa fecundidad de producir hasta 25 generaciones al año, lo que en veinte años da un equivalente de 125 siglos de la vida humana, o como la “Phytodecta”, que viene estudiándose en los laboratorios de nuestro Museo, que ofrece un número de variedades cuya combinación y transmisión da tanta luz sobre ciertas modalidades de la herencia mendeliana relacionadas con los cromosomas sexuales? ¿Dónde hallar un conjunto tan considerable de formas y una tan diversa gradación que sean más apropiados para el estudio de las relaciones del medio con el ser vivo y en el que su influencia en la evolución de las especies sea más patente y más instructiva?

Los trabajos de la escuela de Morgan sobre el primero de los insectos citados, como tantos otros de diversos autores, sobre insectos y crustáceos muy diversos, aparte de su interés teórico, han contribuido enormemente a que veamos hoy completamente dilucidados problemas zootécnicos que parecían oscurísimos. Gracias a las experiencias de H.J. Muller, de R. Goldschmidt y de otros eminentes sabios, se han manifestado caminos francos para las investigaciones sobre el transformismo experimental y se ha demostrado la influencia considerable que ciertas radiaciones pueden ejercer en las mutaciones germinales; Pictet ha señalado que variando las condiciones de cría de ciertas especies de lepidópteros como la “lasiocampa” de la encina, se producen variaciones somáticas análogas a las hereditarias en especies de repartición geográfica conocida; hechos, como se puede comprender, de extraordinaria importancia para el conocimiento de la evolución de las especies; en suma, se ha demostrado que no existe ningún material más a propósito para el estudio de los trascendentales problemas de la Biología como el que ofrece la Entomología en su más amplia concepción, abarcando el estudio total de los artrópodos, en los que están incluidos los crustáceos y también los arácnidos, que de sus precursores, los merostomas, seres de formas extrañas y como de ensueño, han heredado lo que tienen de poco atrayente y aun repulsivo.

En verdad, como dice Marchal, no les ha faltado tiempo a los artrópodos para realizar tan asombrosa producción de formas y diversificación de especies, pues que existiendo desde los tiempos geológicos más antiguos los factores evolutivos, han podido alcanzar todo su desarrollo y ejercer su acción sobre los seres vivos que pudieron creerse formados de una materia plástica, de tal modo obedecen a las influencias externas sin embargo de estar, por lo común, protegidos por cubiertas quitinosas bastante resistentes; tal es su acomodación a la vida libre, ya se efectúe en un medio seco o, por el contrario, en el agua dulce o salada, o en el interior de sustancias inorgánicas o de las orgánicas más diversas. Así vemos que el número de especies hoy conocidas se aproxima a un millón, aun descontando las que han sido descritas como nuevas varias veces, pues las hay con más títulos en su nomenclatura que los que pueden ostentar la más linajuda casa de la más rancia nobleza.

Hoy supera, como se ve, el número de especies conocidas a todas las de los restantes grupos zoológicos. Calcúlese si entre tantas formas diversas no se han de mostrar ejemplos y material de estudio para las investigaciones biológicas; esto explica la extraordinaria importancia que se reconoce hoy a la Entomología.

El Congreso de Madrid ha logrado despertar la atención de gran número de naturalistas de todos los países; los Gobiernos de muchas naciones, así como las Academias, Universidades, sociedades científicas, etc., han enviado Delegaciones, algunas extraordinariamente notables por el número y mérito de sus componentes, según puede verse en los programas publicados por el Comité del Congreso. España siempre fue considerada como el paraíso de los naturalistas, y en esta ocasión justifica esta idea el interés con que han acudido entomólogos de los más remotos países. Esperemos el resultado de los trabajos y deliberaciones del Congreso de Madrid, no dudando de que ha de corresponder a aquel renombre tan justificado y a la asistencia de tan ilustres naturalistas, venidos a nuestro país para dar cuenta de sus últimas y más importantes deliberaciones.


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Rey Pastor hace un balance de la situación científica española y argentina en vísperas de la guerra civil

Julio Rey Pastor sello

 

En las primeras semanas de 1936 el matemático riojano Julio Rey Pastor (1888-1962) -uno de los líderes científicos de la generación de 1914-, quien desde 1921 tenía su base de operaciones en Buenos Aires, viajó a Italia para impartir conferencias en las universidades de Génova, donde fue presentado por Gino Loria (1862-1954) y de Padua y en el Instituto Matemático de la Ciudad Universitaria de Roma, que dirigía el profesor Gaetano Scorza (1876-1939).

De regreso a Sudamérica recaló en Madrid, donde tenía fuertes vínculos y numerosos discípulos. Uno de ellos era un joven matemático, al que ya hemos seguido en esta bitácora (ver aquí), que era en los meses previos al estallido de la guerra civil un asiduo colaborador del diario El Sol. Me refiero a José Gallego Díaz, padre de la actual directora del diario El País Soledad Gallego-Díaz, el cual decidió entrevistar a su maestro. Ese diálogo, publicado en las páginas de El Sol del sábado 11 de abril de 1936, pocos días después de la destitución del Jefe del Estado Niceto Alcalá-Zamora por el Parlamento surgido de las elecciones del 16 de febrero de 1936, nos ofrece información de interés sobre lo que opinaba un relevante científico, como era Julio Rey Pastor, de la situación de la ciencia que se hacía en España y la Argentina por aquella época.

Dado el interés documental de esta entrevista me permito transcribirla tal cual.

P. ¿En cuál parcela de las disciplinas científicas cree usted que el espíritu español ha marcado más honda huella en lo que va de siglo?

R. En las ciencias que pueden llamarse “geográficas”; esto es, en el estudio de nuestro solar, de nuestra historia, de nuestra raza. Nuestros naturalistas, primero, nuestros filólogos, después, nos han librado de la vergïenza de que los investigadores extranjeros tuvieran que descubrirnos y administrarnos nuestros bienes. La escuela de Bolívar, con su gran obra de catalogación, preparó el terreno para que los nuevos naturalistas puedan elevarse a otros planos de las ciencias naturales, siguiendo las huellas de Cajal, figura máxima y eternamente ejemplar de nuestra historia científica. La escuela de Menéndez Pidal, figura pareja en la escrupulosidad instrumental  y en el vuelo teorético, es también universalmente conocida y estimada, según tengo oido a grandes filólogos alemanes; la obra concienzuda de [Tomás] Navarro Tomás, la aguda crítica literaria de [Américo] Castro, los estudios medievalistas de Sánchez Albornoz y tantas otras figuras que han levantado la monumental “Revista de Filología”. La escuela de nuestros arabistas, cuya cumbre máxima es hoy la gran figura de Asín, encontró al fin la protección que merece tamaña empresa de descubrimiento de España. Empresa que justamente se inicia en los comienzos del siglo por obra de filósofos, ensayistas y literatos, cuyos nombres están en la mente de todos y que es la obra epónima del primer tercio ya vivido.

