jaeinnova

Cuaderno de investigación de Leoncio López-Ocón sobre las reformas educativas y científicas de la era de Cajal. ISSN: 2531-1263


Deja un comentario

El homenaje a un joven catedrático de Medicina en el Madrid de 14 de febrero de 1936

Si en la última entrada de mi bitácora fijé la atención en el homenaje que un grupo de amigos brindaron a María Teresa León y Rafael Alberti el domingo 9 de febrero de 1936 ahora me traslado a unos días después -al viernes 14 de febrero-. En esa ocasión fueron 23 médicos quienes se movilizaron para homenajear a uno de los suyos, a alguien que sería importante posteriormente en la medicina española, como fue el caso del doctor Manuel Díaz Rubio Lurueña (Madrid 1908-1976), creador de la hepatología en España. Como veremos a continuación ese homenaje sirvió para que la escuela de Jiménez Díaz sacase músculo ante los méritos de un joven médico pensionado en el extranjero que obtuvo su cátedra a los 28 años, en otra muestra del rejuvenecimiento que se produjo en las plantillas universitarias durante la Segunda República.

Nuestra fuente de información es la siguiente noticia aparecida en la segunda página del diario republicano La Libertad, uno de cuyos subdirectores era el padre del periodista Eduardo Haro Tecglen, del jueves 13 de febrero de 1936

EN HONOR DE UN CATEDRATICO

“Habiendo sido nombrado, después de reñidas oposiciones, para ocupar la cátedra de Patología médica de la Facultad de Medicina de Cádiz el joven doctor D. Manuel Díaz Rubio, y deseando expresar a éste nuestro entusiasmo por su triunfo y nuestra admiración por su intensa labor científica, con tanta modestia llevada a cabo al lado de sus maestros, un grupo de amigos y compañeros se reunirá para ofrecerle un sencilo homenaje que le sirva de estímulo en su labor docente y profesional.

Doctores Leonardo de la Peña (Ciudad Real 1875-Madrid 1957), Carlos Jiménez Díaz (Madrid 1898-1967), Lorenzo Gironés (Barcelona 1902-Managua 1955), Felipe Morán, Heliodoro G. Mogena, [especialista del aparato digestivo], Victoriano B. Acosta  [Ayudante de Otorrinolaringología de Antonio García Tapia desde 1933[,  Baldomero Sánchez Cuenca (Alcalá la Real-Jaén 1896-Madrid 1967) [discípulo de Jiménez Díaz],  Miguel Sancho, Alfonso de la Peña (Valladolid 1904-Madrid 1971),  Francisco Bielchowsky, [exiliado  de la Alemania nazi e hijo de Max Bielschovsky quien había solicitado a Cajal que le acogiese en Madrid, habiéndose incorporado a la clínia de Carlos Jiménez Díaz a principios de 1933 como ya señalé en mi edición de Los tónicos de la voluntad de Cajal], Luis Recatero, Carlos Albert, José de Paz, Francisco Vega Diaz (Sevilla 1907-Madrid 1995), Juan López Brenes, Darío del Pozo, Angel Suils (Logroño 1906), [gestionaba una clínica siquiátrica en Ciudad Lineal al empezar la guerra civil donde se refugiaría el fundador del Opus Dei José María Escrivá de Balaguer] Manuel Marcos, Carlos Lorca, Luis Cifuentes (Madrid 1907-2005), Manuel Arredondo (Madrid 1879- ?), Antonio G. Tapia (Ayllón, Segovia, 1875-Madrid 1950), Plácido G. Duarte (Carcelén 1897-Madrid 1986).

El banquete se celebrará mañana, 14 de Febrero, a las diez de la noche en el restaurante Capitol. Las tarjetas para el acto se pueden recoger en la portería del Hospital Clínico de San Carlos hou jueves, y mañana viernes, de diez a una y media de la mañana y hasta las seis de la tarde del mismo día en la Conserjería del edificio Capitol”.

Ese edificio Capitol, uno de los símbolos de la Gran Vía madrileña se había inaugurado el 15 de octubre de 1933. Su restaurante tenía unas magníficas vistas sobre la ciudad como subraya M.G. Giménez en su interesante blog sobre Antiguos cafés de Madrid (ver aquí).

Vcisitudes posteriores de ese colectivo de médicos pueden seguirse en trabajos como en la obra autobiográfica de F. Pérez Peña, Los últimos clínicos de San Carlos. Estampas y Vivencias de la Facultad de Medicina de San Carlos.

Añadiré que muchos de esos médicos habían sido alumnos, discípulos o colegas de Cajal, cuya huella seguía viva y omnipresente en el Madrid de 1936. Días antes del banquete mencionado, el jueves de la semana anterior, el 6 de febrero, se había representado en el teatro Victoria de Madrid, con gran éxito de crítica y público “Nuestra Natacha” de Alejandro Casona, estrenada el otoño anterior en Barcelona. Pues bien nada más iniciarse la obra el público podía apreciar cómo presidía la habitación de la Residencia de Estudiantes donde se desarrolla el acto primero un retrato de Cajal que parece inspirar la labor de algunos de los protagonistas de la obra como el médico Somolinos, doble del que sería en México un gran historiador de la medicina Germán Somolinos, o el entomólogo Mario, e incluso me atrevería a decir de la misma protagonista “Natacha”, la primera mujer doctora en Pedagogía surgida de una universidad española, con la misma voluntad pedagógica que Cajal.

Anuncios


Deja un comentario

Una reseña de José Gallego Díaz a una obra conjunta de los matemáticos Julio Rey Pastor y Pedro Puig Adam de 1933

elementos-geometria-racional-1

 

En 1933, un año especialmente significativo en la producción científica, en el empuje educativo y en la labor cultural de la Segunda República española, apareció en las librerías un importante libro didáctico que un joven matemático reseñó así en las páginas del diario El Sol del miércoles 3 de enero de 1934

J. REY PASTOR y P. PUIG ADAM: “Elementos de Geometría racional”. Tomo I: Geometría plana. Madrid, 1933. Un volumen en 8º, de 296 páginas, encuadernado.

No es la primera vez que colaboran ambos insignes profesores en la publicación de obras de carácter didáctico, y como siempre, la originalidad en la exposición se encuentra unida a una claridad admirable en los conceptos. Así, en estos “Elementos de Geometría racional”, destinados a los alumnos de tercer año de bachillerato, pueden comprender los espíritus aferrados a la rutina en la enseñanza – y que, por desgracia, abundan más de lo que fuera de desear- las ventajas que reporta la elección de un texto que rompe con la cómoda tarea de establecer teoremas apoyándose en argumentos de apariencia irreprochables y que no son sino el disfraz de falsas construcciones, hundidas ante el menor examen crítico. Una vez explicada la admisión de un cierto número de postulados, la teoría se edifica sobre el sólido cimiento del rigor, eliminando de la arquitectura del conjunto todo detalle superfluo que distraiga la atención del lector, la cual discurre por seguros cauces con un mínimo esfuerzo y un máximo rendimiento total.

