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Cuaderno de investigación de Leoncio López-Ocón sobre las reformas educativas y científicas de la era de Cajal. ISSN: 2531-1263


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Noticias sobre el Observatorio astronómico de Madrid en el diario El Sol hace cien años

Hace un tiempo Nicolás Ortega Cantero llamó la atención sobre las colaboraciones del catedrático de instituto Juan Dantín Cereceda en el diario El Sol , iniciadas poco después de que el 1 de diciembre de 1917 comenzase su andadura el que ha sido considerado “el mejor diario de toda la historia periodística española”, en palabras de Juan Marichal (1)

Una de las características del diario El Sol fue la importancia concedida a la alta divulgación científica, cuestión que me parece que no ha sido subrayada convenientemente en el congreso internacional celebrado los pasados días 13 y 14 de noviembre para conmemorar el centenario del nacimiento de esa empresa cultural.

Durante más de un año el periódico impulsado por el empresario Nicolás María Urgoiti y el filósofo José Ortega y Gasset incluyó en la última página de todos sus números una “hoja” para tener informados a sus lectores de los grandes problemas y novedades científico-técnicas, que se  organizaron en siete áreas del conocmiento.

Así los lunes el innovador pedagogo que fue Lorenzo Luzuriaga (Valdepeñas 1889-Buenos Aires 1959) se hizo cargo de la sección “Pedagogía e Instrucción Pública“; los martes el discípulo de Cajal, el siquiatra Gonzalo R. Lafora (Madrid 1886-1971) de “Biología y Medicina“; los miércoles el economista y catedrático de Política social y Legislación comparada de la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid Luis Olariaga y Pujana (Vitoria 1885-Madrid 1976) organizaba la sección de “Ciencias Sociales y Económicas“; los jueves el gran humanista mexicano adscrito entonces al Centro de Estudios Históricos de la JAE Alfonso Reyes (Monterrey 1889-Ciudad de México 1959) tomó la riendas de la sección de “Historia y Geografía“; los viernes el profesor de la Escuela Industrial de Madrid Federico de la Fuente de “Ingeniería y Arquitectura“; los sábados el catedrático de Derecho Político español comparado con el extranjero de la Universidad de Granada Fernando de los Rios (Ronda 1879-Nueva York 1949) de la sección “Derecho y Legislación” y los domingos el catedrático de Instituto y de la Escuela Superior del Magisterio Luis de Hoyos Sáinz (Madrid 1868-1951) de “Agricultura y ganadería“.

Esas hojas diarias contribuyeron de manera decisiva a consolidar el interés por las cuestiones científico-técnicas en la esfera pública de la sociedad española de hace un siglo, y son una magnífica fuente para tomar el pulso al desenvolvimiento de las actividades científicas de aquella época.

Como muestra ofrezco esta reseña publicada por Dantín Cereceda en la sección de Historia y Geografía del diario El Sol el jueves 24 de enero de 1918 que nos permite hacernos una idea de la labor llevada a cabo por una de las instituciones científicas de más solera en la ciudad de Madrid, como es el Observatorio astronómico, en la época en la que fue dirigida por el catedrático de Astronomía esférica y Geodesia de la Universidad Central Francisco Iñiguez e Iñiguez (1853-1922). La trayectoria científica de este astrónomo, que presentó una interesante memoria en el Ateneo de Madrid en el curso 1886-1887 sobre “Aplicación del análisis matemático a las demás ciencias“,  fue estudiada no hace mucho por  Nieves Gordón y Carlos Chocarro en Viaje por el universo del siglo XIX al XXI: Francisco Iñiguez  e Iñiguez y el Observatorio Astronómico de Madrid (Pamplona 2008) y por Iván Fernández Pérez en Aproximación histórica al desarrollo de la astronomía en España(Universidad de Santiago de Compostela 2009).

 

En una entrada anterior  de esta bitácora di cuenta de la situación de esa institución científica en 1913 (ver aquí) y de cuál era su equipamiento científico, parte del cual se puede ahora contemplar en su museo.  Ahora gracias a la siguiente reseña podemos conocer el tipo de producción científica que se hacía en él en 1917 por parte del equipo de siete astrónomos que formaban la plantilla de esa institución científica en 1918: el ya mencionado Francisco Iñiguez Iñiguez estaba acompañado, en efecto, en su quehacer diario por Carlos Puente y Ubeda (1885-1925), Antonio Vela y Herranz (1865-1927), Francisco Cos y Mermería (1864-1943), profesor de Meteorología de la Universidad Central,  Miguel Aguilar y Cuadrado (1869-1925), Victoriano Fernández Ascarza (1870-1934),y Pedro Jiménez Landi, (Madrid 1869-1964) quien fue profesor de Matemáticas en la Institución Libre de Enseñanza entre 1904 y 1924. Dos de ellos, – Miguel Aguilar y Pedro Jiménez- , eran hijos de otros relevantes astrónomos de la segunda mitad del siglo XIX.

He aquí la presentación que hiciera Juan Dantín -cuya labor docente e investigadora vamos siguiendo en esta bitácora- de la producción científica del Observatorio Astronómico de Madrid hace un siglo, en 1917, al presentar a los lectores de El Sol su Anuario.

Anuario del Observatorio de Madrid para 1918.- Un volumen de 731 págs., con un índice de materias. Dirección General del Instituto Geográfico y Estadístico. Madrid 1917.

            La publicación enunciada, análoga en su plan y contenido a la de años anteriores –como ya, en su prólogo, nos advierte el Sr. Iñiguez, jefe del Observatorio- , comienza por una sección astronómica, en que se comprenden efemérides y tablas sobre el sol, la luna, los planetas principales, satélites, cometas periódicos y estrellas, con el aspecto del cielo  y posición relativa de las constelaciones sobre el horizonte de Madrid, a las veintidós horas del día 15 de cada mes.

            Este año de gracia de 1918 tres eclipses tendrán lugar: uno, total de sol (de 8 a 9 de junio), visible en parte del casquete polar septentrional; otro, parcial de luna (24 de junio), visible en casi todo el hemisferio austral, y un tercero, anular, de sol (3 de diciembre), sólo perceptible en la América del Sur. Los tres son invisibles en España.

            Hay en este “Anuario” tres capítulos interesantes, que dan al volumen cierta novedad:

  1. A) Un capítulo con instrucciones para observar debidamente las estrellas variables, por F. Iñiguez.
  2. B) Otro titulado “Contribución al estudio del clima de Madrid”, de serio interés y cuidadosa precisión. Se estudian en él cada uno de los elementos meteorológicos (vientos, presión, temperatura, tensión, humedad, nebulosidad, lluvia), en muy diferentes aspectos y relaciones, de modo que no vienen tomados analíticamente, sino en su compleja coactuación y recíproca y simultánea. Tal es precisamente el clima. El señor don F. Cos, que lo firma, ha utilizado observaciones de cuarenta años seguidos (1860-1899), dilatada serie que merece garantías.
  3. C) Un último, sobre la actividad solar (manchas, flóculos, protuberancias solares, radiación calórica solar), que se debe a trabajos de los Sres. Ascarza (Victoriano) y Tinoco (J.).

            Las observaciones meteorológicas efectuadas en el Observatorio durante el año de 1916 cierran este pequeño volumen, que, repleto de datos interesantes, se hojea con agrado.

J. DANTIN CERECEDA

 

 

Al parecer esos astrónomos realizaban sus observaciones y estudios rodeados de “gentes deshonestas” que elegían el Cerro de San Blas para sus entretenimientos, según se quejara en uno de sus escritos F. Iñiguez, tal y como evoca Pedro Montoliu en su interesante artículo “Oservatorio Astronómico: la acrópolis desde la que Madrid descubrió el espacio”.

(1) Juan MARICHAL, Unamuno, Ortega, Azaña, Negrín. El intelectual y la política en España (1898-1936), Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1990, p. 55.

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Una crítica de Enrique Moles a la enseñanza de la química en la España de 1918

Próximamente, el miércoles 15 de noviembre de 2017, se inaugurará la exposición “Enrique Moles, químico complutense” en la Biblioteca de la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Complutense de Madrid. Permanecerá abierta hasta el 25 de enero de 2018, como se puede apreciar en la información adjunta.

Disponemos así una oportunidad para acercarnos a la trayectoria científica del químico más relevante de la “generación de 1914”, cuyos hitos biográficos se pueden seguir en este cronograma elaborado por los comisarios de la exposición, entre los que se encuentra mi colega de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas Francisco A. González Redondo.

Como elemento adicional para profundizar en la personalidad de este relevante científico reproduzco a continuación una colaboración periodística suya en las páginas del diario El Sol el lunes 13 de mayo de 1918, titulada Problemas actuales. La enseñanza de la química.

El artículo, publicado en la sección semanal de ese diario dedicada a la Pedagogía e Instrucción Pública que dirigía de manera eficaz el pedagogo Lorenzo Luzuriaga, es expresivo de los afanes reformistas de los científicos de la “generación de 1914”, beneficiarios de la apertura internacional de la ciencia española que favoreció la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas. De hecho la clave del artículo radica en la comparación que establece Moles entre el tipo de enseñanza quimica que se efectuaba en las universidades europeas donde él había estudiado durante varios períodos entre 1909 y 1017, como la alemana de Leipzig y la suiza de Ginebra, y las españolas. En aquellas la enseñanza era mucho más práctica y más barata. La denuncia de Moles iba encaminada a tomar medidas para resolver unas deficiencias que lastraban el desenvolvimiento de la ciencia de la química, que se había revelado fundamental en el desarrollo de la Gran Guerra que asolaba al continente europeo, y cuyas carencias afectaban a la dependencia económica del país en sectores estratégicos.

Para entender el contexto de este artículo hay que tener en cuenta además que en 1918, sobre todo durante los meses en los que fue ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes el político liberal Santiago Alba, los científicos de la órbita de la JAE confiaron en que el gobierno de concentración nacional existente entonces, dirigido por el conservador Antonio Maura, diera un impulso al sistema científico y educativo español.

