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Cuaderno de investigación de Leoncio López-Ocón sobre las reformas educativas y científicas de la era de Cajal. ISSN: 2531-1263


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Una salutación de Ignacio Bolívar en el inicio del VI Congreso Internacional de Entomología

A finales del verano de 1935 la situación de la República española era paradójica. Como consecuencia de los graves acontecimientos que se habían sucedido en octubre de 1934 -sublevación obrera en varios puntos del país, particularmente intensa en Asturias que se saldó con una violenta represión, y conato independentista en Cataluña- estaban suspendidas las garantías constitucionales, el país se encontraba en estado de alarma y no existía libertad de opinión. Pero la efervescencia científica y cultural era notoria, de lo que hay abundantes testimonios en la prensa de aquellos días.

Así en la mañana del viernes 6 de septiembre de ese año se inauguró en la Residencia de Estudiantes de Madrid, con la presencia del presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, el VI Congreso Internacional de Entomología, al que estamos dedicando varias entradas en esta bitácora. 

Los diarios vespertinos de esa jornada, Heraldo de Madrid La Voz, dieron cobertura al acontecimiento que congregaría en la capital española por varios días a los más destacados entomólogos del mundo.

 

Congreso Alvarez Sierra Cajal

Congreso Residencia estudiantes

Pero fue el periódico matutino El Sol el que ofreció ese viernes su primera página para dar cabida al presidente del comité organizador, Ignacio Bolívar. Este naturalista “benemérito” -tal y como lo calificara días después Miguel de Unamuno en un artículo que publicara en el diario Ahora como señalé en la entrada anterior de esta bitácora– se encontraba entonces en la cúspide de su influencia política y social como director del Museo Nacional de Ciencias Naturales y presidente de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas. Y “con su fresca y a la vez antigua vejez”, al decir de Unamuno, en el culmen de su carrera científica que había iniciado más de medio siglo atrás, desde que se constituyó la Sociedad Española de Historia Natural en 1871. 

Portada El Sol

En su artículo “España, paraíso de los naturalistas” explicaba a los variopintos lectores de ese periódico, pertenecientes en su mayor parte a los sectores cultos del país, por qué Madrid había sido elegida sede de esa importante reunión científica. Mostraba además la importancia de las investigaciones de los entomólogos más punteros del mundo para esclarecer problemas vitales relevantes como la herencia, la determinación del sexo y la reproducción asexual, y su convicción de la importancia de los artrópodos, de los que se estimaba más de un millón de especies para esclarecer relevantes problemas biológicos. Informó finalmente que el hecho de que España fuese considerada como un “paraíso” para los naturalistas explicaba el éxito de la convocatoria del comité organizador de ese congreso, en el que desempeñó un papel relevante su hijo Cándido Bolívar Pieltain. 

Dado su interés me permito reproducirlo tal cual.

 

Ignacio Bolivar hacia 1935

 

España, paraíso de los naturalistas por el profesor Ignacio Bolívar

La vasta extensión que ha tomado el estudio de la Entomología ha obligado a segregar casi por completo de los Congresos zoológicos los asuntos relacionados con aquella ciencia y a celebrar reuniones exclusivamente dedicadas a ella, siendo ésta la razón de los Congresos entomológicos; de los que ha comenzado a efectuarse en Madrid, es el sexto de la serie de los que vienen celebrándose cada tres años desde que se verificó en Bruselas la primera de estas reuniones, a la que sucedieron las de Oxford, Ithaca, Budapest y París. En esta última reunión, celebrada en 1932, coincidiendo con el primer centenario de la Sociedad Entomológica de Francia, se tomó por aclamación el acuerdo de que el VI Congreso se verificara en Madrid, desechando proposiciones muy ventajosas de otros países ante el deseo de conocer los progresos del nuestro en esta ciencia, acreditados ya por numerosos escritos y publicaciones, bien conocidos y reputados en el Extranjero, que han valido a los entomólogos españoles puesto y consideraciones honoríficas en las anteriores reuniones.

El conocimiento del insecto como entidad zoológica, de por sí interesante y fecundo para las ciencias naturales, ha centuplicado su importancia por haber suministrado a la Biología general y a la Biología aplicada datos importantísimos que han contribuido por modo extraordinario a su progreso y desarrollo. Cada vez son mayores las aportaciones del estudio de los insectos a aquellas ciencias, pues los biólogos más eminentes han hallado en estos pequeños seres un material precioso e insustituible para sus ensayos y experimentos sobre las cuestiones más abstrusas de los problemas vitales, como la herencia, la determinación del sexo, la reproducción asexual, etc. etc. ¿Dónde encontrar un agente como la diminuta mosca llamada “Drosophila”, que a la extrema facilidad con que puede cultivarse reúne la asombrosa fecundidad de producir hasta 25 generaciones al año, lo que en veinte años da un equivalente de 125 siglos de la vida humana, o como la “Phytodecta”, que viene estudiándose en los laboratorios de nuestro Museo, que ofrece un número de variedades cuya combinación y transmisión da tanta luz sobre ciertas modalidades de la herencia mendeliana relacionadas con los cromosomas sexuales? ¿Dónde hallar un conjunto tan considerable de formas y una tan diversa gradación que sean más apropiados para el estudio de las relaciones del medio con el ser vivo y en el que su influencia en la evolución de las especies sea más patente y más instructiva?

Los trabajos de la escuela de Morgan sobre el primero de los insectos citados, como tantos otros de diversos autores, sobre insectos y crustáceos muy diversos, aparte de su interés teórico, han contribuido enormemente a que veamos hoy completamente dilucidados problemas zootécnicos que parecían oscurísimos. Gracias a las experiencias de H.J. Muller, de R. Goldschmidt y de otros eminentes sabios, se han manifestado caminos francos para las investigaciones sobre el transformismo experimental y se ha demostrado la influencia considerable que ciertas radiaciones pueden ejercer en las mutaciones germinales; Pictet ha señalado que variando las condiciones de cría de ciertas especies de lepidópteros como la “lasiocampa” de la encina, se producen variaciones somáticas análogas a las hereditarias en especies de repartición geográfica conocida; hechos, como se puede comprender, de extraordinaria importancia para el conocimiento de la evolución de las especies; en suma, se ha demostrado que no existe ningún material más a propósito para el estudio de los trascendentales problemas de la Biología como el que ofrece la Entomología en su más amplia concepción, abarcando el estudio total de los artrópodos, en los que están incluidos los crustáceos y también los arácnidos, que de sus precursores, los merostomas, seres de formas extrañas y como de ensueño, han heredado lo que tienen de poco atrayente y aun repulsivo.

En verdad, como dice Marchal, no les ha faltado tiempo a los artrópodos para realizar tan asombrosa producción de formas y diversificación de especies, pues que existiendo desde los tiempos geológicos más antiguos los factores evolutivos, han podido alcanzar todo su desarrollo y ejercer su acción sobre los seres vivos que pudieron creerse formados de una materia plástica, de tal modo obedecen a las influencias externas sin embargo de estar, por lo común, protegidos por cubiertas quitinosas bastante resistentes; tal es su acomodación a la vida libre, ya se efectúe en un medio seco o, por el contrario, en el agua dulce o salada, o en el interior de sustancias inorgánicas o de las orgánicas más diversas. Así vemos que el número de especies hoy conocidas se aproxima a un millón, aun descontando las que han sido descritas como nuevas varias veces, pues las hay con más títulos en su nomenclatura que los que pueden ostentar la más linajuda casa de la más rancia nobleza.

Hoy supera, como se ve, el número de especies conocidas a todas las de los restantes grupos zoológicos. Calcúlese si entre tantas formas diversas no se han de mostrar ejemplos y material de estudio para las investigaciones biológicas; esto explica la extraordinaria importancia que se reconoce hoy a la Entomología.

El Congreso de Madrid ha logrado despertar la atención de gran número de naturalistas de todos los países; los Gobiernos de muchas naciones, así como las Academias, Universidades, sociedades científicas, etc., han enviado Delegaciones, algunas extraordinariamente notables por el número y mérito de sus componentes, según puede verse en los programas publicados por el Comité del Congreso. España siempre fue considerada como el paraíso de los naturalistas, y en esta ocasión justifica esta idea el interés con que han acudido entomólogos de los más remotos países. Esperemos el resultado de los trabajos y deliberaciones del Congreso de Madrid, no dudando de que ha de corresponder a aquel renombre tan justificado y a la asistencia de tan ilustres naturalistas, venidos a nuestro país para dar cuenta de sus últimas y más importantes deliberaciones.


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Entomólogos reunidos en el Madrid republicano de 1935, fotografiados y caricaturizados.