P. ¿Y cuál cree usted que debe ser la Empresa científica española en lo sucesivo?

R. Sin abandonar, claro está, los problemas de casa, es cuestión de honor nacional intensificar la incipiente colaboración en las ciencias “universales” para pensar en ellas y contribuir a sus progresos. Se ha comenzado, como es natural, con ejercicios experimentales, por cierto muy escrupulosos y meritorios, que acumulan valioso material para el futuro avance de la Física, Química y demás ciencias no racionalizadas: los progresos en este orden de actividad son enormes, y justo es rendir tributo a Cabrera, (1878-1945), Palacios (1891-1970) y Moles (1883-1953),  sus principales propulsores en Madrid, sin olvidar a Emilio] Jimeno [Gil] [1886-1976], que en Barcelona realiza meritísima labor orientada hacia la técnica.

Es de esperar que las generaciones así adiestradas en la experimentación cuidadosa han de colaborar pronto en la construcción de la Física, esto es, en la formulación de leyes, descubrimiento de fenómenos y aun quizá en las grandes concepciones teóricas que caracterizan el momento actual. Hasta ahora creo que el único descubrimiento experimental ha sido el de los multipletes del espectro realizado por [Miguel] Catalan (1894-1957) en Inglaterra.

P. ¿Y cree usted que llegaremos a los descubrimientos y a las creaciones teóricas?

R. Es ley natural de evolución, y todo es cuestión de tiempo. Cuando fundé el Laboratorio de Matemáticas, a petición de la Junta para Ampliación de Estudios, hubo que comenzar con trabajos de investigación matemática experimental, que exigiesen muchos aparatos; primero, por ser cuestiones que requieren más paciencia que genio, y permiten hasta a los más torpes imprimir mucho papel, justificando ante el Estado los dineros gastados; después, para satisfacer a las autoridades de la institución, impregnadas, como es natural, del espíritu positivista dominante en el siglo XIX, que rendía culto fetichista al vidrio y al metal. Al cabo de los años tales aparatos han sido arrumbados, pues hay ya un núcleo de jóvenes que colaboran en el movimiento universal de la Matemática teórica con aportaciones que todavía no tienen gran trascendencia; pero ya son tomadas en consideración a la par de otros trabajos que se producen en todo el orbe culto.

P. ¿Cuáles son las figuras sobresalientes en esta generación de investigadores?

R. No hay incoveniente en citarlas en el orden cronológico de su aparición en nuestro firmamento, antes tan nublado: [Ricardo] San Juan (1908-1969), que ya lleva publicadas interesantes comunicaciones en revistas internacionales; Flores, cuyos ingeniosos métodos topológicos tienen gran exito entre los especialistas, [Sixto] Ríos, (1913-2008)  que ha completado un importante capítulo de la hiperconvergencia; [Lluis] Santaló (1911-Buenos Aires 2001), cuyas aportaciones a la novísima geometría integral merecen altos elogios de Blaschke; el catalán [Pere] Pi Calleja (1907-1986), de la escuela de Terradas y Torroja, que se ha iniciado con una estimable nota en acreditada revista alemana (1), y de quien esperamos óptimos frutos.

P. ¿Qué valor relativo tiene este progreso respecto del realizado en otras ciencias?

R. Alejado definitivamente de la Universidad española, por resolución ministerial, y convertido en predicador ambulante por el viejo y el nuevo mundo, vida plenamente internacional que me mantiene en contacto con hombres de ciencia de países diversos y especialidades varias, creo gozar de la lejanía necesaria para abarcar amplio horizonte y poder comparar hombres y cosas sin los errores de perspectiva que ocasiona la cercanía.

Quien se coloque así, en plano de imparcialidad, verá lo que en el momento actual representa la producción científica española de mas alta envergadura, a pesar de su modestia; sin dejar de reconocer el valor que tienen los experimentos de comprobación y rectificación de resultados ajenos o su extensión a casos análogos más o menos difíciles, dirección que también convendría fuese seguida por algunos jóvenes matemáticos.

P. Usted que conoce como nadie el mundo científico suramericano, ¿estima la producción actual de allá comparable con la nacional?

R. Nota característica de toda juventud sana es la ambición, y lógico es que la juventud de un país joven lo sea doblemente; los noveles investigadores de los paises suramericanos quieren estrenarse con un disparo de tan largo alcance, que casi siempre yerran el tiro sin dar en blanco alguno. Muchos debutan, no con la resolución de un problema concreto, sino con la creación de una teoría, empresa mucho más lucida y a la par menos comprometida, sobre todo si no sirve para nada concreto. Hay, sin embargo, en Buenos Aires y La Plata algunos jóvenes laboriosos, que conocen y manejan la matemática con fruto estimable, aunque no proporcionado a sus ilusiones. La generación anterior, llamada de la Reforma de 1918 (que consistió en desalojar a los viejos caciques para ocupar sus puestos), se ha dedicado a la política universitaria y a la divulgación de conocimientos; confiamos en que la nueva generación, a pesar del ambiente mefítico para la investigación desinteresada que ha creado el absurdo sistema de elecciones académicas, único en el mundo, y a pesar de las trabas que habilmente le ponen quienes temen ser superados, logre realizar obra más estimable y duradera.

A este interesante diálogo entre dos matemáticos españoles que realizarían el grueso de su obra en tierras americanas añadió la siguiente coda el entrevistador, pocos meses antes de comprometerse activamente con el bando republicano durante la guerra civil. En efecto José Gallego Díaz finalizó su artículo-entrevista a Julio Rey Pastor rindiendo un pequeño homenaje a ese “predicador ambulante” de las matemáticas modernas.

“Nos despedimos del eximio maestro, cuyos ojos se iluminaron de alegría mientras nos hablaba del actual renacimiento de la matemática española. Y nosotros conmemoramos aquí su gesto magnífico, iniciado hace más de veinte años, cuando, al remontarse en vuelo aquilino sobre las llanuras desoladas y yermas, sembró con viva fe, entre las dudas y los recelos de siempre, el germen inmortal de las inquietudes superiores”.

