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Cuaderno de investigación de Leoncio López-Ocón sobre las reformas educativas y científicas de la era de Cajal. ISSN: 2531-1263


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La sociedad Española de Física y Química en 1917: un balance

En la página semanal que el diario El Sol dedicaba a la Ingeniería y Arquitectura apareció en el ejemplar correspondiente al viernes 24 de mayo de 1918 una noticia en la que conviene fijar la atención .

En la sección Libros y Revistas, que acompañaba a un artículo del ingeniero industrial M[anuel] Lucini sobre “La electrificación del Pajares”, se insertaba una reseña de la Memoria anual reglamentaria de la Sociedad Española de Física y Química que nos ofrece información de interés sobre tres cuestiones: las repercusiones que tuvo la Gran Guerra en el sistema científico español de hace un siglo cuando la JAE logró incorporar a sus laboratorios a un grupo de investigadores europeos; la consolidación en el panorama investigador español de dos disciplinas que experimentaron un gran auge antes y después de la Primera Guerra Mundial como fueron la Física y Química; el relevante papel organizativo desempeñado por un químico poco conocido José Rodríguez Mourelo (1857-1932) catedrático de la Escuela de Artes e Industrias, que además de ser secretario de la Sociedad Española de Física y Química desde su momento fundacional en 1903, ayudó de manera inestimable a Santiago Ramón y Cajal en la dirección del Instituto de Material Científico, como secretario de ese organismo del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, dedicado a proveer de recursos pedagógicos e instrumentos adecudados a los centros docentes.

Una buena vía para profundizar en la trayectoria científica de Rodríguez Mourelo sería sacar más provecho de los materiales relacionados con su trayectoria científica que alberga la red de bibliotecas del CSIC donde en su catálogo informático hay más de un centenar de referencias bibliográficas y documentales relacionadas con este científico gallego. Por ellas sabemos, por ejemplo, que Rodríguez Mourelo fue uno de los destinatarios en 1896 de uno de los ejemplares que editara el americanista Marcos Jiménez de la Espada de la Historia del Nuevo Mundo, obra escrita en el siglo XVII por el  jesuita Bernabé Cobo, y que permanecía inédita. Por esos años finiseculares del siglo XIX Rodríguez Mourelo estaba muy presente en la esfera pública como lo muestra el artículo que dedicara en 1895 a Santiago Ramón y Cajal en las páginas de La Ilustración Española y Americana, que reproduje en el anexo documental que acompaña a mi edición de Los tónicos de la voluntad. Consejos y reglas para la investigación científica, el best seller de Cajal, publicada por Gadir por primera vez en 2005, y que se sigue reeditando.

Anales Sociedad Española Fisica y Quimica

La reseña, no firmada, aparecida en el diario El Sol, se titulaba José Rodríguez Mourelo: Memoria anual reglamentaria de la Sociedad Española de Física y Química, y su contenido es del siguiente tenor:

La meritoria labor científica realizada durante el año de 1917 por la Sociedad Española de Física y Química, ha sido reseñada a grandes rasgos en un folleto de reciente publicación, por el catedrático y académico D. José Rodríguez Mourelo, que desempeña desde la fundación de la Sociedad el cargo de secretario general.

La guerra mundial ha influido, como no podía menos de ocurrir, en los trabajos científicos de esta Corporación, privándola del intercambio y relación con sociedades y sabios extranjeros, y aminorando considerablemente el número de extractos de revistas que publican en sus anales y que constituyen un arsenal de datos bibliográficos y científicos de inestimable labor.

A pesar de ello, y gracias al excelente acuerdo de la Junta de Ampliación de Estudios de traer a Madrid algunos profesores extranjeros, uno de ellos, monsieur [Georges] Urbain, profesor de Química en la Sorbona, asistió a las juntas de la Sociedad y dio cuenta en ellas de su notable trabajo acerca de una teoría de los conductores eléctricos perfectos. Y entre las notas de investigación científica publicadas en los Anales, figuran dos, procedentes de la Argentina, que tal vez marquen el comienzo del intercambio científico con la América española.

Los estudios de magnetoquímica, anunciados en el Laboratorio de Investigaciones Físicas; los de espectroquímica, los referentes a complejos minerales ocupan buen número de páginas del último tomo de los Anales. Y comienzan, con los mayores entusiasmos, las correcciones y determinaciones del peso atómico de los cuerpos simples.

La Memoria del Sr. Rodríguez Mourelo, correcta y sucintamente redactada, da clara idea de la brillante labor que en quince años de existencia está realizando la Sociedad Española de Física y Química, sin el apoyo oficial a que es acreedora y sin la colaboración de personas y entidades moralmente obligadas a auxiliarla en los altos y patrióticos fines que persigue.

 

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Antes de su exilio Pedro Carrasco y Garrorena sucedió a Echegaray en su cátedra

 

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Ilustración de Mikel Murillo para Ciencia de acogida

En el ejemplar de El Sol del viernes 17 de mayo de 1918, en la sección semanal dedicada a la Ingeniería y Arquitectura, M.M.C. -siglas que probablemente corresponderían a Manuel Moreno Carracciolo, uno de los colaboradores de esa sección que dirigía el ingeniero Federico de la Fuente- informó a sus lectores de la oposición en la que se dilucidó quién sustituyó en su cátedra de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central a José Echegaray (1832-1916), el científico, político y dramaturgo que había dado un gran impulso en la España del último tercio del siglo XIX a los estudios de física matemática, según ha destacado en diversos estudios José Manuel Sánchez Ron, 

Dada la riqueza del testimonio de Manuel Moreno Carracciolo, a pesar de algunas opiniones discutibles como su minusvaloración de los científicos del Sexenio democrático, me permito reproducirlo en su integridad a continuación, pues nos ofrece información sobre un momento importante de la trayectora académica de Pedro Carrasco Garriorena que sus mejores biógrafos – José M. Vaquero y José M. Cobos- trataron muy someramente.

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Pedro Carrasco Garrorena

He aquí el testimonio de Manuel Moreno Carracciolo, al que de vez en vez hago apostillas.

Hace tres años, en el tablón de anuncios del Ateneo, donde se previene al público de las horas en que conviene abstenerse de entrar en el salón de sesiones, so pena de escuchar alguna conferencia soporífera, apareció el aviso referente a un curso de “Teoría de la relatividad”, explicado por D. Pedro Carrasco y Garrorena. [En otra entrada de esta bitácora di cuenta de ese curso que formó parte de un importante ciclo de conferencias organizado por el Ateneo de Madrid en 1915. Ver aquí]

Cuando había pasado, con creces, la hora de la conferencia, entramos en la docta casa y sufrimos una reprimenda del bondadoso presidente de la sección de Ciencias, D. Luis Hoyos. [Luis de Hoyos (1868-1951) había sustituido ese año de 1915 en la presidencia de esa sección a Eduardo López Navarro según la lista de socios del Ateneo de 1914 que se puede consultar aquí]

– ¡Pero hombre! ¿Cómo no ha venido usted a oir a Carrasco? ¡Lo que se ha perdido usted! Es una maravilla de claridad con que ha expuesto las más difíciles cuestiones de física y de matemáticas. No en balde lleva seis años de ayudante de Echagaray en su cátedra de la Universidad.

Asistimos arrepentidos a las siguientes conferencias, y confirmamos plenamente el exacto juicio de D. Luis Hoyos. Aquel muchacho dominaba la física moderna, y sus explicaciones, claras y sencillas, recordaban a las de su maestro Echagaray.

Muerto el sabio catedrático, [en 1916] único prestigio científico de la mediocre generación que asistió a la inútil revolución septembrina y a la ramplona restauración monárquica, fue necesario proveer su cátedra, y por feliz casualidad se han guardado en este acto científico-administrativo los respetos debidos al ilustre D. José.