Si un pero hay que objetar a esta colaboración periodística de Moles es su desconsideración hacia una tradición química en España, cuestión que él reconsideraría durante la Segunda República, pues sabemos que los químicos fueron importantes en la revolución industrial de  Cataluña en las primeras décadas del siglo XIX , y también relevantes  en otras partes del Estado español del siglo XIX como en Cuba. En esta isla destacó en su industria azucarera la labor del químico salmantino José Luis Casaseca Silván.

He aquí el texto de ese sobresaliente químico catalán que fue Enrique Moles, otro de los científicos represaliados por el franquismo posteriormente, donde abordó con abundantes datos y sólida argumentación las deficiencias de la enseñanza de la química en la sociedad española de hace un siglo.

Nos rige un Gobierno excepcional, del que puede esperarse algo. ¿Tendremos la suerte de que la renovación le llegue a la química?. En España no se hace ni se hizo química; carecemos de tradición química.

 El imperio de esta ciencia en el momento actual es bien patente; en el gigantesco conflicto que trastorna al mundo desde hace cuatro años, las mayores sorpresas, los medios más poderosos de ofender y de defenderse, se deben a los químicos. En todos los países donde más avanzada se halla la química, se crearon durante la guerra nuevos organismos, sociedades poderosas y centros de enseñanza nuevos con la misión única de favorecer el desarrollo científico de aquélla, que es la base de su desenvolvimiento industrial.

En la esfera química, triste es tener que confesarlo, nada se ha hecho en nuestro país, y, así este año como los anteriores, España tendrá que mendigar a Inglaterra unos miles de tonelada de sulfato de cobre para las vides, sulfato de cobre fabricado con cobre de Riotinto y con ácido sulfúrico obtenido con piritas españolas. Seguirán perdiéndose centenares de miles de caballos de fuerza hidráulica que podrían suministrar a buen precio miles de toneladas de nitratos y de cianamida, y mientras tanto, nuestros agricultores esperan angustiadamente la llegada problemática de nitro de Chile. Seguirán sin explotar los yacimientos potásicos; la industria metalúrgica, que podría ser poderosa, dada la abundancia de mineral, se desarrolla tardíamente, y seguirán escaseando benzoles, superfosfatos, sulfato amónico, etcétera. Y así en cien cosas más.

En diferentes ocasiones la voz autorizada de alguno de nuestros profesores bien orientados, se hizo oír en el Parlamento, en Academias y Congresos, exponiendo el estado lamentable de la enseñanza química en nuestro país. Poco o ningún eco hallaron sus palabras en las esferas directoras. Con todo, la insistencia de las predicaciones despertó entre la gente joven deseos de saber, y algo se ha conseguido, aunque los entusiastas sean pocos. No hemos de insistir en los argumentos, tendiendo a demostrar que lo que nos hace falta es tener grandes laboratorios espléndidamente dotados, profesores pagados principescamente y alumnos dispuestos a pagar bien los estudios.

Los enterados, los que han podido vivir algún tiempo en ambiente químico europeo, abrigarán, como nosotros abrigábamos, la creencia de que los estudios de química son costosísimos fuera de España, y que en ellos estriba la diferencia esencial con respecto a nosotros. El estudio comparativo de los datos correspondientes conduce, sin embargo, a resultados inesperados y paradójicos.

Tomando como tipo dos Universidades que conocemos, por haber estudiado en ellas: la de Leipzig (tipo alemán) y la de Ginebra (tipo suizo), vamos a comparar las materias de estudio y los gastos que supone el grado de Chemiker Dr. Phil., o de Dr ès Sciences Phisiques, con las de un grado análogo en España, el de doctor en ciencias químicas o doctor en farmacia. En todos los datos tomamos términos medios lo más exactos posible, suponiendo normalidad en los estudios. De existir alguna exageración en los datos, ésta es en sentido favorable siempre para España.

Un alumno regular conseguirá su grado en la Universidad alemana o suiza en ocho o nueve semestres de trabajo (equivalentes a cuatro o cinco años universitarios de nueve meses útiles); en España el doctorado le exigirá cinco o seis cursos (de seis meses útiles). Durante este tiempo cursará: (1)

En la universidad alemana de Leipzig semanalmente de 4 a 6 horas de clases orales y 40 horas de clases prácticas;  en el año universitario 180 horas de clases orales y 1.510 horas de clases prácticas y durante toda la carrera 720 horas de clases orales y 5.760 horas de clases prácticas.

En la universidad suiza de Ginebra semanalmente de 4 a 7 horas de clases orales y 35 horas de clases prácticas; en el año universitario 200 horas de clases orales y 1.260 horas de clases prácticas y durante toda la carrera 800 horas de clases orales y 5.040 horas de clases prácticas.

En la universidad española semanalmente de 12 a 15 horas de clases orales y de 12 a 15 horas de clases prácticas; en el año universitario 350 horas de clases orales y 297 horas de clases prácticas y durante toda la carrera 1660 horas de clases orales y 1.485 horas de clases prácticas.

Advertiremos, además, que para el estudiante en Alemania o Suiza hay casi 60 por 100 de clases orales, y casi todas las clases prácticas son de química. En España el alumno cursa unas ochocientas-novecientas horas de clase oral y unas setecientas horas de clases prácticas de química. En Alemania o Suiza los exámenes quedan reducidos a dos o tres; en España padecemos como mínimum 17 a 19 exámenes.

Partiendo de los anteriores datos, el coste de toda la carrera, agrupado por conceptos, es: (2)

En Alemania

por las clases orales se pagan 80 pesetas, por las clases prácticas 1.800; por los títulos 350; por los libros, etc. 270. Total: 2.500

En Suiza

por las clases orales se pagan 150 ptas,    por las clases prácticas 1.840;   por los títulos 250; por los libros,etc. 250. Total: 2.450

En España

por las clases orales se pagan 540 ptas., por las clases prácticas 170;       por los títulos 1.647; por los libros, etc.,200. Total: 2,557

Estas cifras podrían pasarse sin comentarios. En ellas aparece claramente que, contra lo esperado, los estudios son más costosos en España que en el extranjero, y, lo que es peor aún, la distribución de los gastos en una carrera esencialmente práctica como la de químico, hace ver que en el extranjero se pagan, como es lógico, las enseñanzas prácticas en primer lugar, ingresando directamente en la Universidad la totalidad del importe, mientras que en España se pagan en primer término los títulos, luego las clases orales, quedando una clase irrisoria para los Laboratorios, siendo el Estado el que percibe el importe casi total.

Es más, un alumno no oficial (categoría desconocida fuera de España), siendo aplicado, podrá avanzar cursos y aprobar en poco tiempo los estudios de química (mejor, de metafísica química) sin haber pisado un solo laboratorio. De este modo el Estado español ejerce a sabiendas un comercio inmoral, vendiendo títulos que no pueden acreditar conocimientos que no pueden adquirirse bien.

Quedan en pie el problema de los locales, la retribución de los profesores, las dotaciones. Tampoco en estos casos las cifras podrán darnos la razón de nuestro atraso. La Universidad de Leipzig tiene tres profesores ordinarios de Química; la de Ginebra, también tres; en la de Madrid, existen ocho. Resulta natural que los menos puedan estar mejor pagados que los más. En cambio, en Alemania y Suiza los numerosos profesores extraordinarios, Chef de travaux, Oberassistenten y Assistenten cobran lo mismo o menos que nuestros auxiliares universitarios. Por lo que respecta a locales, se da en España, por ejemplo, el absurdo de que cada profesor de Química pretenda tener una cátedra especial que utiliza, a lo sumo, una hora al día. Con menos cátedras, menos decanatos, salones de grados, etc., habría de resultar local suficiente. Y para aclarar lo que a dotaciones se refiere, citaré el Laboratorio de Química Física de Ginebra, conocido en todo el mundo, y que viene disfrutando por parte del Estado de una dotación de 1.000 francos anuales…

Un comentario final, que define mejor que otro cualquiera el ambiente científico de nuestro país. En un Anuario que tira centenares de miles de ejemplares, se lee lo siguiente:

Química. Internacional Institución Química. Enseñanza por correspondencia (!!!)

Nos parece el colmo de la desaprensión el anunciar la enseñanza de la Química por correspondencia, sólo explicable por el estado mísero de aquélla en España.

Y volvemos ahora a pregunta: ¿tendremos la suerte de que algo de la renovación le llegue a la Química? El problema, más que económico, es de organización, pero de organización despiadada, renunciando el Estado al negocio de los títulos, prescindiendo de derechos adquiridos y demás trabas sagradas. ¿Habrá en el ministerio de Instrucción pública y en las Cámaras interés y brío suficientes?

No puede esperarse una química industrial floreciente sin tener antes una química científica sólida. Tememos, sin embargo, que todo ha de reducirse al nombramiento de una Comisión, que estudiará el asunto, redactando luego un luminoso y documentado informe que, para mayor claridad, irá dividido en varias partes….

E. MOLES

(1) (2) En su artículo Enrique Moles insertó dos tablas. Por problemas de edición mi labor ha sido interpretarlas.

 

 

 


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Eduardo Hernández-Pacheco, estudioso del arte prehistórico, según Juan Dantín: posibles repercusiones posteriores de una reseña en el diario El Sol.

A finales de 1915 un buen observador de la situación del bachillerato en España, como era el caso de Luis de Hoyos y Sainz, elogió la calidad científica de los catedráticos de Instituto, según expuse en mi estudio introductorio al libro Aulas modernas. Quizás Hoyos y Sainz tenía en mente a Juan Dantín Cereceda, cuya labor científica por esos años y su amistad con Ortega y Gasset ya ha sido evocada en esta bitácora, y cuya semblanza e hitos de su labor docente e investigadora hemos trazado en el diccionario on-line JAEeduca. (ver aquí)

Precisamente cuando Ortega y Gasset a finales de 1917 puso en pie ese gran diario político-cultural que fue El Sol llamó a colaborar con él a su amigo Dantín, quien se hizo cargo junto al polígrafo mexicano Alfonso Reyes de la sección de Historia y Geografía, que cerraba el periódico todos los jueves de sus primeros meses de publicación.