Como expuse en una entrada anterior uno de los grandes acontecimientos científicos que se produjo en el Madrid de finales del verano de 1935, cuando el timón de la gobernación española lo ejercía una coalición entre republicanos radicales, cedistas, y representantes de fuerzas conservadoras agraristas, fue el VI Congreso Internacional de Entomología.

Expongo ahora dos muestras del impacto que tuvo esa reunión científica no sólo en medios académicos españoles sino también en ciertos grupos sociales y representantes de una cultura republicana en plena efervescencia creativa.

La primera se refiere al acto solemne de imposición del doctorado honoris causa de la Universidad de Madrid por su rector, el catedrático de Patología Quirúrgica de la Facultad de Medicina León Cardenal Pujals (1878-1960), a los profesores e investigadores franceses Maurice Caullery (1868-1958) y René Gabriel Jeannel (1879-1965), al alemán Richard Benedict Goldschmidt (1878-1958), que se exiliaría en ese año de 1935 al Reino Unido y un año después a Estados Unidos, al italiano Filippo Silvestri (1873-1949) y ruso-británico Boris Uvarov (1886-1970).

Todos ellos tenían méritos suficientes para recibir esa distinción por parte de sus pares de la principal universidad española.

Caullery había sido elegido presidente en 1915 de la Sociedad Zoológica de Francia, y en 1931 y 1933 había escrito dos importantes obras: Le problème de l’évolution Present Theories of Evolution and the Problem of Adaptation. 

Jeannel era una autoridad mundial en la entomología subterránea, área de trabajo en la que se había formado junto a Emile Racovitza, cuando este dirigía la estación de biología marina de Banyuls, donde habían ido a estudiar varios naturalistas españoles pensionados por la JAE

Goldschmidt, que había estado vinculado al Kaiser Wilhelm-Gesellschaft zur Forderung de Berlín, era un importante genetista, quien desde 1915 había realizado relevantes investigaciones sobre la naturaleza y la función de los genes. Y rescató la importancia de la embriología experimental para el análisis filogenético. Michael R. Dietrich, que le ha dedicado diversos trabajos y un interesante sitio web (ver aquí), lo considera una de las más controvertidas y enigmáticas figuras de la biología del siglo XX.

Silvestri introdujo en Italia la experimentación en el campo de la lucha biológica y era uno de los principales entomólogos italianos.

Uvarov, por su parte, está considerado el fundador de la acridología, la rama de la entomología destinada al conocimiento del ciclo vital de las langostas para conseguir el control de las movimientos masivos de ese insecto tan destructivo en los terrenos agrícolas de diversas partes del mundo como ha mostrado Antonio Buj en su libro Plagas de langosta. De la plaga bíblica a la ciencia de la acridología, del que me hice eco en mi otra bitácora (ver aquí), y en particular en la Península Ibérica como han destacado recientemente las investigadoras portuguesas Inês Gomes, Ana Isabel Queiroz y el investigador Daniel Alves (ver aquí).

De ese evento académico dejó registro en las páginas del diario centrista Ahora, del que era subdirector ese gran periodista y reportero que fue Manuel Chaves Nogales, el fotógrafo Yusti, tanto en una portada como en las páginas centrales de ese periódico del 10 de septiembre de 1935

Caullery doctorado honoris causaDoctorado honoris causa colectivo

 

La segunda está relacionada con el impacto de ese evento científico en diversos creadores culturales como el ilustrador, pintor y uno de los principales caricaturistas españoles de la primera mitad del siglo XX, Luis Bagaría (Barcelona 1882-La Habana 1940). De él son conocidas innumerables caricaturas de personalidades del mundo cultural, político y empresarial de Barcelona y Madrid y su faceta de glosador gráfico de la actualidad política en diversas publicaciones desde que se estableció en la capital española en 1912. Así la eficacia política de su lápiz se manifestó sucesivamente en La Tribuna, el semanario España, impulsado por Ortega y Gasset, Luis Araquistáin y Manuel Azaña, y al que estuvo estrechamente unido entre 1915 y 1922, y sobre todo El Sol donde desarrolló la mayor parte de su carrera periodística.

Pero como tantos artistas Bagaría también sintió atracción por determinadas actividades científicas y fue un agudo observador de los fenómenos naturales, donde encontró inspiración para sus críticas sociales. Ya Emilio Marcos Villalón reparó en el hecho de que Bagaría se interesó por la generación médica de 1914. A su vez, Miguel de Unamuno, otro escritor al que el Congreso Internacional de Entomología interpeló, comentó a sus lectores que sabía que Bagaría había dibujado insectos, lo que él ya había adivinado ” al ver las profundas caracterizaciones humorísticas que lograba al caricaturizar a los hombres con formas de ortópteros, coleópteros, himenópteros…y chupópteros”, [creando]. toda una psicología entomológica humana”.

Es muy posible que esa familiaridad con el mundo de los insectos inspirase a Bagaría a ofrecer a sus lectores de El Sol el viernes 13 de septiembre de 1935 la siguiente caricatura de nueve destacadas figuras del mencionado congreso de entomología, ninguna de las cuales coincide con los que se han enumerado anteriormente.

El lápiz del caricaturista catalán, de estilo sintético, nos ofrece perfiles sui generis de los siguientes naturalistas, a los que presenta como figuras zoomorfas variadas con alas de diverso tipo:

De izquierda a derecha arriba: el italiano doctor Malinotti, el alemán Martin K. O. Schwartz, del Biologische Reichsanstalt für Land und Fortswirtschaft de Berlin, el español Manuel Martínez de la Escalera (San Sebastián 1867-Tánger 1949).

En el centro el sueco Ivor Tragardh (1878-1951), el ruso-francés Sergei Metalnikoff (1870-1946), y el también sueco Bror Yngve Sjötedt (1866-1948,

Y abajo de izquierda a derecha: el holandés Uyttenboogaart, el español Ignacio Bolívar (Madrid 1850-Ciudad de México 1944), -presidente de la JAE tras el fallecimiento de Cajal, director del Museo Nacional de Ciencias Naturales, y factótum del congreso que estamos presentando -y el egipcio Efflatoum.

Figuras del Congreso vistas por Bagaria

 

 

 

 

 


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Cuando Madrid fue la capital de los entomólogos del mundo

A principios de septiembre de 1935 más de 400 entomólogos, procedentes de todo el mundo, se reunieron en Madrid.

Medalla distribuida a los congresistas

El viernes 6 de septiembre de ese año, cuando el escenario internacional estaba pendiente del conflicto desencadenado por la Italia de Mussolini en tierras de Etiopía, se inauguró en la capital española el VI Congreso internacional de Entomología.

Desde tiempo atrás los estudiosos del mundo de los insectos, cuyo número de especies se calculaba en torno a un millón en aquella época, se reunían periódicamente. El primer congreso se había celebrado en Bruselas (1910), y luego itineró por Oxford (1912), Zurich (1925), Ithaca (1928), y París (1932). Precisamente en esta ciudad se decidió en el año 1932 que el siguiente se celebrara en Madrid “ante el deseo de conocer los progresos del nuestro en esta ciencia, acreditados ya por numerosos escritos y publicaciones, bien conocidos y reputados en el Extranjero, que han valido a los entomólogos españoles puesto y consideraciones honoríficas en las anteriores reuniones”, como diría el presidente del comité organizador del congreso madrileño Ignacio Bolívar, quien se había hecho cargo de la presidencia de la JAE tras el fallecimiento de Santiago Ramón y Cajal, en octubre de 1934.

A la espera de hacer un estudio en profundidad de esa reunión científica quisiera ahora resaltar dos hechos: la capacidad que tuvo Ignacio Bolívar, ayudado por su hijo Cándido Bolívar, para reunir en Madrid a los más cualificados representantes de esa rama de la zoología, que estaba teniendo un gran desarrollo por los beneficios que estaba brindando al conocimiento de problemas que preocupaban a los biólogos generales, y a los biólogos prácticos, y la importante masa crítica de entomólogos existentes entre los naturalistas españoles de hace más de ocho décadas, de los que había una cualificada representación en el comité organizador del Congreso.