J. GALLEGO DÍAZ

 

(1) Posiblemente se refiera al trabajo titulado “Über die Konvergenzbedingungen der komplexen Form des Fourierschen Integrals”, en Mathematische Zeitschrift, 40 (1935), págs. 349-374.


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El homenaje a un joven catedrático de Medicina en el Madrid de 14 de febrero de 1936

Si en la última entrada de mi bitácora fijé la atención en el homenaje que un grupo de amigos brindaron a María Teresa León y Rafael Alberti el domingo 9 de febrero de 1936 ahora me traslado a unos días después -al viernes 14 de febrero-. En esa ocasión fueron 23 médicos quienes se movilizaron para homenajear a uno de los suyos, a alguien que sería importante posteriormente en la medicina española, como fue el caso del doctor Manuel Díaz Rubio Lurueña (Madrid 1908-1976), creador de la hepatología en España. Como veremos a continuación ese homenaje sirvió para que la escuela de Jiménez Díaz sacase músculo ante los méritos de un joven médico pensionado en el extranjero que obtuvo su cátedra a los 28 años, en otra muestra del rejuvenecimiento que se produjo en las plantillas universitarias durante la Segunda República.

Nuestra fuente de información es la siguiente noticia aparecida en la segunda página del diario republicano La Libertad, uno de cuyos subdirectores era el padre del periodista Eduardo Haro Tecglen, del jueves 13 de febrero de 1936

EN HONOR DE UN CATEDRATICO

“Habiendo sido nombrado, después de reñidas oposiciones, para ocupar la cátedra de Patología médica de la Facultad de Medicina de Cádiz el joven doctor D. Manuel Díaz Rubio, y deseando expresar a éste nuestro entusiasmo por su triunfo y nuestra admiración por su intensa labor científica, con tanta modestia llevada a cabo al lado de sus maestros, un grupo de amigos y compañeros se reunirá para ofrecerle un sencilo homenaje que le sirva de estímulo en su labor docente y profesional.

Doctores Leonardo de la Peña (Ciudad Real 1875-Madrid 1957), Carlos Jiménez Díaz (Madrid 1898-1967), Lorenzo Gironés (Barcelona 1902-Managua 1955), Felipe Morán, Heliodoro G. Mogena, [especialista del aparato digestivo], Victoriano B. Acosta  [Ayudante de Otorrinolaringología de Antonio García Tapia desde 1933[,  Baldomero Sánchez Cuenca (Alcalá la Real-Jaén 1896-Madrid 1967) [discípulo de Jiménez Díaz],  Miguel Sancho, Alfonso de la Peña (Valladolid 1904-Madrid 1971),  Francisco Bielchowsky, [exiliado  de la Alemania nazi e hijo de Max Bielschovsky quien había solicitado a Cajal que le acogiese en Madrid, habiéndose incorporado a la clínia de Carlos Jiménez Díaz a principios de 1933 como ya señalé en mi edición de Los tónicos de la voluntad de Cajal], Luis Recatero, Carlos Albert, José de Paz, Francisco Vega Diaz (Sevilla 1907-Madrid 1995), Juan López Brenes, Darío del Pozo, Angel Suils (Logroño 1906), [gestionaba una clínica siquiátrica en Ciudad Lineal al empezar la guerra civil donde se refugiaría el fundador del Opus Dei José María Escrivá de Balaguer] Manuel Marcos, Carlos Lorca, Luis Cifuentes (Madrid 1907-2005), Manuel Arredondo (Madrid 1879- ?), Antonio G. Tapia (Ayllón, Segovia, 1875-Madrid 1950), Plácido G. Duarte (Carcelén 1897-Madrid 1986).

El banquete se celebrará mañana, 14 de Febrero, a las diez de la noche en el restaurante Capitol. Las tarjetas para el acto se pueden recoger en la portería del Hospital Clínico de San Carlos hou jueves, y mañana viernes, de diez a una y media de la mañana y hasta las seis de la tarde del mismo día en la Conserjería del edificio Capitol”.

Ese edificio Capitol, uno de los símbolos de la Gran Vía madrileña se había inaugurado el 15 de octubre de 1933. Su restaurante tenía unas magníficas vistas sobre la ciudad como subraya M.G. Giménez en su interesante blog sobre Antiguos cafés de Madrid (ver aquí).

Vcisitudes posteriores de ese colectivo de médicos pueden seguirse en trabajos como en la obra autobiográfica de F. Pérez Peña, Los últimos clínicos de San Carlos. Estampas y Vivencias de la Facultad de Medicina de San Carlos.

Añadiré que muchos de esos médicos habían sido alumnos, discípulos o colegas de Cajal, cuya huella seguía viva y omnipresente en el Madrid de 1936. Días antes del banquete mencionado, el jueves de la semana anterior, el 6 de febrero, se había representado en el teatro Victoria de Madrid, con gran éxito de crítica y público “Nuestra Natacha” de Alejandro Casona, estrenada el otoño anterior en Barcelona. Pues bien nada más iniciarse la obra el público podía apreciar cómo presidía la habitación de la Residencia de Estudiantes donde se desarrolla el acto primero un retrato de Cajal que parece inspirar la labor de algunos de los protagonistas de la obra como el médico Somolinos, doble del que sería en México un gran historiador de la medicina Germán Somolinos, o el entomólogo Mario, e incluso me atrevería a decir de la misma protagonista “Natacha”, la primera mujer doctora en Pedagogía surgida de una universidad española, con la misma voluntad pedagógica que Cajal.


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Una reseña de José Gallego Díaz a una obra conjunta de los matemáticos Julio Rey Pastor y Pedro Puig Adam de 1933

elementos-geometria-racional-1

 

En 1933, un año especialmente significativo en la producción científica, en el empuje educativo y en la labor cultural de la Segunda República española, apareció en las librerías un importante libro didáctico que un joven matemático reseñó así en las páginas del diario El Sol del miércoles 3 de enero de 1934

J. REY PASTOR y P. PUIG ADAM: “Elementos de Geometría racional”. Tomo I: Geometría plana. Madrid, 1933. Un volumen en 8º, de 296 páginas, encuadernado.