[Anotemos que ] Los autores han cuidado muy especialmente de seleccionar más de 250 ejercicios, que, distribuidos al final de las elecciones, contribuyen a ejercitar al lector en la práctica de los conocimientos adquiridos y a que se entere del abismo que separa el “saber cómo se resuelven los problemas” del “saber resolverlos por sí mismo”.

Merecen señalarse diversos puntos que no estamos acostumbrados a ver en estas obras de carácter elemental. Tales son la introducción del grupo armónico [el tratar el problema de la costa o de Pothenot, en el capítulo de lugares geométricos]; el destacar las significaciones físicas de las simetrías; la nueva y plausible definición que el Sr. Puig aporta a la equivalencia de polígonos [la nueva definición -por todos conceptos plausibles- que el Sr. Puig da de equivalencia de polígonos]; las determinaciones del centro y del eje radical; idea de la construcción del pantógrafo, etc., etc.

La obra de perfecta presentación tipográfica e ilustrada con cerca de trescientas figuras termina con un bello apéndice sobre los métodos para la resolución de los problemas geométricos.

José GALLEGO DÍAZ

 

Ese firmante, José Gallego-Díaz Moreno, era un joven matemático , de apenas veinte años, pues habia nacido en la ciudad jienense de Ubeda, en la Andalucía oriental, en 1913. Su biografía ha sido evocada por José Alvarez-Cornett en una interesantísima entrada de su blog en el que da cuenta de las aportaciones de científicos extranjeros al desarrollo cultural de Venezuela, país en el que fallecería el mencionado José Gallego-Díaz en 1965, tras haber sido padre en 1951 de la flamante directora de El País Soledad Gallego-Díaz, y exiliarse a las Américas en 1956. (ver aquí).

El original de la mencionada reseña se encuentra entre los papeles de Julio Rey Pastor, que el Instituto de Física Experimental del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha digitalizado.  El texto manuscrito se adecúa casi en su totalidad con la reseña aparecida en el diario El Sol el 3 de enero de 1934. Las diferencias entre ambos textos están marcadas por los corchetes que he insertado en la transcripción.

bibliografia libro de Rey Pastor y Puig Adames

Comparando los dos textos de la aludida reseña es fácil reconstruir el camino que siguió el texto de un joven José Gallego-Díaz desde que lo elaboró hasta que llegó a las páginas de El Sol, un diario al que se puede considerar un lejano antecedente del actual diario El País, y que daba cobertura a las actividades científicas de Rey Pastor. Este matemático, que en aquellos tiempos republicanos combinaba sus tareas docentes e investigadoras entre Madrid y Buenos Aires, convencería a uno de sus discípulos más brillantes para que le ayudase a divulgar un libro que se adecuaba perfectamente al esfuerzo de renovación educativa que estaba impulsando la Segunda República en las aulas de bachillerato. Así lo estamos intentando mostrar en el proyecto de investigación “Dinámicas de renovación educativa y científica en las aulas de bachillerato en el primer tercio del siglo XX: una perspectiva ibérica”, dos de cuyos resultados serán el libro Aulas abiertas, de próxima publicación por la editorial Dykinson y la Universidad Carlos III y el diccionario on-line JAEeduca. Diccionario de profesores de instituto vinculados a la JAE (1900-1936), en el que precisamente hay una entrada dedicada a Pedro Puig-Adam (ver aquí), el tercer personaje de esta historia que he evocado en esta entrada. Así añadimos un dato más a la noticia biográfica de José Álvarez-Cornett ya mencionada, y resaltamos la interesante  labor pedagógica y científica de un matemático, injustamente olvidado, al haberse exiliado al continente americano, y padre de una destacada periodista, como es Soledad Gallego-Díaz, la primera mujer que dirige el diario El País.

 


Deja un comentario

La sociedad Española de Física y Química en 1917: un balance

En la página semanal que el diario El Sol dedicaba a la Ingeniería y Arquitectura apareció en el ejemplar correspondiente al viernes 24 de mayo de 1918 una noticia en la que conviene fijar la atención .

En la sección Libros y Revistas, que acompañaba a un artículo del ingeniero industrial M[anuel] Lucini sobre “La electrificación del Pajares”, se insertaba una reseña de la Memoria anual reglamentaria de la Sociedad Española de Física y Química que nos ofrece información de interés sobre tres cuestiones: las repercusiones que tuvo la Gran Guerra en el sistema científico español de hace un siglo cuando la JAE logró incorporar a sus laboratorios a un grupo de investigadores europeos; la consolidación en el panorama investigador español de dos disciplinas que experimentaron un gran auge antes y después de la Primera Guerra Mundial como fueron la Física y Química; el relevante papel organizativo desempeñado por un químico poco conocido José Rodríguez Mourelo (1857-1932) catedrático de la Escuela de Artes e Industrias, que además de ser secretario de la Sociedad Española de Física y Química desde su momento fundacional en 1903, ayudó de manera inestimable a Santiago Ramón y Cajal en la dirección del Instituto de Material Científico, como secretario de ese organismo del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, dedicado a proveer de recursos pedagógicos e instrumentos adecudados a los centros docentes.

Una buena vía para profundizar en la trayectoria científica de Rodríguez Mourelo sería sacar más provecho de los materiales relacionados con su trayectoria científica que alberga la red de bibliotecas del CSIC donde en su catálogo informático hay más de un centenar de referencias bibliográficas y documentales relacionadas con este científico gallego. Por ellas sabemos, por ejemplo, que Rodríguez Mourelo fue uno de los destinatarios en 1896 de uno de los ejemplares que editara el americanista Marcos Jiménez de la Espada de la Historia del Nuevo Mundo, obra escrita en el siglo XVII por el  jesuita Bernabé Cobo, y que permanecía inédita. Por esos años finiseculares del siglo XIX Rodríguez Mourelo estaba muy presente en la esfera pública como lo muestra el artículo que dedicara en 1895 a Santiago Ramón y Cajal en las páginas de La Ilustración Española y Americana, que reproduje en el anexo documental que acompaña a mi edición de Los tónicos de la voluntad. Consejos y reglas para la investigación científica, el best seller de Cajal, publicada por Gadir por primera vez en 2005, y que se sigue reeditando.

Anales Sociedad Española Fisica y Quimica

La reseña, no firmada, aparecida en el diario El Sol, se titulaba José Rodríguez Mourelo: Memoria anual reglamentaria de la Sociedad Española de Física y Química, y su contenido es del siguiente tenor:

La meritoria labor científica realizada durante el año de 1917 por la Sociedad Española de Física y Química, ha sido reseñada a grandes rasgos en un folleto de reciente publicación, por el catedrático y académico D. José Rodríguez Mourelo, que desempeña desde la fundación de la Sociedad el cargo de secretario general.