De las numerosas reseñas efectuadas por Dantín en los primeros meses de El Sol fijaré ahora la atención en la que hizo el jueves 11 de julio de 1918 de una breve publicación de 24 páginas con tres láminas que había salido a la luz hace un siglo, en 1917. Su autor era el maestro de Dantín Eduardo Hernández-Pacheco, cuya meritoria labor científica como geólogo y prehistoriador a lo largo de más de medio siglo merece ser mejor conocida. Se titulaba Estudios de arte prehistórico. I. Prospección de las pinturas rupestres de Morella la Vella. II. Evolución de las ideas madres de las pinturas rupestres.  Y se había publicado originalmente en  la Revista de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Tomo XVI. Nº 1 de la segunda serie.

Tres razones me han llevado a dar cuenta de esta reseña de Dantín.

En primer lugar porque se resalta en ella el protagonismo de Eduardo Hernández-Pacheco en los progresos que la prehistoria española efectuó entre 1913 y 1917 gracias a la labor desplegada por la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas  en su período de arranque, pues esta institución -auspiciada por la JAE [Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas]- se había fundado en 1912, en una fase de despliegue del sistema científico español. Los trabajos de los integrantes de esa Comisión, que ya han sido mencionados en otras entradas de esta bitácora, les llevaron a efectuar hace cien años el hallazgo de las pinturas rupestres al aire libre más importantes de Europa, según se ha destacado recientemente en las páginas del diario El Mundo.

En segundo lugar porque me ha recordado la reciente comunicación expuesta por Ana Cristina Martins y Fátima Nunes en el XIII Congreso de la SEHCYT (Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas), cuyo libro de resúmenes se encuentra accesible aquí,  celebrado en Alcalá de Henares del 21 al 23 de junio de 2017. Esa comunicación de mis colegas portuguesas se titula “A arqueología nos congressos das Associaçoes espanhola e portuguesa para o progresso das ciências (as duas primeiras décadas). Interesses individuais e vantagens públicas. Vantagens privadas e interesses colectivos)”y se presentó en el simposio “Intercambios científicos luso-españoles entre la JAE y la JEN y en los primeros congresos itinerantes de las Asociaciones Española y Portuguesa para el progreso de las ciencias” que coordiné en el mencionado congreso. En ella sus autoras destacaron la influencia que tuvo la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas de la JAE, en la que jugó un destacado papel Eduardo Hernández-Pacheco, en el desarrollo de la arqueología portuguesa del primer tercio del siglo XX, particularmente en el caso de las actividades de Augusto Mendes Correia, Joaquim M. Fontes y Eugénio Jalhay. Conviene añadir que Eduardo Hernández-Pacheco fue uno de los científicos españoles que con más intensidad cultivó las relaciones científicas con sus colegas portugueses, no solo prehistoriadores, sino también geológos, como apunté en otra de las comunicaciones presentadas en el simposio aludido en la que analicé los significados del Congreso de Lisboa de 1932 de las Asociaciones Española y Portuguesa para el progreso de las ciencias.

En tercer lugar porque también me ha evocado el gran proyecto de historia digital IDEARQ. (Infraestructura de Datos Espaciales de Investigación Arqueológica), cuyas características fueron presentadas en la Primera Jornada científico-técnica en Humanidades Digitales en el CSIC celebrada en el salón de actos del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC el martes 27 de junio de 2017, de la que he informado en mi otra bitácora (ver aquí y aquí). Esa infraestructura de datos espaciales, concebida para la publicación online de datos científicos arqueológicos georreferenciados, ha sido creada por la Unidad de Sistemas de Información Geográfica (SIG) del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC,y por grupos de investigación del Departamento de Arqueología y Procesos Sociales del Instituto de Historia, liderados por Juan Vicent. Quien navegue por ella encontrará valiosa información sobre una serie de yacimientos de arte rupestre levantino, que empezaron a ser estudiados hace un siglo como se verá por la siguiente reseña aparecida en el diario El Sol el jueves 11 de julio de 1918, firmada por Juan Dantín Cereceda, que transcribo a continuación, enriqueciéndola con información adicional.

E. Hernández-Pacheco. Estudios de arte prehistórico. I. Prospección de las pinturas rupestres de Morella la Vella. II. Evolución de las ideas madres de las pinturas rupestres (Revista de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Tomo XVI. Nº 1 de la segunda serie. 24 páginas con tres láminas.- 1917.

I. Las pinturas rupestres de Morella la Vella -situada en el corazón del Maestrazgo- se hallan situadas en un abrigo natural, que defiende el resalte de la peña, y en unas galerías angostas.

 

Vista aérea de los yacimientos de arte rupestres de Morella la Vella

 

 

El conjunto de las pinturas de las galerías corresponde al arte realista particular del Levante de España, que la abundancia de figuras humanas caracteriza, bastando a diferenciarle profundamente del arte magdaleniense de tipo cantábrico.

Las figuras de Morella la Vella son las más pequeñas del arte pictórico paleolítico, al punto que debe tenérselas por verdaderas miniaturas (cuatro o cinco centímetros, y diez en algunos hombres de los dibujados). Representan principalmente escenas de la vida guerrera y cazadora de las tribus habitantes de la región. Los hombres -armados con grandes arcos y largas flechas- aparecen desnudos, tan sólo con algún tocado especial y jarreteras. Bellísimo -excediendo a toda ponderación- es el cuadro de la lucha entre los dos bandos de los siete arqueros: no cabe verismo más acertado ni mayor fluidez pictórica en la expresión. La composición es tan artística como el natural mismo. Es, sin duda, una de las obras maestras del arte prehistórico.

No faltan representaciones de cabras monteses- una de ellas de insuperable realismo- ni de ciervos.

 

El autor sincroniza las figuras y las agrupa -por el estilo y la técnica- en cuatro tipos diversos. Asistimos así al proceso que, comenzando en el más puro naturalismo gradualmente degenera hasta dar en las esquemáticas, estilizadas y convencionales representaciones del neolítico.

II. Los progresos realizados por la prehistoria española en estos últimos cinco años -en los que el autor ha tomado parte tan principal- permiten ya hacer de ella un resumen, en lo posible, cabal, intentando dar con su significación.

Hay una diferencia esencial entre las pinturas trogloditas de la región cantábrica y las de la levantina: en estas últimas, el hombre – aislado o con otros compuesto- ocupa lugar preponderante en la representación pictórica, en tanto que aquéllas son casi exclusivamente zoomorfas (fauna de mamíferos de la época).

En el auriñaciense comienza el arte fósil. Tiene entonces una significación mágica de caza antes que totémica- que en el magdaleniense se acentúa y define con precisión (pinturas de animales, escenas venatorias, del más hermoso realismo).

La idea de caza que inspiró en un principio las figuras zoomorfas trogloditas, es más tarde sustituida -siempre en el sentir del autor- por la de conmemoración de sucesos acaecidos, ya guerreros (combate de los arqueros), ya rituales (danza de mujeres en la cueva de Cogul, Lérida). Esta fase -de fecha más reciente que la anterior- llega hasta el final del capelene o primeros tiempos del epipaleolítico.

 

A su vez, estas dos primeras fases naturalistas se vieron reemplazadas- en tránsito imperceptible- por una tercera de estilización, en la que todo realismo desaparece. Estas figuras esquematizadas – en ocasiones de obscuro simbolismo- parecen tener clara significación funeraria. Son ya de fecha neolítica y eneolítica: en ellas queda cerrado este lento ciclo artístico peninsular. J. DANTIN CERECEDA

Ese interés existente en la sociedad española de 1918 por el arte prehistórico de la Península Ibérica culminaría con la gran exposición de Arte prehistório español de 1921 organizada en Madrid por la Sociedad de Amigos del Arte, y que se celebró en la Biblioteca Nacional con gran cobertura mediática.

Este cartel anunciador fue elaborado por Francisco Benítez Mellado (Bujalance 1883-Santiago de Chile 1962). Los dibujos y calcos de las pinturas rupestres efectuados por este artista en el seno de la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas de la JAE, a la que se incorporó en 1915, han sido recuperados recientemente en la magnífica exposición “Arte y naturaleza en la Prehistoria” que tuvo lugar en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid entre el 19 de noviembre de 2015 y el 19 de mayo de 2016, comisariada por Begoña Sánchez Chillón.  Pero el pluriempleado Francisco Benítez Mellado, como muy bien lo define Margarita Díaz-Andreu en un magnífico artículo publicado en la revista Pyrenae en 2012 (ver aquí),  también fue a partir del curso 1920-1921 profesor de dibujo del Instituto-Escuela  que hanía sido creado por la JAE en 1918. De su plantel de profesores también formó parte Juan Dantín entre 1918 y 1921. ¿Conversaron sobre el arte rupestre español Benítez Mellado y Dantín? No lo sabemos. Pero sí hemos podido conocer recientemente en las XII Jornadas de los Institutos Históricos celebradas en Murcia entre el 3 y el de julio de 2017, gracias a una interesante comunicación presentada por la catedrática de Geografía e Historia del IES Isabel la Católica Encarnación Martínez Alfaro, un proyecto  llevado a cabo durante el curso 2016-2017 con los alumnos de ese centro educativo sobre la vida y obra Francisco Benítez Mellado,  quien compartió interés sobre el arte prehistórico con Dantín Cereceda, y experiencia docente en el Instituto-Escuela, cuyo centenario celebraremos el año próximo.

Francisco Benítez Mellado se trasladaría en 1950 a Chile para reencontrarse con sus hijos, exiliados allí. En los doce años que vivió en ese país andino tuvo la oportunidad de ilustrar en 1952 la reedición de Los aborígenes de Chile, publicada originalmente en 1882 por ese gran anticuario que fue José Toribio Medina, corresponsal del gran americanista español Marcos Jiménez de la Espada, uno de mis héroes científicos. En estos días he podido disfrutar también de las interesantes observaciones hechas por  mi colega de la red LAGLOBAL Jorge Cañizares de su lectura de El veneciano Sebastián Caboto al servicio de los reyes de España, (ver aquí), otra de las innumerables obras publicadas por ese relevante historiador que fue JoséToribio Medina, cuya biblioteca es digna de ser visitada en Santiago de Chile.