No es la primera vez que colaboran ambos insignes profesores en la publicación de obras de carácter didáctico, y como siempre, la originalidad en la exposición se encuentra unida a una claridad admirable en los conceptos. Así, en estos “Elementos de Geometría racional”, destinados a los alumnos de tercer año de bachillerato, pueden comprender los espíritus aferrados a la rutina en la enseñanza – y que, por desgracia, abundan más de lo que fuera de desear- las ventajas que reporta la elección de un texto que rompe con la cómoda tarea de establecer teoremas apoyándose en argumentos de apariencia irreprochables y que no son sino el disfraz de falsas construcciones, hundidas ante el menor examen crítico. Una vez explicada la admisión de un cierto número de postulados, la teoría se edifica sobre el sólido cimiento del rigor, eliminando de la arquitectura del conjunto todo detalle superfluo que distraiga la atención del lector, la cual discurre por seguros cauces con un mínimo esfuerzo y un máximo rendimiento total.

[Anotemos que ] Los autores han cuidado muy especialmente de seleccionar más de 250 ejercicios, que, distribuidos al final de las elecciones, contribuyen a ejercitar al lector en la práctica de los conocimientos adquiridos y a que se entere del abismo que separa el “saber cómo se resuelven los problemas” del “saber resolverlos por sí mismo”.

Merecen señalarse diversos puntos que no estamos acostumbrados a ver en estas obras de carácter elemental. Tales son la introducción del grupo armónico [el tratar el problema de la costa o de Pothenot, en el capítulo de lugares geométricos]; el destacar las significaciones físicas de las simetrías; la nueva y plausible definición que el Sr. Puig aporta a la equivalencia de polígonos [la nueva definición -por todos conceptos plausibles- que el Sr. Puig da de equivalencia de polígonos]; las determinaciones del centro y del eje radical; idea de la construcción del pantógrafo, etc., etc.

La obra de perfecta presentación tipográfica e ilustrada con cerca de trescientas figuras termina con un bello apéndice sobre los métodos para la resolución de los problemas geométricos.

José GALLEGO DÍAZ

 

Ese firmante, José Gallego-Díaz Moreno, era un joven matemático , de apenas veinte años, pues habia nacido en la ciudad jienense de Ubeda, en la Andalucía oriental, en 1913. Su biografía ha sido evocada por José Alvarez-Cornett en una interesantísima entrada de su blog en el que da cuenta de las aportaciones de científicos extranjeros al desarrollo cultural de Venezuela, país en el que fallecería el mencionado José Gallego-Díaz en 1965, tras haber sido padre en 1951 de la flamante directora de El País Soledad Gallego-Díaz, y exiliarse a las Américas en 1956. (ver aquí).

El original de la mencionada reseña se encuentra entre los papeles de Julio Rey Pastor, que el Instituto de Física Experimental del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha digitalizado.  El texto manuscrito se adecúa casi en su totalidad con la reseña aparecida en el diario El Sol el 3 de enero de 1934. Las diferencias entre ambos textos están marcadas por los corchetes que he insertado en la transcripción.

bibliografia libro de Rey Pastor y Puig Adames

Comparando los dos textos de la aludida reseña es fácil reconstruir el camino que siguió el texto de un joven José Gallego-Díaz desde que lo elaboró hasta que llegó a las páginas de El Sol, un diario al que se puede considerar un lejano antecedente del actual diario El País, y que daba cobertura a las actividades científicas de Rey Pastor. Este matemático, que en aquellos tiempos republicanos combinaba sus tareas docentes e investigadoras entre Madrid y Buenos Aires, convencería a uno de sus discípulos más brillantes para que le ayudase a divulgar un libro que se adecuaba perfectamente al esfuerzo de renovación educativa que estaba impulsando la Segunda República en las aulas de bachillerato. Así lo estamos intentando mostrar en el proyecto de investigación “Dinámicas de renovación educativa y científica en las aulas de bachillerato en el primer tercio del siglo XX: una perspectiva ibérica”, dos de cuyos resultados serán el libro Aulas abiertas, de próxima publicación por la editorial Dykinson y la Universidad Carlos III y el diccionario on-line JAEeduca. Diccionario de profesores de instituto vinculados a la JAE (1900-1936), en el que precisamente hay una entrada dedicada a Pedro Puig-Adam (ver aquí), el tercer personaje de esta historia que he evocado en esta entrada. Así añadimos un dato más a la noticia biográfica de José Álvarez-Cornett ya mencionada, y resaltamos la interesante  labor pedagógica y científica de un matemático, injustamente olvidado, al haberse exiliado al continente americano, y padre de una destacada periodista, como es Soledad Gallego-Díaz, la primera mujer que dirige el diario El País.

 


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La producción española de obras de economía hace un siglo: un balance de Luis Olariaga

Luis Olariaga (Vitoria 21 de marzo 1885-Madrid 3 de agosto de 1976) fue un importante economista en la España de la primera mitad del siglo XX. Tras haber sido pensionado por la JAE para hacer estudios de Economía Política en Berlín obtuvo en 1917 la cátedra de Política social y Legislación comparada del trabajo en la Facultad de Derecho de la Universidad Central. Cuando a finales de ese año nació el diario El Sol  fue llamado por Nicolás de Urgoiti, vasco como él, y por José Ortega y Gasset para hacerse cargo de la Hoja semanal de Ciencias Sociales y Económicas que ese diario publicaba todos los miércoles.

En el número correspondiente al miércoles 20 de febrero de 1918 publicó un interesante artículo sobre “La investigación científica de la economía española” que me parece oportuno dar a conocer en esta bitácora por la relevante información que ofrece acerca de cuál era la situación de la investigación de una de las ciencias sociales emergentes en la España de hace un siglo, como era la economía. En ella tenía una posición de liderazgo el Seminario de Economía Política de Flores de Lemus, como queda patente en el texto que se ofrece a continuación.

            En nuestras manos ha caído un librito publicado por la Academia Universitaria Católica con el título “Documentos de asunto económico correspondientes al reinado de los Reyes Católicos”. En él van contenidos los trabajos realizados durante los cursos de 1915 a 1916 y 1916 a 1917 por los alumnos del laboratorio de Historia de la Economía social en España que en la citada academia dirige el catedrático de Historia de la Universidad central, don Eduardo Ibarra.

            Es la primera vez que expresamos en la Prensa nuestra opinión sobre publicaciones españolas que traten temas de carácter económico. Repetidas veces hemos sido invitados a ello, pero la falta de justificación para distraer la atención de los lectores nos ha impuesto un discreto silencio. De aquí que tampoco nos ocupemos habitualmente, en esta página, de comentar disertaciones que, basadas en esta clase de problemas, hacen ruido de vez en cuando en nuestros más solemnes centros de cultura.