El tribunal de oposiciones, a pesar de haber sido propuesto por el Consejo de Instrucción Pública, estaba formado por personas competentes. Lo presidía D. Augusto Krahe, (1867-1930) nuestra primera autoridad matemática, y lo formaban con él, Cabrera, (1878-1945) el renovador de la enseñanza de la física; Vela, (1865-1927) uno de los más prestigiosos astrónomos del Observatorio de Madrid, y Risco (1888-1954), que en plena juventud ha ganado la cátedra de Termología en la Facultad de Ciencias de la Central. [la cátedra que gana en Madrid es la de Acústica y Óptica tras haberla desempeñado desde 1914 en la Universidad de Zaragoza]

Con Carrasco, el discípulo y ayudante de Echegaray, luchó en estas oposiciones D. Vicente Burgaleta, ingeniero industrial y doctor en Ciencias, que ha demostrado en el curso de los ejercicios una cultura y una capacidad realmente excepcionales. Nos dicen que en oposiciones celebradas hace poco en la Escuela Central de Ingenieros Industriales fue pospuesto a otro de los opositores. [años después el ingeniero industrial Vicente Burgaleta (Valladolid 1891) emigraría a Bolivia donde llevaría a cabo una relevante carrera empresarial y académica, poco conocida] O su contrincante era una verdadera eminencia, o el tribunal calificador se parecía muy poco al que acaba de actuar en estos momentos y que, después de hacer justicia a los méritos de los dos aspirantes, ha propuesto a D. Pedro Carrasco [1883-1966] para substituir a Echegaray en la cátedra de Física matemática de la Universidad Central.

Y todos ellos, jueces y opositores, han hecho algo más que realizar un acto de justicia los unos y un brillante alarde de su competencia los otros: han rendido un postrer homenaje a la memoria de aquel hombre sabio y bueno que regentó en los últimos años de su vida la más alta cátedra de la Facultad de Ciencias.

Si Echegaray hubiera presenciado los ejercicios, habría felicitado, seguramente, a los opositores y a los jueces.

M.M.C.

Pedro Carrasco Garrorena en la Red.-

https://es.wikipedia.org/wiki/Pedro_Carrasco_Garrorena

https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2959901

http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1870-35422008000200017

http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=57028302005

http://cienciadeacogida.org/es/expo/protagonista/pedro-carrasco-garrorena

https://acelerandolaciencia.wordpress.com/2018/01/29/nuestro-sol-uno-de-tantos-pedro-carrasco-garrorena-en-ciencia-de-acogida/

http://www.hoy.es/v/20101218/sociedad/pedro-rafael-carrasco-garrorena-20101218.html

 

 

 


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La producción española de obras de economía hace un siglo: un balance de Luis Olariaga

Luis Olariaga (Vitoria 21 de marzo 1885-Madrid 3 de agosto de 1976) fue un importante economista en la España de la primera mitad del siglo XX. Tras haber sido pensionado por la JAE para hacer estudios de Economía Política en Berlín obtuvo en 1917 la cátedra de Política social y Legislación comparada del trabajo en la Facultad de Derecho de la Universidad Central. Cuando a finales de ese año nació el diario El Sol  fue llamado por Nicolás de Urgoiti, vasco como él, y por José Ortega y Gasset para hacerse cargo de la Hoja semanal de Ciencias Sociales y Económicas que ese diario publicaba todos los miércoles.

En el número correspondiente al miércoles 20 de febrero de 1918 publicó un interesante artículo sobre “La investigación científica de la economía española” que me parece oportuno dar a conocer en esta bitácora por la relevante información que ofrece acerca de cuál era la situación de la investigación de una de las ciencias sociales emergentes en la España de hace un siglo, como era la economía. En ella tenía una posición de liderazgo el Seminario de Economía Política de Flores de Lemus, como queda patente en el texto que se ofrece a continuación.

            En nuestras manos ha caído un librito publicado por la Academia Universitaria Católica con el título “Documentos de asunto económico correspondientes al reinado de los Reyes Católicos”. En él van contenidos los trabajos realizados durante los cursos de 1915 a 1916 y 1916 a 1917 por los alumnos del laboratorio de Historia de la Economía social en España que en la citada academia dirige el catedrático de Historia de la Universidad central, don Eduardo Ibarra.

            Es la primera vez que expresamos en la Prensa nuestra opinión sobre publicaciones españolas que traten temas de carácter económico. Repetidas veces hemos sido invitados a ello, pero la falta de justificación para distraer la atención de los lectores nos ha impuesto un discreto silencio. De aquí que tampoco nos ocupemos habitualmente, en esta página, de comentar disertaciones que, basadas en esta clase de problemas, hacen ruido de vez en cuando en nuestros más solemnes centros de cultura.

           Hace no muchos días acudimos a la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación a escuchar una conferencia de D. Augusto González Besada acerca de “El crédito público después de la guerra”. Era nuestro propósito entresacar de las ideas que expusiera el Sr. González Besada aquellas que más relevantes nos parecieran para hacer en este lugar alguna pequeña glosa. Pues no nos fue posible sacar en limpio nada, sino que el Sr. González Besada, eminente hacendista y varias veces ministro de la Corona, en toda una Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, ante un auditorio de ex ministros, académicos y otros representantes muy principales del saber oficial, había tenido serenidad bastante para leer unos datos de una revista extranjera y aderezarlos con varias vaguedades de alarmante puerilidad, sin demostrar conocimiento ni estudio alguno de la trascendental cuestión que en el tema se enunciaba.

            Y como nos cuesta mucho tener que expresarnos en ese tono tan seco de antipatía, optamos entonces por callarnos, puesto que, al fin y al cabo, las recreativas veladas de nuestras Reales Academias no suelen ejercer sobre el país gran influencia.

           Mas hoy se nos presenta ocasión de mencionar cordialmente una obra que, aunque es modesta por ser labor de estudiantes, representa una orientación que puede ser fecunda para la investigación de nuestra economía; y aprovechamos la coyuntura para contrastarla con las tendencias que predominan actualmente en la producción española de obras de Economía.

            En dos categorías podemos separar la generalidad de los libros de esa clase que en España han aparecido en estos últimos años: obras de carácter general teórico y obras de política económica. Entre las primeras recordamos el libro de D. Joaquín Portuondo “Estudios de Economía social”, el de don Germán Bernácer “Sociedad y felicidad” y aun el de Pedro de Castilla titulado “El ahorro colectivo”. No es intención nuestra hacer un especial análisis, ni siquiera establecer el valor que pueda tener cada una de estas obras; nos interesa más bien su significación general con relación al fomento de los conocimientos económicos en nuestra patria. Desde este punto de vista se nos figura que cuantas obras de este tipo se han editado en España últimamente, representan un error. Tal clase de trabajos sólo pueden justificarse bajo uno de estos aspectos: como sistemas originales o como escrupulosa exposiciones de doctrinas ajenas. A ninguna de ambas exigencias responden las obras a que hacemos alusión. En unos casos se trata de la repetición confusa de un sistema ajeno, sin que, al parecer, el autor se dé cuenta clara de que sus conceptos fundamentales no son más que recuerdos que sus lecturas favoritas le han dejado. En este sentido es verdaderamente extraordinaria la influencia ejercida en nuestro país desde hace algunos años por Henry George. La explicación está, probablemente, en el talento lírico del agitador norteamericano, en su sencilla y profética visión de los problemas económicos, y en su falta de preparación científica, que le permitía desenvolver sus ideas con incauta pero absoluta confianza. El georgismo como manera de representarse la vida económica – pues suele llamarse también georgismo a muchas cosas que no lo son-, cuando se da en algún país de Europa, se da en el extrarradio de la zona científica, entre los periodistas, los literatos y las gentes de buena voluntad que tienen afición a los problemas generales económicos. También aquí, en España, los hombres que han escrito recientemente libros de Economía política bajo el influjo de Henry George son simplemente aficionados.

            Otras de las obras que nos referimos tienden a exponer las doctrinas de los principales maestros. Pero suelen adolecer de dos importantes defectos: primero, el uso excesivo de juicios de segunda mano o de representaciones fantásticas, por falta de conocimiento directo de las fuentes originales –así vemos, por ejemplo, incluir a Adolfo Wagner entre los historicistas alemanes y a Marshall entre los historicistas ingleses -; segundo, la falta de noticias acerca de toda la producción científica en la Economía política desde hace cincuenta años.