Así sabemos que entre los asistentes a la sesión inaugural del VI Congreso Internacional de Entomología de Madrid se encontraban los siguientes investigadores y profesores:

Martin. K. O. Schwartz, del Biologische Reichsanstalt für Land und Fortswirtschaft, de Berlin; Richard Benedict Goldschmidt, del Kaiser Wilhelm-Gesellschaft zur Forderung, de Berlín; Franz Poche, de Viena; Armand d’Orchymont, del Musée Royale d’Histoire Naturelle de Bélgica; Arthur Gibson (1875-1959), de Ottawa y Crawford, también canadiense; Zarrel, de Checoeslovaquia; H. Efflatonn y Mausour, de Egipto; Avinoff, Mayne, Riley y Steineger, de Estados Unidos; Karl Hjalmar Richard Frey (1886-1965) de Finlandia; René Gabriel Jeannel (1879-1965) Regnier, Auguste Eugene Mequignon (1875-1958), Fage, Lucien Chopard (1885-1971) y Du Dresnay, de Francia; Pandagis, de Grecia; Uyttenboogaart, Hermann Schmitz (1878-1960 y Klyastra, de Holanda; sir Guy Anstruther Knox Marshall (1871-1959), Karl Jordan (1861-1959), Fox Wilson, H. Barnes, Hugh Scott (1885-1960) y Malcolm Burr (1878-1954), de Inglaterra; Malenotti, Capra y Giuseppe Franchini (1879-1938), de Italia; Stanislaw Minkiewicz (1877-1944), de Polonia; Bror Yngve Sjötedt (1866-1948), de Suecia, y Robert Biedermann (1869-1954), de Suiza.

A esos congresistas se unirían posteriormente investigadores de otras delegaciones procedentes de Japón, la Unión Surafricana, Australia y las Antillas inglesas.

Por su parte el comité organizador estaba formado por los siguientes once naturalistas españoles que meses después vivirían situaciones muy diferentes ante el estallido de la guerra de España:

Presidente: Ignacio Bolívar (Madrid 1850-Ciudad de México 1944); secretario Cándido Bolívar Pieltain y vocales: Miguel Benlloch Martínez (Valencia 1893-Madrid 1983), Federico Bonet Marco (Madrid 1906-México 1980), José del Cañizo (1894-1972), Gonzalo Ceballos y Fernández de Córdoba (Madrid, 1895-1967), José María Dusmet (Ambel [Zaragoza] 1869-1960), Juan Gil Collado (Martos [Jaén] 1901-Madrid 1986), cuya trayectoria ha sido recuperada en un libro reciente como acaba de resaltar el periodista Manuel Ansede (ver aquí) Fernando Martínez de la Escalera,(Villaviciosa de Odón [Madrid] 1895-Montevideo [Uruguay] 1986 Manuel Martínez de la Escalera (San Sebastián 1867-Tánger 1949), Antonio de Zulueta (Barcelona 1885-Madrid 1971).

Cándido Bolívar Pieltain, secretario del congreso, y que asumiría meses después importantes cargos de responsabilidad política en el gobierno del Frente Popular, formaba parte, a su vez, del comité ejecutivo de la asociación internacional de los entomólogos, integrado por:

Cándido Bolívar Pieltain, de Madrid; H. Eltringahm, de Oxford; W. Horn, de Berlín; R. Jeannel, de París; O. A. Johannsen, de Ithaca (EEUU), K. Jordan, Tring; F. Silvestri, de Nápoles; T. Shiraki, de Tainoku (Formosa); M.N. Rimsky-Korsakov, de Leningrado; Y. Sjöstedt, de Estocolmo.

Las sesiones de ese congreso, que supusieron el momento de mayor influencia de los entomólogos españoles liderados por Ignacio Bolívar en el panorama internacional de la entomología, se celebraron en cuatro significativos lugares de la colina de las ciencias que construyó la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas en el entorno del hipódromo madrileño en torno a los años republicanos: el Museo de Ciencias Naturales, el Auditorium de la Residencia de Estudiantes, el Instituto Nacional de Física y Química y el Instituto-Escuela.

Una parte importante de esos congresistas se hicieron una fotografía que está accesible en la Red, y en una entrada dedicada a ese congreso por la Associació Catalana de Bioespeleología, donde su autor -Lluis Auroux- se ha preocupado de dividirla en seis partes para que podamos identificar mejor a los congresistas y sus acompañantes.

Para saber más:

Alberto Gomis, “Mimbres para otro cesto: De la Sección de Entomología del Museo Nacional de Ciencias Naturales al Instituto Español de Entomología”, Boletín de la Real Sociedad Española de Historia Natural. Sección Biología, 108, 2014, pp. 37-47. (accesible en la red: aquí

“The First International Congress of Entomology”, Nature, 84, (1910), pp. 214-215,

E. O. Essig, “A Sketch History of Entomology”, Osiris, vol. 2 (1936), pp. 80-123

Felicitas Marwinski, “Aus der Arbeit der Bibliothek des ehemaligen Deutschen Entomologischen Instituts: 20. Nachlass HORN, Berlin, Beiträge zur Entomologie., Bd. 23. H. 5/8, S. 445-471. Berlin. (accesible en la red: aquí)

 

 


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Tensiones en el momento fundacional del CSIC: hacia un diálogo entre historiadores de la política y de la ciencia.

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Hace unos meses Joan Maria Thomas, uno de los grandes historiadores del franquismo- según ha recordado Enrique Moradiellos recientemente en las páginas de El Cultural (22-28 diciembre 2017),  publicó una relevante obra sobre las disensiones internas entre las diferentes familias ideológicas y grupos de poder del primer franquismo titulada Franquistas contra franquistas. Luchas de poder en la cúpula del régimen de Franco. Como ejemplo de la lucha feroz que se suscitó en los primeros años del franquismo entre los diferentes elementos del nuevo bloque de poder surgido de la guerra “incivil” Thomas analiza, tal  y como refiere en esta entrevista que se le hizo en El Confidencial, dos de las cuatro crisis internas que se dieron entre 1937 y 1942: la provocada por la ‘defenestración’ como delegado nacional de Sindicatos del falangista Gerardo Salvador mediante el uso del arma antimasónica por parte de sus enemigos militares, empresariales y carlistas; y el llamado ‘Atentado de Begoña’ de 1942, cuando carlistas, falangistas y militares se enfrentaron, con el resultado del lanzamiento de una granada de mano que provocó 71 heridos y tres ministros destituidos: el general Varela -Ejército-, el coronel Galarza -Gobernación- y Serrano Suñer -Asuntos Exteriores.

En ese marco de duros enfrentamientos en el interior del franquismo se ubica la creación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas por una disposición publicada en el BOE de 28 de noviembre de 1939, pp.6668-6671. Recientemente Rosario E. Fernández Terán y Francisco A. González Redondo han reconstruido el contexto de ese momento fundacional de la institución que se convertiría en el “brazo armado” de la política científica del franquismo como expuse en mi Breve historia de la ciencia española. Han llevado a cabo esa labor en su artículo “Entre José Castillejo y José Mª Albareda: Julio Palacios, “el último presidente” de la Junta para Ampliación de Estudios, 1939-1949″, publicado por la revista Historia de la educación, nº35, 2016: 293-320, que llegó a mis manos gracias a mi amiga la historiadora de la educación Gabriela Ossenbach.

El artículo está apoyado en una sólida base documental procedente de los archivos de la Residencia de Estudiantes y  de Julio Palacios (1891-1970), relevante físico,  catedrático desde 1916 de Termología en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Madrid, y director de la sección de rayos X del Instituto Nacional de Física y Química, la gran instalación científica republicana inaugurada el 6 de febrero de 1932, según informé en una de mis entradas de este blog. (ver aquí).

 

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Fotografía de Julio Palacios

Basándose en esa información Fernández Terán y González Redondo destacan cómo hubo unos meses, a partir del 26 de abril de 1939,  en los que Julio Palacios como vicepresidente del Instituto de España, que nominalmente dirigía Manuel de Falla pero este se encontraba en Argentina y nunca tomó posesión de su cargo, se hizo responsable de la reorganización de las Reales Academias y de todo cuanto había dependido de la Junta para Ampliación de Estudos e Investigaciones Científicas. Y así en palabras de Palacios “con los escasos elementos disponibles y siguiendo las normas de austeridad de la antigua Junta, logré poner en marcha todos sus Institutos de investigación”.