La guerra mundial ha influido, como no podía menos de ocurrir, en los trabajos científicos de esta Corporación, privándola del intercambio y relación con sociedades y sabios extranjeros, y aminorando considerablemente el número de extractos de revistas que publican en sus anales y que constituyen un arsenal de datos bibliográficos y científicos de inestimable labor.

A pesar de ello, y gracias al excelente acuerdo de la Junta de Ampliación de Estudios de traer a Madrid algunos profesores extranjeros, uno de ellos, monsieur [Georges] Urbain, profesor de Química en la Sorbona, asistió a las juntas de la Sociedad y dio cuenta en ellas de su notable trabajo acerca de una teoría de los conductores eléctricos perfectos. Y entre las notas de investigación científica publicadas en los Anales, figuran dos, procedentes de la Argentina, que tal vez marquen el comienzo del intercambio científico con la América española.

Los estudios de magnetoquímica, anunciados en el Laboratorio de Investigaciones Físicas; los de espectroquímica, los referentes a complejos minerales ocupan buen número de páginas del último tomo de los Anales. Y comienzan, con los mayores entusiasmos, las correcciones y determinaciones del peso atómico de los cuerpos simples.

La Memoria del Sr. Rodríguez Mourelo, correcta y sucintamente redactada, da clara idea de la brillante labor que en quince años de existencia está realizando la Sociedad Española de Física y Química, sin el apoyo oficial a que es acreedora y sin la colaboración de personas y entidades moralmente obligadas a auxiliarla en los altos y patrióticos fines que persigue.

 


Deja un comentario

Antes de su exilio Pedro Carrasco y Garrorena sucedió a Echegaray en su cátedra

 

garrorena-portada

Ilustración de Mikel Murillo para Ciencia de acogida

En el ejemplar de El Sol del viernes 17 de mayo de 1918, en la sección semanal dedicada a la Ingeniería y Arquitectura, M.M.C. -siglas que probablemente corresponderían a Manuel Moreno Carracciolo, uno de los colaboradores de esa sección que dirigía el ingeniero Federico de la Fuente- informó a sus lectores de la oposición en la que se dilucidó quién sustituyó en su cátedra de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central a José Echegaray (1832-1916), el científico, político y dramaturgo que había dado un gran impulso en la España del último tercio del siglo XIX a los estudios de física matemática, según ha destacado en diversos estudios José Manuel Sánchez Ron, 

Dada la riqueza del testimonio de Manuel Moreno Carracciolo, a pesar de algunas opiniones discutibles como su minusvaloración de los científicos del Sexenio democrático, me permito reproducirlo en su integridad a continuación, pues nos ofrece información sobre un momento importante de la trayectora académica de Pedro Carrasco Garriorena que sus mejores biógrafos – José M. Vaquero y José M. Cobos- trataron muy someramente.

pedrocarrasco

Pedro Carrasco Garrorena

He aquí el testimonio de Manuel Moreno Carracciolo, al que de vez en vez hago apostillas.

Hace tres años, en el tablón de anuncios del Ateneo, donde se previene al público de las horas en que conviene abstenerse de entrar en el salón de sesiones, so pena de escuchar alguna conferencia soporífera, apareció el aviso referente a un curso de “Teoría de la relatividad”, explicado por D. Pedro Carrasco y Garrorena. [En otra entrada de esta bitácora di cuenta de ese curso que formó parte de un importante ciclo de conferencias organizado por el Ateneo de Madrid en 1915. Ver aquí]

Cuando había pasado, con creces, la hora de la conferencia, entramos en la docta casa y sufrimos una reprimenda del bondadoso presidente de la sección de Ciencias, D. Luis Hoyos. [Luis de Hoyos (1868-1951) había sustituido ese año de 1915 en la presidencia de esa sección a Eduardo López Navarro según la lista de socios del Ateneo de 1914 que se puede consultar aquí]

– ¡Pero hombre! ¿Cómo no ha venido usted a oir a Carrasco? ¡Lo que se ha perdido usted! Es una maravilla de claridad con que ha expuesto las más difíciles cuestiones de física y de matemáticas. No en balde lleva seis años de ayudante de Echagaray en su cátedra de la Universidad.

Asistimos arrepentidos a las siguientes conferencias, y confirmamos plenamente el exacto juicio de D. Luis Hoyos. Aquel muchacho dominaba la física moderna, y sus explicaciones, claras y sencillas, recordaban a las de su maestro Echagaray.

Muerto el sabio catedrático, [en 1916] único prestigio científico de la mediocre generación que asistió a la inútil revolución septembrina y a la ramplona restauración monárquica, fue necesario proveer su cátedra, y por feliz casualidad se han guardado en este acto científico-administrativo los respetos debidos al ilustre D. José.

El tribunal de oposiciones, a pesar de haber sido propuesto por el Consejo de Instrucción Pública, estaba formado por personas competentes. Lo presidía D. Augusto Krahe, (1867-1930) nuestra primera autoridad matemática, y lo formaban con él, Cabrera, (1878-1945) el renovador de la enseñanza de la física; Vela, (1865-1927) uno de los más prestigiosos astrónomos del Observatorio de Madrid, y Risco (1888-1954), que en plena juventud ha ganado la cátedra de Termología en la Facultad de Ciencias de la Central. [la cátedra que gana en Madrid es la de Acústica y Óptica tras haberla desempeñado desde 1914 en la Universidad de Zaragoza]

Con Carrasco, el discípulo y ayudante de Echegaray, luchó en estas oposiciones D. Vicente Burgaleta, ingeniero industrial y doctor en Ciencias, que ha demostrado en el curso de los ejercicios una cultura y una capacidad realmente excepcionales. Nos dicen que en oposiciones celebradas hace poco en la Escuela Central de Ingenieros Industriales fue pospuesto a otro de los opositores. [años después el ingeniero industrial Vicente Burgaleta (Valladolid 1891) emigraría a Bolivia donde llevaría a cabo una relevante carrera empresarial y académica, poco conocida] O su contrincante era una verdadera eminencia, o el tribunal calificador se parecía muy poco al que acaba de actuar en estos momentos y que, después de hacer justicia a los méritos de los dos aspirantes, ha propuesto a D. Pedro Carrasco [1883-1966] para substituir a Echegaray en la cátedra de Física matemática de la Universidad Central.

Y todos ellos, jueces y opositores, han hecho algo más que realizar un acto de justicia los unos y un brillante alarde de su competencia los otros: han rendido un postrer homenaje a la memoria de aquel hombre sabio y bueno que regentó en los últimos años de su vida la más alta cátedra de la Facultad de Ciencias.

Si Echegaray hubiera presenciado los ejercicios, habría felicitado, seguramente, a los opositores y a los jueces.