            Repetimos que, a nuestro juicio, es un error intentar hoy en España escribir ambas clases de obras: las que pretenden ser sistemas nuevos, porque –fuera de alguna rara excepción- carecemos de economistas suficientemente preparados y con capacidad para hacer una construcción fuerte y original, y las de exposición doctrinal, porque, aun cuando, afortunadamente, tenemos ya gentes jóvenes que conocen varios idiomas, han estudiado en las primeras Universidades de Europa y trabajan sobre las fuentes mismas…es más sencillo que hagan traducir un buen manual extranjero y dediquen, en cambio, su tiempo a otros trabajos de los que nuestra ciencia se halla en España tan necesitada.

            En cuanto a las obras de política económica que en estos años se han hecho editar, destacan por su amplitud las que escribió sobre “El problema agrario” y sobre “El problema económico de España”, el señor vizconde de Eza. Tanto en la una como en la otra, no pertenece al señor vizconde lo que hay de investigación estadística; en cambio, al señor vizconde se deben los datos puestos a ojo de buen cubero, los buenos deseos de regenerar a España y el caótico surtido de fragmentos de la sociología cristiana francesa repartidos profusamente en el texto con sistemática proporcionalidad. Todo nuestro respeto por personas sin duda bien intencionadas como el señor vizconde de Eza no nos excusa de afirmar que esa mesiánica pretensión de arreglar el país sin haber estudiado previamente con seriedad ninguno de sus problemas, podrá serle a él muy útil en nuestra política pintoresca, pero tenemos cierta aprensión de que no va a serle tan útil a la Economía política.

            De otro linaje son los trabajos recientes del Sr. Sánchez de Toca, algunos de los cuales ha recogido en un volumen titulado “Los problemas actuales de mayor urgencia para el gobierno de España”, y otros ha publicado en folletos separados. El señor Sánchez de Toca se plantea los problemas con más cautela y concreción; prepara con pulcritud su información, entra en ellos con agudeza y con fruición intelectual, y procura aclararlos.., si bien desde su punto de vista. Esto es lo a veces tiene de científicamente recusable: su punto de vista de hombre de negocios.

            Análogo reproche puede hacerse a casi todos los estudios de carácter político-económico que vienen de Cataluña: parecen más bien encargos de Ligas de productores y elaboraciones de oficinas de información. En Cataluña se hacen trabajos realmente objetivos en otras manifestaciones científicas, pero en la Economía política son demasiado raros.

            Y así estamos en España: aguardando a que se formen investigadores profesionales que nos vayan descubriendo la realidad pasada y presente de la economía nacional. No sabemos aún lo que España ha sido económicamente, ni lo que es, ni por consiguiente, lo que en el día de mañana podrá ser. Por esa razón nuestros partidos no están ligados poco ni mucho a doctrinas de política económica; y si alguno pretende estarlo –como el socialista-, se ha traído a cuestas de la luna unas doctrinas tan fantásticas, por lo inadecuadas, que no puede en ellas hallar el corazón español incitación alguna a liberarse de sus apuros económicos.

            No tenemos investigadores que busquen datos, los clasifiquen, los mediten, los elaboren y los conviertan en problemas reales. Unicamente allí, encerrado en su laboratorio del ministerio de Hacienda, el maestro Flores de Lemus – uno de los primeros investigadores de Europa- trabaja desde hace catorce años, anónima e incansablemente, en la dura faena de surtir de realidades a una política irresponsable que las malogra o desaprovecha casi siempre. Sus investigaciones sobre la Hacienda pública de España, algunas de las cuales forman el monumental trabajo que se atribuye a la Comisión que se nombró para el estudio de la sustitución del impuesto de consumos, y sus investigaciones de diversos problemas de nuestra economía, son la cantera de donde se sacan los únicos conocimientos precisos sobre la situación de la España actual, que en esta esfera del saber humano tenemos. Fuera de ese hombre, cuyo trabajo mejor está desperdiciando España inconscientemente, ¿qué puede decirse que haya juzgado honestamente? Ha sido preciso que un alemán –Leonhard– haya venido hace pocos años a nuestra patria a historiarnos la política agraria en tiempo de Carlos III, y que otro alemán – Rühe– nos haya hecho el estudio de nuestro problema monetario, y que otros extranjeros nos hayan legado la mayor parte de las restantes investigaciones que existen de nuestros problemas sociales y económicos.

            Por eso es altamente plausible la labor que está realizando en la Academia Universitaria Católica el señor Ibarra, con sus alumnos. Es menester continuar la obra histórica que Ignacio de Asso, Canga Argüelles y Colmeiro comenzaron. Tal vez los alumnos del Sr. Ibarra no puedan llegar a hacer una lucida elaboración del material histórico. Esa ha de ser necesariamente obra de hombres que tengan buena preparación de Economía, de hombres conocedores de instituciones análogas a las que se hayan de investigar, y que estén al tanto de los problemas generales de la ciencia que se ha de utilizar para valorar la Historia. Lamprecht, que fue uno de los historiadores generales de más renombre que ha tenido el mundo, no pudo dibujar, ni aproximadamente, la organización social de la ciudad medioeval alemana con la precisión y diafanidad con que lo hizo Inama-Sternegg, un economista de menos fama.

            Pero ningún trabajo bien orientado se pierde. Y como la ciencia se compone de muchas distintas averiguaciones que van armonizándose como los temas de una sinfonía, todo cuanto se haga por descubrir el sentido profundo de la vida pasada o de la vida presente ha de aprovecharse en una u otra forma. Las cátedras de Economía y Hacienda de nuestras Universidades se van llenando, por otra parte, de economistas jóvenes que han trabajado al lado del Sr. Flores de Lemus, y sabrán mostrar a las nuevas generaciones los caminos más certeros para llegar a saber algo en serio en esos asuntos. Y cuando tengamos en España unas docenas de hombres habituados a ver con sus propios ojos las cosas cuya significación económica trata de buscarse, y advertidos de la infinidad de matices y complejidades en que se dan los fenómenos de orden social, entonces podrán concebirse en nuestro país sistemas de Economía que no sean eco servil del pensamiento ajeno ni fantasías más o menos ingeniosas y más o menos pueriles. La ciencia económica se ha de tejer con ideas sutiles e impalpables, pero han de estar henchidas de innumerables referencias al mundo vital, al mundo de las realidades.

 

 

 


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Antes que Valentín Fuster ha habido en la sociedad española otros excelentes cardiólogos como Luis Calandre, pensionado de la JAE y colaborador de El Sol

En el diario El País del domingo 25 de febrero de 2018, en su última página, la periodista Luz Sánchez-Mellado, en la sección “Gente con luz”, entrevista a Valentín Fuster (Barcelona 1943), director del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares y del Instituto Cardiovascular del hospital Mount Sinai, de Nueva York. Algunos llaman a este eminente cardiólogo “El Apóstol del Corazón” por su labor investigadora y divulgadora.

En el marco de esa labor divulgadora llevada a cabo por cardiólogos españoles creo que ocupa un lugar distinguido la colaboración que firmó Luis Calandre Ibáñez (Cartagena 1890-Madrid 1961) en el diario El Sol el 19 de febrero de 1918, en su sección de Biología y Medicina, que dirigía su amigo el siquiatra Gonzalo Rodríguez Lafora y de la que era colaborador habitual hace un siglo.

Esa colaboración tenía como título “El corazón y el ejercicio“. Por su interés, y como muestra de la calidad de la labor divulgadora llevada a cabo por los investigadores españoles de hace un siglo, muchos de ellos formados gracias a los apoyos recibidos de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, que presidía Santiago Ramón y Cajal, me permito reproducirlo en esta bitácora.

Este es pues el contenido del mencionado artículo de Luis Calandre, que por aquel entonces era médico de la Residencia de Estudiantes e impartía clases al grupos de niños y niñas que vivían en ese centro educativo de la JAE.

            El corazón puede ser considerado como un perfectísimo aparato hidrodinámico que, con sus alternativos movimientos de contracción y de dilatación, y merced al adecuado funcionamiento de sus válvulas, hace circular sin interrupción por el interior del aparato circulatorio, la sangre, que habrá de llevar a todos los tejidos del organismo las substancias con que se han de nutrir.