Pero esa inspiración en el ideario de la Junta le pasaría factura en los meses venideros. Y así mientras se encontraba en tierras argentinas adonde fue en viaje de propaganda cultural en agosto de 1939 se desencadenó una campaña anti-Palacios en la que desempeñó un papel fundamental el edafólogo y director del Instituto Ramiro de Maeztu José María Albareda, -en cuya biografía he trabajado para incorporarla al diccionario on line JAEeduca-. (ver aquí). Albareda, en efecto, intentó -mientras Palacios estaba  fuera de Madrid- convencer a su íntimo amigo José Ibáñez Martín (1896-1969 ), también catedrático de instituto y nuevo ministro de Educación Nacional desde el 9 de agosto de 1939,  de que quedasen “sin efecto cuantos nombramientos, designaciones o encargos hayan podido hacerse antes de esta organización de la investigación científica”. A favor de adoptar esa medida argumentó, refiriéndose a la labor de Palacios, que “no se ha encauzado nada, y cuando se ha intentado mejor hubiera sido dejarlo: el Rockefeller [el Instituto Nacional de Física y Química], que se quiso constituir inmediatamente [después del final de la guerra], era a base de institucionistas de los más altos grados, personas venidas del extranjero al Madrid rojo, etc. La Institución [Libre de Enseñanza] en el poder no hubiera sabido hacer más. Por desconocimiento y desidia, se daba la absurda sensación de que los rojos son necesarios para hacer marchar la alta cultura, la investigación y las relaciones con el extranjero”. Ante ataque tan furibundo la caída en desgracia de Julio Palacios estaba próxima.

Y así, aunque tras la creación del CSIC el 24 de noviembre de 1939 Palacios presentó sus credenciales para ser el futuro secretario del nuevo organismo de la política científica española el ministro Ibáñez Martín optó para ese puesto por quien sería su consejero aúlico José María Albareda, según decreto de 30 de diciembre de 1939, que no apareció publicado en el BOE hasta el 24 de enero de 1940. Se sancionaba así el control del CSIC por el Opus Dei, organización de la que era un destacado representante Albareda, -de hecho él es uno de los siete jóvenes profesionales que se hicieron una famosa foto el 3 de diciembre de 1937 en Andorra la Vella junto a Escrivá de Balaguer tras cruzar los Pirineos huyendo de la contienda fratricida-  en detrimento de figuras científicas monárquicas como Julio Palacios.

Existe un elocuente testimonio que muestra la decepción que sufrió Julio Palacios cuando se dio cuenta del (mal) trato que le dispensaban sus supuestos “amigos políticos”, que reproducen Fernández Terán y González Redondo en su jugoso artículo. Es una carta que el propio Palacios remitió al ministro Ibáñez Martín el 6 de abril de 1940 y que dice así:

Al despedirme de V. después de la última y larga entrevista que tuvo la amabilidad de concederme, pronunció V. una frase que me impresionó hondamente. Me dijo: “recuerde V. que ahora gobernamos sus amigos”. Confieso que, desde mi regreso de Buenos Aires, [que se produjo a fines de octubre de 1939] han sido tantos los desaires y disgustos que he sufrido, que hubo momentos en que pasó por mi mente la idea de que ocurría todo lo contrario. Pero sus palabras han desvanecido todo recelo y estoy persuadido de que, lo que me sucede y lo que ocurre en otros muchos casos, se debe a la ruin maniobra de gente que se mueve con fines egoístas o, lo que es peor, a nuestros enemigos, que tratan hábilmente de entorpecer la obra de reconstrucción de España a la que los buenos españoles deseamos dedicarnos con todo empeño.

A pesar de estas últimas reflexiones Julio Palacios debió de ser consciente que su posición política se debilitaba lo cual se acentuó pocos años después cuando decidió, en 1944,  respaldar el llamamiento que hizo Don Juan de Borbón desde Suiza para restaurar la Monarquía. El régimen franquista reaccionó confinándolo en Almansa (Albacete), destituyéndolo de los cargos que aún conservaba- como el vicerrectorado de la Universidad de Madrid- y provocando su semiexilio en Lisboa. Ahí en la capital portuguesa, en los años siguientes, realizaría una notable labor científica  en diversas instituciones como el Laboratorio de Radiaciones del Instituto de Oncología y el Laboratorio de Física Atómica de la Comisión de Energía Nuclear.

Como colofón de su interesante investigación Fernández Terán y González Redondo nos prometen un nuevo artículo sobre el papel desempeñado por Julio Palacios como tutor de los estudios del entonces príncipe Juan Carlos, tras un paco alcanzado por el general Franco y don Juan de Borbón.

Lástima que estos investigadores no hayan incorporado en su trabajo sobre las disensiones entre Albareda  y Palacios, entre el Opus Dei y los monárquicos conservadores, las aportaciones de historiadores políticos como Joan Thomas sobre las luchas de poder en el interior del régimen franquista.  Pero también es de esperar que en sus estudios sucesivos sobre el régimen franquista historiadores políticos como Joan Thomas u otros presten atención en sus análisis a aportaciones efectuadas por historiadores de la ciencia, como las presentadas en esta entrada, o las efectuadas por Lino Camprubí en su importante libro Los ingenieros de Franco. Ciencia, catolicismo y guerra fría en el Estado franquista (Crítica, 2017).

Foto: Escrivá de Balaguer en Andorra tras el paso de los Pirineos (Fundación Valentí Claverol/Editorial Crítica)

De pie Tomás Alvira, Sainz de los Terreros, José María Escrivá de Balaguer, Pedro Casciaro y Francisco Botella. Sentados personaje sin identificar,  Miguel Fisac y José María Albareda,  Fotografía tomada en Andorra la Vella el 3 de diciembre de 1937. Procedencia Fundación Valentí Clavero/Editorial Crítica

 

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Noticias sobre el Observatorio astronómico de Madrid en el diario El Sol hace cien años

Hace un tiempo Nicolás Ortega Cantero llamó la atención sobre las colaboraciones del catedrático de instituto Juan Dantín Cereceda en el diario El Sol , iniciadas poco después de que el 1 de diciembre de 1917 comenzase su andadura el que ha sido considerado “el mejor diario de toda la historia periodística española”, en palabras de Juan Marichal (1)

Una de las características del diario El Sol fue la importancia concedida a la alta divulgación científica, cuestión que me parece que no ha sido subrayada convenientemente en el congreso internacional celebrado los pasados días 13 y 14 de noviembre para conmemorar el centenario del nacimiento de esa empresa cultural.

Durante más de un año el periódico impulsado por el empresario Nicolás María Urgoiti y el filósofo José Ortega y Gasset incluyó en la última página de todos sus números una “hoja” para tener informados a sus lectores de los grandes problemas y novedades científico-técnicas, que se  organizaron en siete áreas del conocmiento.

Así los lunes el innovador pedagogo que fue Lorenzo Luzuriaga (Valdepeñas 1889-Buenos Aires 1959) se hizo cargo de la sección “Pedagogía e Instrucción Pública“; los martes el discípulo de Cajal, el siquiatra Gonzalo R. Lafora (Madrid 1886-1971) de “Biología y Medicina“; los miércoles el economista y catedrático de Política social y Legislación comparada de la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid Luis Olariaga y Pujana (Vitoria 1885-Madrid 1976) organizaba la sección de “Ciencias Sociales y Económicas“; los jueves el gran humanista mexicano adscrito entonces al Centro de Estudios Históricos de la JAE Alfonso Reyes (Monterrey 1889-Ciudad de México 1959) tomó la riendas de la sección de “Historia y Geografía“; los viernes el profesor de la Escuela Industrial de Madrid Federico de la Fuente de “Ingeniería y Arquitectura“; los sábados el catedrático de Derecho Político español comparado con el extranjero de la Universidad de Granada Fernando de los Rios (Ronda 1879-Nueva York 1949) de la sección “Derecho y Legislación” y los domingos el catedrático de Instituto y de la Escuela Superior del Magisterio Luis de Hoyos Sáinz (Madrid 1868-1951) de “Agricultura y ganadería“.

Esas hojas diarias contribuyeron de manera decisiva a consolidar el interés por las cuestiones científico-técnicas en la esfera pública de la sociedad española de hace un siglo, y son una magnífica fuente para tomar el pulso al desenvolvimiento de las actividades científicas de aquella época.

Como muestra ofrezco esta reseña publicada por Dantín Cereceda en la sección de Historia y Geografía del diario El Sol el jueves 24 de enero de 1918 que nos permite hacernos una idea de la labor llevada a cabo por una de las instituciones científicas de más solera en la ciudad de Madrid, como es el Observatorio astronómico, en la época en la que fue dirigida por el catedrático de Astronomía esférica y Geodesia de la Universidad Central Francisco Iñiguez e Iñiguez (1853-1922). La trayectoria científica de este astrónomo, que presentó una interesante memoria en el Ateneo de Madrid en el curso 1886-1887 sobre “Aplicación del análisis matemático a las demás ciencias“,  fue estudiada no hace mucho por  Nieves Gordón y Carlos Chocarro en Viaje por el universo del siglo XIX al XXI: Francisco Iñiguez  e Iñiguez y el Observatorio Astronómico de Madrid (Pamplona 2008) y por Iván Fernández Pérez en Aproximación histórica al desarrollo de la astronomía en España(Universidad de Santiago de Compostela 2009).