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La publicación de “La Universidad española” de Francisco Giner de los Ríos hace cien años

El sábado 18 de febrero de 2017 en el 102 aniversario del fallecimiento de Francisco Giner de los Ríos se presentó en la librería Marcial Pons de Madrid el nº 90 de la revista asturiana Abaco que contiene un amplio dossier, coordinado por Daniel Marías y Alvaro Ribagorda, sobre el legado de Giner de los Ríos y la Institución Libre de Enseñanza en la educación, la cultura y la ciencia española contemporánea. Tuve la fortuna de colaborar en él con el artículo “Las influencias institucionistas en el sistema científico español: entre el pasado y el futuro” y con una reseña de la exposición La ciencia de la palabra. Cien años de la Revista de Filología Española”, que apareció originalmente en mi otra bitácora (ver aquí).

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Ahora ojeando las páginas del número de la revista España de 15 de febrero de 1917, es decir de hace un siglo, me he encontrado con un texto del filósofo Manuel García Morente, discípulo de Giner tras haberse obtenido su licenciatura de Filosofía en la Universidad de París en 1906, y al que hemos dedicado una entrada en el diccionario online JAEeduca que un equipo de investigadores está elaborando, bajo mi coordinación. (ver aquí)

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En él el catedrático de Etica de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid además de rendir culto a la personalidad de su maestro exponía, al cumplirse el segundo aniversario del fallecimiento de Giner, cómo se había constituido en Madrid la Fundación Francisco Giner de los Ríos “por antiguos colaboradores, discípulos, amigos y devotos del maestro” para publicar sus obras, clasificadas en cuatro secciones: Filosofía, Educación, Literatura y Arte y Epistolario.

Y anunciaba que en el marco de la primera sección ya se había publicado “el precioso libro Principios de Derecho Natural, sin duda el más característico de su producción jurídica, traducido hace pocos años en Alemania, libro guía de varias generaciones en nuestro país”.

Y dentro de la segunda sección acababa de aparecer el único trabajo completo inédito que había dejado D. Francisco Giner, La Universidad Española, “estudio que habrá de hacer una huella honda en nuestra vida pedagógica”, en palabras de Manuel García Morente que por aquel entonces tenía 31 años. Y añadía este filósofo: “En estos días de bruma, de negrura espiritual, viene el libro de D. Francisco como un rayo de sol a animarnos, a reconfortarnos, a afirmar nuestra confianza en tiempos mejores. Quien, con alguna intensidad sienta el dolor y el amor de nuestro patrimonio intelectual, léalo con el corazón más que con la mente. Está escrito con el corazón, a cuyo servicio fue puesta una mente esclarecida. Quien lo lea, léalo con la sinceridad secreta de un examen de conciencia. Y si en el fondo de su alma asiente siquiera al noble ideal que palpita en sus páginas, ese asentimiento será la mejor prueba del optimismo y de la fe en el espíritu patrio que abrasó siempre a D. Francisco”.

En La Universidad Española sus editores recogieron textos de  Giner en los que analizaba  “su estado actual,  las orientaciones que podían dársele y las reformas que deberían introducirse en ella”, dividiendo sus contenidos en cinco partes: 1ª) sobre reformas en nuestras universidades; 2ª) los estudios de Facultad; 3ª) inconvenientes de la aglomeración de alumnos; 4ª) en nuestras clases y 5ª la Universidad de Oviedo.

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Los editores de la revista España, tras la evocación que hiciera García Morente de la figura y de la obra de su maestro, escogieron al azar una serie de fragmentos de esa obra inédita de Giner, publicada por primera vez hace un siglo, que transcribimos ahora nuevamente, reveladores de una autoimagen de cuáles eran los problemas universitarios  hace más de cien años, que hoy en día, aunque tengan otro cariz, siguen asolando a esa institución.

La mayoría de nuestros estudiantes pertenecen a las clases medias; hace mucha vida de teatro, de café, de casino; de Ateneo, a veces; casi ninguna de campo; va a los toros; nada de juegos ni ejercicios corporales; otro tanto de viajes y excursiones; aparte los periódicos, lee poco, y esto principalmente novelas, y suele tener una proporción media de los vicios y virtudes propios de la masa masculina de nuestro pueblo. Sufre alegre, casi sin enterarse, parte por la austera sobriedad de la raza, parte por su atraso, el sucio hospedaje y mala bazofia a que los más tienen que atenerse; es político y patriota en todos los sentidos, desde el más puro y noble al pésimo

.….

Los exámenes (que hace poco e indirectamente han dejado, por fortuna, de ser obligatorios para los alumnos oficiales, pero que aun tardarán quizá en desaparecer por completo, sobre todo en las clases más numerosas) son anuales y por asignaturas; blandos en promedio, en unas Facultades y localidades más que en otras, y cuando son severos, no siempre por esto razonables, sino en ocasiones hasta peores, por estar muchas veces la severidad en extremar la pedantería y el carácter memorista, por un lado o la exigencia, por otro, de servil docilidad a las opiniones y creencias de los jueces.

….

El libro de texto suele tener una función preponderante; tal, a veces, que excusa al alumno de asistir a la cátedra. Cuando le sustituyen los apuntes autografiados, que en estos últimos tiempos han venido a ser tan frecuentes, no suelen tener sobre aquél más ventaja que ser más caros y estar llenos de los más graciosos y estupendos disparates-si bien éstos no faltan tampoco en muchos textos impresos.

No desesperemos. Todavía media harto de nuestras pobres Universidades de hoy día a lo que eran Alcalá y Salamanca en el siglo XVIII y a principios del siglo XIX. Nuestro apartamiento de Europa y de su cultura nos hizo estancarnos, y, por estancados, decaer, viniendo a una situación a la cual era imposible pedir hombres de aquellos horizontes y aquellas energías intelectuales y morales que, en medio del desastre, fundaron la Universidad de Berlín, símbolo prefigurado de la unidad espiritual de la patria alemana y aun del Imperio. El interés público crece ya entre nosotros cada día con relación a la escuela primaria aunque ¡tan despacio!…Esperemos que, intensificándose, llegará a su vez a la Universidad. Los gobiernos, cuya acción es en esto aquí indispensable, pero tan limitada, acabarán también por participar de ese interés, con otra formalidad y otra consistencia que la descosida atención intermitente que hoy a estos asuntos –a tontas y a locas, por lo común- consagran.

El mal más grave que padece nuestra Universidad es la atonía, a la que tan grandemente contribuye –aun sin llevarse con el rigor que pretende, a veces, la inocencia de la Administración- la comprensión reglamentaria, cuyo casuismo tiende a hacer de la Universidad una oficina atomísticamente desparramada en negociados, mecánica, desespiritualizada, sin alma. A Dios gracia se pueden infringir los reglamentos ¡dónde estaríamos si se hubiesen cumplido! Asusta pensarlo. Pero esa derogación consuetudinaria, hija de la fuerza de la realidad, que va lentamente poniendo las recetas abstractas y muertas a un lado, e introduciendo por la práctica otros principios vivos, jamás alcanza a cortar todas las ramas secas y que estorban. Y, en ocasiones, no basta el manso desuso y requiere agria lucha, que gasta en rozamientos parte considerable de la energía que necesita para su obra.

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Los notables de nuestra política no son hombres de Estado, sino de Parlamento; no son gobernantes y estadistas, sino oradores; no obtienen su renombre y sus puestos por lo que hacen, sino por lo que dicen. Considérese ahora cuánto ha debido servir para alimentar este prurito de elocuencia una enseñanza vaciada en el mismo molde. De las aulas de Derecho, a las “sociedades de hablar”; de éstas, a las Cámaras, y de aquí, al Gobierno: tales son las etapas graduales que recorre en su vida el joven corto de escrúpulos, dispuesto a jugar al pro y al contra con todos los problemas.

Actualmente la Fundación Giner de los Ríos aspira a hacer una edición digital de los 21 tomos de las obras completas del principal educador habido en la España contemporánea, veinte de los cuales se editaron entre 1916 y 1936, y el último en 1965. (ver aquí) Ojalá tan loable empeño se culmine. Entretanto, gracias a la biblioteca virtual Cervantes, disponemos de una versión digital de parte de la edición que hizo en 1990 Teresa Rodríguez de Lecea para Espasa-Calpe de los Escritos sobre la universidad española de Francisco Giner de los Ríos, una antología de artículos publicados entre 1893 y 1904. (ver aquí).


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La etapa inicial del instituto republicano Calderón de la Barca en medio de las disensiones entre Unamuno y Azaña

A la espera de hacer un estudio pormenorizado de la breve existencia que tuvo el Instituto Calderón de la Barca creado por la Segunda República, como el que ha efectuado Rebeca Herrero para el caso de otro instituto republicano madrileño como fue el Quevedo en el libro Aulas modernas, puede ser de interés fijar la atención en un reportaje periodístico publicado por el diario Luz el 18 de noviembre de 1932 sobre esa iniciativa educativa republicana, de cuyo claustro inicial se ofreció información en la entrada anterior de esta bitácora (ver aquí).

Ese reportaje se titulaba “La obra de la República. Los nuevos Institutos de segunda enseñanza. El de Calderón de la Barca”. En él un redactor del periódico Luz que por esas fechas dirigía el pedagogo y diputado de Acción Republicana Luis Bello, del círculo íntimo de Manuel Azaña pues le acompañaba por aquellas fechas en sus paseos por las afueras de Madrid,  entraba en las instalaciones de ese flamante instituto y entrevistaba al director del Instituto, el catedrático de Física y Química Salvador Velayos González, quien ofreció un vívido testimonio de las dificultades iniciales que tuvo que afrontar para que ese Instituto pudiese abrir sus puertas en el curso 1932-1933.