           Hace no muchos días acudimos a la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación a escuchar una conferencia de D. Augusto González Besada acerca de “El crédito público después de la guerra”. Era nuestro propósito entresacar de las ideas que expusiera el Sr. González Besada aquellas que más relevantes nos parecieran para hacer en este lugar alguna pequeña glosa. Pues no nos fue posible sacar en limpio nada, sino que el Sr. González Besada, eminente hacendista y varias veces ministro de la Corona, en toda una Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, ante un auditorio de ex ministros, académicos y otros representantes muy principales del saber oficial, había tenido serenidad bastante para leer unos datos de una revista extranjera y aderezarlos con varias vaguedades de alarmante puerilidad, sin demostrar conocimiento ni estudio alguno de la trascendental cuestión que en el tema se enunciaba.

            Y como nos cuesta mucho tener que expresarnos en ese tono tan seco de antipatía, optamos entonces por callarnos, puesto que, al fin y al cabo, las recreativas veladas de nuestras Reales Academias no suelen ejercer sobre el país gran influencia.

           Mas hoy se nos presenta ocasión de mencionar cordialmente una obra que, aunque es modesta por ser labor de estudiantes, representa una orientación que puede ser fecunda para la investigación de nuestra economía; y aprovechamos la coyuntura para contrastarla con las tendencias que predominan actualmente en la producción española de obras de Economía.

            En dos categorías podemos separar la generalidad de los libros de esa clase que en España han aparecido en estos últimos años: obras de carácter general teórico y obras de política económica. Entre las primeras recordamos el libro de D. Joaquín Portuondo “Estudios de Economía social”, el de don Germán Bernácer “Sociedad y felicidad” y aun el de Pedro de Castilla titulado “El ahorro colectivo”. No es intención nuestra hacer un especial análisis, ni siquiera establecer el valor que pueda tener cada una de estas obras; nos interesa más bien su significación general con relación al fomento de los conocimientos económicos en nuestra patria. Desde este punto de vista se nos figura que cuantas obras de este tipo se han editado en España últimamente, representan un error. Tal clase de trabajos sólo pueden justificarse bajo uno de estos aspectos: como sistemas originales o como escrupulosa exposiciones de doctrinas ajenas. A ninguna de ambas exigencias responden las obras a que hacemos alusión. En unos casos se trata de la repetición confusa de un sistema ajeno, sin que, al parecer, el autor se dé cuenta clara de que sus conceptos fundamentales no son más que recuerdos que sus lecturas favoritas le han dejado. En este sentido es verdaderamente extraordinaria la influencia ejercida en nuestro país desde hace algunos años por Henry George. La explicación está, probablemente, en el talento lírico del agitador norteamericano, en su sencilla y profética visión de los problemas económicos, y en su falta de preparación científica, que le permitía desenvolver sus ideas con incauta pero absoluta confianza. El georgismo como manera de representarse la vida económica – pues suele llamarse también georgismo a muchas cosas que no lo son-, cuando se da en algún país de Europa, se da en el extrarradio de la zona científica, entre los periodistas, los literatos y las gentes de buena voluntad que tienen afición a los problemas generales económicos. También aquí, en España, los hombres que han escrito recientemente libros de Economía política bajo el influjo de Henry George son simplemente aficionados.

            Otras de las obras que nos referimos tienden a exponer las doctrinas de los principales maestros. Pero suelen adolecer de dos importantes defectos: primero, el uso excesivo de juicios de segunda mano o de representaciones fantásticas, por falta de conocimiento directo de las fuentes originales –así vemos, por ejemplo, incluir a Adolfo Wagner entre los historicistas alemanes y a Marshall entre los historicistas ingleses -; segundo, la falta de noticias acerca de toda la producción científica en la Economía política desde hace cincuenta años.

            Repetimos que, a nuestro juicio, es un error intentar hoy en España escribir ambas clases de obras: las que pretenden ser sistemas nuevos, porque –fuera de alguna rara excepción- carecemos de economistas suficientemente preparados y con capacidad para hacer una construcción fuerte y original, y las de exposición doctrinal, porque, aun cuando, afortunadamente, tenemos ya gentes jóvenes que conocen varios idiomas, han estudiado en las primeras Universidades de Europa y trabajan sobre las fuentes mismas…es más sencillo que hagan traducir un buen manual extranjero y dediquen, en cambio, su tiempo a otros trabajos de los que nuestra ciencia se halla en España tan necesitada.

            En cuanto a las obras de política económica que en estos años se han hecho editar, destacan por su amplitud las que escribió sobre “El problema agrario” y sobre “El problema económico de España”, el señor vizconde de Eza. Tanto en la una como en la otra, no pertenece al señor vizconde lo que hay de investigación estadística; en cambio, al señor vizconde se deben los datos puestos a ojo de buen cubero, los buenos deseos de regenerar a España y el caótico surtido de fragmentos de la sociología cristiana francesa repartidos profusamente en el texto con sistemática proporcionalidad. Todo nuestro respeto por personas sin duda bien intencionadas como el señor vizconde de Eza no nos excusa de afirmar que esa mesiánica pretensión de arreglar el país sin haber estudiado previamente con seriedad ninguno de sus problemas, podrá serle a él muy útil en nuestra política pintoresca, pero tenemos cierta aprensión de que no va a serle tan útil a la Economía política.

            De otro linaje son los trabajos recientes del Sr. Sánchez de Toca, algunos de los cuales ha recogido en un volumen titulado “Los problemas actuales de mayor urgencia para el gobierno de España”, y otros ha publicado en folletos separados. El señor Sánchez de Toca se plantea los problemas con más cautela y concreción; prepara con pulcritud su información, entra en ellos con agudeza y con fruición intelectual, y procura aclararlos.., si bien desde su punto de vista. Esto es lo a veces tiene de científicamente recusable: su punto de vista de hombre de negocios.

            Análogo reproche puede hacerse a casi todos los estudios de carácter político-económico que vienen de Cataluña: parecen más bien encargos de Ligas de productores y elaboraciones de oficinas de información. En Cataluña se hacen trabajos realmente objetivos en otras manifestaciones científicas, pero en la Economía política son demasiado raros.

            Y así estamos en España: aguardando a que se formen investigadores profesionales que nos vayan descubriendo la realidad pasada y presente de la economía nacional. No sabemos aún lo que España ha sido económicamente, ni lo que es, ni por consiguiente, lo que en el día de mañana podrá ser. Por esa razón nuestros partidos no están ligados poco ni mucho a doctrinas de política económica; y si alguno pretende estarlo –como el socialista-, se ha traído a cuestas de la luna unas doctrinas tan fantásticas, por lo inadecuadas, que no puede en ellas hallar el corazón español incitación alguna a liberarse de sus apuros económicos.