 

En una entrada anterior  de esta bitácora di cuenta de la situación de esa institución científica en 1913 (ver aquí) y de cuál era su equipamiento científico, parte del cual se puede ahora contemplar en su museo.  Ahora gracias a la siguiente reseña podemos conocer el tipo de producción científica que se hacía en él en 1917 por parte del equipo de siete astrónomos que formaban la plantilla de esa institución científica en 1918: el ya mencionado Francisco Iñiguez Iñiguez estaba acompañado, en efecto, en su quehacer diario por Carlos Puente y Ubeda (1885-1925), Antonio Vela y Herranz (1865-1927), Francisco Cos y Mermería (1864-1943), profesor de Meteorología de la Universidad Central,  Miguel Aguilar y Cuadrado (1869-1925), Victoriano Fernández Ascarza (1870-1934),y Pedro Jiménez Landi, (Madrid 1869-1964) quien fue profesor de Matemáticas en la Institución Libre de Enseñanza entre 1904 y 1924. Dos de ellos, – Miguel Aguilar y Pedro Jiménez- , eran hijos de otros relevantes astrónomos de la segunda mitad del siglo XIX.

He aquí la presentación que hiciera Juan Dantín -cuya labor docente e investigadora vamos siguiendo en esta bitácora- de la producción científica del Observatorio Astronómico de Madrid hace un siglo, en 1917, al presentar a los lectores de El Sol su Anuario.

Anuario del Observatorio de Madrid para 1918.- Un volumen de 731 págs., con un índice de materias. Dirección General del Instituto Geográfico y Estadístico. Madrid 1917.

            La publicación enunciada, análoga en su plan y contenido a la de años anteriores –como ya, en su prólogo, nos advierte el Sr. Iñiguez, jefe del Observatorio- , comienza por una sección astronómica, en que se comprenden efemérides y tablas sobre el sol, la luna, los planetas principales, satélites, cometas periódicos y estrellas, con el aspecto del cielo  y posición relativa de las constelaciones sobre el horizonte de Madrid, a las veintidós horas del día 15 de cada mes.

            Este año de gracia de 1918 tres eclipses tendrán lugar: uno, total de sol (de 8 a 9 de junio), visible en parte del casquete polar septentrional; otro, parcial de luna (24 de junio), visible en casi todo el hemisferio austral, y un tercero, anular, de sol (3 de diciembre), sólo perceptible en la América del Sur. Los tres son invisibles en España.

            Hay en este “Anuario” tres capítulos interesantes, que dan al volumen cierta novedad:

  1. A) Un capítulo con instrucciones para observar debidamente las estrellas variables, por F. Iñiguez.
  2. B) Otro titulado “Contribución al estudio del clima de Madrid”, de serio interés y cuidadosa precisión. Se estudian en él cada uno de los elementos meteorológicos (vientos, presión, temperatura, tensión, humedad, nebulosidad, lluvia), en muy diferentes aspectos y relaciones, de modo que no vienen tomados analíticamente, sino en su compleja coactuación y recíproca y simultánea. Tal es precisamente el clima. El señor don F. Cos, que lo firma, ha utilizado observaciones de cuarenta años seguidos (1860-1899), dilatada serie que merece garantías.
  3. C) Un último, sobre la actividad solar (manchas, flóculos, protuberancias solares, radiación calórica solar), que se debe a trabajos de los Sres. Ascarza (Victoriano) y Tinoco (J.).

            Las observaciones meteorológicas efectuadas en el Observatorio durante el año de 1916 cierran este pequeño volumen, que, repleto de datos interesantes, se hojea con agrado.

J. DANTIN CERECEDA

 

 

Al parecer esos astrónomos realizaban sus observaciones y estudios rodeados de “gentes deshonestas” que elegían el Cerro de San Blas para sus entretenimientos, según se quejara en uno de sus escritos F. Iñiguez, tal y como evoca Pedro Montoliu en su interesante artículo “Oservatorio Astronómico: la acrópolis desde la que Madrid descubrió el espacio”.

(1) Juan MARICHAL, Unamuno, Ortega, Azaña, Negrín. El intelectual y la política en España (1898-1936), Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1990, p. 55.


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4 de marzo de 1932: cuando Azorín solicitó más recursos para el Museo de Ciencias Naturales y el Jardín Botánico

El 7 de marzo de 1932 el presidente del gobierno Manuel Azaña daba cuenta en su diario de que Amós [Salvador Carreras] -considerado su mano derecha (ver aquí)-  le había informado de una entrevista que había tenido con José Ortega y Gasset. En ella, entre otros asuntos, el filósofo Ortega le había dicho al arquitecto riojano Amós Salvador Carreras que la adhesión del país hacia Azaña aumentaba “pero que con frialdad, sin entusiasmo, y hay que elevar la temperatura, etcétera” y que “Luz está muy mal económicamente; que con quinientas mil pesetas se salvaría la situación, y que Luz se inclinaría a seguir a don Manuel Azaña en vez de seguir a don José Ortega. Reconoce que él no tiene condiciones para la política práctica, y que la idea de sentarse en el banco azul le horroriza. Está, además, mal de salud” (1).

Luz además de problemas económicos tenía por esos días a su director, el gran periodista Félix Lorenzo, enfermo, según sabemos por una entrevista en la revista ilustrada Crónica el domingo 27 de marzo con motivo de un homenaje que le hicieron en Cartagena por su contribución al advenimiento de la República como director de El Sol y sus “Charlas al sol” que firmaba con el seudónimo de “Heliófilo”.

Felix Lorenzo Heliófilo

Pero a pesar de esas dificultades económicas y de la enfermedad de su director las páginas de Luz en las primeras semanas de su existencia son una interesante fuente de información sobre la vida cultural y científica de Madrid y de la España republicanas. Buena prueba de ello es el artículo de Azorín que presento a continuación. Este singular escritor era colaborador habitual de ese diario republicano. Así a lo largo del mes de marzo de 1932 publicó, entre otros artículos, unas interesantes semblanzas de los dos grandes políticos republicanos de aquel momento: Manuel Azaña y Alejandro Lerroux, que mantenían una sorda rivalidad.

Azorín en un reportaje de la revista Estampa 13 mayo 1933 p. 8

Azorín en un reportaje de la revista Estampa 13 mayo 1933 p. 8

El 4 de marzo de 1932 firmó un artículo titulado “Islotes”. En él instaba a que en el presupuesto del ministerio de Instrucción Pública que se discutiría en las Cortes a finales de ese mes se incrementase la partida destinada a dos instituciones científicas madrileñas, -el Museo de Ciencias Naturales y el Jardín Botánico- con cuyos trabajos e historia Azorín estaba familiarizado. Así lo demuestran sus alusiones al programa expedicionario organizado desde esas instituciones a tierras americanas en los siglos XVIII y XIX que resumí en mi Breve historia de la ciencia española (Madrid, Alianza editorial, 2003) y a la labor del naturalista e historiador americanista Marcos Jiménez de Espada, que analicé hace años en mi tesis doctoral y en el libro colectivo Marcos Jiménez de la Espada (1831-1898). Tras la senda de un explorador (Madrid, CSIC, 2000). Azorín defendía en su artículo la conveniencia y necesidad de dar un impulso al cultivo de las ciencias naturales en la España republicana y nos da a conocer también las impresiones que le había causado la reciente lectura del relato de viaje De Bogotá al Atlántico de su amigo colombiano Santiago Pérez Triana,.quien años atrás se había internado por la Orinoquía o Llanos orientales colombianos.