M.M.C.

Pedro Carrasco Garrorena en la Red.-

https://es.wikipedia.org/wiki/Pedro_Carrasco_Garrorena

https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2959901

http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1870-35422008000200017

http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=57028302005

http://cienciadeacogida.org/es/expo/protagonista/pedro-carrasco-garrorena

https://acelerandolaciencia.wordpress.com/2018/01/29/nuestro-sol-uno-de-tantos-pedro-carrasco-garrorena-en-ciencia-de-acogida/

http://www.hoy.es/v/20101218/sociedad/pedro-rafael-carrasco-garrorena-20101218.html

 

 

 


Deja un comentario

La producción española de obras de economía hace un siglo: un balance de Luis Olariaga

Luis Olariaga (Vitoria 21 de marzo 1885-Madrid 3 de agosto de 1976) fue un importante economista en la España de la primera mitad del siglo XX. Tras haber sido pensionado por la JAE para hacer estudios de Economía Política en Berlín obtuvo en 1917 la cátedra de Política social y Legislación comparada del trabajo en la Facultad de Derecho de la Universidad Central. Cuando a finales de ese año nació el diario El Sol  fue llamado por Nicolás de Urgoiti, vasco como él, y por José Ortega y Gasset para hacerse cargo de la Hoja semanal de Ciencias Sociales y Económicas que ese diario publicaba todos los miércoles.

En el número correspondiente al miércoles 20 de febrero de 1918 publicó un interesante artículo sobre “La investigación científica de la economía española” que me parece oportuno dar a conocer en esta bitácora por la relevante información que ofrece acerca de cuál era la situación de la investigación de una de las ciencias sociales emergentes en la España de hace un siglo, como era la economía. En ella tenía una posición de liderazgo el Seminario de Economía Política de Flores de Lemus, como queda patente en el texto que se ofrece a continuación.

            En nuestras manos ha caído un librito publicado por la Academia Universitaria Católica con el título “Documentos de asunto económico correspondientes al reinado de los Reyes Católicos”. En él van contenidos los trabajos realizados durante los cursos de 1915 a 1916 y 1916 a 1917 por los alumnos del laboratorio de Historia de la Economía social en España que en la citada academia dirige el catedrático de Historia de la Universidad central, don Eduardo Ibarra.

            Es la primera vez que expresamos en la Prensa nuestra opinión sobre publicaciones españolas que traten temas de carácter económico. Repetidas veces hemos sido invitados a ello, pero la falta de justificación para distraer la atención de los lectores nos ha impuesto un discreto silencio. De aquí que tampoco nos ocupemos habitualmente, en esta página, de comentar disertaciones que, basadas en esta clase de problemas, hacen ruido de vez en cuando en nuestros más solemnes centros de cultura.

           Hace no muchos días acudimos a la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación a escuchar una conferencia de D. Augusto González Besada acerca de “El crédito público después de la guerra”. Era nuestro propósito entresacar de las ideas que expusiera el Sr. González Besada aquellas que más relevantes nos parecieran para hacer en este lugar alguna pequeña glosa. Pues no nos fue posible sacar en limpio nada, sino que el Sr. González Besada, eminente hacendista y varias veces ministro de la Corona, en toda una Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, ante un auditorio de ex ministros, académicos y otros representantes muy principales del saber oficial, había tenido serenidad bastante para leer unos datos de una revista extranjera y aderezarlos con varias vaguedades de alarmante puerilidad, sin demostrar conocimiento ni estudio alguno de la trascendental cuestión que en el tema se enunciaba.

            Y como nos cuesta mucho tener que expresarnos en ese tono tan seco de antipatía, optamos entonces por callarnos, puesto que, al fin y al cabo, las recreativas veladas de nuestras Reales Academias no suelen ejercer sobre el país gran influencia.

           Mas hoy se nos presenta ocasión de mencionar cordialmente una obra que, aunque es modesta por ser labor de estudiantes, representa una orientación que puede ser fecunda para la investigación de nuestra economía; y aprovechamos la coyuntura para contrastarla con las tendencias que predominan actualmente en la producción española de obras de Economía.

            En dos categorías podemos separar la generalidad de los libros de esa clase que en España han aparecido en estos últimos años: obras de carácter general teórico y obras de política económica. Entre las primeras recordamos el libro de D. Joaquín Portuondo “Estudios de Economía social”, el de don Germán Bernácer “Sociedad y felicidad” y aun el de Pedro de Castilla titulado “El ahorro colectivo”. No es intención nuestra hacer un especial análisis, ni siquiera establecer el valor que pueda tener cada una de estas obras; nos interesa más bien su significación general con relación al fomento de los conocimientos económicos en nuestra patria. Desde este punto de vista se nos figura que cuantas obras de este tipo se han editado en España últimamente, representan un error. Tal clase de trabajos sólo pueden justificarse bajo uno de estos aspectos: como sistemas originales o como escrupulosa exposiciones de doctrinas ajenas. A ninguna de ambas exigencias responden las obras a que hacemos alusión. En unos casos se trata de la repetición confusa de un sistema ajeno, sin que, al parecer, el autor se dé cuenta clara de que sus conceptos fundamentales no son más que recuerdos que sus lecturas favoritas le han dejado. En este sentido es verdaderamente extraordinaria la influencia ejercida en nuestro país desde hace algunos años por Henry George. La explicación está, probablemente, en el talento lírico del agitador norteamericano, en su sencilla y profética visión de los problemas económicos, y en su falta de preparación científica, que le permitía desenvolver sus ideas con incauta pero absoluta confianza. El georgismo como manera de representarse la vida económica – pues suele llamarse también georgismo a muchas cosas que no lo son-, cuando se da en algún país de Europa, se da en el extrarradio de la zona científica, entre los periodistas, los literatos y las gentes de buena voluntad que tienen afición a los problemas generales económicos. También aquí, en España, los hombres que han escrito recientemente libros de Economía política bajo el influjo de Henry George son simplemente aficionados.

            Otras de las obras que nos referimos tienden a exponer las doctrinas de los principales maestros. Pero suelen adolecer de dos importantes defectos: primero, el uso excesivo de juicios de segunda mano o de representaciones fantásticas, por falta de conocimiento directo de las fuentes originales –así vemos, por ejemplo, incluir a Adolfo Wagner entre los historicistas alemanes y a Marshall entre los historicistas ingleses -; segundo, la falta de noticias acerca de toda la producción científica en la Economía política desde hace cincuenta años.