            No tenemos investigadores que busquen datos, los clasifiquen, los mediten, los elaboren y los conviertan en problemas reales. Unicamente allí, encerrado en su laboratorio del ministerio de Hacienda, el maestro Flores de Lemus – uno de los primeros investigadores de Europa- trabaja desde hace catorce años, anónima e incansablemente, en la dura faena de surtir de realidades a una política irresponsable que las malogra o desaprovecha casi siempre. Sus investigaciones sobre la Hacienda pública de España, algunas de las cuales forman el monumental trabajo que se atribuye a la Comisión que se nombró para el estudio de la sustitución del impuesto de consumos, y sus investigaciones de diversos problemas de nuestra economía, son la cantera de donde se sacan los únicos conocimientos precisos sobre la situación de la España actual, que en esta esfera del saber humano tenemos. Fuera de ese hombre, cuyo trabajo mejor está desperdiciando España inconscientemente, ¿qué puede decirse que haya juzgado honestamente? Ha sido preciso que un alemán –Leonhard– haya venido hace pocos años a nuestra patria a historiarnos la política agraria en tiempo de Carlos III, y que otro alemán – Rühe– nos haya hecho el estudio de nuestro problema monetario, y que otros extranjeros nos hayan legado la mayor parte de las restantes investigaciones que existen de nuestros problemas sociales y económicos.

            Por eso es altamente plausible la labor que está realizando en la Academia Universitaria Católica el señor Ibarra, con sus alumnos. Es menester continuar la obra histórica que Ignacio de Asso, Canga Argüelles y Colmeiro comenzaron. Tal vez los alumnos del Sr. Ibarra no puedan llegar a hacer una lucida elaboración del material histórico. Esa ha de ser necesariamente obra de hombres que tengan buena preparación de Economía, de hombres conocedores de instituciones análogas a las que se hayan de investigar, y que estén al tanto de los problemas generales de la ciencia que se ha de utilizar para valorar la Historia. Lamprecht, que fue uno de los historiadores generales de más renombre que ha tenido el mundo, no pudo dibujar, ni aproximadamente, la organización social de la ciudad medioeval alemana con la precisión y diafanidad con que lo hizo Inama-Sternegg, un economista de menos fama.

            Pero ningún trabajo bien orientado se pierde. Y como la ciencia se compone de muchas distintas averiguaciones que van armonizándose como los temas de una sinfonía, todo cuanto se haga por descubrir el sentido profundo de la vida pasada o de la vida presente ha de aprovecharse en una u otra forma. Las cátedras de Economía y Hacienda de nuestras Universidades se van llenando, por otra parte, de economistas jóvenes que han trabajado al lado del Sr. Flores de Lemus, y sabrán mostrar a las nuevas generaciones los caminos más certeros para llegar a saber algo en serio en esos asuntos. Y cuando tengamos en España unas docenas de hombres habituados a ver con sus propios ojos las cosas cuya significación económica trata de buscarse, y advertidos de la infinidad de matices y complejidades en que se dan los fenómenos de orden social, entonces podrán concebirse en nuestro país sistemas de Economía que no sean eco servil del pensamiento ajeno ni fantasías más o menos ingeniosas y más o menos pueriles. La ciencia económica se ha de tejer con ideas sutiles e impalpables, pero han de estar henchidas de innumerables referencias al mundo vital, al mundo de las realidades.

 

 

 


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Antes que Valentín Fuster ha habido en la sociedad española otros excelentes cardiólogos como Luis Calandre, pensionado de la JAE y colaborador de El Sol

En el diario El País del domingo 25 de febrero de 2018, en su última página, la periodista Luz Sánchez-Mellado, en la sección “Gente con luz”, entrevista a Valentín Fuster (Barcelona 1943), director del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares y del Instituto Cardiovascular del hospital Mount Sinai, de Nueva York. Algunos llaman a este eminente cardiólogo “El Apóstol del Corazón” por su labor investigadora y divulgadora.

En el marco de esa labor divulgadora llevada a cabo por cardiólogos españoles creo que ocupa un lugar distinguido la colaboración que firmó Luis Calandre Ibáñez (Cartagena 1890-Madrid 1961) en el diario El Sol el 19 de febrero de 1918, en su sección de Biología y Medicina, que dirigía su amigo el siquiatra Gonzalo Rodríguez Lafora y de la que era colaborador habitual hace un siglo.

Esa colaboración tenía como título “El corazón y el ejercicio“. Por su interés, y como muestra de la calidad de la labor divulgadora llevada a cabo por los investigadores españoles de hace un siglo, muchos de ellos formados gracias a los apoyos recibidos de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, que presidía Santiago Ramón y Cajal, me permito reproducirlo en esta bitácora.

Este es pues el contenido del mencionado artículo de Luis Calandre, que por aquel entonces era médico de la Residencia de Estudiantes e impartía clases al grupos de niños y niñas que vivían en ese centro educativo de la JAE.

            El corazón puede ser considerado como un perfectísimo aparato hidrodinámico que, con sus alternativos movimientos de contracción y de dilatación, y merced al adecuado funcionamiento de sus válvulas, hace circular sin interrupción por el interior del aparato circulatorio, la sangre, que habrá de llevar a todos los tejidos del organismo las substancias con que se han de nutrir.

            Se llama fuerza del corazón a la energía con que a cada contracción lanza su sangre a las arterias. De ordinario, para los menesteres de la vida corriente no despliega el corazón toda la potencia de que es capaz. Dispone todavía de la llamada fuerza de reserva, que tiene por misión entrar en actividad siempre que un esfuerzo cualquiera, como una marcha rápida, la subida de unas escaleras, el transporte de un objeto pesado, exige del corazón un mayor trabajo.

            Cuando la magnitud del esfuerzo llega a sobrepasar el poder de esta fuerza de reserva, sobreviene la fatiga. En las personas que hacen una vida sedentaria o en las que padecen de alguna lesión en el corazón, el caudal de fuerza de reserva es escaso, y la fatiga aparece prontamente con ocasión de un esfuerzo poco intenso.