            Se llama fuerza del corazón a la energía con que a cada contracción lanza su sangre a las arterias. De ordinario, para los menesteres de la vida corriente no despliega el corazón toda la potencia de que es capaz. Dispone todavía de la llamada fuerza de reserva, que tiene por misión entrar en actividad siempre que un esfuerzo cualquiera, como una marcha rápida, la subida de unas escaleras, el transporte de un objeto pesado, exige del corazón un mayor trabajo.

            Cuando la magnitud del esfuerzo llega a sobrepasar el poder de esta fuerza de reserva, sobreviene la fatiga. En las personas que hacen una vida sedentaria o en las que padecen de alguna lesión en el corazón, el caudal de fuerza de reserva es escaso, y la fatiga aparece prontamente con ocasión de un esfuerzo poco intenso.

            Bien conocidas son las molestias que se experimentan con motivo de una marcha rápida y prolongada o de la ascensión a una montaña. El corazón y el pulso se aceleran, siéntense palpitaciones intensas, la respiración es anhelosa y jadeante, la palabra se hace difícil; sobreviene una constricción penosa en el pecho, una opresión creciente, y más tarde un desfallecimiento general que hace imposible la continuación de todo movimiento. Después que el ejercicio se suspende, estos fenómenos van amortiguándose con más o menos lentitud. En cambio, si a pesar de la fatiga hubiese que prolongar todavía más el esfuerzo, puede sobrevenir un decaimiento brusco de las fuerzas del corazón, acompañado de una dilatación aguda de sus paredes, que en algún caso puede ocasionar una muerte súbita. La historia del soldado de Marathon que llega en veloz carrera a Atenas, da cuenta de la victoria ganada contra los persas y muere súbitamente, es un ejemplo célebre. Düms cita el caso de un soldado que habiendo tenido que dar una carrera precipitada para no faltar a la revista, cayó muerto al llegar al patio del cuartel.

            Entre las personas sanas, no todas sienten aparecer la fatiga con una cantidad de esfuerzo análogo. Unas se sofocan más fácilmente que otras. En ello influye muy esencialmente el grado de su entrenamiento para el ejercicio. Baeltz cita el caso de ciertos corredores japoneses, cuyo pulso retornaba a la frecuencia normal en el mismo instante en que interrumpían la carrera.

            Cuando un corazón es solicitado repetidamente para rendir un trabajo mayor que el ordinario, se hipertrofia; es decir, acrecienta el espesor de sus paredes musculosas y aumenta su potencia, para adaptarse al mayor esfuerzo y para vencerlo. Ocurre con el corazón lo mismo que con los demás músculos, que con el ejercicio se desarrollan.

            Esto se puede comprobar de un modo experimental si se toman dos perros gemelos y desde muy temprano a uno se le hace que permanezca siempre quieto y al otro se le fuerza a moverse mucho. Si se les sacrifica cuando están ya crecidos, se aprecia que el segundo ha llegado a poseer un corazón grande y fuerte, y el primero, en cambio, un corazón pequeño.

         Un experimento análogo nos lo ofrece a menudo la Naturaleza, ya realizado. Se observa que en aquellas especies animales cuyo género de vida exige una gran cantidad de trabajo, el corazón alcanza un desarrollo y un vigor extraordinarios. El corzo, que se caracteriza por la rapidez de su carrera; el murciélago, con el vivo movimiento de sus alas son, entre todos los mamíferos, los que, en relación con el tamaño de su cuerpo, tienen un corazón mayor. Entre las aves tienen el corazón más grande las que vuelan más y las que cantan más alto. Comparando los corazones del conejo de corral, del conejo de campo y de la liebre, es mayor en esta última que en el conejo de monte, y en éste mayor que en el de corral, que es el que hace la vida más sedentaria.

            Los obreros a quienes su profesión obliga a realizar esfuerzos musculares repetidos, suelen ofrecer una hipertrofia cardíaca considerable. Igualmente se desarrolla el corazón por la influencia de los ejercicios deportivos, a condición de que éstos se realicen con un entrenamiento gradual.

            Potain y Vaquez, en Francia, demostraron con sus investigaciones en soldados entrenados en ejercicios gimnásticos, que la hipertrofia del corazón aumenta con el grado del entrenamiento. Henschen, en Suecia, ha llegado a la misma conclusión con sus exámenes en los corredores de “ski”. Los corredores que se dedicaban a este deporte desde hacía muchos años, particularmente los que obtenían los premios, tenían el corazón netamente aumentado de volumen. Igualmente se ha comprobado este hecho por Midleton en los mejores jugadores de “foot-ball” de la Universidad de Wisconsin; por Spier, en ciclistas, y por Young, en jóvenes acostumbrados a remar.

            Nos es posible, pues, vigorizar nuestro corazón con ejercicios físicos, siguiendo un entrenamiento progresivo, y debemos poner nuestro empeño en conseguirlo, si queremos encontrarnos aptos para realizar sin gran fatiga una carrera rápida o prolongada, una ascensión penosa, un esfuerzo corporal violento, una huida necesaria: aptitudes preciosas de nuestro organismo, a las cuales el hombre sano no debe renunciar.

            Pero para que el entrenamiento se desenvuelva bien, es indispensable que el corazón esté sano. Si no lo está, no se puede llevar muy lejos el sobreesfuerzo, y si se persiste en ello, es muy probable que se presenten de un modo más o menos agudo ciertos trastornos, como disnea intensa, dolor fuerte en el pecho, opresión, aceleración persistente del pulso, angina de pecho, etc., indicadores de un brusco desfallecimiento cardíaco.

            En el Ejército se concede una extraordinaria importancia a la determinación de la capacidad de trabajo del corazón para poder excluir por inútiles los que no puedan ser capaces de soportar las fatigas del servicio.

            En la guerra actual, en la que tanta necesidad hay de aprovechar el mayor número de hombres posible, esta determinación se hace, por casi todos los beligerantes, con gran minuciosidad y precisión; se desecha sólo a los totalmente inaptos, y se aprovechan así muchos de los que antes se declaraban inútiles. A éstos, después de una observación atenta mientras se les entrena con los ejercicios de instrucción, se les clasifica y envía al frente o se les destina a servicios auxiliares que no exigen trabajos fuertes.

            En los soldados que han estado en el frente se observa a menudo un cuadro de síntomas que los americanos han denominado “corazón irritable de los soldados”. Se caracteriza por la aparición, al hacer algún esfuerzo, de disnea, palpitaciones, vértigos, pulso frecuente, dolorimiento precordial; y todo esto, sin que se les pueda apreciar lesión alguna en el corazón. Se atribuye esto a una debilidad circulatoria constitucional. Esta debilidad había permanecido larvada hasta que las fatigas y las grandes emociones las ponen de manifiesto.

 

Luis CALANDRE


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Las deficiencias de la enseñanza técnica general en la España de 1918: un artículo de Lorenzo Luzuriaga

En las primeras semanas de 1918, como estamos comprobando en esta bitácora, Lorenzo Luzuriaga (n. 1889) escribió en la sección de Pedagogía e Instrucción Pública que él dirigía en el diario El Sol una serie de artículos destinados a los futuros diputados que serían elegidos en las elecciones del 24 de febrero de 1918. En ellos pretendía explicar a los representantes de la soberanía nacional cuáles eran los problemas educativos del país, y qué soluciones se podían adoptar para solventarlos.

El Sol Pedagogía e Instrucción Pública

Su colaboración del lunes 18 de febrero de 1918 titulada “Para las próximas Cortes. La enseñanza técnica general” la dedicó a analizar la deficiente situación de ese tipo de enseñanza y a presentar propuestas para mejorarla.

Me permito, dado su interés, reproducir a continuación ese artículo en su integridad.

            De no menos importancia y gravedad que el problema de la enseñanza primaria, es el de la enseñanza o preparación técnica general. Existen, efectivamente, en España, dos clases de analfabetismo, a cada cual más alarmante: el analfabetismo literario y el analfabetismo técnico o profesional. De aquél se ha hablado infinidad de veces en todos los tonos, mayores y menores; éste, en cambio, ha llamado menos la atención de la gente, pero no por eso es menos trascendental que aquél, y aun, si cabe, es de más aguda gravedad.