He aquí parte de ese reportaje de Luz.

Este Instituto ha sido establecido en el edificio que los jesuitas tenían en la calle de Alberto Aguilera, y que, al abandonarlo, desmantelaron y destrozaron sañudamente. Seguramente recordará todavía el lector las fotografías que se publicaron en algunos periódicos, y que tanta indignación produjeron. Lo que hicieron los frailes es algo increíble en personas que se dedicaban a la enseñanza.

Pues bien: al Instituto Calderón de la Barca se le adjudicó solamente el segundo piso de ese edificio. Su estado era tal, que en los primeros días de curso no hubo posibilidad de dar clases. Sin embargo, la fuerza de voluntad y el entusiasmo de su director, D. Vicente (sic por Salvador) Velayos, -quien ya tenía experiencia en la gestión de un centro docente pues había sido director del Instituto de Lugo-, obró milagros, y bien pronto quedaron abiertas las aulas. Justo es consignar aquí, con el aplauso al Sr. Velayos, otro al Claustro  [formado por el catedrático de Filosofía Mariano Quintanilla Romero, los catedráticos de Matemáticas Miguel del Río Guinea y Amós Sabrás Gurrea, el de Literatura Rafael Lapesa Melgar, el de Latín Antonio Roma Rubíes, la catedrática de Geografía e Historia María Elena Gómez-Moreno, el de Francés Antonio Machado Ruiz, el de Agricultura y Técnica Agrícola e Industrial Angel Hernansáenz Meoro, el de Historia Natural Enrique Alvarez López, el de Dibujo Eduardo Rojas Vilches y el de Educación Física Luis Rojas Calvo], y muy especialmente al catedrático de Matemáticas y diputado a Cortes Sr. Sabrás [de quien se reprodujo la siguiente fotografía impartiendo una clase rodeado de sus alumnos entre los que a lo mejor se encontraba Eduardo Haro Tecglen que guardaría buenos recuerdos de las clases de ese diputado socialista, exiliado a la República Dominicana]

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Normalizada ya la vida docente, comenzó la lucha por obtener para el Instituto algo más que el segundo piso. El Sr. Velayos quería las tres plantas del edificio, pero la necesidad de locales para otros centros hizo que los deseos del director- que, seguramente, serían también los del ministro [de Instrucción Pública y Bellas Artes Fernando de los Ríos]- no prosperasen. Y, al fin, se ha dispuesto que parte de la Escuela de Arquitectura se instale en el principal, y se ha adjudicado al Instituto la planta baja y el segundo piso. 

– Es lástima -nos dice el Sr. Velayos-, porque podía haber sido este Instituto un verdadero modelo, aparte de que nuestro local tiene que ser muy grande, porque acaso sea éste el establecimiento de más matrícula que hay en Madrid. 

El Sr. Velayos, siempre que se habla de la labor que ha realizado, pone especial empeño en atribuir todo lo hecho a sus compañeros de Claustro, cuya ayuda y consejo solicita siempre.

– Este Claustro -insiste- está animado de los mejores deseos y siente el mayor entusiasmo por secundar las inspiraciones del Gobierno para acercar la segunda enseñanza al pueblo, hacerla más humana y dar a los alumnos todas las facilidades posibles.

Actualmente, se dan todas las clases en el segundo piso, pero en adelante, con la concesión de la planta baja, irán a ésta los alumnos de los primeros años, y en ella se instalarán también el patio de recreo, las oficinas administrativas y cinco aulas. Estas, así como las del segundo piso, son hermosas y están dotadas de material moderno de toda clase. Lo que fue sala de Electrotecnia ha sido convertido en laboratorio de Física y museo de Historia Natural. El laboratorio de Química, que quedó destrozado por completo, ha sido restaurado, y es verdaderamente magnífico. 

Pero el Claustro no se ha limitado a esta labor de restauración ni a la puramente docente de la cátedra, sino que ha creado una llamada Permanencia, que es un término medio entre la ausencia y el internado.

Por una cantidad insignificante al mes, el alumno, que ha dado sus clases por la mañana, pasa la tarde en el Instituto, y allí los profesores conviven con ellos, les dan explicaciones complementarias, les adiestran en el estudio, fomentan su afición a éste haciéndoselo agradable, les dan consejos, les hacen relatos instructivos y, finalmente dirigen sus juegos, con miras al sport y al perfeccionamiento físico, en el gran patio central que tiene el edificio. [Una vista de él se aprecia en la otra fotografía que ilustraba este reportaje periodístico. En ella, como se puede apreciar, destaca un numeroso grupo de alumnas, que irrumpieron masivamente en las aulas de los institutos republicanos como ha mostrado Rebeca Herrero en su mencionada contribución al libro Aulas modernas, simulan hacer una tabla gimnástica, orientadas por su profesor de Educación Física.]

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Y como remate de esta magnífica labor complementaria, se organizan excursiones, que los alumnos irán haciendo escalonadamente, y visitas a laboratorios, museos y centros industriales.

He ahí la gran labor cultural de que la República puede envanecerse. Y puede envanecerse porque si, en otras épocas, se quiso intentar algo parecido, nada se logró: faltaba el entusiasmo en todos, que ahora ha hecho posible el progreso de la enseñanza, y que ha de transformar a España en un espacio de pocos años.

Sin embargo en otro de los institutos republicanos creados en Madrid en el verano de 1932, como el instituto Velázquez, la situación no era tan halagüeña para las fechas en las que se publicó el reportaje del diario Luz del que he dado cuenta. En efecto el viernes 25 de noviembre de 1932 a la salida de las clases, hacia la una de la tarde, hubo en las inmediaciones de ese instituto un serio altercado con puñetazos de por medio entre dos bandos existentes en el Instituto -el de los católicos y el de la F.U.E-, que tuvieron que ser disueltos por el personal de la Comisaría de Buenavista, según información que transmitió el diario El Sol al día siguiente que transcurriesen esos hechos, que también menudeaban en las aulas universitarias.

Tres días después, el lunes 28 de noviembre, Miguel de Unamuno, – de cuya etapa de desterrado en Fuerteventura durante la dictadura de Primo de Rivera se está proyectando actualmente la película La isla del viento–  quien en el otoño de 1932 era diputado y presidente del flamante Consejo Nacional de Cultura y vivía en aquellos días “un instante de gran pesimismo” dio una conferencia en el Ateneo de Madrid sobre “El momento político de la España de hoy”, en la que marcó distancias de manera vehemente con la labor política de la conjunción republicano-socialista. Afirmó, entre otras reflexiones, que la revolución se estaba haciendo “con actos verdaderamente temerarios, como fue la quema de los conventos y la disolución de la Compañía de Jesús y confiscación de sus bienes por el subterfugio del cuarto voto” [de obediencia al Papa], cuestiones con las que mostró su disconformidad expresando su opinión, según recogió un periodista de El Sol en su edición del 29 de noviembre, de “que este modo de producirse concluye siempre en hechos sangrientos”.

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Esa conferencia que abría un ciclo organizado por la sección de Ciencias Morales y Políticas del Ateneo de Madrid tuvo una amplia resonancia. El primer ministro Manuel Azaña en las reflexiones del 29 de noviembre de su diario se hizo eco de ella en los siguientes términos: Ayer en el Ateneo pronunció Unamuno su anunciada conferencia. Gran golpe de gente, según cuentan. La conferencia ha sido lastimosa. Una estupidez, o una mala acción. Le gritaron. Mucha gente se indignó con Unamuno. Si todos le hubieran hecho el mismo caso que yo, desde que le hice el artículo del leonero [se refiere a su artículo “El león, D. Quijote y el leonero” que publicó en el semanario Españaque tanto le mortificó, se evitarían el indignarse.

En esa atmósfera empezó su andadura el Instituto Calderón de la Barca y otro instituto republicano madrileño como el Nebrija, de cuyas interioridades se dará cuenta en una próxima entrada de esta bitácora.


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Los primeros profesores de los institutos de enseñanza secundaria creados por la Segunda República en Madrid

En el marco del impulso dado a la segunda enseñanza por la Segunda República española el ministerio de Instrucción Pública, dirigido por el socialista Fernando de los Ríos, dotó a la ciudad de Madrid de tres nuevos institutos durante el verano de 1932.

Dos de ellos -el Nebrija y el Calderón de la Barca- ocuparon edificios que habían pertenecido a los jesuitas, cuya orden fue disuelta a principios de 1932. Así el Nebrija ocupó las instalaciones del gran colegio jesuita de Chamartín de la Rosa

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Foto de Andrés Fabert de 1925 de la fachada y los jardines del colegio jesuita de Chamartín de la Rosa

Con destino al Instituto Nacional de Segunda Enseñanza de Antonio de Nebrija fueron nombrados los siguientes profesores:

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Para la cátedra de Literatura española el poeta canario Fernando González Rodríguez  (Telde 1901-Valencia 1972), quien políticamente estaba en la órbita de Acción Republicana el partido de Manuel Azaña, y había obtenido la cátedra en 1930.

Para la de Historia Natural a Federico Bonet Marco (1906-México 1980), quien tras licenciarse en Medicina y doctorarse en Ciencias Naturales había obtenido la cátedra del Instituto de Zafra también en 1930. Simultaneó sus tareas docentes en los años republicanos con una labor investigadora en el Museo Nacional de Ciencias Naturales y con la enseñanza en la Facultad de Veterinaria. Este destacado disícpulo de Ignacio Bolívar, relevante entómologo y director de la mencionada institución científica, sería uno de los integrantes de la diáspora científica republicana en México tras haber combatido durante la guerra civil en el batallón Félix Barzana fomado por profesores afiliados a la FETE de la UGT.

Para la de Física y Química a Cándido Francisco Fernández Anadón (Zaragoza 1903-1987), quien había sido catedrático de esa asignatura en los institutos de Orense desde 1925, y de Avila desde 1930.