            Repetimos que, a nuestro juicio, es un error intentar hoy en España escribir ambas clases de obras: las que pretenden ser sistemas nuevos, porque –fuera de alguna rara excepción- carecemos de economistas suficientemente preparados y con capacidad para hacer una construcción fuerte y original, y las de exposición doctrinal, porque, aun cuando, afortunadamente, tenemos ya gentes jóvenes que conocen varios idiomas, han estudiado en las primeras Universidades de Europa y trabajan sobre las fuentes mismas…es más sencillo que hagan traducir un buen manual extranjero y dediquen, en cambio, su tiempo a otros trabajos de los que nuestra ciencia se halla en España tan necesitada.

            En cuanto a las obras de política económica que en estos años se han hecho editar, destacan por su amplitud las que escribió sobre “El problema agrario” y sobre “El problema económico de España”, el señor vizconde de Eza. Tanto en la una como en la otra, no pertenece al señor vizconde lo que hay de investigación estadística; en cambio, al señor vizconde se deben los datos puestos a ojo de buen cubero, los buenos deseos de regenerar a España y el caótico surtido de fragmentos de la sociología cristiana francesa repartidos profusamente en el texto con sistemática proporcionalidad. Todo nuestro respeto por personas sin duda bien intencionadas como el señor vizconde de Eza no nos excusa de afirmar que esa mesiánica pretensión de arreglar el país sin haber estudiado previamente con seriedad ninguno de sus problemas, podrá serle a él muy útil en nuestra política pintoresca, pero tenemos cierta aprensión de que no va a serle tan útil a la Economía política.

            De otro linaje son los trabajos recientes del Sr. Sánchez de Toca, algunos de los cuales ha recogido en un volumen titulado “Los problemas actuales de mayor urgencia para el gobierno de España”, y otros ha publicado en folletos separados. El señor Sánchez de Toca se plantea los problemas con más cautela y concreción; prepara con pulcritud su información, entra en ellos con agudeza y con fruición intelectual, y procura aclararlos.., si bien desde su punto de vista. Esto es lo a veces tiene de científicamente recusable: su punto de vista de hombre de negocios.

            Análogo reproche puede hacerse a casi todos los estudios de carácter político-económico que vienen de Cataluña: parecen más bien encargos de Ligas de productores y elaboraciones de oficinas de información. En Cataluña se hacen trabajos realmente objetivos en otras manifestaciones científicas, pero en la Economía política son demasiado raros.

            Y así estamos en España: aguardando a que se formen investigadores profesionales que nos vayan descubriendo la realidad pasada y presente de la economía nacional. No sabemos aún lo que España ha sido económicamente, ni lo que es, ni por consiguiente, lo que en el día de mañana podrá ser. Por esa razón nuestros partidos no están ligados poco ni mucho a doctrinas de política económica; y si alguno pretende estarlo –como el socialista-, se ha traído a cuestas de la luna unas doctrinas tan fantásticas, por lo inadecuadas, que no puede en ellas hallar el corazón español incitación alguna a liberarse de sus apuros económicos.

            No tenemos investigadores que busquen datos, los clasifiquen, los mediten, los elaboren y los conviertan en problemas reales. Unicamente allí, encerrado en su laboratorio del ministerio de Hacienda, el maestro Flores de Lemus – uno de los primeros investigadores de Europa- trabaja desde hace catorce años, anónima e incansablemente, en la dura faena de surtir de realidades a una política irresponsable que las malogra o desaprovecha casi siempre. Sus investigaciones sobre la Hacienda pública de España, algunas de las cuales forman el monumental trabajo que se atribuye a la Comisión que se nombró para el estudio de la sustitución del impuesto de consumos, y sus investigaciones de diversos problemas de nuestra economía, son la cantera de donde se sacan los únicos conocimientos precisos sobre la situación de la España actual, que en esta esfera del saber humano tenemos. Fuera de ese hombre, cuyo trabajo mejor está desperdiciando España inconscientemente, ¿qué puede decirse que haya juzgado honestamente? Ha sido preciso que un alemán –Leonhard– haya venido hace pocos años a nuestra patria a historiarnos la política agraria en tiempo de Carlos III, y que otro alemán – Rühe– nos haya hecho el estudio de nuestro problema monetario, y que otros extranjeros nos hayan legado la mayor parte de las restantes investigaciones que existen de nuestros problemas sociales y económicos.

            Por eso es altamente plausible la labor que está realizando en la Academia Universitaria Católica el señor Ibarra, con sus alumnos. Es menester continuar la obra histórica que Ignacio de Asso, Canga Argüelles y Colmeiro comenzaron. Tal vez los alumnos del Sr. Ibarra no puedan llegar a hacer una lucida elaboración del material histórico. Esa ha de ser necesariamente obra de hombres que tengan buena preparación de Economía, de hombres conocedores de instituciones análogas a las que se hayan de investigar, y que estén al tanto de los problemas generales de la ciencia que se ha de utilizar para valorar la Historia. Lamprecht, que fue uno de los historiadores generales de más renombre que ha tenido el mundo, no pudo dibujar, ni aproximadamente, la organización social de la ciudad medioeval alemana con la precisión y diafanidad con que lo hizo Inama-Sternegg, un economista de menos fama.

            Pero ningún trabajo bien orientado se pierde. Y como la ciencia se compone de muchas distintas averiguaciones que van armonizándose como los temas de una sinfonía, todo cuanto se haga por descubrir el sentido profundo de la vida pasada o de la vida presente ha de aprovecharse en una u otra forma. Las cátedras de Economía y Hacienda de nuestras Universidades se van llenando, por otra parte, de economistas jóvenes que han trabajado al lado del Sr. Flores de Lemus, y sabrán mostrar a las nuevas generaciones los caminos más certeros para llegar a saber algo en serio en esos asuntos. Y cuando tengamos en España unas docenas de hombres habituados a ver con sus propios ojos las cosas cuya significación económica trata de buscarse, y advertidos de la infinidad de matices y complejidades en que se dan los fenómenos de orden social, entonces podrán concebirse en nuestro país sistemas de Economía que no sean eco servil del pensamiento ajeno ni fantasías más o menos ingeniosas y más o menos pueriles. La ciencia económica se ha de tejer con ideas sutiles e impalpables, pero han de estar henchidas de innumerables referencias al mundo vital, al mundo de las realidades.

 

 

 


2 comentarios

Antes que Valentín Fuster ha habido en la sociedad española otros excelentes cardiólogos como Luis Calandre, pensionado de la JAE y colaborador de El Sol

En el diario El País del domingo 25 de febrero de 2018, en su última página, la periodista Luz Sánchez-Mellado, en la sección “Gente con luz”, entrevista a Valentín Fuster (Barcelona 1943), director del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares y del Instituto Cardiovascular del hospital Mount Sinai, de Nueva York. Algunos llaman a este eminente cardiólogo “El Apóstol del Corazón” por su labor investigadora y divulgadora.