He aquí un extracto del sugerente texto azoriniano aparecido en la página 3 del diario Luz del viernes 4 de marzo de 1932:

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Cetonia aurata

Imaginamos el Museo de Ciencias Naturales y el Jardín Botánico como dos islotes perdidos; dos islotes perdidos en un mar de indiferencia, de negligencia y de abandono. Las ciencias naturales no sirven para nada; a los políticos no les interesan las ciencias naturales. Un dorado cetonio se acuesta por la noche en el seno fragante de una rosa; a la madrugada, el fresco rocío entumece sus miembros; un naturalista, que ha madrugado, lo está observando. ¿Para qué servirá el que este naturalista observe el dorado y fino cetonio? Un observador de la Naturaleza, el doctor Pau, de Segorbe, descubre un día en el monte un nuevo tomillo; tiene la gentileza este naturalista de dedicar la nueva variedad de tomillo al querido maestro D. Ignacio Bolívar; ya lleva el tomillo nuevo el nombre del admirado sabio. ¿Para qué servirá el descubrimiento de un tomillo? Alguna vez hemos imaginado un verdadero disparate: pensábamos que lo que hicieron los antiguos podíamos hacerlo nosotros. Si los antiguos -poetas y filósofos- adquirieron la finura y el sentido de humanidad que ahora admiramos en ellos, fue porque vivieron en contacto con la Naturaleza,porque observaron esa Naturaleza que luego, en el correr de los siglos, al descubrirlos a ellos, volvía a ponerse en contacto con nosotros. Y si observáramos la Naturaleza, si diéramos un gran impulso a las ciencias naturales, casi -digamos pudorosamente casi- no tendríamos necesidad de las llamadas humanidades; la persistente cuestión de las humanidades, la pugna entre los partidarios de la Ciencia y los partidarios de los clásicos, estaría, por fin, resuelta. En España ha habido conquistadores del Nuevo Mundo; no sentimos, querido lector, un gran entusiasmo por ellos; nos cautivan, en cambio, con profunda admiración, los observadores de la Naturaleza en América, que España ha dado al mundo. Ya desde el siglo XVI esos hombres publican libros curiosos y pintorescos. Pero es a mediados del siglo XVIII, al renovarse las ciencias en Europa, cuando los españoles realizan sus admirables expediciones por tierras americanas. En el archivo del Jardín Botánico hay abundantes pruebas de lo que esos españoles han hecho en América. Las expediciones científicas han sido muchas; D. José Celestino Mutis estuvo veintitrés años estudiando en América las plantas, las piedras y los animales. Fue Mutis el fundador del primer observatorio astronómico en el continente americano. La última de las grandes expediciones científicas fue la realizada en 1862, y que duró cuatro años [es la conocida como Comisión Científica del Pacífico que se puede conocer en el sitio web www.pacifico.csic.es, creado por un equipo que tuve la fortuna de coordinar entre 1998 y 2003]; expedición en que figuró D. Marcos Jiménez de la Espada. No se tiene, generalmente, idea de lo que esas expediciones son. Las que parecen más sencillas son ímprobas por todo extremo. El inolvidable amigo Santiago Pérez Triana realizó hace unos cuarenta años una expedición de Bogotá al Atlántico, siguiendo el curso de los ríos Meta, Vichada y Orinoco. Releído ahora su relato, parece que lo hemos vivido. Hemos caminado días y días, semanas y semanas, por el seno de un bosque inextricable; caminábamos casi en tinieblas; la luz del día apenas llegaba, opaca, palidísima, densa, hasta nosotros. Había que caminar lentamente, abriéndonos paso a fuerza de hachazos…La fatiga física es abrumadora…Pero aparte del cansancio físico está la obsesión moral que se apodera del explorador a poco de comenzada su empresa. En una interesantísima conferencia dada en 1914 (ver aquí)  por Rudyard Kipling, en la Sociedad Geográfica de Londres, el famoso escritor ha estudiado este curioso aspecto de los viajes. La obsesión moral de que hablamos reviste diversas formas y dura hasta mucho después que la expedición ha terminado; es como una marca dolorosa que se imprime en el cerebro. Uno de los exploradores consultados por Kipling le dijo que él sentía como si tuviera una barra trasversal junto al ojo derecho; en otro esta obsesión revestía la forma de una línea recta, inflexible, aterradora, línea que representaba el camino que, por un terreno llano y árido, había que recorrer. 

Volvamos a nuestros islotes; los islotes perdidos en un mar de indiferencia. Tornemos al Museo de Ciencias Naturales y al Jardín Botánico. Cada vez que se nombra un nuevo ministro de Instrucción Pública es como si apareciera en el horizonte un barco, barco que viniera a socorrer a los pobres habitadores de los islotes. Si el ministro es inculto, el barco pasa de lejos; si es ilustrado, el barco se acerca a la costa. Al presente el ministro [Fernando de los Ríos] es una persona culta y sensible; el barco aparece en el horizonte y se va acercando. Los moradores de los islotes están contentísimos; por fin va  a haber un ministro a quien interesen las ciencias naturales; se va a prestar atención a los desamparados Museo de Ciencias Naturales y Jardín Botánico. Se va acercando el barco. En la playa los moradores de las islas lo ven venir gozosos. Se divisa el ministro en la cubierta. “¡Qué simpático es! -exclaman los pobres insulanos-. ¡Qué inteligente! ¡Qué culto! ¡Qué fino! ¡Qué comprensivo! Ha dado medio millón para estudios medievales (2). Ha dado un millón para teatro lírico. Con seguridad que nos va a atender a nosotros”. Todos esperan que el barco se acerque; todos saludan con sus pañuelos. Y de pronto el barco, en vez de aproximarse a la costa, sigue su rumbo, sigue, sigue, sigue….

No sabemos si la solicitud de Azorín tuvo efectos inmediatos. Pero en los meses posteriores el ministro Fernando de los Ríos apoyaría la expedición al Amazonas que organizó el capitán de la Aviación Francisco Iglesias, quien en ese mes de marzo acudiría al despacho del ministro en compañía de José Ortega y Gasset y el director del Museo de Ciencias Naturales Ignacio Bolívar. Lo sabemos porque nos informó de ello Julio Romano, otro periodista de Crónica en una entrevista que le hiciera al ministro publicada en esa interesante revista ilustrada el domingo 13 de marzo de 1932.

Entrevista a Fernando de los Rios. Crónica domingo 13 de marzo 1932 p. 13

Entrevista a Fernando de los Rios. Crónica domingo 13 de marzo 1932 p. 13

Significativamente la expedición al Amazonas que se estaba organizando por esas fechas, y que no llegaría a salir de tierras españolas, tenía como uno de sus objetivos rememorar las aventuras  de la Comisión Científica del Pacífico, y actualizar en parte sus investigaciones amazónicas, como ya expuse hace tiempo en mi texto “La Comisión científica del Pacífico: de la ciencia imperial a la ciencia federativa” (ver aquí).

Otra consecuencia indirecta de este artículo podría ser el nombramiento de Azorín como integrante del Consejo Nacional de Cultura, según decreto del presidente de la República Niceto Alcalá Zamora de 21 de septiembre de 1932, como indiqué en otra entrada anterior de esta bitácora.

Para saber más sobre Azorín periodista e historiador:

Verónica Zumárraga, El jornalero de la pluma. Los artículos de Azorín en La Prensa, Alicante, Publicaciones Universidad Alicante, 2011

Azorín, ¿Qué es la historia?, edición de Francisco Fuster, Madrid, Fórcola ediciones, 2012.

Notas

(1): Manuel Azaña, Obras completas. vol. 3: abril 1931-septiembre 1932, (edición de Santos Juliá), Madrid, Ministerio de la Presidencia, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2007, p. 935.

(2) Se refiere Azorín a la creación a principios de 1932 del Instituto de Estudios Medievales dirigido por Claudio Sánchez Albornoz, entonces rector de la Universidad Central, y diputado de Acción Republicana, en el seno del Centro de Estudios Históricos de la JAE.

 


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Febrero 1932: cuando Madrid fue la capital europea de la física y de la química

En febrero de 1932 los colegios de los jesuitas, tanto en la capital de España como en otras ciudades, perdieron abundante material pedagógico y científico al tener que abandonar esos religiosos sus centros educativos con motivo de la aplicación del controvertido artículo 26 de la Constitución republicana. A pesar de ello Madrid mantenía pujante su vida científica y los científicos procuraban tener una presencia destacada en el espacio público como se aprecia leyendo la prensa de la época.

Así, por ejemplo, a principios de ese mes el geógrafo Juan Dantín Cereceda, catedrático de Agricultura del Instituto San Isidro, amigo de Ortega y Gasset desde tiempo atrás, como destaqué en un post anterior, fue convocado a la Sociedad Económica Matritense para hablar de las Características fisiográficas y agrológicas del suelo español, ofreciendo en palabras de un asistente un “caudal de conocimientos básicos indispensables para cuantos se interesan por los problemas del agro español, hoy de palpitante actualidad”, pues se estaba discutiendo cómo llevar a cabo la reforma agraria que querían impulsar las fuerzas republicanas. Días después el joven psiquiatra y psicoanalista Angel Garma (1904 Bilbao-1993 Buenos Aires) daría un ciclo de conferencias sobre “Mecanismos de la neurosis” en el Instituto de Patología Médica  que dirigía Gregorio Marañón.