Para la de Geografía e Historia a Amós Ruiz Lecina (Logroño 1897-México 1954),  quien había sido catedrático en el Instituto de Reus. Fue diputado socialista por la circunscripción de Tarragona en las tres elecciones celebradas durante la Segunda República y fallecería en el exilio en México.

Para la de Agricultura a Simón Paniagua Sánchez (Carpio de Azaba [Salamanca 1899 o 1900] -?, quien tras obtener el título de ingeniero agrónomo en 1931 y licenciarse en Ciencias Químicas en la Universidad de Madrid en 1932 obtuvo la cátedra de Agricultura y Técnica Agrícola en agosto de 1932. Desde julio de 1931 era afiliado a la Agrupación Socialista de Madrid, llegando a ser tesorero de la UGT. En 1935 obtuvo la cátedra de Física General y Técnica Micrográfica de la Escuela de Ingenieros Agrónomos. Finalizada la guerra civil se exilió en Francia y posteriormente en México donde llegó a bordo del Sinaria en junio de 1939, cuando aún no había cumplido los cuarenta años.

Para la de Filosofía a José Chacón de la Aldea (Toledo 1891-?), catedrático desde 1917 y que había sido docente en los institutos de Córdoba y Las Palmas donde fue un destacado masón en los años republicanos. En 1929 había realizado un viaje de estudios a París otorgándole la Junta para Ampliación de Estudios la condición de pensionado.

Para la de Dibujo a Aurelio Vicén Vila, quien había sido profesor en el Instituto de Soria hacia 1918, y más tarde se trasladó a Mahón, donde en 1922 era secretario del Ateneo Científico, Literario y Artístico de Mahón, según han mostrado Llorenç Gelabert Gual y Xavier Motilla Salas.

Para la de Latín al valenciano, nacido en Manises, José Albiñana Mompó, doctor en Filosofía y Letras por la Universidad Central con una tesis sobre Orígenes de los idiomas novolatinos , traductor hacia 1920 de la Historia de la civilización ibérica de Oliveira Martins y en 1927 de La leyenda del Cid Campeador de Alexandre Arnoux y autor en 1932 de una Nueva antología latina.

Para la de Francés a Rosario Fuentes Pérez, quien había ingresado en el profesorado de enseñanza secundaria por real orden de 22 de junio de 1928, junto a otras profesoras según ha mostrado Natividad Araque en su contribución al libro Aulas modernas. Casada con Fernando González Rodríguez sería depurada junto a su marido al finalizar la guerra como ha mostrado María Antonia Salvador González (ver aquí).

Para las de Matemáticas al castellonense nacido en 1902 Federico Alicart Garcés, cuya primera cátedra la tuvo en el instituto de Melilla. Considerado un pionero en el cálculo analógico su biblioteca se conserva en la Universidad Jaume I de Castellón, y también se designó a Enrique Selfa Más.

El cuerpo directivo del Instituto Nebrija estuvo configurado inicialmente por el director Fernando González Rodríguez, catedrático de Lengua y Literatura Española; el vicedirector Federico Alicart Garcés, catedrático de Matemáticas; el secretario José Chacón de la Aldea, catedrático de Filosofía y el vicesecretario Amós Ruiz Lecina, catedrático de Geografía e Historia.

El Instituto Calderón de la Barca se instaló en la que había sido sede del ICAI (Instituto Católico de Artes e Industrias) que tenían los jesuitas en la calle madrileña de Alberto Aguilera junto a su convento que había sufrido un incendio por ataques anticlericales en mayo de 1931 .

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Incendio de la sede del Instituto Católico de Artes e Industria (ICAI) el 11 de mayo de 1931. Ardieron veinte mil volúmenes de su biblioteca y desapareció el archivo del paleógrafo García Villada

El primer cuadro de profesores del Instituto Calderón de la Barca, entre cuyos alumnos se encontraría ese niño republicano que fue Eduardo Haro Tecglen, fue el siguiente:

La cátedra de Física y Química la ocupó Salvador Velayos González, quien había sido director del Instituto de Lugo, y padre del que sería notable físico Salvador Velayos Hermida.

La de Filosofía el segoviano Mariano Quintanilla Romero (1896-1969), quien había sido catedrático en los institutos de Osuna y Zamora. Había ayudado en su ciudad natal a promover la Universidad Popular. En la posguerra, tras ser sancionado por la dictadura franquista, trabajó como profesor en colegios privados de Olmedo y Medina del Campo. Fue reintegrado a la enseñanza oficial en 1949.

Para la cátedra de Matemáticas se designaron dos profesores: Miguel del Río Guinea, nacido en Vitoria-Gasteiz en 1873, y que llegaría exiliado a Mexico, vía Veracruz, el 13 de junio de 1939. Hacia 1914 era profesor del Instituto de Cáceres, donde se casó con la institucionista Juana Ontañón y Valiente (1886-1972). Luego vivirían durante casi dos décadas en Pamplona antes de su instalación en Madrid. Y Amós Sabrás Gurrea (1890-1976), quien había sido catedrático en el Instituto de Educación Secundaria de Huelva, donde fundó en 1923 el Ateneo Popular, y fue por dos meses el primer alcalde republicano. Ingresó en la francmasonería en marzo de 1925 con el nombre simbólico de “Newton” y fue durante la Segunda República diputado a Cortes por el Partido Socialista Obrero Español. En 1933 sería elegido presidente de la Asociación de Catedráticos de Institutos Nacionales de Segunda Enseñanza. Tras la guerra se exilió en la República Dominicana, regresando a España en 1960.

Para la de Literatura Española al valenciano Rafael Lapesa Melgar (1908-2001), quien se había formado como filólogo en el Centro de Estudios Históricos de la JAE doctorándose con un estudio sobre El dialecto asturiano occidental en la Edad Media. En 1930 ganó por oposición una cátedra de instituto de enseñanza media en Lengua Española y Literatura, que desempeñó en Madrid (1932-1941), Oviedo (1942) y Salamanca (1942-1947). Posteriormente, de 1947 a 1978, desempeñaría la cátedra de historia de la lengua española en la Universidad Complutense de Madrid. En 1986 fue premio Príncipe de Asturias de las Letras.

Para la de Latín el leridano Antonio Roma Rubíes (1872-1967) quien era catedrático de Lengua Latina desde 1903 desarrollando su carrera docente fundamentalmente en el Instituto de Jerez de la Frontera. En octubre de 1920 ingresó en el PSOE y fue teniente de alcalde del ayuntamiento de Jerez tras las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 y posteriormente diputado del PSOE a Cortes por Cádiz. Tras la guerra fue detenido en Valencia el 8 de mayo de 1939 y encarcelado unos años. Tras su puesta en libertad sobrevivió dando clases particulares de latín y griego.

Para la de Geografía e Historia a María Elena Gómez Moreno (1907-1998). Esta hija del historiador del arte y arqueólogo Manuel Gómez-Moreno, uno de los humanistas más relevantes del Centro de Estudios Históricos de la JAE, había obtenido su cátedra en 1930. Tras unas estancias breves en los institutos de Osuna y San Sebastián recaló en Madrid donde llevaría a cabo una larga carrera docente e investigadora.

Para la de Francés al gran poeta Antonio Machado Ruiz (1875-1939), quien se incorporó al instituto madrileño Calderón de la Barca tras haber sido catedrático en los institutos de Soria (1907-1912), Baeza  (1913-1919)y Segovia (1920-1931).  Fallecería en tierras francesas, en el pueblecito de Colliure, poco después de exiliarse y atravesar la frontera en unas trágicas circunstancias, el 22 de febrero de 1939.

Para la de Agricultura y Técnica Agrícola e Industrial a Angel Hernansáenz Meoro, quien había sido catedrático previamente en los institutos de Osuna y Orihuela  y que en 1933 obtendría una pensión de la JAE para hacer estudios en Francia durante dos meses sobre la enseñanza de las ciencias naturales.

Para la de Historia Natural al madrileño Enrique Alvarez López (1897-1961), quien había sido catedrático desde 1920 en los institutos de Huesca y de Cádiz, donde también fue director y alcalde del ayuntamiento republicano, como representante de la Agrupación al Servicio de la República, desde el 12 de junio de 1931 dimitiendo un año después con motivo de su traslado a Madrid. Durante las décadas de 1940 y 1950 simultaneó sus labores docentes en el Instituto Cervantes de Madrid con las llevadas a cabo en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, llegando a redactor jefe de los Anales del Instituto Botánico A. J. Cavanilles y presidente en 1953 de la Real Sociedad Española de Historia Natural. En esos años efectuó diversas aportaciones a la historia de las ciencias naturales en el ámbito cultural hispánico.

Para la de Dibujo a Eduardo Rojas Vilches, quien había sido profesor en el Instituto de Huelva.

Para la de Educación Física a Luis Rojas Calvo.

El equipo directivo inicial del Instituto Calderón de la Barca estuvo formado por el director Salvador Velayos González, catedrático de Física y Química; el vicedirector Miguel del Río Guinea, catedrático de Matemáticas; el secretario Mariano Quintanilla Romero, catedrático de Filosofía y el vicesecretario Enrique Alvarez López, catedrático de Historia Natural.

El tercer centro educativo de los que estoy dando noticia -el Instituto Velázquez-, se instaló en la madrileña calle homónima, en el nº 74 según el callejero del Madrid de 1932. Tras la guerra civil sería sede durante unos años del IES femenino Beatriz Galindo.

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Perspectiva de la madrileña calle Velázquez hacia 1930

Se designó a los siguientes profesores para ocupar sus diversas cátedras:

Para la cátedra de Latín al valenciano Juan Sapiña Camaró (Cullera 1905-México DF 1974), quien previamente había enseñado en los institutos de Tarragona, Teruel, donde ayudó a fundar la UGT y la Agrupación Socialista de esa ciudad, Zaragoza y Castellón. Tradujo al castellano la obra de Dante Alighieri De Monarchia. En las elecciones generales de 1931 fue elegido diputado del PSOE por Castellón. Durante la guerra civil sería entre 1937 y 1939 Director General de Minas y Combustibles. Durante su exilio en México fue profesor del Colegio Franco-Español, gerente general y director de publicaciones de la editorial Renacimiento. Además fue subdirector del Diccionario Enciclopédico UTEHA (Unión Tipográfica Editorial Hispano Americana) (1950) y de la Enciclopedia Cultural Contón (1957) y director del Diccionario González Porto (1971).