En el marco de esa labor divulgadora llevada a cabo por cardiólogos españoles creo que ocupa un lugar distinguido la colaboración que firmó Luis Calandre Ibáñez (Cartagena 1890-Madrid 1961) en el diario El Sol el 19 de febrero de 1918, en su sección de Biología y Medicina, que dirigía su amigo el siquiatra Gonzalo Rodríguez Lafora y de la que era colaborador habitual hace un siglo.

Esa colaboración tenía como título “El corazón y el ejercicio“. Por su interés, y como muestra de la calidad de la labor divulgadora llevada a cabo por los investigadores españoles de hace un siglo, muchos de ellos formados gracias a los apoyos recibidos de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, que presidía Santiago Ramón y Cajal, me permito reproducirlo en esta bitácora.

Este es pues el contenido del mencionado artículo de Luis Calandre, que por aquel entonces era médico de la Residencia de Estudiantes e impartía clases al grupos de niños y niñas que vivían en ese centro educativo de la JAE.

            El corazón puede ser considerado como un perfectísimo aparato hidrodinámico que, con sus alternativos movimientos de contracción y de dilatación, y merced al adecuado funcionamiento de sus válvulas, hace circular sin interrupción por el interior del aparato circulatorio, la sangre, que habrá de llevar a todos los tejidos del organismo las substancias con que se han de nutrir.

            Se llama fuerza del corazón a la energía con que a cada contracción lanza su sangre a las arterias. De ordinario, para los menesteres de la vida corriente no despliega el corazón toda la potencia de que es capaz. Dispone todavía de la llamada fuerza de reserva, que tiene por misión entrar en actividad siempre que un esfuerzo cualquiera, como una marcha rápida, la subida de unas escaleras, el transporte de un objeto pesado, exige del corazón un mayor trabajo.

            Cuando la magnitud del esfuerzo llega a sobrepasar el poder de esta fuerza de reserva, sobreviene la fatiga. En las personas que hacen una vida sedentaria o en las que padecen de alguna lesión en el corazón, el caudal de fuerza de reserva es escaso, y la fatiga aparece prontamente con ocasión de un esfuerzo poco intenso.

            Bien conocidas son las molestias que se experimentan con motivo de una marcha rápida y prolongada o de la ascensión a una montaña. El corazón y el pulso se aceleran, siéntense palpitaciones intensas, la respiración es anhelosa y jadeante, la palabra se hace difícil; sobreviene una constricción penosa en el pecho, una opresión creciente, y más tarde un desfallecimiento general que hace imposible la continuación de todo movimiento. Después que el ejercicio se suspende, estos fenómenos van amortiguándose con más o menos lentitud. En cambio, si a pesar de la fatiga hubiese que prolongar todavía más el esfuerzo, puede sobrevenir un decaimiento brusco de las fuerzas del corazón, acompañado de una dilatación aguda de sus paredes, que en algún caso puede ocasionar una muerte súbita. La historia del soldado de Marathon que llega en veloz carrera a Atenas, da cuenta de la victoria ganada contra los persas y muere súbitamente, es un ejemplo célebre. Düms cita el caso de un soldado que habiendo tenido que dar una carrera precipitada para no faltar a la revista, cayó muerto al llegar al patio del cuartel.

            Entre las personas sanas, no todas sienten aparecer la fatiga con una cantidad de esfuerzo análogo. Unas se sofocan más fácilmente que otras. En ello influye muy esencialmente el grado de su entrenamiento para el ejercicio. Baeltz cita el caso de ciertos corredores japoneses, cuyo pulso retornaba a la frecuencia normal en el mismo instante en que interrumpían la carrera.

            Cuando un corazón es solicitado repetidamente para rendir un trabajo mayor que el ordinario, se hipertrofia; es decir, acrecienta el espesor de sus paredes musculosas y aumenta su potencia, para adaptarse al mayor esfuerzo y para vencerlo. Ocurre con el corazón lo mismo que con los demás músculos, que con el ejercicio se desarrollan.

            Esto se puede comprobar de un modo experimental si se toman dos perros gemelos y desde muy temprano a uno se le hace que permanezca siempre quieto y al otro se le fuerza a moverse mucho. Si se les sacrifica cuando están ya crecidos, se aprecia que el segundo ha llegado a poseer un corazón grande y fuerte, y el primero, en cambio, un corazón pequeño.

         Un experimento análogo nos lo ofrece a menudo la Naturaleza, ya realizado. Se observa que en aquellas especies animales cuyo género de vida exige una gran cantidad de trabajo, el corazón alcanza un desarrollo y un vigor extraordinarios. El corzo, que se caracteriza por la rapidez de su carrera; el murciélago, con el vivo movimiento de sus alas son, entre todos los mamíferos, los que, en relación con el tamaño de su cuerpo, tienen un corazón mayor. Entre las aves tienen el corazón más grande las que vuelan más y las que cantan más alto. Comparando los corazones del conejo de corral, del conejo de campo y de la liebre, es mayor en esta última que en el conejo de monte, y en éste mayor que en el de corral, que es el que hace la vida más sedentaria.

            Los obreros a quienes su profesión obliga a realizar esfuerzos musculares repetidos, suelen ofrecer una hipertrofia cardíaca considerable. Igualmente se desarrolla el corazón por la influencia de los ejercicios deportivos, a condición de que éstos se realicen con un entrenamiento gradual.

            Potain y Vaquez, en Francia, demostraron con sus investigaciones en soldados entrenados en ejercicios gimnásticos, que la hipertrofia del corazón aumenta con el grado del entrenamiento. Henschen, en Suecia, ha llegado a la misma conclusión con sus exámenes en los corredores de “ski”. Los corredores que se dedicaban a este deporte desde hacía muchos años, particularmente los que obtenían los premios, tenían el corazón netamente aumentado de volumen. Igualmente se ha comprobado este hecho por Midleton en los mejores jugadores de “foot-ball” de la Universidad de Wisconsin; por Spier, en ciclistas, y por Young, en jóvenes acostumbrados a remar.

            Nos es posible, pues, vigorizar nuestro corazón con ejercicios físicos, siguiendo un entrenamiento progresivo, y debemos poner nuestro empeño en conseguirlo, si queremos encontrarnos aptos para realizar sin gran fatiga una carrera rápida o prolongada, una ascensión penosa, un esfuerzo corporal violento, una huida necesaria: aptitudes preciosas de nuestro organismo, a las cuales el hombre sano no debe renunciar.

            Pero para que el entrenamiento se desenvuelva bien, es indispensable que el corazón esté sano. Si no lo está, no se puede llevar muy lejos el sobreesfuerzo, y si se persiste en ello, es muy probable que se presenten de un modo más o menos agudo ciertos trastornos, como disnea intensa, dolor fuerte en el pecho, opresión, aceleración persistente del pulso, angina de pecho, etc., indicadores de un brusco desfallecimiento cardíaco.

            En el Ejército se concede una extraordinaria importancia a la determinación de la capacidad de trabajo del corazón para poder excluir por inútiles los que no puedan ser capaces de soportar las fatigas del servicio.