También en la primera semana de febrero se presentó en sociedad la sección española del Comité de Cooperación Intelectual que logró a lo largo de ese mes crear comités locales en diversas ciudades españolas, como Valladolid, Sevilla, La Coruña y Santiago. En él se congregaron científicos e intelectuales deseosos de impulsar la ciencia española a través de su internacionalización. Su puesta de largo se produjo cuando sus integrantes, entre los que se encontraban Pío del Río Hortega y Corpus Barga que he mencionado en las dos entradas anteriores de este blog, organizaron a finales de ese mes de febrero de 1932 un gran mitin en el cine madrileño Opera. En él el hiperactivo ministro de instrucción Pública Fernando de los Ríos expuso las grandes líneas maestras de la política cultural de la Segunda República, de la que el mencionado Comité español de Cooperación Intelectual parecía ser uno de sus abanderados.

Fernando de los Rios 1932 29 febrero

Por su parte varias sociedades feministas se incorporaban a ese dinamismo científico e intelectual. Por ejemplo un suelto del diario Luz del lunes 8 de febrero informaba de las conferencias organizadas en los días siguientes por la Asociación Femenina de Educación Cívica que promovía la destacada feminista socialista María Martínez Sierra. El miércoles 10 la maestra Julia Peguero hablaría de “La belleza en la educación del sentimiento (Introducción a un cursillo de literatura)”; el jueves 11 la presidenta de la Asociación la mencionada María Martínez Sierra disertaría sobre “Ejercicios intelectuales”; el viernes 12 el doctor José María de Otaola sobre “Biología”, y el sábado 13 el químico Tomás Batuecas sobre “Una vida ilustre de mujer (madame Curie)”.

Asimismo se seguía con atención la labor científica llevada a cabo en otros países europeos, particularmente en Alemania. Así, por ejemplo, el colaborador del diario Luz el escritor alemán, de origen judío-askenazí, nacionalizado español en 1934, Máximo José Kahn (Frankfurt 1897- Buenos Aires 1953), en el ejemplar del miércoles 10 de febrero, hizo una amplia reseña del interesante libro de Heinrich Grupe, Naturkundlisches Wanderbuch y dos días después con el título Vida científica. Cómo se fabrica un frío de 270 grados bajo cero un colaborador anónimo ofreció en ese mismo diario un reportaje sobre el Instituto Físicotécnico de Berlín.

Pero sin lugar a dudas el acontecimiento científico de ese mes fue la inauguración el sábado 6 de febrero a las 5 de la tarde del Instituto Nacional de Física y Química, evento que permitió a Madrid convertirse por unos días en capital europea de la física y de la química al concentrarse en la capital española cinco de los más destacados físicos y químicos alemanes y franceses. Se conservan documentos de aquella inauguración como un folleto institucional conmemorativo de la inauguración, diversas informaciones periodísticas, fotografías de Alfonso,y una breve película de 3 minutos

Un testimonio significativo de lo que supuso la puesta en marcha de la que fue primera gran instalación científica española del siglo XX fue un reportaje aparecido en el diario Luz el jueves 4 de febrero. Unos días antes de su inauguración oficial el Instituto abrió sus puertas a un periodista de ese periódico. Las impresiones de lo que observó y vio, y extractos de sus conversaciones con el director del Instituto, Blas Cabrera, fueron las siguientes.

Instituto Nacional de Fisica y Quimica 1932

El sábado se inaugura el Instituto Nacional de Física y Química.

Una colaboracíón de dinero norteamericano y español en una gran obra de cultura

El mundo de la exactitud

El Instituto Nacional de Física y Química, que se inaugura el sábado, está situado en los altos del Hipódromo, detrás de la Residencia de Estudiantes. Tiene el aire de un edificio norteamericano por su alargada forma geométrica y hasta por las esbeltas columnas del pórtico de entrada, único lujo decorativo en su sobria arquitectura. No es insólito en los edificios norteamericanos esta inserción de un trozo de estilo antiguo -portería, catedral, puerta Renacimiento-dentro de su cubismo rígido. Con ello no hace más que revelar su progenie.

Desde hace veinte años existía en el llamado Palacio de Exposiciones del Hipódromo, además de un cuartel de la Guardia Civil y el Museo de Historia Natural, un pequeño Centro de Investigaciones Físicas, creado por la Junta para Ampliación de Estudios. Allí, en laboratorios improvisados, trabajaban Cabrera, Catalán, Palacios y el químico Moles, y una grey de discípulos en sutiles investigaciones sobre la materia. Centenares de trabajos -algunos muy importantes en la historia de la ciencia- salieron de aquel insospechado antro. Que no es obstáculo a la ciencia la modestia de medios; Pasteur trabajaba pésimamente instalado, el matrimonio Curie descubrió el radio en una especie de garaje y Claudio Bernard añoraba el laboratorio sucio y pobre de sus primeros experimentos desde el limpio, ordenado, espléndido que le diera el Estado francés. Se dice que en este último ya no pudo descubrir nada.

Pero hoy la investigación física exige tal precisión, tan honda exploración en los pequeños, y, sin embargo, infinitos abismos del átomo, que sólo con instrumentos costosísimos puede realizarse. Incluso necesita un edificio que sea, a su vez, un aparato, un edificio sustraído a toda trepidación, dentro del cual se crea un clima especial, inalterable, un edificio aislado del mundo como otro mundo aparte. Es el mundo de la exactitud y la precisión, el mundo de la diezmilésima de centímetro, de la milésima de miligramo, de la cienmilésima de segundo, en que el físico consume, a veces, largos años de vida solamente para añadir o rectificar la última cifra decimal de una medida.

Misterio y juego

Al entrar en el Instituto se experimenta la sensación de que el mismo edificio es un aparato que está captando un fluido misterioso del Cosmos y lo distribuye por tuberías en los cien laboratorios de su interior. Hombres de blusas blancas como en los hospitales. En los pasillos largos, oscuros, cruzados de cables, blindados, como de submarino, puertas metálicas cerradas. El silencio absoluto aumenta el intrigante secreto. Pero una puerta está abierta. ¿Qué vemos? Un hombre que tiene ante sí tres anteojos y mira por el primero de ellos otro aparato situado en el extremo contrario de la habitación, luego mira por el segundo anteojo, luego por el tercero. Después apunta algo rápidamente en un cuadernito y vuelve a mirar y apuntar una y otra vez. ¡Qué entretenimiento!

Rockefeller dona 420.000 dólares

Blas Cabrera 1932 en su laboratorioEs la persona que buscábamos: don Blas Cabrera, el director, a quien hemos de interrogar sobre la génesis y la finalidad de este Instituto.

Juan David Rockefeller, el rey del petróleo, un viejecito apergaminado, nacido en 1839, es uno de esos multimillonarios (se le calculan más de dos mil millones de dólares) que emplean parte -la mayor parte- de su fortuna en la filantropía. La Fundación Rockefeller, el Instituto de Educación Internacional y el Instituto de Educaciones Médicas son instituciones creadas y costeadas por él y su hijo para el fomento de la cultura y la higiene, no sólo en los Estados Unidos, sino en el mundo entero.

El Sr. Castillejo, secretario de la Junta para la Ampliación de Estudios -sigue el Sr. Cabrera- fue a los Estados Unidos, visitó la Fundación Rockefeller con objeto de llamar su atención sobre la obra de dicha Junta. A Madrid vinieron por su invitación el presidente y otro miembro de la Rockefeller, que, seducidos por los trabajos de nuestros investigadores, acordaron el auxilio pedido. La Fundación Rockefeller se comprometía a hacer del Instituto Nacional de Física y Química un establecimiento parejo a los primeros del mundo. Traducido a cifras, donaba 420.000 dólares. Pero la Fundación Rockefeller no pretende absorber ni dominar las instituciones por ella creadas, sino que, una vez establecidas, funcionen por sí mismas, autónomamente. Crea, funda, y luego suelta. Por eso condicionaba su ofrecimiento: el Estado español tenía que obligarse a sostener después el buen funcionamiento del Instituto.

Gobernaba entonces Primo de Rivera y hubo algunas dificultades. La hostilidad a la Junta para la Ampliación de Estudios se oponía a que ésta se desarrollara. ¡No era nada, 420.000 dólares para unos laboratorios de la Junta! Se argumentó lo mismo que se argumentaba contra el Instituto-Escuela: era demasiado bueno.Además, ¡recibir dinero forastero! ¡Qué bochorno! Contra los extranjeros tenemos nuestro grito: ¡Santiago, y a ellos! Al fin, la enemiga de los que rodeaban al dictador contra la Junta fue vencida y Rockefeller depositó en un Banco de Madrid una suma de dólares equivalente a 150.000 pesetas, que reponía conforme se gastaban. Hasta la fecha se han invertido en edificio, instalaciones eléctricas, instalaciones de agua, gas, aire comprimido, aparatos, material y mobiliario, 3.320.000 pesetas.