            El desconocimiento de los símbolos elementales de la instrucción, que se considera como medida del analfabetismo ordinario, no significa fundamentalmente nada en la vida del hombre. Todos los días estamos viendo en España personas literariamente analfabetas al frente de negocios u ocupaciones, a veces importantes. En cambio, la falta de una preparación profesional –por elemental que ésta sea- es la que establece la mayor diferencia y desigualdad entre los que necesariamente necesitan ganarse su vida con su trabajo. No es tampoco raro encontrar en nuestro país –sobre todo en la clase media- personas con una regular instrucción general e incapaces, sin embargo, de desempeñar los cargos u oficios más sencillos y elementales.

            Reducida, pues, la enseñanza primaria al mero aprendizaje de los símbolos de la instrucción (leer, escribir y contar), se nos aparece, en cuanto medio de preparación para la vida, en un plano de eficacia inferior al de la enseñanza técnica. Claro es que aquella dominante concepción de la enseñanza o educación primaria es incompleta y defectuosa. Otra posición ocupa en el plano de los valores la educación primaria, cuando se la considera como el único medio que existe para formar modos propios de pensar, de sentir y de obrar, cuando se la mira como el instrumento indispensable para la formación total humana, para la plena edificación de la humanidad en el hombre. Entonces ya la educación primaria no aparece subordinada a la preparación técnica, sino más bien ésta a aquélla. Y entonces tampoco se pueden poner ambas como antagónicas o diferentes; pues una buena enseñanza primaria debe colocar a la vez en la conciencia y en la capacidad del hombre los elementos de una buena configuración humana general, con los gérmenes de un satisfactorio adiestramiento profesional.

            Pero dejando aparte la discusión, hoy planteada en todas partes, entre estas dos clases de enseñanza, o mejor dicho, entre estas dos manifestaciones de la educación, es indudable que la enseñanza técnica o profesional merece ocupar la atención del país en general y de los gobernantes en particular, de un modo más agudo de lo que hoy ocurre.

            Veamos, al efecto, la situación en que se halla hoy esta enseñanza entre nosotros; comparémosla después rápidamente con la que ocupa en otros países, y tratemos de exponer, finalmente, los medios que pueden emplearse para darla mayor vitalidad.

            La primera afirmación que debe hacerse en este punto, es la de que no existe a estas fechas en España un sistema organizado de instituciones de enseñanza técnica elemental, no especializada, para los muchachos que acaban sus estudios en las escuelas primarias, al modo de las continuation schools inglesas, las Fortbildungschulen alemanas y las écoles d’apprentissage francesas.

            Las únicas instituciones que existen de este género, o son particulares, o las oficiales no son independientes, sino sólo secciones o agregados de escuelas profesionales especializadas, como las de artes e industrias, comercio, etc.

         Pero aun estas instituciones son en su generalidad deficientes, tanto cuantitativa como cualitativamente. En efecto, según el último Censo publicado, las principales industrias españolas daban ocupación al siguiente número de muchachos comprendidos entre los doce y los diez y nueve años:

 

Profesiones Obreros de 12 a 19 años
Agricultura y minas 756.786
Industria y transportes 143.540
Comercio   32.217
Total 932.543

 

            Es decir, cerca de un millón de muchachos capaces de recibir una preparación profesional. ¿Qué número de ellos recibe esta preparación anualmente? Conforme al último “Anuario estadístico”, unos 26.500, distribuidos en esta forma, y comprendiendo en ellos a los que reciben una educación superior, especializada:

 

Instituciones Alumnos
Escuelas de artes e industrias 22.426
Idem de comercio 2.632
Idem náuticas y de minas   1.499
Total 26.507

 

            O sea menos del 3 por 100 de los muchachos de doce a diez y nueve años colocados en empresas agrícolas, industriales y comerciales. De las enseñanzas dadas en las granjas agrícolas nos faltan datos que, o no se han publicado, o no han llegado a nuestro poder. Sin embargo, el número de muchachos asistentes a esos cursos agrícolas no puede alterar mucho y satisfactoriamente aquel lamentable cuadro.

            Esta es la situación, cuantitativamente considerada, de nuestra enseñanza técnica elemental oficial. Mirada desde el lado interno, pedagógico, su situación no es más floreciente. En general, carece de instalaciones, de instrumental y de material adecuados. Por otra parte –y salvo las naturales excepciones-, la enseñanza dada en nuestras escuelas técnicas elementales, o es de un tipo académico y abstracto, o tiene un carácter mecánicamente rutinario. Una enseñanza práctica inteligente que no se limite a la servil reproducción de modelos muertos o unas clases vivas, en contacto con las necesidades de nuestra vida industrial, no es lo que más frecuentemente se encuentra en estas escuelas. Ni que decir tiene que hablamos en términos generales, y que aquí, como en todo, existen excepciones; pero no más que excepciones.

            No es, pues, muy risueño el cuadro que presenta nuestra enseñanza técnica elemental. Y, sin embargo, la formación profesional debe tener alguna importancia, cuando vemos que en plena guerra países de una gran tradición y preparación técnica, como Inglaterra y Francia, se aprestan, según hemos visto en otros artículos, a reformar radicalmente toda su enseñanza profesional elemental, haciendo ésta obligatoria para todos los muchachos y muchachas comprendidos entre los catorce y los diez y ocho o veinte años, como lo es la primaria para los niños de seis a doce o catorce. Alemania no ha necesitado recurrir a estos extremos, porque prácticamente existía ya en casi todos los Estados del Imperio la obligación de la educación profesional desde los catorce a los diez y seis o diez y siete años, y lo mismo ocurre en la mayoría de los Estados Unidos, en Suiza, Bélgica y Austria.

            ¿Qué camino podemos emprender nosotros, dados nuestros recursos actuales para poner término a esta insuficiencia de nuestra enseñanza técnica elemental? Mejor que un camino, podrían señalarse dos: uno de carácter general, otro de tipo más limitado.

            Cuenta hoy España con clases de adultos en todas las escuelas nacionales desempeñadas por maestros; según el último “Anuario estadístico”, aquellas clases ascendían en 1916 a 12,498, y suponían al Estado un gasto de pesetas 3.200.000, en números redondos. Pues bien, para nadie es un secreto que las clases de adultos no dan el resultado que debieran producir. El mismo “Anuario” da como asistencia media a estas clases la cifra de 252.547 adultos, o sea un promedio por clase de veinte alumnos.

            Pero es de advertir que esta misma exigua asistencia aparece notablemente favorecida en el “Anuario”. En realidad, la asistencia a las clases apenas dura dos o tres meses –los primeros- en el curso. Y aun en esos meses es completamente irregular.

            Las causas de ello son bien conocidas, a saber: primero, las horas intempestivas en que se dan las clases, que son después del trabajo ordinario de los adultos, y segundo, el carácter de la enseñanza, que es puramente literaria, pues las clases son principalmente para analfabetos. Todo ello hace que no tengan interés para la generalidad de los adultos.

            Disponiendo nosotros de este número extraordinario de clases, que no cuentan ni Francia ni Inglaterra, podrían tomarse como base para convertirlas en verdaderas escuelas de perfeccionamiento técnico y profesional, sin descuidar por ello la lucha contra el analfabetismo literario. Hemos visto, en efecto, en otra ocasión cómo las dos grandes reformas sobre educación de los adolescentes en aquellos dos países tomaban como eje para la creación de sus escuelas de perfeccionamiento los maestros primarios, asignándoles horas de trabajo y remuneraciones extraordinarias, y adscribiendo a aquéllas maestros especiales encargados cada uno de enseñar en varias de ellas las materias tecnológicas, agrícolas, etc., que escapaban a la gestión y preparación del maestro primario.

            Pues bien, nosotros contamos actualmente, como hemos dicho, con más medios que esos países, con las doce mil clases de adultos actuales. ¿Sería muy difícil, sobre la base de éstas, preparar poco a poco profesores especiales, al cargo de los cuales corrieran las enseñanzas técnicas agrícolas y comerciales y convertirlas así en verdaderas escuelas de perfeccionamiento? Creemos que no. Las Escuelas de Ingeniería actuales podrían muy bien organizar cursos breves de perfeccionamiento para el personal técnico de esas escuelas elementales. Un profesor o maestro especial de éstos así preparados, podría ejercer su cargo en varias escuelas a la vez, y los maestros primarios se encargarían de las enseñanzas generales. La inspección de las escuelas correría a cargo de los mismos ingenieros del Estado, y así, sin un gasto extraordinario, se iría poco a poco reorganizando en todas las localidades esta enseñaza.