Para la de Filosofía al andaluz Antonio Bernárdez Tarancón (Jerez de la Frontera 1882-?). Este profesor había sido a principios de la década de 1920 catedrático en el Instituto General y Técnico de Cáceres, y era autor de obras como “Evolución de la Psicología y sus métodos” y “Juvenal y su ambiente histórico-científico: comentarios a la primera sátira”. Durante la guerra civil se trasladaría al instituto Luis Vives de Valencia, ciudad en la que fue testigo el 3 de enero de 1939, junto a María Moliner, del matrimonio del filólogo Antonio Rodríguez Moñino, quien se había adscrito al partido de Azaña Acción Republicana en el verano de 1932, con María Brey, tía  segunda del  actual presidente del gobierno español Mariano Rajoy Brey.

Para la de Agricultura a Cayetano García Gutiérrez, quien en febrero de 1940 se encontraba en la séptima y última escala del escalafón de catedráticos de institutos.

Para la de Francés a Manuel Núñez de Arenas (Madrid 1886-Paris 1951), quien tras su exilio en tierras francesas durante la dictadura de Primo de Rivera obtuvo una cátedra en el Instituto de Alicante, antes de recalar en el Instituto Velázquez. Este catedrático se había doctorado en 1915 en Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid con una tesis sobre el científico y socialista utópico Ramón de la Sagra. Previamente, en 1911, había ingresado en el PSOE creando la Escuela Nueva ese mismo año como centro de estudio y divulgación para la acción social. Una década después, al ser partidario de la Tercera Internacional, se dio de baja en el PSOE para incorporarse al Partido Comunista de España, exiliándose en 1924 en Burdeos, donde fue profesor de su Universidad. Durante la guerra civil trabajó en el Instituto Obrero de Valencia. Tras la derrota republicana se exilió nuevamente a Francia donde estuvo preso por sus actividades antifascistas entre 1942 y 1943, incorporándose al sistema educativo y científico francés a partir de 1945, primero en la Universidad de Burdeos y luego en la Escuela Normal Superior de Saint-Cloud.

Para la de Matemáticas a Antonio Tuñón de Lara, y a Carlos Calvo Carbonell. El primero había sido catedrático desde 1908 de los institutos de Canarias, Avila y Almería, donde presidió su Ateneo y fue líder del partido Republicano Radical. Entre abril y julio de 1931 fue gobernador civil de Cáceres y diputado a Cortes. Masón, en los años republicanos fue estrecho colaborador de Diego Martínez Barrio y de Alejandro Lerroux. Tras la guerra continuó vinculado al Instituto de Almería hasta 1949. Fue tío del historiador Manuel Tuñón de Lara. El segundo, Carlos Calvo Carbonell fue cuñado de José Gutiérrez-Ravé, un periodista de ABC conservador y monárquico. En la década de 1950 fue colaborador de la Gaceta Matemáticala revista que publicaba el Instituto “Jorge Juan” de Matemáticas y la Real Sociedad Matemática Española.

Para la de Geografía e Historia a José Ferreros Sánchez.

Para la de Física y Química a Jenara Vicenta Arnal Yarza (Zaragoza 1902-Madrid 1960), doctora en Ciencias desde 1928 y catedrática de Física y Química desde 1930 siendo sus primeros destinos los institutos de Calatayud, Infanta Cristina de Barcelona y el de Bilbao antes de incorporarse al madrileño Velázquez. Su trayectoria docente e investigadora ha sido trazada por Natividad Araque en el portal en construcción JaeEduca, resultado de dos proyectos de investigación que estoy coordinando. (ver aquí).

Para la de Lengua y Literatura española al gran poeta y crítico literario Gerardo Diego Cendoya (Santander 1896-Madrid 1987), catedrático de esa asignatura desde 1920. Antes de llegar al Instituto Velázquez había impartido clases en los institutos de Soria, Gijón y Santander, ciudad en la que había dirigido dos de las más importantes revistas literarias de la generación del 27 Lola Carmen, habiendo obtenido en 1925, antes de llegar a los 30 años, el Premio Nacional de Literatura. Tras la guerra civil, en la que manifestó sus simpatías por el bando rebelde al gobierno republicano, se incorporó al Instituto madrileño Beatriz Galindo, donde permaneció hasta su jubilación. En 1979 obtuvo el premio Cervantes junto a Jorge Luis Borges. Actualmente una fundación mantiene vivo su legado

Para la de Historia Natural a Carlos Vidal Box (1906-1970), quien antes de incorporarse al Instituto Velázquez había sido auxiliar del catedrático de la Universidad Central Eduardo Hernández-Pacheco. Durante el franquismo sería de uno de los profesores más interesados en promover la enseñanza ambiental de las ciencias naturales publicando importantes trabajos como Didáctica y Metodología de las Ciencias Naturales en la Enseñanza Media de 1961. Años después, tras fallecer Franco, el CSIC dio a conocer en 1976 su obra póstuma Guía de recursos pedagógicos en Madrid y sus alrededores. Fue asimismo autor de un conjunto de bloques-diagrama para el estudio de los relieves y la geomorfología del terreno tanto de la Península Ibérica como de otras zonas del continente europeo, y que actualmente se encuentran distribuidos en diversos centros educativos como el IES Vega del Turia de Teruel.

Para la de Dibujo a Angel Hernández Mohedano, quien había sido profesor durante muchos años en el Instituto de Cabra, habiendo diseñado hacia 1930 la espectacular vidriera de su patio de cristales. Precisamente en octubre de 1932 se trasladó a ese instituto el presidente de la República Niceto Alcalá-Zamora, antigo alumno de ese centro educativo, para inaugurar el curso académico 1932-1933 en compañía del ministro Fernando de los Ríos.

Para la de Educación Física al médico Ricardo Pradels (Zaragoza 1876-?), quien había sido profesor en los Institutos de Palencia y de Logroño y autor de la obra El Libro de la Salud,  publicado en Barcelona en 1914.

Su equipo directivo inicialmente estuvo integrado por  el director Antonio Bernárdez Tarancón, catedrático de Filosofía; el vicedirector Gerardo Diego Cendoya, catedrático de Lengua y Literatura; el secretario Manuel Núñez de Arenas, catedrático de Francés y el vicesecretario Juan Sapiña Camaró, catedrático de Latín.

Para saber más:

Diario Luz 8 septiembre 1932 p. 2; 15 septiembre 1932 p.2; 27 septiembre 1932 p.2; 30 septiembre 1932 p.15

Vicente José FERNÁNDEZ BURGUEÑO, “Los institutos republicanos madrileños (1931-1939) y su plantilla de Catedráticos”, en Leoncio López-Ocón, editor, Aulas modernas. Nuevas perspectivas sobre las reformas de la enseñanza secundaria en la época de la AJE (1907-1939), Madrid, Dykinson-Universidad Carlos III, 2014, pp. 249-285. Accesible aquí


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Un impulso a la Fundación Nacional para investigaciones científicas y ensayos de reformas en el verano de 1932

Una de las iniciativas más destacadas de  la Segunda República en su política científica fue la Fundación Nacional para Investigaciones Científicas y Ensayos de Reformas (FNICER). Tal y como señaló David Castillejo el impulsor de ese organismo autónomo fue su padre José Castillejo (Ciudad Real 1877-Londres 1945), quien inicialmente quería crear un think thank que ayudase a los gobernantes republicanos a “efectuar una renovación general de servicios basada en principios científicos y en técnicas modernas”, actuando como “sostén técnico de cualesquiera Gobiernos para las más delicadas o arriesgadas innovaciones”. De ahí que considerase José Castillejo que lo más pertinente para cumplir esas tareas era crear un Departamento de ensayos adscrito a la Presidencia del Gobierno (1).

Pero dado que Marcelino Domingo, el ministro de Instrucción Pública del primer gobierno provisional republicano,  fue quien mostró más interés por la propuesta de Castillejo sería ese político y maestro catalán quien llevó a la Gaceta el decreto de 13 de julio de 1931 en el que se creaba una Fundación Nacional para Investigaciones Científicas y Ensayos de Reformas. Ese decreto fue confirmado por las Cortes por la ley de 5 de diciembre de 1931. Más adelante las Cortes republicanas aprobaron el 23 de julio de 1932 la ley por la que se dotaba a la FNICER de los medios económicos necesarios con los que tenía que financiar la expedición al alto Amazonas, cuya dirección técnica correspondía al capitán de ingenieros y piloto aviador Francisco Iglesias Brage.

No es momento ahora de exponer en detalle las vicisitudes de la FNICER, expuesta en líneas generales en el año 2001 por Justo Formentín Ibáñez y Esther Rodríguez Fraile, quienes ya apuntaron -basándose en las actas de su consejo de administración- que uno de los lastres para el buen funcionamiento de esa institución republicana fueron sus difíciles relaciones  con la mencionada expedición al alto Amazonas.

Justo Formentín portada

Baste ahora señalar que entre sus logros cabe mencionar:

  • la creación de un Centro de Investigaciones Vinícolas asociado a la Escuela de Ingenieros Agrónomos, dirigido por Juan Marcilla. En él, entre otras actividades, se efectuaron experimentos químicos y bacteriológicos sobre levaduras andaluzas.
  • la organización en Madrid de un Instituto de Estudios Internacionales y Económicos destinado a efectuar investigaciones sobre cuestiones relevantes de la economía española y de sus relaciones con otros países.
  • y el sostenimiento de diversos laboratorios científico-técnicos en diversas ciudades, capitales de distritos universitarios, como Oviedo, Valencia, Santiago y Salamcanca, entre otras.