            En la guerra actual, en la que tanta necesidad hay de aprovechar el mayor número de hombres posible, esta determinación se hace, por casi todos los beligerantes, con gran minuciosidad y precisión; se desecha sólo a los totalmente inaptos, y se aprovechan así muchos de los que antes se declaraban inútiles. A éstos, después de una observación atenta mientras se les entrena con los ejercicios de instrucción, se les clasifica y envía al frente o se les destina a servicios auxiliares que no exigen trabajos fuertes.

            En los soldados que han estado en el frente se observa a menudo un cuadro de síntomas que los americanos han denominado “corazón irritable de los soldados”. Se caracteriza por la aparición, al hacer algún esfuerzo, de disnea, palpitaciones, vértigos, pulso frecuente, dolorimiento precordial; y todo esto, sin que se les pueda apreciar lesión alguna en el corazón. Se atribuye esto a una debilidad circulatoria constitucional. Esta debilidad había permanecido larvada hasta que las fatigas y las grandes emociones las ponen de manifiesto.

 

Luis CALANDRE


Deja un comentario

Las deficiencias de la enseñanza técnica general en la España de 1918: un artículo de Lorenzo Luzuriaga

En las primeras semanas de 1918, como estamos comprobando en esta bitácora, Lorenzo Luzuriaga (n. 1889) escribió en la sección de Pedagogía e Instrucción Pública que él dirigía en el diario El Sol una serie de artículos destinados a los futuros diputados que serían elegidos en las elecciones del 24 de febrero de 1918. En ellos pretendía explicar a los representantes de la soberanía nacional cuáles eran los problemas educativos del país, y qué soluciones se podían adoptar para solventarlos.

El Sol Pedagogía e Instrucción Pública

Su colaboración del lunes 18 de febrero de 1918 titulada “Para las próximas Cortes. La enseñanza técnica general” la dedicó a analizar la deficiente situación de ese tipo de enseñanza y a presentar propuestas para mejorarla.

Me permito, dado su interés, reproducir a continuación ese artículo en su integridad.

            De no menos importancia y gravedad que el problema de la enseñanza primaria, es el de la enseñanza o preparación técnica general. Existen, efectivamente, en España, dos clases de analfabetismo, a cada cual más alarmante: el analfabetismo literario y el analfabetismo técnico o profesional. De aquél se ha hablado infinidad de veces en todos los tonos, mayores y menores; éste, en cambio, ha llamado menos la atención de la gente, pero no por eso es menos trascendental que aquél, y aun, si cabe, es de más aguda gravedad.

            El desconocimiento de los símbolos elementales de la instrucción, que se considera como medida del analfabetismo ordinario, no significa fundamentalmente nada en la vida del hombre. Todos los días estamos viendo en España personas literariamente analfabetas al frente de negocios u ocupaciones, a veces importantes. En cambio, la falta de una preparación profesional –por elemental que ésta sea- es la que establece la mayor diferencia y desigualdad entre los que necesariamente necesitan ganarse su vida con su trabajo. No es tampoco raro encontrar en nuestro país –sobre todo en la clase media- personas con una regular instrucción general e incapaces, sin embargo, de desempeñar los cargos u oficios más sencillos y elementales.

            Reducida, pues, la enseñanza primaria al mero aprendizaje de los símbolos de la instrucción (leer, escribir y contar), se nos aparece, en cuanto medio de preparación para la vida, en un plano de eficacia inferior al de la enseñanza técnica. Claro es que aquella dominante concepción de la enseñanza o educación primaria es incompleta y defectuosa. Otra posición ocupa en el plano de los valores la educación primaria, cuando se la considera como el único medio que existe para formar modos propios de pensar, de sentir y de obrar, cuando se la mira como el instrumento indispensable para la formación total humana, para la plena edificación de la humanidad en el hombre. Entonces ya la educación primaria no aparece subordinada a la preparación técnica, sino más bien ésta a aquélla. Y entonces tampoco se pueden poner ambas como antagónicas o diferentes; pues una buena enseñanza primaria debe colocar a la vez en la conciencia y en la capacidad del hombre los elementos de una buena configuración humana general, con los gérmenes de un satisfactorio adiestramiento profesional.

            Pero dejando aparte la discusión, hoy planteada en todas partes, entre estas dos clases de enseñanza, o mejor dicho, entre estas dos manifestaciones de la educación, es indudable que la enseñanza técnica o profesional merece ocupar la atención del país en general y de los gobernantes en particular, de un modo más agudo de lo que hoy ocurre.

            Veamos, al efecto, la situación en que se halla hoy esta enseñanza entre nosotros; comparémosla después rápidamente con la que ocupa en otros países, y tratemos de exponer, finalmente, los medios que pueden emplearse para darla mayor vitalidad.

            La primera afirmación que debe hacerse en este punto, es la de que no existe a estas fechas en España un sistema organizado de instituciones de enseñanza técnica elemental, no especializada, para los muchachos que acaban sus estudios en las escuelas primarias, al modo de las continuation schools inglesas, las Fortbildungschulen alemanas y las écoles d’apprentissage francesas.

            Las únicas instituciones que existen de este género, o son particulares, o las oficiales no son independientes, sino sólo secciones o agregados de escuelas profesionales especializadas, como las de artes e industrias, comercio, etc.

         Pero aun estas instituciones son en su generalidad deficientes, tanto cuantitativa como cualitativamente. En efecto, según el último Censo publicado, las principales industrias españolas daban ocupación al siguiente número de muchachos comprendidos entre los doce y los diez y nueve años:

 

Profesiones Obreros de 12 a 19 años
Agricultura y minas 756.786
Industria y transportes 143.540
Comercio   32.217
Total 932.543

 

            Es decir, cerca de un millón de muchachos capaces de recibir una preparación profesional. ¿Qué número de ellos recibe esta preparación anualmente? Conforme al último “Anuario estadístico”, unos 26.500, distribuidos en esta forma, y comprendiendo en ellos a los que reciben una educación superior, especializada:

 

Instituciones Alumnos
Escuelas de artes e industrias 22.426
Idem de comercio 2.632
Idem náuticas y de minas   1.499
Total 26.507

 

            O sea menos del 3 por 100 de los muchachos de doce a diez y nueve años colocados en empresas agrícolas, industriales y comerciales. De las enseñanzas dadas en las granjas agrícolas nos faltan datos que, o no se han publicado, o no han llegado a nuestro poder. Sin embargo, el número de muchachos asistentes a esos cursos agrícolas no puede alterar mucho y satisfactoriamente aquel lamentable cuadro.