            Téngase presente que en nuestro mismo país se ha tratado de establecer, aunque modestamente, este tipo de escuelas especializadas, con las escuelas de adultas creadas en 1913. En las diez creadas entonces en las capitales de los distritos universitarios, se organizaron sobre la base de las maestras primarias, enseñanzas especiales de francés, mecanografía, taquigrafía, etcétera, a cargo de profesoras especiales. Desgraciadamente, esta organización tan seriamente emprendida ha sido echada a perder después con otras disposiciones oficiales. Unicamente las de Barcelona, gracias a su Ayuntamiento, han sido salvadas de esta desorganización general.

            El otro camino es más lento, pero quizá más eficaz. En algunas regiones de España- en Cataluña y las Vascongadas especialmente- la iniciativa privada de algunos industriales o la acción de algunos Ayuntamientos y Diputaciones han creado bastantes escuelas de perfeccionamiento para sus operarios o administrados. Pues bien, el Estado podría fomentar con subvenciones la creación de este género de escuelas locales, reservándose únicamente cierta inspección sobre ellas. Las Sociedades obreras, los Sindicatos patronales, las Corporaciones locales, serían los organizadores, directores, y aun sostenedores de esas instituciones. Este es el camino que han seguido antes de la guerra algunos países, como Inglaterra. Repetimos que es más lento, pero quizás es más seguro que el de una organización general.

         En realidad, los dos procedimientos no son antagónicos, sino complementarios. Convendría quizá empezar por el esfuerzo y la gestión local, y cuando hubiera ya una experiencia acumulada sobre el funcionamiento de estas escuelas de perfeccionamiento, trasladarla a una organización de carácter general. Así se evitarían los mecanismos y embolismos vacíos a que tan aficionada es nuestra administración pública, y se haría una labor seria.

            De todas suertes, cualquiera que sea el camino que se elija, una solución a este problema de nuestro analfabetismo técnico es absolutamente necesaria y urgente. Las dificultades que en estos tres años de prueba ha sufrido la vida española, por falta de una preparación técnica suficiente, son un indicio de las que experimentará en la lucha económica que sobrevendrá a la terminación de la guerra. Hemos visto cómo países infinitamente mejor preparados que nosotros, como Francia e Inglaterra, se han apresurado, en medio de todas las dificultades presentes, a mejorar su outillage humano. ¿Podemos seguir nosotros en la misma situación inerte o inerme que hemos permanecido hasta ahora?

 

Lorenzo LUZURIAGA


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Aguafuertes en el Ateneo, Galdós por Victorio Macho y un Anuario agrícola de un ingeniero agrónomo: El Sol 17 febrero 1918

El ejemplar del diario El Sol abría su portada del domingo 18 de febrero ofreciendo una amplia cobertura de la conferencia que había dado el día anterior en el Palacio de la Música Catalana de Barcelona el ministro de Hacienda del gobierno español Juan Ventosa Calvell (n.1879), y dirigente de la Lliga Regionalista, sobre el tema “El momento actual y nuestra actuación”.

En páginas interiores la información cultural era amplia y variada. El crítico de arte del periódico Francisco Alcántara dedicaba su sección “La vida artística” a comentar elogiosamente la exposición de aguafuertes que había organizado en El Ateneo de Madrid Francisco Pompey (n.1887), uno de cuyos visitantes sería Manuel Machado, quien también en su diario que publicaba en El Liberal nos dejó sus impresiones acerca de ese evento artístico.

Como siempre los juicios y las opiniones de Francisco Alcántara son interesantes de leer. Por ello me permito transcribir una parte de su crónica donde aborda la relación entre los artistas y los públicos

Muy hermoso e instructivo es poder contemplar en el saloncito del Ateneo lo que podría titularse “Un siglo de aguafuertes españolas”, porque, en efecto, algunas de las expuestas de Goya se hicieron, casi casi, “tal día como” del siglo pasado. Muy bello y muy instructivo, porque aparte de Goya, que vale, no por un siglo, por una edad, de Fortuny y de Galván, el escaso rendimiento de aguafortistas de nuestro país enseña que no los tenemos; no por carecer de temperamentos artísticos, de aptitud para grabadores, todo lo cual superabunda; no tenemos grabadores en aguafuerte en abundancia, porque el aguafuerte es una labor exquisita y costosa y requiere para ser estimada, un público sensible, capaz de exquisiteces, y rico de tradición, sociedad rica de tradición, de añeja prosperidad, de añejo buen gusto y añejo y sabio regodeo sensualista. Tenemos pintores porque nuestra sangre es un volcán de sensualismo estetico cromático y los produce como los climas tropicales su flora y fauna enormes y profusas; pero no los sabemos educar, disciplinar, porque una sociedad semibárbara no educa a nadie. …¿Qué sería de nuestros pintores sin el público universal? A los pocos que triunfan, él, el público universal, nos los educa y luego nos los paga….Al cabo, los grandes pintores hasta que no venden fuera no hacen dinero. Brindar con aguafuertes a nuestros políticos, a nuestro profesores, altos empleados, banqueros, militares, magistrados, sacerdotes, tanto valdría como ofrecérselas a un poste; si hay cien personas en España que de eso distingan, será un milagro. Hay que hacer la nación desde la escuela. Por hoy, la nación que ambicionamos es una ilusión. Y no es que yo crea que una ilusión vale menos que una realidad; no, una ilusión, cuando acalora entrañas poderosas, es más que todas las realidades; lo que hay es, que sólo encarnada en la realidad fructifica la ilusión.Usted, simpático iluso, Francisco Pompey, ha empujado un poquito nuestra gran ilusión patriótica hacia la realidad apetecida. Sea enhorabuena.

Por su parte el suplemento cultural dominical Hoja literaria publicaba colaboraciones de: Miguel de Unamuno “Más sobre el hombre de la mosca” [del exrector de Salamanca también El Sol de ese día recogía un resumen del mitin electoral celebrado en el local de las Sociedades obreras de Salamanca para proclamar a Unamuno candidato de las izquierdas para las elecciones a celebrar el domingo siguiente, 24 de febrero. En ese mitin, donde Unamuno pronunció uno de sus mejores discursos según el corresponsal del dario, también interviniero el obrero D. Miguel Lozano, el catedrático D. Demófilo de Buen, D. Fernando Felipe y D. Urbano González de la Calle] ; de Enrique Díez-Canedo “La estatua” sobre la escultura que estaba haciendo Victorio Macho de Galdós, que está instalada actualmente en madrileño parque del Retiro; de Manuel Galán Pacheco “Un hombre libre” a propósito de la carta que había escrito Pío Baroja a “La Publicidad” de Barcelona, defendiendo su actitud neutral ante la Gran Guerra que devastaba Europa; de José Moreno Villa “El búcaro”;   el poema “De la emoción fugitiva” de Francisco A. de Icaza y el folletón “Las máscaras” de Ramón Pérez de Ayala, donde hacía una disección de la Real Academia de la Lengua, mostraba su admiración sobre los bailes de Pastora Imperio, y hacia una digresión sobre el baile gitano y los gitanos.

 

Galdós por Victorio Macho

Escultura de Galdós por Victorio Macho en el parque del Retiro de Madrid

 

En cuanto a la información científica estaba concentrada en la sección dedicada a la Agricultura y Ganadería, que cubría la última página de esa edición dominical del periódico, y donde su responsable Luis de Hoyos Sainz (n. 1868) estaba omnipresente. Por una parte, en el marco de su recorrido Por la España agrícola, firmaba desde Mohedas de la Jara, donde estaba instalado el miércoles de Ceniza de 1918, un largo artículo sobre “Una región natural:´La Jara´”, que por su importancia transcribo en su totalidad otra entrada de este blog, (ver aquí),  donde llamo la atención acerca de cómo Hoyos Sainz omite en sus referencias bibliográficas las aportaciones sobre la cuestión de las regiones naturales de otro de los colaboradores de El Sol Juan Dantín Cereceda.