Además la FNICER se hizo cargo de dos centros que hasta entonces dependían de la JAE: el Laboratorio Torres Quevedo, que continuó bajo sus auspicios su labor como Centro de investigaciones de mecánica y taller de construcción de aparatos científicos e inventos; y el Seminario Matemático de Julio Rey Pastor. Asimismo asumió parte de la financiación del Instituto Cajal en una coyuntura de expansión de esa institución científica con motivo de estrenar una nueva sede.

Ahora me interesa destacar que en el devenir de la FNICER fue importante la labor de su patronato o consejo de administración, constituido por un decreto del ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes Fernando de los Ríos Urruti de 27 de agosto de 1932, publicado en la Gaceta de Madrid días después: el 1 de septiembre. (ver aquí).

Ese primer patronato lo presidía Teófilo Hernando (Torreadrada [Segovia] 1881- Madrid 1976), experto en farmacología,  catedrático de Terapéutica, Materia médica y arte de recetar en la Facultad de Medicina de la Universidad Central de Madrid, autor junto a Gregorio Marañón de un magnífico manual de Medicina interna que fue mejorado progresivamente desde su primera edición en 1915 y médico personal de Santiago Ramón y Cajal. Sorprendentemente quienes se han acercado o evocado su trayectoria vital y científica, como Fernando Pérez Peña, Alejando José Domingo Gutierrez y Pedro Laín Entralgo omiten el papel desempeñado por Teófilo Hernando en la FNICER, revelador del desconocimiento que tenemos de la política científica republicana. Tampoco disponemos de una sólida monografía sobre la trayectoria de este relevante representante de las ciencias biomédicas en la España del siglo XX.

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Teófilo Hernando, presidente del Patronato de la FNICER republicana

 

Alejandro José Domingo Gutiérrez sí nos recuerda este retrato que hizo Juan Ramón Jiménez de Teófilo Hernando:

Para mi la medida mas alta de un hombre, está en su capacidad de salvar un sello de correos, una palabra buena, una hoja seca. Teófilo Hernando es de los que salvan. Ama y guarda todo, lo mayor y lo menor, con delectación de niño ávido, no en balde él cree, científico, en todo, desde la influencia de los astros, hasta la última hipótesis juvenil. Esta inquietud ansiosa le da su aspecto simpático de niño travieso, de buen chico pillastre, pálida, rosada cara risueña y seguridad de captación y entre bromas y veras, derrama luego así el tesoro de su experiencia y de su ciencia captada entre libros, de los que es tan enamorado, o en su no menor amor de la naturaleza plena.

Los doce vocales nombrados inicialmente fueron: Julián Besteiro (Madrid 1870-cárcel de Carmona 1940), Angel Ossorio y Gallardo (Madrid 1873-Buenos Aires 1946), José Pedregal (Oviedo 1871-Avilés 1948), Pedro Corominas (Barcelona 1870-Buenos Aires 1939), Agustín Viñuales (Huesca 1881-Madrid 1959), Fernando Tallada (Barcelona 1881-Barcelona 1937), Antonio García Varela (Carballiño [Ourense]- Madrid 1942), Pedro González Quijano (Jerez 1870-Madrid 1958), Carmelo Benaiges (Tarragona 1879-Zaragoza 1976), Ernesto Winter (Gijón 1872-Oviedo 1936),  Rodrigo de Rodrigo y José Giral (Santiago de Cuba 1872-México 1962).

Es decir en ese grupo había destacados dirigentes políticos republicanos, como el presidente del Congreso de los Diputados el filósofo socialista Julián Besteiro, -de quien ya dimos noticias en una entrada anterior-, el ministro de Marina y ex rector de la Universidad de Madrid el químico José Giral, sobre el que recientemente Javier Puerto ha escrito una monumental biografía, apoyada en el archivo privado de ese prominente científico y político que los descendientes de José Giral donaron al Archivo Histórico Nacional no hace muchos años y el notable diputado Angel Ossorio y Gallardo, un jurista poliédrico de posiciones políticas socialcristianas, que había sido ministro de Fomento entre 1919 y 1920, y que desde 1928 era integrante de la Unión internacional para el estudio científico de los problemas de población.

De estos políticos solo se implicaría en las labores de la FNICER, y por ciertos períodos de tiempo, Julián Besteiro. Ossorio y Gallardo ya manifestó en la primera sesión del patronato, celebrada el 24 de octubre de 1932, “su extrañeza de verse llamado a cooperar en un servicio de investigaciones científicas, cuando su vida, en la política y en el foro, le ha llevado por otros caminos”. El ministro Fernando de los Ríos, presente en esa sesión fundacional, le explicó, según consta en el acta que “podrá aportar, no solo su preparación científica en los estudios a que se ha dedicado, sino su fino sentido crítico y la representación política de un sector de opinión del país en los problemas de cultura y de riqueza que la Fundación ha de abordar”. José Giral, sin embargo, presentó su dimisión, con carácter irrevocable, desde que fue nombrado, por motivos que convendría averiguar. Sería sustituido en la sesión del patronato de 12 de mayo de 1933 por el catedrático de Química Orgánica de la Facultad de Farmacia Antonio Madinaveitia (Madrid 1890-México 1974).

También estaban presentes dos economistas, especialistas en cuestiones hacendísticas, el asturiano José Pedregal, de familia republicana, pues su padre fue ministro durante la Primera República, él mismo ministro de Hacienda por cuatro meses entre 1922 y 1932 cuando militaba en el Partido Reformista de Melquíades Alvarez,  y vinculado a la Institución Libre de Enseñanza de la que llegó a ser su presidente por varios años;  y el aragonés Agustín Viñuales, integrante del partido azañista Acción Republicana, director general del Timbre cuando fue nombrado miembro del mencionado patronato, catedrático de Economía Política de la Facultad de Derecho de la Universidad de Granada desde 1918 y catedrático de Hacienda Pública de la Universidad Central a partir de enero de 1933. Entre junio y septiembre de 1933 sería ministro de Hacienda en un gobierno presidido por Manuel Azaña.

Dos significados catalanes fueron también nombrados miembros del patronato de la FNICER. Uno el economista y político Pedro Corominas o Pere Coromines, diputado en las Cortes, militante de Esquerra Republicana de Catalunya desde 1932, había sido consejero secretario del Banco de Catalunya, y presidente del Ateneo Barcelonés entre 1928 y 1930. En 1933 fue nombrado consejero de Justicia y Derecho de la Generalitat de Catalunya. También fue presidente del Institut d’Estudis Catalans de manera intermitente de 1931 a 1937. El segundo era  Ferran (o Fernando) Tallada Comella, catedrático de Cálculo y Mecánica Racional de la Escuela de Ingenieros de Barcelona desde 1907. Este ingeniero tenía sólidos conocimientos matemáticos y de la nueva física. Por la información disponible parece ser que la participación de Pere Coromines y de Fernando Tallada en las tareas del patronato fue mínima. De las 25 reuniones celebradas por el patronato entre el 24 de octubre de 1932 y el 11 de enero de 1937, Corominas solo asistió a una reunión -el 20 de junio de 1934- y Tallada a ninguna.

 

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Pedro Corominas Montaña o Pere Coromines i Montanya

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El grupo profesinal más numeroso de los miembros de ese patronato estuvo formado por los ingenieros. De ellos cabe destacar: al ingeniero jerezano Pedro González Quijano, un especialista en el cálculo de probabilidales, en Hidrología y geografía hidráulica y profesor de Hidrología en la Escuela de Ingenieros de Caminos de Madrid; al ingeniero de minas Ernesto Winter, quien había escrito en 1922 Elogio de la inquietud con prólogo de Fernando de los Ríos, director del Orfanato Minero de Oviedo desde 1930 y vilmente asesinado, junto a su hijo mayor, por fascistas en Oviedo en el otoño trágico de 1936, según evocara en un vibrante y emotivo texto Gregorio Morán (ver aquí) y al ingeniero geógrafo y catedrático de Hidráulica General y Agrícola y complementaria de Ingenieria Sanitaria de la Escuela Especial de Ingenieros Agrónomos desde 1925 Carmelo Benaiges.

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Pedro González Quijano

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Ernesto Winter

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De todos ellos el que mantuvo un compromiso más activo con el consejo de administración o patronato de la FNICER fue Pedro González Quijano, asistente a casi todas sus reuniones, y presidente de la última sesión celebrada el 11 de enero de 1937 en un Madrid en guerra cuando Teófilo Hernando había huido a Francia para encontrar refugio en París.

Antes de su abandono de Madrid dos personas que colaboraron estrechamente con Teófilo Hernando en las reuniones del patronato de la FNICER, y en el día a día de ese organismo, tal y como consta en sus actas fueron: el catedrático de Fisiología Vegetal y director del Jardín Botánico desde finales de 1930 Antonio García Varela, y el verdadero hombre fuerte de este nuevo organismo impulsor de la política científica republicana el director administrativo de la FNICER José Castillejo, algunos de cuyos rasgos físicos fueron definidos así por su esposa, la inglesa Irene Claremont: “Bajo la calva-cúpula, flanqueada por corto pelo negro, resaltaban, castaños y dulces, los ojos más bondadosos que he visto en mi vida”, como ya recordé en otro lugar (ver aquí).

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José Castillejo

 

Como colofón de esta entrada cabe decir que  a pesar del esfuerzo efectuado por Justo Formentín y Esther Rodríguez Fraile allá por el año 2001 al dar a conocer las Actas del Consejo de Administración o Patronato de la FNICER queda aún mucha investigación por hacer para conocer a fondo el funcionamiento de ese singular instrumento de la política científica republicana. Su importancia radica en que fue concebido para complementar a la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, favorecer la conexión de las investigaciones científico-técnicas con el tejido empresarial de la España republicana, e intensificar la descentralización de su sistema científico-técnico en aquellos agitados años de la década de 1930.

 

(1). David Castillejo, Los intelectuales reformadores de España. Epistolario de José Castillejo. vol. III. Fatalidad y porvenir 1913-1937, Madrid, Editorial Castalia, 1999, p. 672-677.