            Esta es la situación, cuantitativamente considerada, de nuestra enseñanza técnica elemental oficial. Mirada desde el lado interno, pedagógico, su situación no es más floreciente. En general, carece de instalaciones, de instrumental y de material adecuados. Por otra parte –y salvo las naturales excepciones-, la enseñanza dada en nuestras escuelas técnicas elementales, o es de un tipo académico y abstracto, o tiene un carácter mecánicamente rutinario. Una enseñanza práctica inteligente que no se limite a la servil reproducción de modelos muertos o unas clases vivas, en contacto con las necesidades de nuestra vida industrial, no es lo que más frecuentemente se encuentra en estas escuelas. Ni que decir tiene que hablamos en términos generales, y que aquí, como en todo, existen excepciones; pero no más que excepciones.

            No es, pues, muy risueño el cuadro que presenta nuestra enseñanza técnica elemental. Y, sin embargo, la formación profesional debe tener alguna importancia, cuando vemos que en plena guerra países de una gran tradición y preparación técnica, como Inglaterra y Francia, se aprestan, según hemos visto en otros artículos, a reformar radicalmente toda su enseñanza profesional elemental, haciendo ésta obligatoria para todos los muchachos y muchachas comprendidos entre los catorce y los diez y ocho o veinte años, como lo es la primaria para los niños de seis a doce o catorce. Alemania no ha necesitado recurrir a estos extremos, porque prácticamente existía ya en casi todos los Estados del Imperio la obligación de la educación profesional desde los catorce a los diez y seis o diez y siete años, y lo mismo ocurre en la mayoría de los Estados Unidos, en Suiza, Bélgica y Austria.

            ¿Qué camino podemos emprender nosotros, dados nuestros recursos actuales para poner término a esta insuficiencia de nuestra enseñanza técnica elemental? Mejor que un camino, podrían señalarse dos: uno de carácter general, otro de tipo más limitado.

            Cuenta hoy España con clases de adultos en todas las escuelas nacionales desempeñadas por maestros; según el último “Anuario estadístico”, aquellas clases ascendían en 1916 a 12,498, y suponían al Estado un gasto de pesetas 3.200.000, en números redondos. Pues bien, para nadie es un secreto que las clases de adultos no dan el resultado que debieran producir. El mismo “Anuario” da como asistencia media a estas clases la cifra de 252.547 adultos, o sea un promedio por clase de veinte alumnos.

            Pero es de advertir que esta misma exigua asistencia aparece notablemente favorecida en el “Anuario”. En realidad, la asistencia a las clases apenas dura dos o tres meses –los primeros- en el curso. Y aun en esos meses es completamente irregular.

            Las causas de ello son bien conocidas, a saber: primero, las horas intempestivas en que se dan las clases, que son después del trabajo ordinario de los adultos, y segundo, el carácter de la enseñanza, que es puramente literaria, pues las clases son principalmente para analfabetos. Todo ello hace que no tengan interés para la generalidad de los adultos.

            Disponiendo nosotros de este número extraordinario de clases, que no cuentan ni Francia ni Inglaterra, podrían tomarse como base para convertirlas en verdaderas escuelas de perfeccionamiento técnico y profesional, sin descuidar por ello la lucha contra el analfabetismo literario. Hemos visto, en efecto, en otra ocasión cómo las dos grandes reformas sobre educación de los adolescentes en aquellos dos países tomaban como eje para la creación de sus escuelas de perfeccionamiento los maestros primarios, asignándoles horas de trabajo y remuneraciones extraordinarias, y adscribiendo a aquéllas maestros especiales encargados cada uno de enseñar en varias de ellas las materias tecnológicas, agrícolas, etc., que escapaban a la gestión y preparación del maestro primario.

            Pues bien, nosotros contamos actualmente, como hemos dicho, con más medios que esos países, con las doce mil clases de adultos actuales. ¿Sería muy difícil, sobre la base de éstas, preparar poco a poco profesores especiales, al cargo de los cuales corrieran las enseñanzas técnicas agrícolas y comerciales y convertirlas así en verdaderas escuelas de perfeccionamiento? Creemos que no. Las Escuelas de Ingeniería actuales podrían muy bien organizar cursos breves de perfeccionamiento para el personal técnico de esas escuelas elementales. Un profesor o maestro especial de éstos así preparados, podría ejercer su cargo en varias escuelas a la vez, y los maestros primarios se encargarían de las enseñanzas generales. La inspección de las escuelas correría a cargo de los mismos ingenieros del Estado, y así, sin un gasto extraordinario, se iría poco a poco reorganizando en todas las localidades esta enseñaza.

            Téngase presente que en nuestro mismo país se ha tratado de establecer, aunque modestamente, este tipo de escuelas especializadas, con las escuelas de adultas creadas en 1913. En las diez creadas entonces en las capitales de los distritos universitarios, se organizaron sobre la base de las maestras primarias, enseñanzas especiales de francés, mecanografía, taquigrafía, etcétera, a cargo de profesoras especiales. Desgraciadamente, esta organización tan seriamente emprendida ha sido echada a perder después con otras disposiciones oficiales. Unicamente las de Barcelona, gracias a su Ayuntamiento, han sido salvadas de esta desorganización general.

            El otro camino es más lento, pero quizá más eficaz. En algunas regiones de España- en Cataluña y las Vascongadas especialmente- la iniciativa privada de algunos industriales o la acción de algunos Ayuntamientos y Diputaciones han creado bastantes escuelas de perfeccionamiento para sus operarios o administrados. Pues bien, el Estado podría fomentar con subvenciones la creación de este género de escuelas locales, reservándose únicamente cierta inspección sobre ellas. Las Sociedades obreras, los Sindicatos patronales, las Corporaciones locales, serían los organizadores, directores, y aun sostenedores de esas instituciones. Este es el camino que han seguido antes de la guerra algunos países, como Inglaterra. Repetimos que es más lento, pero quizás es más seguro que el de una organización general.

         En realidad, los dos procedimientos no son antagónicos, sino complementarios. Convendría quizá empezar por el esfuerzo y la gestión local, y cuando hubiera ya una experiencia acumulada sobre el funcionamiento de estas escuelas de perfeccionamiento, trasladarla a una organización de carácter general. Así se evitarían los mecanismos y embolismos vacíos a que tan aficionada es nuestra administración pública, y se haría una labor seria.

            De todas suertes, cualquiera que sea el camino que se elija, una solución a este problema de nuestro analfabetismo técnico es absolutamente necesaria y urgente. Las dificultades que en estos tres años de prueba ha sufrido la vida española, por falta de una preparación técnica suficiente, son un indicio de las que experimentará en la lucha económica que sobrevendrá a la terminación de la guerra. Hemos visto cómo países infinitamente mejor preparados que nosotros, como Francia e Inglaterra, se han apresurado, en medio de todas las dificultades presentes, a mejorar su outillage humano. ¿Podemos seguir nosotros en la misma situación inerte o inerme que hemos permanecido hasta ahora?

 

Lorenzo LUZURIAGA