Pero la Fundación Rockefeller hizo algo más: pagar aparte los gastos de viaje de los arquitectos y dos técnicos a los principales laboratorios de Francia, Alemania, Holanda y Suiza.

¿Qué investigaciones se hacen en el Instituto?

Preguntamos al Sr. Cabrera cuáles son las principales investigaciones a que ahora se dedica el Instituto.

– El Sr. Moles, químico -nos dice el Sr. Cabrera-, sigue aplicando el método iniciado por Guye, en que es la primera autoridad europea, a la determinación de los pesos atómicos. El señor Moles ha rectificado muchos de los pesos atómicos que regían como válidos en la ciencia química.

El Sr. Catalán se dedica al estudio de los espectros de los cuerpos simples. A él se debe el descubrimiento de los llamados “multipletes”, o sean ciertas agrupaciones de las líneas espectrales que han servido para una mejor interpretación del edificio atómico. Precisamente en la fecha del descubrimiento estaba en Madrid Sommerfeld, la primera autoridad en la materia, que interrumpió el plan de sus conferencias para dedicar algunas de ellas al descubrimiento del joven físico español, que aclaraba puntos oscuros, dificultades y contradicciones en sus teorías sobre el átomo.

El sr. Guzmán estudia en estos momentos la sustitución del platino -muy caro- por metales comunes en los electrodos usados en los análisis electrolíticos. Las investigaciones se realizan con pleno éxito.

El sr. Madinaveitia trabaja en cuestiones particulares de la química; actualmente de la fotoquímica.

El propio Sr. Cabrera estudia las propiedades magnéticas de las tierras raras -lo más raro es su nombre-. Los resultados de sus estudios figuran, como indiscutibles, en la base de todos los trabajos sobre paramagnetismo.

La cátedra Cajal

En el Instituto Nacional de Física y Química está instalada la Cátedra Cajal, fundada y costeada por los españoles de la Argentina a la jubilación del ilustre histólogo, como el mejor homenaje a su gloriosa obra. En ella explican e investigan -durante dos o tres años- profesores extranjeros dominios muy especiales de la ciencia física. Un profesor español, el sr. Palacios, asegura el enlace y la continuidad posterior de las investigaciones iniciadas. Ultimamente ha trabajado en esta Cátedra el famoso físico Scherrer sobre estructura de los cristales por la aplicación de los rayos X. En la actualidad la ocupa Hengstenderg, que sigue las investigaciones de Scherrer y las otras, novísimas, sobre difracción de electrones.

En torno a estos profesores hay cuarenta discípulos, un vivero de investigadores y especialistas.

La inauguración del Instituto

El sr. Cabrera nos anuncia que acudirán a la inauguración gran número de científicos europeos de primer rango, los señores Weiss, Sommerfeld, Scherrer, el sr. Willsttäter, gran químico alemán, profesor que fue en Munich, cuya cátedra dimitió a causa de manifestaciones antisemíticas en su Universidad; el sr. Honigschmidt, también químico, y varios más.

El atomo

Pedimos permiso al Sr. Cabrera para mirar por sus anteojos. Pero no vemos otra cosa que unas reglas graduadas y unas agujitas que, después de varias oscilaciones, se detienen en un número.

Pero, D. Blas, y el átomo ¿dónde está?

-Ahí- nos dice-. Para nosotros el átomo no es más que un número, un símbolo, una ecuación; pero le vemos con la misma claridad y en la misma forma que usted ve esta mesa. Le puedo decir dónde no está, pero no dónde está.

Y el periodista ignorante sale oscilando, como aquellas agujitas, entre estos dos pensamientos, sin quedarse en ninguno: ¡Cuánto se sabe! ¡Qué poco se sabe! Y, sin embargo, ¡cuánto se sabe! ¡Pero no se sabe nada! Y así, indefinidamente.

Fernando de los Rios 1932 inauguracion Instituto FyQ

 

Días después la prensa se hizo eco del acto de inauguración. El diario vespertino La Voz en su edición del sábado 6 de febrero lo hizo en los siguientes términos:

Fundación Rockefeller

Solemne inauguración del Instituto Nacional de Física y Química.

Esta tarde, a las cinco, se ha celebrado la solemne inauguración del Instituto Nacional de Física y Química, bajo el patronato de la Junta Nacional de Ampliación de Estudios, cuyo edificio e instalaciones se han construido con la donación de la Fundación Rockefeller.

Al acto asistieron el ministro de Instrucción Pública, D. Fernando de los Ríos; el director general de Bellas Artes, Sr. Orueta; el rector de la Universidad de Madrid, señor Sánchez Albornoz; los catedráticos señores Unamuno, Pittaluga, Recasens y numerosas personalidades científicas y bellas damas.

Forman el personal de este instituto el director, D. Blas Cabrera; secretario D. Julio Guzmán; jefe técnico, D. Juan María Torroja, y en el cuadro de profesores forman los sres. Duperier, Palacios, Catalán, Moles, Madinaveitia, Guzmán y otros insignes maestros. 

Asisten a la sesión inaugural los profesores extranjeros, Weiss, Willstaetter, Scherrer, Sommerfeld, Hoenigschmid.

En el salón de conferencias se celebró el acto de apertura, y primeramente el Sr. Torroja, por la Junta de Ampliación de Estudios, explicó brevemente la actuación de ésta en relación con la Fundación Rockefeller. Luego, el director del Instituto, Sr. Cabrera, dedicó palabras de elogio a los esfuerzos científicos realizados por los hombres que colaboraron en la obra de la ciencia española.

A continuación, el profesor Weiss, en francés, pronunció palabras de elogio para la ciencia española; y el profesor Hoenigschmid también pronunció un discurso, haciendo resaltar la labor desarrollada por los hombres de ciencia de España.

El ministro de Instrucción Pública habló para expresar el agradecimiento del Gobierno de España a la Fundación Rockefeller. Exaltó el admirable espíritu de objetividad científica de los universitarios de los Estados Unidos y su desprendimiento. Cita casos en que a los antiguos estudiantes de las universidades americanas se les impone por éstas un tributo sobre sus rentas para contribuir a su sostenimiento. Este Instituto es un acicate para el trabajo de la juventud.

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El edificio es un magnífico alarde de las posibilidades de la arquitectura española, que ha sabido interpretar admirablemente las necesidades de un establecimiento de esta índole siguiendo los consejos de los hombres de ciencia.

Los arquitectos Sres. Sánchez Arcas y Lacasa han tenido un acierto completo al hermanar las comodidades propias de esta clase de construcciones con un soberbio conjunto estético.

 

Fernando de los Rios 1932 Blas Cabrera y otros inauguracion INFQ

Y también se informó, como hicieron el diario El Sol y la revista Madrid científico, de la sesión extraordinaria que celebró la Sociedad española de Física y Química el lunes 8 de febrero de 1932 en la que participaron dos químicas:  Salazar, quien presentó en colaboración con Moles la comunicación “Nueva revisión de la densidad normal del gas de óxido de carbono” y [Dorotea] Barnés con su comunicación “Preparación de análisis del ácido nucleinico en el bacilo de la difteria”, representantes de las mujeres científicas que empezaron a emerger en la España republicana.

Sociedad Española de Fisica y Quimica

Suelto de El Sol, domingo 7 febrero 1932, p, 9

Sociedad Española de Fisica y Quimica Madrid cientifico

Madrid científico, nº 1301, 1ª quincena de marzo de 1932, p. 9

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para saber más:

José Manuel Sánchez Ron, Miguel Catalán: su obra y su mundo, Madrid, CSIC (colección Estudios sobre la ciencia), 1994. Accesible aquí

Ana Romero de Pablos, Cabrera, Moles, Rey Pastor: la europeización de la ciencia. Un proyecto truncado, Madrid, Nivola (colección Novatores), 2002

Carmen Magallón, Pioneras españolas en las ciencias. Las mujeres del Instituto Nacional de Física y Química, Madrid, CSIC, 2004

Carlos González Ibáñez y Antonio Santamaría García, Física y Química en la colina de los chopos. Instituto de Química Física Rocasolano del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, CSIC, 2008. Accesible aquí.

Antonio Santamaría García, “El edificio Rockefeller. La arquitectura con vocación de ciencia”. Accesible aquí

Rosario E. Fernández Terán, El profesorado del “Instituto Nacional de Física y Química” ante la Guerra Civil, el proceso de depuración y el drama del exilio, Madrid, Universidad Complutense, Facultad de Educación, Departamento de Teoría e Historia de la Educación, Tesis Doctoral, 2014. Accesible aquí.