            Bien conocidas son las molestias que se experimentan con motivo de una marcha rápida y prolongada o de la ascensión a una montaña. El corazón y el pulso se aceleran, siéntense palpitaciones intensas, la respiración es anhelosa y jadeante, la palabra se hace difícil; sobreviene una constricción penosa en el pecho, una opresión creciente, y más tarde un desfallecimiento general que hace imposible la continuación de todo movimiento. Después que el ejercicio se suspende, estos fenómenos van amortiguándose con más o menos lentitud. En cambio, si a pesar de la fatiga hubiese que prolongar todavía más el esfuerzo, puede sobrevenir un decaimiento brusco de las fuerzas del corazón, acompañado de una dilatación aguda de sus paredes, que en algún caso puede ocasionar una muerte súbita. La historia del soldado de Marathon que llega en veloz carrera a Atenas, da cuenta de la victoria ganada contra los persas y muere súbitamente, es un ejemplo célebre. Düms cita el caso de un soldado que habiendo tenido que dar una carrera precipitada para no faltar a la revista, cayó muerto al llegar al patio del cuartel.

            Entre las personas sanas, no todas sienten aparecer la fatiga con una cantidad de esfuerzo análogo. Unas se sofocan más fácilmente que otras. En ello influye muy esencialmente el grado de su entrenamiento para el ejercicio. Baeltz cita el caso de ciertos corredores japoneses, cuyo pulso retornaba a la frecuencia normal en el mismo instante en que interrumpían la carrera.

            Cuando un corazón es solicitado repetidamente para rendir un trabajo mayor que el ordinario, se hipertrofia; es decir, acrecienta el espesor de sus paredes musculosas y aumenta su potencia, para adaptarse al mayor esfuerzo y para vencerlo. Ocurre con el corazón lo mismo que con los demás músculos, que con el ejercicio se desarrollan.

            Esto se puede comprobar de un modo experimental si se toman dos perros gemelos y desde muy temprano a uno se le hace que permanezca siempre quieto y al otro se le fuerza a moverse mucho. Si se les sacrifica cuando están ya crecidos, se aprecia que el segundo ha llegado a poseer un corazón grande y fuerte, y el primero, en cambio, un corazón pequeño.

         Un experimento análogo nos lo ofrece a menudo la Naturaleza, ya realizado. Se observa que en aquellas especies animales cuyo género de vida exige una gran cantidad de trabajo, el corazón alcanza un desarrollo y un vigor extraordinarios. El corzo, que se caracteriza por la rapidez de su carrera; el murciélago, con el vivo movimiento de sus alas son, entre todos los mamíferos, los que, en relación con el tamaño de su cuerpo, tienen un corazón mayor. Entre las aves tienen el corazón más grande las que vuelan más y las que cantan más alto. Comparando los corazones del conejo de corral, del conejo de campo y de la liebre, es mayor en esta última que en el conejo de monte, y en éste mayor que en el de corral, que es el que hace la vida más sedentaria.

            Los obreros a quienes su profesión obliga a realizar esfuerzos musculares repetidos, suelen ofrecer una hipertrofia cardíaca considerable. Igualmente se desarrolla el corazón por la influencia de los ejercicios deportivos, a condición de que éstos se realicen con un entrenamiento gradual.

            Potain y Vaquez, en Francia, demostraron con sus investigaciones en soldados entrenados en ejercicios gimnásticos, que la hipertrofia del corazón aumenta con el grado del entrenamiento. Henschen, en Suecia, ha llegado a la misma conclusión con sus exámenes en los corredores de “ski”. Los corredores que se dedicaban a este deporte desde hacía muchos años, particularmente los que obtenían los premios, tenían el corazón netamente aumentado de volumen. Igualmente se ha comprobado este hecho por Midleton en los mejores jugadores de “foot-ball” de la Universidad de Wisconsin; por Spier, en ciclistas, y por Young, en jóvenes acostumbrados a remar.

            Nos es posible, pues, vigorizar nuestro corazón con ejercicios físicos, siguiendo un entrenamiento progresivo, y debemos poner nuestro empeño en conseguirlo, si queremos encontrarnos aptos para realizar sin gran fatiga una carrera rápida o prolongada, una ascensión penosa, un esfuerzo corporal violento, una huida necesaria: aptitudes preciosas de nuestro organismo, a las cuales el hombre sano no debe renunciar.

            Pero para que el entrenamiento se desenvuelva bien, es indispensable que el corazón esté sano. Si no lo está, no se puede llevar muy lejos el sobreesfuerzo, y si se persiste en ello, es muy probable que se presenten de un modo más o menos agudo ciertos trastornos, como disnea intensa, dolor fuerte en el pecho, opresión, aceleración persistente del pulso, angina de pecho, etc., indicadores de un brusco desfallecimiento cardíaco.

            En el Ejército se concede una extraordinaria importancia a la determinación de la capacidad de trabajo del corazón para poder excluir por inútiles los que no puedan ser capaces de soportar las fatigas del servicio.

            En la guerra actual, en la que tanta necesidad hay de aprovechar el mayor número de hombres posible, esta determinación se hace, por casi todos los beligerantes, con gran minuciosidad y precisión; se desecha sólo a los totalmente inaptos, y se aprovechan así muchos de los que antes se declaraban inútiles. A éstos, después de una observación atenta mientras se les entrena con los ejercicios de instrucción, se les clasifica y envía al frente o se les destina a servicios auxiliares que no exigen trabajos fuertes.

            En los soldados que han estado en el frente se observa a menudo un cuadro de síntomas que los americanos han denominado “corazón irritable de los soldados”. Se caracteriza por la aparición, al hacer algún esfuerzo, de disnea, palpitaciones, vértigos, pulso frecuente, dolorimiento precordial; y todo esto, sin que se les pueda apreciar lesión alguna en el corazón. Se atribuye esto a una debilidad circulatoria constitucional. Esta debilidad había permanecido larvada hasta que las fatigas y las grandes emociones las ponen de manifiesto.

 

Luis CALANDRE


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Aguafuertes en el Ateneo, Galdós por Victorio Macho y un Anuario agrícola de un ingeniero agrónomo: El Sol 17 febrero 1918

El ejemplar del diario El Sol abría su portada del domingo 18 de febrero ofreciendo una amplia cobertura de la conferencia que había dado el día anterior en el Palacio de la Música Catalana de Barcelona el ministro de Hacienda del gobierno español Juan Ventosa Calvell (n.1879), y dirigente de la Lliga Regionalista, sobre el tema “El momento actual y nuestra actuación”.

En páginas interiores la información cultural era amplia y variada. El crítico de arte del periódico Francisco Alcántara dedicaba su sección “La vida artística” a comentar elogiosamente la exposición de aguafuertes que había organizado en El Ateneo de Madrid Francisco Pompey (n.1887), uno de cuyos visitantes sería Manuel Machado, quien también en su diario que publicaba en El Liberal nos dejó sus impresiones acerca de ese evento artístico.