Por otro lado hacía una amplia reseña del Anuario-Agenda Agricola para 1918 del ingeniero agrónomo José María de Soroa, que elegía como libro de la semana.

Anuario Agenda Agrícola

 

El inicio de esa reseña decía así:

No corresponde, en realidad, el epígrafe de la sección al libro que presentamos, pues no de la semana, sino del año entero, es este reducido y manuable, pero rico y concentrado, libro del ingeniero agrónomo Sr. Soroa, que con esta edición entra en el cuarto año de su publicación.

Es una guía práctica, un vademécum del agricultor y del ganadero, recordatorio permanente de los datos y cifras que en la vida diaria de la explotación del campo y del ganado se han de utilizar. Analogo a la universal “Agenda agrícola” de Werry, que en Francia viene reemplazando a las ya clásicas de Vermoral, de Sylvestre y de Henry, pasando a las consuetudinarias publicaciones de Thiel en Alemania, especialmente al “landwirtschaftlicher Hüfs und SchreibKalender” y a sus reproducciones italianas, tiene esta agenda del Sr. Soroa, como precedentes en España, a varios almanaques agrícolas demasiado vulgares y rutinarios, salvo, tal vez, el que “La Agricultura Española” publicaba en Valencia a principios del siglo, y mejor aún, por tener un criterio más científico y técnico, el que publico el ingeniero y catedrático señor Sánchez Bousana, y el excelente Anuario que daba a luz anualmente el “Resumen de Agricultura“, de Barcelona.

Como todos ellos, trata de vencer la insuperable dificultad de reducir y quintaesenciar en pocas páginas todos los datos y valores de la enciclopedia agrícola, y el mérito especial de estas obras, alcanzado en parte por el Sr. Soros, es la ordenación y el buen criterio para escoger los materiales originarios.

Finalmente Luis de Hoyos Sainz resumía dos artículos de dos revistas italianas La Agricoltura Italiana y Rivista Agricola sobre “La limpieza del olivo” y “La desmargarización de los aceites”.

 

 

 

 

 

 

 


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Una aportación del catedrático de instituto Luis de Hoyos Sainz al estudio de las regiones naturales españolas: el caso de La Jara

Como expuse en una entrada anterior de esta bitácora -ver aquí–  José Ortega y Gasset (n. 1883), tras un viaje a Asturias en el verano de 1915, explicó muy bien por qué la geografía de aquel entonces concedía cada vez mayor importancia a la idea de “región natural”, sosteniendo el filósofo madrileño que se había convertido “en el fenómeno matriz de la investigación geográfica”. En su opnión frente al concepto abstracto de España, que es una “construcción mental nuestra”, la región natural “afirma su calidad real de una manera muy sencilla: metiéndosenos por los ojos”. Y añadía el filósofo madrileño “de la región podemos tener una imagen visual adecuada, y viceversa, sólo es región, sólo es unidad geográfica aquella parte del planeta cuyos caracteres típicos pueden hallarse presentes en una sola visión”.

Meses después el científico y docente Luis de Hoyos y Sainz (n. 1868) fijó también su atención en las regiones naturales como objeto de estudio de los geógrafos. No sabemos sí Luis de Hoyos había leído a Ortega. Si conocemos que ambos habían coincidido en la Escuela Superior del Superior en el curso 1909-1910 antes de que Ortega diese el salto a su cátedra de Metafísica de la Universidad Central. Y que Ortega debió de intervenir, probablemente, en la incorporación de Luis de Hoyos, próximo al Partido Reformista por aquel entonces, a las páginas de El Sol como responsable de la sección Agricultura y Ganadería, que publicaba ese diario todos los domingos en su última página.

En efecto el domingo 17 de febrero de 1918 Luis de Hoyos Sainz, que estaba haciendo un recorrido por la España agrícola en sus colaboraciones dominicales en El Sol, dedicó el artículo de ese día a ofrecer a sus lectores una detenida explicación de por qué era importante el estudio de las regiones naturales en el marco del movimiento regionalista pujante en la sociedad española de aquel entonces, exponiendo como caso digno de ser tenido en cuenta el de la Jara,región natural que abarcaba tierras de Cáceres y Toledo, y también de Badajoz y Ciudad Real, y que tuvo ocasión de visitar en el mes de febrero de 1918.  De hecho fechó su texto desde Mohedas de la Jara el miércoles de ceniza de ese año. Hasta ese lugar del centro de la Península Ibérica habían llegado los terribles efectos de la Gran Guerra que desangraba y empobrecía a la Europa de hace un siglo. Procuró asimismo que su crónica de viaje fuese rica en hechos y observaciones sobre sociología agraria exponiendo la injusta distribución de la propiedad de la tierra existente en diversas poblaciones de la Jara, y las dificultades de los lugareños por acceder a los bienes comunales por la presión de los aristócratas terratenientes y de los caciques.

El Sol Agricultura y Ganaderia

He aquí pues las reflexiones y consideraciones de interés para geógrafos, viajeros y sociólogos expuestas por Luis de Hoyos Sainz en el artículo “Por la España agrícola. Una región natural: ‘La Jara'” que dice así:

Esta crónica lo es de veras “Por la España agrícola”; lo es de andar y ver, en pleno campo y a través de montes y sembrados, recorriendo sierras y lugares, hablando con los pastores y labriegos, y buscando, en suma, el dato directo y vivido de la tierra y de los hombres en una región natural o país de la Península, en La Jara.

Las regiones naturales agrícolas

 Son las regiones naturales las unidades elementales, no ya sólo de la Geografía física, sino de esa misma Geografía humana creada por Ratzel y metodizada por Brunhes; las divisiones que resultan del concertante de los elementos que caracterizan cada zona del globo: suelo, clima, vegetación y fauna, y hasta el hombre mismo y sus manifestaciones elementales iniciales o naturales de vivir. Su estudio y caracterización es la base esencial y genética de la Geografía regional o Laenderkunde, que actualmente puede ser sintetizada en los libros de Gallois y de Févre y Hauser, como guías de conjunto o iniciación en estas cuestiones, Regions naturelles et noms de pays, el del primero, y Regions et pays de France, el del segundo, o por las publicaciones orientadas ya en su aspecto histórico o social, y aun económico, de Beer y Bloch. Más útiles son aún para conocer este concepto de país o unidad elemental geográfica, indecisa y difícil a veces, las monografías concretas iniciadas en la pura Geografía física en 1888 por Lapparent, y adaptadas al conocimiento agrícola de cada región, por el profesor Rusler, en las clásicas descripciones de su Geologie agricole; siendo en el día modelos que seguir la descripción de La Picardie, del profesor de la Universidad de Lille M. Demangeon; la descripción de Le Bern por M. Vacher, o la del Var supérieur, por Sion.

En España, aunque, a juzgar por el actual movimiento regionalista, y aun localista, parece cosa conocida y dominada, el conocimiento de las regiones sólo está abocetado, y éstas, difusa e imprecisamente conocidas y determinadas, pudiendo sólo citarse los trabajos que los ingenieros del Mapa geológico de España dieron a conocer en las monografías provinciales, y que, en unión con los datos recogidos en el inolvidable Diccionario geográfico de D. Pascual Madoz, vienen repitiéndose en todas las publicaciones geográficas e históricas; y de las agrícolas, salvo los ensayos de Vilanova y sus compañeros, sólo hay algún artículo inspirado en el Cuestionario para el estudio de las regiones agrícolas de España que publiqué en 1904 como apéndice a Las bases de la Geología agrícola de España.