Como siempre los juicios y las opiniones de Francisco Alcántara son interesantes de leer. Por ello me permito transcribir una parte de su crónica donde aborda la relación entre los artistas y los públicos

Muy hermoso e instructivo es poder contemplar en el saloncito del Ateneo lo que podría titularse “Un siglo de aguafuertes españolas”, porque, en efecto, algunas de las expuestas de Goya se hicieron, casi casi, “tal día como” del siglo pasado. Muy bello y muy instructivo, porque aparte de Goya, que vale, no por un siglo, por una edad, de Fortuny y de Galván, el escaso rendimiento de aguafortistas de nuestro país enseña que no los tenemos; no por carecer de temperamentos artísticos, de aptitud para grabadores, todo lo cual superabunda; no tenemos grabadores en aguafuerte en abundancia, porque el aguafuerte es una labor exquisita y costosa y requiere para ser estimada, un público sensible, capaz de exquisiteces, y rico de tradición, sociedad rica de tradición, de añeja prosperidad, de añejo buen gusto y añejo y sabio regodeo sensualista. Tenemos pintores porque nuestra sangre es un volcán de sensualismo estetico cromático y los produce como los climas tropicales su flora y fauna enormes y profusas; pero no los sabemos educar, disciplinar, porque una sociedad semibárbara no educa a nadie. …¿Qué sería de nuestros pintores sin el público universal? A los pocos que triunfan, él, el público universal, nos los educa y luego nos los paga….Al cabo, los grandes pintores hasta que no venden fuera no hacen dinero. Brindar con aguafuertes a nuestros políticos, a nuestro profesores, altos empleados, banqueros, militares, magistrados, sacerdotes, tanto valdría como ofrecérselas a un poste; si hay cien personas en España que de eso distingan, será un milagro. Hay que hacer la nación desde la escuela. Por hoy, la nación que ambicionamos es una ilusión. Y no es que yo crea que una ilusión vale menos que una realidad; no, una ilusión, cuando acalora entrañas poderosas, es más que todas las realidades; lo que hay es, que sólo encarnada en la realidad fructifica la ilusión.Usted, simpático iluso, Francisco Pompey, ha empujado un poquito nuestra gran ilusión patriótica hacia la realidad apetecida. Sea enhorabuena.

Por su parte el suplemento cultural dominical Hoja literaria publicaba colaboraciones de: Miguel de Unamuno “Más sobre el hombre de la mosca” [del exrector de Salamanca también El Sol de ese día recogía un resumen del mitin electoral celebrado en el local de las Sociedades obreras de Salamanca para proclamar a Unamuno candidato de las izquierdas para las elecciones a celebrar el domingo siguiente, 24 de febrero. En ese mitin, donde Unamuno pronunció uno de sus mejores discursos según el corresponsal del dario, también interviniero el obrero D. Miguel Lozano, el catedrático D. Demófilo de Buen, D. Fernando Felipe y D. Urbano González de la Calle] ; de Enrique Díez-Canedo “La estatua” sobre la escultura que estaba haciendo Victorio Macho de Galdós, que está instalada actualmente en madrileño parque del Retiro; de Manuel Galán Pacheco “Un hombre libre” a propósito de la carta que había escrito Pío Baroja a “La Publicidad” de Barcelona, defendiendo su actitud neutral ante la Gran Guerra que devastaba Europa; de José Moreno Villa “El búcaro”;   el poema “De la emoción fugitiva” de Francisco A. de Icaza y el folletón “Las máscaras” de Ramón Pérez de Ayala, donde hacía una disección de la Real Academia de la Lengua, mostraba su admiración sobre los bailes de Pastora Imperio, y hacia una digresión sobre el baile gitano y los gitanos.

 

Galdós por Victorio Macho

Escultura de Galdós por Victorio Macho en el parque del Retiro de Madrid

 

En cuanto a la información científica estaba concentrada en la sección dedicada a la Agricultura y Ganadería, que cubría la última página de esa edición dominical del periódico, y donde su responsable Luis de Hoyos Sainz (n. 1868) estaba omnipresente. Por una parte, en el marco de su recorrido Por la España agrícola, firmaba desde Mohedas de la Jara, donde estaba instalado el miércoles de Ceniza de 1918, un largo artículo sobre “Una región natural:´La Jara´”, que por su importancia transcribo en su totalidad otra entrada de este blog, (ver aquí),  donde llamo la atención acerca de cómo Hoyos Sainz omite en sus referencias bibliográficas las aportaciones sobre la cuestión de las regiones naturales de otro de los colaboradores de El Sol Juan Dantín Cereceda.

Por otro lado hacía una amplia reseña del Anuario-Agenda Agricola para 1918 del ingeniero agrónomo José María de Soroa, que elegía como libro de la semana.

Anuario Agenda Agrícola

 

El inicio de esa reseña decía así:

No corresponde, en realidad, el epígrafe de la sección al libro que presentamos, pues no de la semana, sino del año entero, es este reducido y manuable, pero rico y concentrado, libro del ingeniero agrónomo Sr. Soroa, que con esta edición entra en el cuarto año de su publicación.

Es una guía práctica, un vademécum del agricultor y del ganadero, recordatorio permanente de los datos y cifras que en la vida diaria de la explotación del campo y del ganado se han de utilizar. Analogo a la universal “Agenda agrícola” de Werry, que en Francia viene reemplazando a las ya clásicas de Vermoral, de Sylvestre y de Henry, pasando a las consuetudinarias publicaciones de Thiel en Alemania, especialmente al “landwirtschaftlicher Hüfs und SchreibKalender” y a sus reproducciones italianas, tiene esta agenda del Sr. Soroa, como precedentes en España, a varios almanaques agrícolas demasiado vulgares y rutinarios, salvo, tal vez, el que “La Agricultura Española” publicaba en Valencia a principios del siglo, y mejor aún, por tener un criterio más científico y técnico, el que publico el ingeniero y catedrático señor Sánchez Bousana, y el excelente Anuario que daba a luz anualmente el “Resumen de Agricultura“, de Barcelona.

Como todos ellos, trata de vencer la insuperable dificultad de reducir y quintaesenciar en pocas páginas todos los datos y valores de la enciclopedia agrícola, y el mérito especial de estas obras, alcanzado en parte por el Sr. Soros, es la ordenación y el buen criterio para escoger los materiales originarios.

Finalmente Luis de Hoyos Sainz resumía dos artículos de dos revistas italianas La Agricoltura Italiana y Rivista Agricola sobre “La limpieza del olivo” y “La desmargarización de los aceites”.