 Inútil es decir el interés y la utilidad de una serie de monografías parciales; hechas siempre por individuos de cada país o región, aun de las que se tienen por muy acusadas o características, aunque mal limitadas y definidas, como el Vierzo (sic) o Las Encartaciones, en el Norte; la misma Tierra de Campos, Torozos, La Berzosa, la Bureba o la Tierra de Pinares, en Castilla; las Barderas (sic), el Castellar o Ribagorza, en Aragón; el Maestrazgo, la Plana o la Huerta, en Valencia; la Vera, la Alcarria, la Sagra, la Alcudia, la Serena y la misma Mancha, en el Centro y Extremadura; las Alpujarras, la Vega, la Serranía, las Marismas o los Pedroches, en Andalucía. Y claro es que mayor interés había en sacar a luz del conocimiento científico esas regiones o zonas que sólo para los naturales tienen personalidad y que ocupan todo el territorio de lo que pudiéramos llamar la España inominada, por ser evidente que las divisiones políticas y administrativas nada dicen ni representan, pues el hecho natural persiste y se impone a la nominación artificial, por legal y útil que sea.

 

Fuente del Sauzeral. Sierra de Altamira. Mohedas de las Jara

Fuente del Sauzeral. Sierra de Altamira. Mohedas de la Jara

 

La Jara toledana.- La Jara y la guerra

 Si hay tipo y fijeza en alguna región natural, ha de alcanzarle por la tierra o por las plantas, o mejor aún, por ambas cosas a la vez, ya que la flora es secuela del terreno; no tiene jamás igual valor, realidad y persistencia la región histórica, mutable y tornadiza, en tiempo más o menos largo. Por esto, La Jara, que debe su nombre al predominio de esa mata leñosa que los botánicos llaman “cistus”, rica en variedades, pero uniforme en aspecto y característica en las facies de matorral con que cubre el suelo, es una realidad natural en el suelo toledano o en el extremeño; que no sería fácil resolver el conflicto de jurisdicción al señalar provincia a La Jara: porque por tierras de Toledo y Cáceres, y con intrusiones por Ciudad Real y tal vez por Badajoz, se extiende La Jara, formando una región de matorrales en que el madroño y la retama, como matas, y la encina, como árbol, cubren las sierras ásperas y rojizas, y hasta bajan a las vegas del Tajo y los pequeños ríos que le acrecen.

Que la planta dominó el terreno para formar la región, lo prueba el que los matorrales se salieron de su dominio geológico de pizarras areniscas y rocas antiguas, que en tres zonas se extienden desde el Tajo a los Montes formados por rocas silúricas, que a media ladera ceden el paso a las cámbricas y, junto al río, a los granitos y gneis, desde Aldeanueva de Barbarroya a entrar en Cáceres por el mismo Puente del Arzobispo. Pero salió La Jara de estas tierras arcaicas limitadas, ha ya muchos años, por el patriarca de la Geología, D. Daniel de Cortázar, y corrióse por arenas y tierras modernas diluviales, donde se asientan precisamente Alcaudete y Belvis de la Jara, que por ser sitios de vega y llano fueron los primeros sustraídos al matorral y conquistados para el cultivo, quedando el nombre, pero perdiendo lo que al país de La Jara caracteriza.

Por crecer la jara, es ya indicio de que la tierra es buena, pues allí donde ésta se empobrece, sólo queda la retama y aun el brezo, si baja más la natural fertilidad del suelo; por esto la jara típica desaparece, la tierra se rotura y el cultivo sustituye al monte bajo. Y este proceso ha sido constante y se ha detenido y retrasado por la gran propiedad improductiva y perezosa, y lo difícil del transporte y acarreo; pero la guerra, ¡la gran guerra!, repercutió en La Jara. El carbón y las leñas triplicaron su valor, y lo que se perdía en el monte, porque sacarlo de él no era negocio, se puso en condiciones de mercado, y la tala y la roza de árboles y arbustos desmataron fanegas y fanegas de tierra; y como los pastos son lentos de formar, el arado rompió la tierra virgen, y el trigo, o la vid o el olivo comienzan a cubrir llanadas, lomas o laderas, borrando La Jara, que queda encerrada en los ásperos barrancos separados del camino real en las fuentes del Gébalo, el Huso o el Sagrera.

Las dehesas y los pobres

En dos épocas, cuenta la Historia el hecho, aunque calle las causas, se despobló La Jara: en el siglo XI, y posteriormente, aunque en proporción menor, en el XIV; por evidente no exige prueba que la primera despoblación fue obra de la Reconquista; la guerra ahuyentó a las gentes, y los capitanes y nobles se adueñaron de las tierras, adehesaron y cerraron en cotos redondos o cuadrados las propiedades cultivadas por los campesinos; perdieron el cultivo o redujéronle a siervo de la ganadería y aun de la caza, y establecieron ese absurdo régimen de la gran propiedad señorial, pero inculta; grande, pero improductiva, y legal o legalizada, pero inmoral e injusta.

Aquella despoblación la hicieron los señores; la del siglo XIV, los bandidos, los célebres Golfines; pero justo es reconocer que la obra de éstos fue menos cruenta para el campesino, y menos dañosa para la economía nacional, que la de aquellos. Con los Golfines acabó la Santa Hermandad, y con sus retoños, la Guardia civil; con la obra de los que detentaron la tierra, luchan aún los que la fecundan y no la gozan, ¡y luchan para tiempo!

Hay en los pueblos serranos y en los ribereños de La Jara modelos típicos, ejemplos probatorios de la necesidad de traducir a España la novísima ley inglesa de la propiedad y la producción de la tierra. Ese intervencionismo social en busca del mayor bien de todos que la guerra crea o afirma en todos los Estados, beligerantes o neutrales, es aquí necesario y urgente. Esa ley inglesa, que por tal es más pensada y real y armónica que las anteriores, está en germen en el deseo de estos campesinos de La Jara, que sospechan el derecho a que la tierra produzca para todos, propietarios y obreros, y produzca lo que sea más útil, y lo produzca a un precio remunerador, por igual para el poseedor de la tierra y para el trabajador de la misma.

Hay por aquí lo que yo llamaría el problema de las dehesas, rico en variantes, y por ende, en soluciones, pero todas dirigidas a la obra de justicia y de sentido común económico de que no quede tierra sin producir y de que produzca para todos.

El Estado, los nobles y los caciques, enemigo de los pueblos

 Contra el Estado, por las dehesas y terrenos de propios, catalogados y administrados por el Cuerpo de Ingenieros de Montes, hay varios casos; pero es típico el de un pueblo de los montes, con picota en la plaza y hambre en la gente: Espinoso del Rey. Allí todos, pobres y ricos, jornaleros y propietarios, piden que la dehesa sea roturada y repartida en suertes, para que los no propietarios lo sean y tengan un labrantío propio que asegure el vivir aleatorio de trabajar lo ajeno.

Bastaría roturar y repartir equitativamente la dehesa de Espinoso del Rey para resolver, como quiere y en la medida que estima necesaria el señor Comisario de Abastecimientos, Sr. Silvela, el déficit del cultivo. Cuatro mil fanegas allí se conquistan, y no es preciso buscarlas por otros pueblos y provincias, salvo si la Comisaria rectifica sus cálculos, que buena falta hace, porque los números parecen un poco anárquicos en la flamante oficina, y a los tres ceros de las 4.000 hectáreas no se añaden dos, para elevar a 400.000 las que realmente pueden y deben buscarse como aumento en la producción y justo reparto de tierras que transforme en propietarios a los braceros y aquiete las justas protestas y acalle las voces petitorias de los que sufren las dos hambres; la de justicia y la de pan.

Los nobles, lo que dieron por suya la tierra que para la patria conquistaban, son, aun contra razón y necesidad de los vecinos de Oropesa, la vieja villa de los castillos y los palacios, y contra justicia, una sentencia que no se cumple del Tribunal Supremo, los detentadores de sus dehensones, que, usados en común por todo el vecindario, resolvía la escasez de pastizales que para los ganados tienen, y que utilizados por los pobres en labrar partes adecuadas, resolvería la vida de cientos de familias.

Los caciques, forma degenerativa de los feudales, son los que al pueblo de Belvís de La Jara le privan del usufructo de una dehesa, acotada, deslindada y demarcada como bienes del pueblo, pero utilizada en pastos o en labores por la media docena de favorecidos del expediente y el balduque.

Y aquí termina esta crónica de viaje por La Jara, rica en datos y enseñanzas, en lo que a la sociología agrícola atañe.

Luis DE HOYOS SAINZ. – Mohedas de la Jara, Miércoles de Ceniza del 1918